Capítulo 9
POV: Nico
No aparto la mano en ningún momento. Ella tampoco hace ademán de retirarla.
Y durante un buen rato, que se me antoja simultáneamente eterno y demasiado breve, nos quedamos así, con los dedos entrelazados de forma casi accidental sobre la arena fría de la playa, mirando fijamente un mar oscuro que no nos devuelve ninguna respuesta concreta pero que, por primera vez en cuatro años completos de distancia emocional, no se siente en absoluto como un enemigo silencioso.
—Tengo que decirte algo importante —dice Sara de pronto, rompiendo el silencio cómodo, con la voz tensándose de nuevo perceptiblemente, como si la tregua momentánea que habíamos alcanzado tuviera una fecha de caducidad implícita y ella acabara de darse cuenta exacta de ese límite temporal.
Se me encoge el estómago de golpe. Aquí está, por fin, la respuesta que llevo cuatro años enteros pidiendo desesperadamente y que ahora, en este preciso instante concreto, con su mano todavía entrelazada con la mía sobre la arena, no sé realmente si estoy preparado emocionalmente para recibir sin que me destroce por dentro.
—Dime lo que necesites decirme.
—No aquí, no esta noche concreta —dice, apartando la mirada hacia el fuego lejano de la fiesta que sigue ardiendo detrás de nosotros—.
Pero te lo voy a contar todo, Nico, te lo prometo formalmente.
Solo necesito hacerlo de la manera correcta, con calma.
Necesito que estemos los dos preparados emocionalmente para lo que viene.
Quiero presionar en este mismo momento. Cada célula de mi cuerpo entero, que lleva cuatro años reconstruyendo obsesivamente la misma pregunta sin respuesta en un bucle mental constante, quiere presionar ahora mismo, exigir la verdad completa en este instante preciso, en esta playa concreta, bajo estas estrellas que fueron testigos silenciosas de tantos veranos compartidos entre los tres.
Pero hay algo específico en su expresión —miedo genuino, culpa profunda, algo todavía más complicado que no consigo nombrar con precisión— que me detiene en seco antes de insistir más.
—Vale —digo, aunque en absoluto me siento conforme con esa respuesta aplazada—. Pero pronto, Sara, por favor. No puedo seguir viviendo así indefinidamente, con esta incertidumbre constante consumiéndome cada día.
—Lo sé perfectamente, Nico. Y lo siento mucho.
Se levanta despacio de la arena, sacudiéndose los granos pegados a los vaqueros, y por un momento fugaz pienso que se va a marchar sin decir nada más, dejando la conversación exactamente donde la dejó hace cuatro años completos: a medias, rota por la mitad, sin ningún tipo de cierre satisfactorio.
Pero en vez de eso, se agacha ligeramente hacia mí, todavía sentado en la arena, y deja un beso brevísimo en mi mejilla, tan rápido y tan suave que casi podría convencerme a mí mismo de que no ha llegado a suceder realmente.
—Gracias por no presionarme más esta noche en concreto —susurra, tan cerca de mí que siento perfectamente su aliento cálido contra la piel de mi mejilla—. Significa muchísimo más de lo que probablemente te imaginas ahora mismo.
Y se va caminando hacia la fiesta, dejándome sentado solo en la arena fría con la mejilla ardiendo de una forma completamente desproporcionada para un beso tan breve, y el corazón latiendo con fuerza haciendo cosas que definitivamente no le he autorizado conscientemente a hacer desde hace cuatro años enteros de autoimpuesta distancia emocional.
Bruno se sienta a mi lado un buen rato después, cuando ya la fiesta empieza a apagarse gradualmente, trayendo consigo dos cervezas frías recién abiertas, y me mira con las cejas levantadas en un gesto de curiosidad evidente.
—¿Qué ha pasado exactamente mientras estabas fuera? Llevas una cara rarísima desde que has vuelto.
—No lo sé del todo, sinceramente —admito, y es probablemente la respuesta más honesta que le he dado en toda la noche sobre este tema en particular—.
Pero tengo la sensación clara de que se acerca el final definitivo de algo importante.
O quizás el principio real de algo completamente nuevo.
Todavía no sé con certeza cuál de las dos posibilidades me da más miedo genuino en este momento.
Bruno le da un trago largo a su cerveza, pensativo, mirando el fuego de la hoguera que ya empieza a apagarse lentamente.
—Sea lo que sea, tío, espero sinceramente que sea lo segundo. Llevas cuatro años completos con esa cara de estar cargando algo demasiado pesado tú solo. Ya iba siendo hora de que algo empezara a cambiar para bien en tu vida, ¿no crees?
No contesto directamente, pero por dentro, mientras camino de vuelta a la residencia bajo un cielo estrellado, con la sal marina todavía pegada a la piel, permito que esa esperanza tentativa se instale por primera vez en mucho tiempo, aunque sea con la cautela lógica de quien ya ha sido herido profundamente una vez por la misma persona.
Al llegar a mi habitación, encuentro un mensaje de mi madre preguntando cómo va todo, un ritual semanal que cumplo religiosamente desde que empecé la universidad.
Por primera vez en mucho tiempo, considero seriamente contarle algo sobre Sara, sobre el reencuentro, sobre la posibilidad remota de que las cosas entre nosotros puedan sanar de alguna manera después de tanto silencio acumulado.
Al final, decido esperar un poco más, no porque quiera ocultarle nada a mi madre, sino porque siento que primero necesito entender yo mismo qué está pasando exactamente antes de compartirlo con nadie más, ni siquiera con la persona que más me ha apoyado incondicionalmente durante los últimos cuatro años de duelo compartido.
Me quedo despierto hasta tarde, repasando mentalmente cada detalle de la noche en la playa, el tacto de su mano sobre la arena, el beso breve en la mejilla, la promesa pendiente de una conversación que sé que va a cambiarlo todo, para bien o para mal, entre nosotros dos.
Los días siguientes a la fiesta transcurren con una expectación silenciosa que ninguno de los dos verbaliza abiertamente, pero que ambos sentimos flotando entre nosotros cada vez que coincidimos en la biblioteca para avanzar con el trabajo de Sociología.
Sara parece más callada de lo habitual, más pensativa, como si estuviera reuniendo internamente el valor necesario para cumplir la promesa que me hizo en la arena.
—¿Estás bien? —le pregunto un jueves por la tarde, notando que lleva media hora mirando la misma página del libro sin pasarla.
—Sí, solo... pensando en cómo abordar algo importante que necesito contarte pronto.
—Puedes tomarte el tiempo que necesites, Sara. No voy a presionarte, ya te lo dije.
—Lo sé, y te lo agradezco muchísimo. Pero también sé que cuanto más tiempo pase, más difícil se va a hacer encontrar las palabras correctas.
Esa tarde no avanzamos demasiado con el trabajo, pero por primera vez desde que empezamos a colaborar juntos, no siento que el tiempo compartido haya sido improductivo.
Al contrario, siento que estamos construyendo, ladrillo a ladrillo, la confianza necesaria para la conversación que ambos sabemos que se avecina inevitablemente.
Bruno, mientras tanto, sigue con su papel autoproclamado de consejero sentimental improvisado, ofreciéndome consejos contradictorios entre entrenamiento y entrenamiento que van desde "dale tiempo, no la agobies" hasta "a veces hay que forzar la conversación antes de que se enfríe el momento", dependiendo del día y de su estado de ánimo particular.
Sonrío ante sus intentos bienintencionados, agradeciendo tener a alguien con quien poder procesar en voz alta, aunque sea de manera fragmentaria, todo lo que está pasando en mi vida sentimental después de tanto tiempo de aislamiento autoimpuesto.
Al día siguiente, ya con la resaca emocional de la noche anterior asentada, recibo un mensaje de Sara: "Gracias otra vez por anoche.
Espero que sigamos avanzando así, poco a poco.
" La sencillez del mensaje, sin ninguna pretensión ni promesa excesiva, se siente exactamente como lo que ambos necesitamos en este momento: un reconocimiento mutuo, tranquilo, de que algo importante se ha movido entre nosotros sin necesidad de precipitar nada más de lo que el proceso natural requiere.
"Yo también lo espero", contesto, "y gracias a ti por confiar en darme una segunda oportunidad de conocerte de verdad.
" Su respuesta llega acompañada de un emoji sonriente, algo tan simple y sin embargo tan significativo considerando lo poco habitual que resulta en ella mostrar abiertamente entusiasmo en los mensajes de texto.
Esa noche me cuesta considerablemente conciliar el sueño, con la mente saltando entre la expectación por el próximo partido amistoso y la anticipación nerviosa por seguir descubriendo, paso a paso, hacia dónde nos lleva esta reconstrucción cuidadosa de lo que Sara y yo estamos empezando a construir juntos.