Lo Que el Fuego Dejó Capítulo 7
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Capítulo 7

POV: Nico

Después de la biblioteca voy directo al gimnasio universitario, aunque técnicamente no me toca entrenar hasta el día siguiente según el calendario oficial del equipo.

Necesito golpear algo físico, levantar peso hasta el límite, cansarme lo suficiente como para no seguir dándole vueltas obsesivas a la cara de Sara cuando le pregunté directamente por qué desapareció de mi vida sin ninguna explicación.

No fue por ti. Cuatro palabras exactas que deberían aliviarme de alguna manera lógica y que en cambio me han abierto una grieta emocional completamente nueva, porque si no fue por mí específicamente, entonces fue por algo más, algo que ella conoce con detalle y yo desconozco por completo, algo relacionado directamente con la última noche de la vida de mi hermano.

Bruno aparece a media sesión de entrenamiento, como siempre que huele de lejos que algo va mal conmigo, con ese instinto casi sobrenatural suyo para detectar mis estados de ánimo incluso antes que yo mismo.

—Vale, ya está bien por hoy —dice, quitándome literalmente la barra de las manos con más fuerza física de la que esperaba de él en ese momento—.

Llevas veinte minutos exactos con la misma cara de concentración sombría que pusiste el día que perdimos aquella final importante contra el equipo de Barcelona hace dos temporadas. Habla de una vez, Ferrer.

No quiero hablar del tema, sinceramente.

Pero llevo cuatro años enteros sin hablarlo con absolutamente nadie de mi entorno actual, ni siquiera con mis padres, que dejaron de mencionar el nombre de Álvaro en las conversaciones familiares como si nombrarlo en voz alta pudiera hacer que el dolor doliera todavía más de lo que ya duele constantemente, ni con los amigos de toda la vida del pueblo, que se fueron alejando poco a poco con el paso de los meses porque sencillamente no sabían qué decirme ni cómo comportarse a mi alrededor.

Y de pronto, en un gimnasio universitario cualquiera de un jueves por la tarde, con Bruno mirándome fijamente como si de verdad le importara escuchar mi respuesta, se me escapa todo de golpe.

—Tuve un hermano —digo, sintiendo cómo las palabras me cuestan un esfuerzo físico real al pronunciarlas—. Se llamaba Álvaro. Murió hace cuatro años en un accidente de coche, en una carretera cerca de nuestro pueblo.

Bruno se sienta en el banco de pesas más cercano, con expresión seria de golpe, completamente distinta a su habitual actitud despreocupada.

—Joder, Nico. No tenía ni la más remota idea de esto.

—Nadie la tiene aquí en la universidad. Nunca hablo de este tema con nadie.

—¿Y la chica de la biblioteca, Sara? ¿Qué tiene que ver ella exactamente con todo esto?

—Estuvo hablando por teléfono con él esa misma noche. Once minutos exactos antes de que ocurriera el accidente, según los registros. Y nunca me dijo de qué hablaron durante esa llamada, ni entonces ni en todos estos años.

Bruno se queda callado un momento largo, procesando visiblemente la información con expresión pensativa.

—¿Y crees que puede tener algo que ver directamente con el accidente en sí?

Es la primera vez que alguien más formula esa pregunta específica en voz alta delante de mí, la pregunta exacta que llevo cuatro años enteros tragándome internamente porque hacerla en voz alta, incluso solo para mí mismo, parecía una especie de traición hacia la memoria de mi hermano, como si sospechar de Sara de esa manera fuera objetivamente peor que simplemente no saber nunca la verdad completa.

—No lo sé con certeza —admito, siendo honesto por primera vez con alguien sobre este tema—.

Pero hoy me ha dicho algo importante. Que no fue por mí, específicamente, que desapareció de mi vida sin explicaciones.

Lo cual significa lógicamente que fue por algo más concreto.

Y no sé si de verdad quiero descubrir qué es ese algo.

—Tío —dice Bruno, con esa honestidad brutal que solo un amigo cercano de vestuario se permite normalmente—, llevas cuatro años enteros cargando con este peso completamente solo, sin compartirlo con nadie.

Sea lo que sea lo que te vaya a contar finalmente, dudo mucho que pueda ser peor que seguir sin saberlo indefinidamente, consumiéndote poco a poco por dentro cada día que pasa.

Pienso seriamente en esa reflexión durante toda la noche, tumbado en la cama estrecha de mi habitación en la residencia, mirando fijamente el techo como si fuera a aparecer allí escrita la respuesta exacta que tanto necesito encontrar.

Bruno probablemente tiene razón, objetivamente hablando.

Pero también sé algo que él desconoce por completo: que una parte específica de mí, la parte que todavía se despierta algunas noches con el olor fantasma a humo metido en la garganta, tiene verdadero pánico de que la verdad no solo confirme simplemente que Álvaro murió distraído, con la cabeza puesta en otro sitio completamente distinto a la carretera.

Tiene miedo genuino de que esa verdad confirme que ese "otro sitio" mental donde estaba su cabeza éramos, de alguna manera retorcida que todavía hoy no logro entender del todo racionalmente, Sara y yo juntos.

Y que, de alguna forma extraña y dolorosa que apenas empiezo a vislumbrar, los tres estuvimos presentes de algún modo simbólico en ese coche la noche exacta en que se estrelló contra aquel árbol.

Los días siguientes transcurren con una normalidad aparente que agradezco enormemente.

Las clases avanzan, los entrenamientos se intensifican de cara al primer partido oficial de la temporada, y Sara y yo continuamos reuniéndonos regularmente en la biblioteca para avanzar con el trabajo de Sociología, ambos evitando tácitamente cualquier conversación que se acerque demasiado a los temas más dolorosos de nuestro pasado compartido.

Bruno, mientras tanto, se ha convertido en una especie de confidente improvisado, alguien con quien puedo compartir fragmentos de lo que estoy procesando sin tener que revelar absolutamente todos los detalles.

—¿Habéis avanzado algo en lo vuestro? —pregunta una tarde, mientras recogemos el equipo después de un entrenamiento particularmente duro.

—Hemos avanzado en el trabajo de la universidad, si te refieres a eso.

—Sabes perfectamente que no me refiero a eso, Ferrer.

Sonrío ante su insistencia, agradeciendo en el fondo que se preocupe lo suficiente como para seguir preguntando incluso cuando mis respuestas son deliberadamente evasivas.

—No lo sé, Bruno. Hay momentos en los que siento que estamos reconstruyendo algo genuino. Y hay otros momentos en los que el peso de todo lo que no hemos hablado todavía se hace casi insoportable.

—Bueno, al menos estáis hablando. Eso ya es más de lo que puedo decir de la mayoría de mis propias relaciones fallidas.

Nos reímos juntos mientras caminamos hacia los vestuarios, y por un momento, rodeado del ruido habitual del equipo celebrando la sesión de entrenamiento terminada, consigo sentir algo parecido a la normalidad, algo que llevaba mucho tiempo sin experimentar plenamente desde que Sara reapareció en mi vida universitaria.

Esa noche, antes de dormir, Bruno me manda un mensaje al grupo del equipo recordando que el sábado hay fiesta de bienvenida del campus en la playa, obligatoria según él para "la cohesión del vestuario".

No tenía pensado ir inicialmente, pero algo en la idea de pasar una noche distinta, rodeado de gente, quizás me venga bien para despejar la cabeza de tantas preguntas sin resolver.

El resto de la semana transcurre entre clases, entrenamientos y sesiones de trabajo con Sara en la biblioteca, cada una de ellas un poco menos tensa que la anterior, como si estuviéramos reconstruyendo, ladrillo a ladrillo, una confianza que el tiempo y el silencio habían erosionado casi por completo.

Esa noche, tumbado en mi cama, repaso mentalmente la semana entera, sorprendido de lo mucho que ha cambiado la dinámica entre nosotros en tan pocos días.

Todavía queda la conversación pendiente, el peso de la verdad no revelada flotando siempre en el ambiente, pero por primera vez en cuatro años enteros, empiezo a permitirme imaginar un futuro en el que esa verdad, sea cual sea, no tenga por qué significar el fin definitivo de todo lo que estamos empezando a reconstruir juntos.

Al día siguiente, durante el entrenamiento matutino, el entrenador anuncia oficialmente la convocatoria para el primer partido amistoso de la temporada, que se jugará precisamente el domingo siguiente a la fiesta de la playa, contra un equipo de la universidad de Alicante.

La noticia me distrae momentáneamente de mis pensamientos sobre Sara, obligándome a concentrarme en las nuevas jugadas tácticas que el entrenador quiere implementar de cara a la temporada que se avecina.

—Vamos a necesitar máxima concentración estas próximas semanas —anuncia el entrenador, repartiendo esquemas tácticos impresos a todo el equipo—. La liga universitaria de este año promete ser especialmente competitiva.

Bruno, sentado a mi lado durante la charla táctica, me da un codazo suave.

—¿Crees que podrás concentrarte en el rugby con la cabeza puesta en cierta chica de Filología?

—Voy a intentarlo, aunque no prometo nada —respondo, sonriendo ante su broma, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que quizás es posible equilibrar ambas cosas: la pasión por el deporte que me ha sostenido durante los años más duros, y esta nueva esperanza incipiente que Sara representa en mi vida universitaria.