Lo Que el Fuego Dejó Capítulo 5
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Capítulo 5

POV: Nico

El entrenador nos hace correr series hasta que las piernas dejan de doler porque ya no sienten absolutamente nada, ese punto de agotamiento físico total que llevo persiguiendo deliberadamente desde hace cuatro años porque es, sin ninguna duda, mi manera preferida de no pensar en nada más.

Aunque últimamente, tengo que admitirlo, ni siquiera esto funciona con la eficacia habitual.

Bruno se pone a mi ritmo en la última vuelta del campo, sudando copiosamente y hablando al mismo tiempo con la respiración entrecortada, una habilidad física que nunca terminaré de entender del todo en él.

—Te noto raro desde el lunes —dice, entre jadeos—. ¿Pasó algo con la chica de Filología con la que te vi discutiendo en el pasillo la semana pasada?

—No es nada, Bruno.

—Ferrer, llevamos jugando juntos tres años seguidos, compartiendo vestuario, viajes de equipo, victorias y derrotas importantes. Sé perfectamente cuándo mientes. Y mientes fatal, por cierto, siempre lo has hecho, ni siquiera te esfuerzas en hacerlo bien.

No contesto. Terminamos las series de sprint en silencio, cada uno con sus propios pensamientos, y cuando llegamos a los vestuarios, con el resto del equipo gritando bromas y tirándose toallas mojadas los unos a los otros en ese ambiente de camaradería ruidosa que normalmente me encanta, me quedo un momento más de la cuenta bajo la ducha, dejando que el agua caliente haga lo que ha hecho sistemáticamente durante cuatro años enteros: absolutamente nada.

El agua nunca consigue quitarme del todo ese frío específico que se me metió dentro la noche del incendio, un frío que ninguna temperatura externa parece capaz de contrarrestar.

La noche del incendio. Así es como la llamo siempre en mi cabeza, aunque técnicamente no hubo ningún incendio literal esa noche, solo un coche estrellado contra un árbol en una curva que Álvaro había tomado cientos de veces sin ningún problema.

Pero mi cerebro decidió, por alguna razón que nunca he terminado de entender del todo, asociar esa noche con fuego, con humo, con esa sensación de calor abrasador consumiéndolo todo a su paso sin dejar nada intacto detrás.

Nadie en este equipo sabe que tuve un hermano.

Nadie sabe que se llamaba Álvaro, que tenía veintiún años recién cumplidos, que estudiaba ingeniería industrial con notas mediocres porque prefería mil veces tocar la guitarra —fatal, todo hay que decirlo, pero con muchísimas ganas y entusiasmo genuino— antes que estudiar para los exámenes.

Nadie sabe que se rió por última vez de un chiste malísimo mío, uno de esos chistes que solo funcionan entre hermanos que se conocen de toda la vida, antes de subir al coche esa noche para ir a buscar no sé exactamente qué, no sé dónde con precisión, porque nadie me lo contó nunca del todo, ni entonces ni después.

Solo sé, con la certeza fría de un dato objetivo que llevo memorizado como si fuera una fecha histórica, que su móvil registró una llamada a Sara Vidal exactamente once minutos antes del momento estimado del accidente, según la reconstrucción que hizo la policía basándose en la hora de la llamada de emergencia de un vecino.

Y que ella nunca me dijo, ni entonces ni en los años siguientes, de qué hablaron durante esos minutos que resultaron ser los últimos de conversación real que tuvo mi hermano con alguien que le importaba.

Se lo pregunté una vez, directamente, sin rodeos, en el hospital, con la bata verde de visitas todavía puesta y las manos temblándome tanto por la conmoción que no podía sostener siquiera un vaso de agua sin derramarlo.

Se lo pregunté como quien pide un salvavidas en medio de un naufragio, porque necesitaba desesperadamente entender algo, cualquier cosa, que le diera sentido a lo que estaba pasando, necesitaba que alguien me explicara por qué mi hermano había salido de casa a esas horas de la noche, con esa prisa evidente, con esa cara que la vecina que lo vio salir describió después a la policía como "asustada" o "alterada", no recuerdo exactamente qué palabra usó en su declaración.

Sara se puso completamente pálida cuando le pregunté. Dijo que no era nada importante. Dijo que habían hablado de tonterías sin ninguna trascendencia real.

Y entonces, pocos días después, se fue de mi vida sin darme ninguna otra explicación adicional, sin una despedida propiamente dicha, dejándome con un hermano muerto, una llamada telefónica sin resolver que me perseguía cada noche antes de dormir, y la sensación persistente, que nunca se me ha ido del todo en cuatro años completos, de que me estaba mintiendo entonces con esa respuesta demasiado rápida y demasiado vaga, y de que quizás sigue mintiéndome ahora, en esta nueva etapa de reencuentro forzado por la burocracia universitaria.

Me visto rápido después de la ducha, sin esperar a que el resto del equipo termine sus rituales habituales de vestuario. Necesito aire fresco, necesito espacio para pensar sin la presión social de fingir normalidad delante de mis compañeros.

Porque la vuelvo a tener delante después de cuatro años enteros de ausencia y silencio, y lo único que quiero de verdad, más incluso que odiarla por haberme abandonado sin explicaciones en el momento más duro de mi vida, más que evitarla sistemáticamente como he estado intentando hacer desde que la vi por primera vez en el campo, es hacerle la misma pregunta exacta que nunca respondió satisfactoriamente.

¿De qué hablasteis, Sara? ¿Qué es exactamente lo que no me has contado durante todos estos años?

Bruno me alcanza en el aparcamiento, ya vestido de calle, con la mochila deportiva colgada al hombro.

—¿Vienes a tomar algo con el equipo esta noche? Vamos al bar de siempre.

—Creo que paso hoy. Necesito estudiar.

—Ferrer, llevas toda la semana rechazando planes. Como sigas así vas a conseguir que me preocupe de verdad.

—Estoy bien, Bruno. De verdad. Solo necesito procesar algunas cosas.

Se queda mirándome un momento más, evaluando probablemente si merece la pena insistir, antes de encogerse de hombros con esa actitud despreocupada tan suya.

—Vale, tío. Pero sabes dónde estoy si necesitas hablar de lo que sea. Y digo lo que sea, en serio.

Le doy las gracias y me despido, caminando de vuelta a la residencia bajo un cielo ya oscurecido de finales de septiembre.

Y una parte de mí, la parte que todavía huele a humo metafórico cada vez que cierra los ojos por las noches, tiene verdadero miedo de la respuesta que Sara pueda darme algún día, si es que alguna vez se decide a dármela.

Miedo de que confirme que Álvaro murió esa noche con la cabeza puesta en otro sitio completamente distinto a la carretera que estaba conduciendo.

Y miedo, sobre todo, de que ese "otro sitio" fuéramos, de alguna manera que todavía no logro comprender del todo racionalmente, Sara y yo.

Llego a la biblioteca al día siguiente con esa idea todavía rondándome la cabeza, decidido a intentar, al menos por esta tarde, dejar a un lado las preguntas más dolorosas y simplemente centrarme en el trabajo de Sociología que tenemos pendiente.

Sara ya está allí cuando llego, sentada en la misma mesa de la vez anterior, con varios libros abiertos sobre la superficie de madera y expresión concentrada.

—Llegas puntual hoy —comenta, sin levantar la vista de sus apuntes.

—Lo intento. Es una novedad para mí, la verdad, si le preguntas a Bruno.

Se le escapa una sonrisa pequeña ante mi comentario, la primera sonrisa genuina que le veo desde que volvimos a encontrarnos hace apenas unos días.

Trabajamos durante un par de horas con una fluidez que no esperaba, repartiendo tareas, discutiendo enfoques teóricos para el trabajo, incluso riéndonos brevemente de algún comentario torpe de la profesora Aguirre que ambos recordamos de la primera clase.

—¿Sabes? —dice ella en un momento dado, cerrando el portátil un momento—. No pensé que esto pudiera sentirse tan normal, trabajar contigo después de todo lo que ha pasado.

—Yo tampoco lo esperaba, sinceramente.

—¿Crees que algún día podremos hablar de verdad, sin que todo se sienta tan pesado?

Su pregunta me pilla desprevenido, precisamente porque es la misma pregunta que llevo haciéndome yo mismo desde que la vi por primera vez en el campo de rugby.

—Espero que sí, Sara. De verdad lo espero.

Nos quedamos en silencio un momento, un silencio distinto a los anteriores, más cómodo, menos cargado de tensión no resuelta.

Cuando finalmente recogemos nuestras cosas para irnos, ya ha anochecido fuera, y caminamos juntos hasta la parada de autobús donde nuestros caminos se separan, cada uno hacia su residencia respectiva.

—Hasta el jueves —dice ella, subiendo al autobús que la lleva de vuelta a su piso compartido con Clara.

—Hasta el jueves —repito, quedándome parado en la parada varios minutos después de que el autobús ya se haya perdido de vista, procesando la sensación extraña y nueva de que, por primera vez en cuatro años enteros, algo entre nosotros empieza a sentirse menos como una herida abierta y más como una posibilidad genuina de sanación compartida.

Esa noche, de vuelta en la residencia, encuentro a Bruno tumbado en su cama con un libro de anatomía deportiva abierto sobre el pecho, aunque más dormido que despierto sobre las páginas.

—¿Qué tal la reunión con la chica misteriosa? —pregunta, despertándose a medias al oírme entrar.

—Bien, sorprendentemente bien.

—¿Bien como en "hemos avanzado con el trabajo" o bien como en "algo ha cambiado entre nosotros"?

Me siento en mi propia cama, considerando cuidadosamente cómo describir la sensación extraña que llevo experimentando desde la biblioteca.

—Las dos cosas, creo. Es raro, Bruno. Llevo cuatro años enteros evitando cualquier cosa relacionada con mi pasado, y hoy, por primera vez, sentarme con ella se ha sentido casi como respirar después de mucho tiempo conteniendo el aliento.

Bruno se incorpora completamente, dejando el libro a un lado, con una expresión seria poco habitual en él.

—Eso suena importante, tío. Cuídalo bien, sea lo que sea que esté pasando entre vosotros.

Asiento, sin necesidad de añadir nada más, y apagamos las luces poco después, cada uno con sus propios pensamientos, mientras yo me quedo despierto un rato más, repasando mentalmente cada detalle de la tarde compartida con Sara, permitiéndome sentir, por primera vez en mucho tiempo, algo parecido genuinamente a la esperanza.