Capítulo 6
POV: Sara
Quedamos otra vez en la biblioteca dos días después, y esta vez llega puntual, casi con cinco minutos de antelación, lo cual me desconcierta bastante más de lo que me habría desconcertado si hubiera llegado tarde otra vez, como si esa puntualidad repentina fuera en sí misma una especie de mensaje que no sé cómo interpretar del todo.
Trabajamos casi una hora sin ningún sobresalto emocional, repartiendo apartados del trabajo, discutiendo bibliografía académica sobre sociología del deporte, fingiendo los dos con bastante convicción que somos simplemente dos compañeros de trabajo cualquiera enfrentándose a una tarea universitaria común.
Casi me lo creo del todo. Casi consigo olvidar, durante fragmentos enteros de conversación, que tengo un secreto guardado en el pecho desde hace cuatro años, un secreto tan afilado que a veces tengo la sensación física de que un día me va a atravesar por dentro sin previo aviso.
—¿Puedo preguntarte algo? —dice Nico de pronto, sin levantar la vista de la pantalla del portátil donde está tomando notas.
—Depende de qué sea.
—¿Por qué dejaste de contestarme los mensajes? Antes del accidente, digo. Las últimas semanas antes de que todo pasara.
La pregunta me cae encima como agua helada en pleno invierno. No la esperaba, desde luego no así, no en mitad de una tarde tranquila de biblioteca con el sol de septiembre entrando oblicuo por las ventanas altas, iluminando motas de polvo que flotan perezosamente en el aire.
—No dejé de contestarte —miento, aunque los dos sabemos perfectamente que sí lo hice, que las últimas tres semanas antes de que todo se rompiera de forma irreversible, dejé sus mensajes en visto durante días enteros, evité sistemáticamente quedar con él con excusas cada vez más inventadas, me escondí literalmente cuando lo veía acercarse por la calle del pueblo.
—Sara.
—¿Qué?
—Estuviste rara con los dos. Conmigo y con Álvaro, ese último mes antes de todo.
Y luego pasó lo que pasó y desapareciste sin decir absolutamente nada, sin una llamada, sin una carta, sin nada, y llevo cuatro años enteros pensando que hice algo mal, algo que te hizo alejarte de esa manera, sin saber siquiera qué fue exactamente, sin que nadie me lo explicara nunca.
Se me cierra la garganta de golpe. Porque no fue él quien hizo nada mal en absoluto.
Fui yo, completamente yo. Fue aquella tarde específica en el cobertizo del jardín trasero de los Ferrer, cuando Nico y yo nos quedamos guardando las bicicletas después de un paseo largo por el campo, demasiado cerca el uno del otro en ese espacio pequeño lleno de herramientas de jardinería, y por un segundo, solo un segundo eterno, algo pasó entre los dos que ninguno de los dos supo nombrar en su momento ni nos atrevimos a mencionar después.
Y fue Álvaro quien nos vio, sin que ninguno de los dos lo supiéramos entonces, desde la ventana de su habitación en el piso de arriba.
—No hiciste nada mal —digo finalmente, y es lo único completamente cierto que le he dicho en toda esta conversación tensa—. Nico, de verdad, créeme. No fue por ti.
—Entonces, ¿por qué fue, Sara? Porque necesito entenderlo. Llevo cuatro años necesitando entenderlo.
Abro la boca. La cierro de nuevo. El secreto me sube por la garganta como si llevara cuatro años completos esperando exactamente esta primera grieta real en mi resistencia para poder salir por fin, y por un instante terrible estoy genuinamente a punto de contárselo todo de golpe: el cobertizo, la mirada de Álvaro aquella noche fatídica desde su ventana, la llamada telefónica que recibí después, lo que me dijo, lo que yo le contesté de vuelta y que probablemente, con toda probabilidad, lo mandó al coche esa noche con el corazón completamente roto y la cabeza puesta en cualquier sitio menos en la carretera que estaba conduciendo.
Pero entonces pienso en su cara en el hospital, hace cuatro años, completamente deshecho por el dolor y la conmoción, y sé con una certeza absoluta que si le cuento la verdad completa ahora mismo, aquí, en una biblioteca cualquiera de un martes cualquiera de septiembre, se va a romper otra vez de la misma manera devastadora.
Y esta vez no sé si tendré ningún derecho a quedarme a su lado para ayudarlo a recomponerse después.
—No puedo hablar de esto todavía —susurro, con la voz quebrándose ligeramente—. Todavía no, Nico. Por favor.
Nico me mira durante un rato largo, con esa quietud suya que ahora, después de esta conversación, reconozco definitivamente como una forma concreta de dolor contenido a duras penas, no como la indiferencia fría que interpreté al principio de reencontrarnos.
—Vale —dice al final, aunque su voz suena a cualquier cosa menos a un "vale" sincero y conforme—. Pero algún día, Sara, vas a tener que contarme la verdad completa. Se la debes a la memoria de Álvaro. Y me la debes a mí también, después de todo este tiempo de silencio.
No contesto nada más. No puedo articular ninguna palabra coherente en este momento.
Pero por dentro, algo se ha movido de forma perceptible, algo que llevaba cuatro años completos absolutamente inmóvil: la certeza creciente de que este secreto tiene fecha de caducidad marcada, y que esa fecha se acerca mucho más rápido de lo que estoy preparada emocionalmente para soportar.
Recogemos nuestras cosas en silencio cuando cierra la biblioteca, y al despedirnos en la puerta, Nico se queda un momento más de lo necesario, como si quisiera añadir algo más mucho antes de decidir, evidentemente, que no es ni el momento ni el lugar adecuado.
—Hasta la próxima reunión —dice simplemente.
—Hasta la próxima —contesto, y ambos sabemos que esa frase tan simple contiene mucho más peso del que las palabras por sí solas podrían nunca transmitir.
Camino de vuelta a mi piso compartido bajo un cielo ya oscurecido, repasando mentalmente cada palabra de la conversación que acabamos de tener. Clara está en la cocina cuando llego, preparando algo que huele sospechosamente a quemado, y levanta la vista en cuanto entro por la puerta.
—Tienes cara de haber visto un fantasma —comenta, apagando el fuego antes de que la sartén empiece a echar humo de verdad—. ¿Qué ha pasado con el chico misterioso hoy?
—Casi le cuento todo, Clara. Estuve a punto de contarle absolutamente todo sobre esa noche.
—¿Y por qué no lo hiciste al final?
Me siento en uno de los taburetes de la cocina, todavía con la chaqueta puesta, procesando mi propia respuesta antes de verbalizarla en voz alta.
—Porque tengo miedo de lo que pase después. De que me odie. De que deje de mirarme como me mira ahora, aunque esa mirada todavía tenga mucho dolor detrás.
Clara se sienta frente a mí, dejando que la cena se enfríe un momento mientras me presta toda su atención.
—¿Y si en lugar de asumir lo peor, consideras la posibilidad de que contarle la verdad sea precisamente lo que necesitáis los dos para poder avanzar de verdad, sea cual sea la dirección que tome después esa conversación?
Su pregunta se me queda rondando en la cabeza durante el resto de la noche, mientras ceno en silencio, mientras me preparo para dormir, mientras doy vueltas en la cama sin conseguir conciliar el sueño fácilmente.
Porque en el fondo, sé que tiene razón. Sé que este secreto tiene fecha de caducidad, como le dije a Nico sin decírselo directamente.
Solo necesito reunir el valor suficiente para acelerar esa fecha antes de que las circunstancias lo hagan por mí de una manera mucho menos controlada.
Al día siguiente, durante mi clase de literatura medieval, me cuesta considerablemente concentrarme en la explicación sobre los cantares de gesta que la profesora desarrolla con su entusiasmo habitual.
Mi mente sigue atrapada en la conversación de la biblioteca, en la expresión de Nico cuando le dije que no podía hablar todavía, en la promesa implícita de una verdad que ambos sabemos que tiene que salir a la luz tarde o temprano.
Durante el descanso, recibo un mensaje suyo que no esperaba: "Solo quería decirte que no hay prisa.
Sé que necesitas tu tiempo, y quiero que sepas que puedo esperar todo lo que haga falta.
" Leo el mensaje varias veces, sintiendo una mezcla de alivio y culpa todavía mayor por hacerle esperar algo que él merece saber cuanto antes.
Le contesto simplemente: "Gracias por entenderlo. Significa mucho." Su respuesta llega rápidamente: "Siempre." Una sola palabra que consigue transmitir más calidez de la que cualquier mensaje más elaborado podría haber logrado.
Esa tarde, en lugar de ir directamente a mi piso, decido dar un paseo largo por el paseo marítimo, dejando que el sonido de las olas me ayude a ordenar los pensamientos que llevan todo el día enredados en mi cabeza.
Pienso en Álvaro, en cómo habría reaccionado él ante todo esto, en si de alguna manera, desde donde sea que esté ahora, estaría animándome a finalmente soltar este peso que llevo cargando en su nombre durante cuatro años enteros.
La idea, aunque probablemente ingenua, me proporciona una calma extraña que no esperaba encontrar esa tarde.