Capítulo 8
POV: Sara
El campus organiza una fiesta oficial de bienvenida en la playa el sábado siguiente, una de esas excusas colectivas típicas del comienzo de curso para beber más de la cuenta y fingir colectivamente que las clases todavía no han empezado en serio del todo.
Normalmente no iría a este tipo de eventos masivos, nunca me han gustado especialmente las fiestas grandes con desconocidos.
Pero Clara me arrastra literalmente de la manga de la chaqueta hasta la arena, jurando con vehemencia que necesito "vida social real" y no solo turnos interminables de biblioteca y trabajo académico.
—Te vas a convertir en una ermitaña universitaria si sigues así —me advierte mientras caminamos descalzas por la arena todavía tibia del atardecer—. Necesitas divertirte de vez en cuando, Sara, en serio.
No espero en absoluto encontrarme a Nico allí, sentado en un corro de gente alrededor de una hoguera improvisada con palés de madera, con una cerveza sin abrir todavía en la mano y esa expresión suya de quien está físicamente presente en el lugar pero mentalmente a kilómetros completos de distancia de la conversación que tiene alrededor.
Bruno, sentado a su lado, es aparentemente el único del grupo que disfruta de la fiesta con normalidad absoluta, riéndose a carcajadas de algo que cuenta otro chico del equipo.
Nuestras miradas se cruzan por encima de las llamas de la hoguera, y por un segundo completo el aire se me queda literalmente atrapado en el pecho, como si me hubieran dado un golpe seco.
El fuego. Siempre el fuego apareciendo en los momentos menos esperados, incluso aquí, incluso en una noche que se supone debería ser completamente ligera y despreocupada para todos los presentes.
Clara desaparece a los diez minutos exactos de llegar con un chico alto del equipo de vóley que conoció la semana pasada en una clase optativa, dejándome completamente sola con un vaso de plástico rojo que no tengo ninguna intención de bebérmelo y la sensación incómoda de no encajar realmente en ningún corro de conversación específico.
Camino despacio hacia la orilla del mar, alejándome deliberadamente del ruido y la música, y no me sorprende del todo cuando oigo pasos conocidos en la arena detrás de mí unos minutos después.
—No voy a preguntarte por el trabajo de Sociología esta noche, te lo prometo —dice Nico, colocándose a mi lado a una distancia prudente, mirando fijamente al mar oscuro y no directamente a mí, lo cual, de forma extraña, hace que resulte mucho más fácil mantener una conversación real.
—Menos mal, agradezco el descanso académico.
—¿Sabes? Íbamos a alguna playa parecida a esta en verano, hace años. ¿Te acuerdas todavía de aquello?
Me acuerdo perfectamente, claro que me acuerdo con todo detalle.
Los tres —Nico, Álvaro y yo, siempre los tres juntos, inseparables desde niños— pasábamos las noches enteras de julio tirados en la arena de la cala pequeña que solo conocía la gente auténtica del pueblo, hablando de nada en particular y de todo a la vez hasta que salía el sol por el horizonte.
Fueron, sin ninguna duda, los mejores veranos completos de mi vida entera, aunque tardé años enteros en admitírmelo a mí misma, porque admitirlo abiertamente significaba también admitir todo lo que perdí para siempre cuando aquella época terminó de forma tan abrupta y trágica.
—Me acuerdo —digo en voz baja, casi en un susurro.
—Álvaro siempre traía su guitarra vieja y nunca la tocaba bien del todo, por mucho que se esforzara en las clases que tomó un verano entero.
Se me escapa una risa pequeña y espontánea, la primera risa completamente genuina que comparto con Nico en cuatro años enteros de silencio, y algo se afloja perceptiblemente en mi pecho, algo que llevaba muchísimo tiempo apretado.
—Era malísimo tocando, es verdad —confirmo, sonriendo ante el recuerdo—. Pero se esforzaba muchísimo en cada canción que intentaba aprender.
—Sí —dice Nico, y su voz se rompe ligeramente en esa sola palabra tan simple—. Se esforzaba mucho en absolutamente todo lo que hacía en la vida, esa era su forma de ser.
Nos quedamos en silencio un rato largo, escuchando el sonido rítmico de las olas rompiendo en la orilla, y por primera vez desde que llegué a estudiar a Valencia no siento la necesidad urgente y física de huir corriendo de este hombre en concreto.
Siento, en cambio, algo peligroso y cálido a la vez: la sensación extraña de estar exactamente donde debería estar en este momento, al lado de la única persona en el mundo entero que también perdió a Álvaro de la misma manera trágica, que también carga diariamente con el peso de su ausencia constante.
—Sara —dice Nico, girándose por fin hacia mí en la oscuridad—.
Sea lo que sea lo que pasó exactamente esa noche, sea lo que sea lo que todavía no me has contado con detalle...
no voy a dejar de hacerte esta misma pregunta indefinidamente.
Pero esta noche concreta no te la voy a hacer, te lo prometo.
—¿Por qué no esta noche?
—Porque durante los últimos diez minutos he tenido de vuelta a la Sara de antes, riéndose genuinamente de mi hermano torpe con la guitarra, y sinceramente no quiero estropear ese momento todavía con preguntas dolorosas.
El corazón me da un vuelco emocional que no sé nombrar del todo con precisión. Y cuando su mano roza accidentalmente la mía sobre la arena fría, ninguno de los dos hace ademán de apartarla.
Nos quedamos así, en silencio compartido, durante un rato indeterminado, hasta que el frío de la noche empieza a colarse a través de la ropa y la fiesta detrás de nosotros empieza a apagarse gradualmente.
Y cuando finalmente nos levantamos para volver cada uno a su residencia, hay algo distinto en el aire entre los dos, algo que ninguno de los dos se atreve todavía a nombrar en voz alta pero que ambos sentimos con la misma intensidad innegable.
Caminamos juntos de vuelta hacia la zona de residencias, en un silencio cómodo que contrasta enormemente con la tensión habitual de nuestras conversaciones anteriores.
A mitad de camino, Sara se detiene frente a un pequeño quiosco nocturno todavía abierto, comprando dos helados que insiste en pagar ella misma "como agradecimiento por la compañía en la orilla".
—Nunca pensé que volveríamos a hacer esto —comento, aceptando el helado que me tiende—. Caminar juntos sin que todo se sienta como un campo de minas.
—Yo tampoco, sinceramente. Pero hay algo en volver a hablar de Álvaro contigo, en lugar de evitarlo constantemente, que se siente extrañamente sanador.
Continuamos caminando, comiendo nuestros helados en un silencio agradable, hasta que llegamos al cruce donde nuestros caminos hacia las residencias respectivas se separan definitivamente.
—Gracias por esta noche, Nico. De verdad lo necesitaba.
—Yo también, Sara. Más de lo que esperaba, la verdad.
Nos quedamos un momento más de lo estrictamente necesario, ninguno de los dos queriendo ser el primero en romper el momento marchándose. Finalmente, ella da media vuelta hacia su residencia, no sin antes girarse una última vez.
—¿Seguimos con el trabajo el jueves, como siempre?
—Como siempre —confirmo, viéndola alejarse hacia la oscuridad de la calle, con el corazón latiendo de una manera que llevaba cuatro años enteros sin experimentar con tanta intensidad renovada.
De vuelta en mi habitación, incapaz de dormir todavía a pesar de lo tarde que es, le escribo un mensaje breve: "Gracias por esta noche.
Significó mucho más de lo que puedo explicar en un mensaje.
" Su respuesta llega minutos después: "Para mí también significó mucho.
Buenas noches, Nico." Me quedo mirando la pantalla del móvil durante un buen rato, permitiéndome sentir, por primera vez en mucho tiempo, algo parecido genuinamente a la esperanza.
Cuando llego al piso, Clara todavía está despierta, esperándome despierta en el sofá con una taza de infusión y expresión expectante.
—¿Y bien? ¿Cómo ha ido la fiesta con el chico misterioso? —pregunta, sin ningún preámbulo.
Me siento a su lado, todavía con la arena de la playa pegada a los pies descalzos, y le cuento la conversación completa, cada detalle, cada silencio compartido, el roce de manos sobre la arena que todavía siento como una corriente eléctrica recorriéndome el brazo.
—Suena a que algo importante está cambiando entre vosotros —comenta Clara, escuchando con atención genuina.
—Sí, pero también tengo miedo, Clara. Miedo de que en cuanto le cuente toda la verdad, todo esto que estamos construyendo se derrumbe de golpe.
—Quizás sí, quizás no. Pero no puedes seguir posponiendo esa conversación indefinidamente solo por miedo a lo que pueda pasar después. Al final, el miedo solo alarga el sufrimiento, no lo evita.
Sus palabras, pronunciadas con esa sabiduría pragmática tan característica de ella, se me quedan grabadas mientras me preparo para dormir esa noche, todavía con la sensación cálida del beso en la mejilla persistiendo en mi piel, un recordatorio físico de que quizás, después de todo, este reencuentro inesperado con Nico pueda terminar siendo la oportunidad de sanación que ambos necesitábamos desesperadamente, aunque ninguno de los dos supiera cómo buscarla activamente hasta ahora.