Lo Que el Fuego Dejó Capítulo 4
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Capítulo 4

POV: Sara

Le cuento a Clara lo mínimo indispensable durante la comida: que conocí a Nico hace años, que hay una historia complicada de por medio relacionada con una pérdida familiar, que ahora nos ha tocado trabajar juntos en un proyecto de clase por pura mala suerte estadística.

Ella escucha con esa atención genuina que la caracteriza, sin presionar para saber más de lo que estoy dispuesta a compartir, aunque le noto la curiosidad brillándole en los ojos cada vez que menciono su nombre.

—¿Y vas a estar bien trabajando con él? —pregunta, mojando una patata frita en salsa con más concentración de la que requiere el gesto.

—Voy a tener que estarlo. La nota vale un cuarenta por ciento.

—Esa no es la pregunta que te he hecho.

Tiene razón, como casi siempre. No sé si voy a estar bien. No sé nada, en realidad, excepto que llevo cuatro años evitando exactamente este tipo de situación y que ahora no tengo escapatoria posible.

La biblioteca de la facultad tiene esas mesas largas junto a las ventanas, las que se llenan de sol por las tardes de principios de curso, y he elegido una a propósito lejos de cualquier rincón que pudiera sentirse remotamente íntimo.

Necesito luz. Necesito gente alrededor, aunque sea gente que no conozco y que no me presta ninguna atención.

Necesito cualquier cosa que no sea quedarme completamente a solas con Nico Ferrer y cuatro años de silencio acumulado entre los dos como una tercera presencia invisible.

Llega siete minutos tarde, con la mochila del entrenamiento todavía colgada de un hombro y el pelo húmedo de la ducha rápida que evidentemente se ha dado antes de venir.

Se sienta enfrente, no al lado, y por un segundo agradezco en silencio que al menos eso lo recuerde de mí: que nunca me ha gustado tener a nadie demasiado cerca físicamente cuando no lo he decidido yo con antelación.

—Perdón —dice, dejando el cuaderno sobre la mesa con cierta brusquedad—. Se alargó el entrenamiento más de la cuenta.

—No pasa nada.

Silencio. El tipo de silencio que pesa físicamente, que ocupa espacio real entre los dos como si fuera una persona más sentada a la mesa, escuchando cada palabra que no nos atrevemos a decir.

—Podemos centrarnos solo en el trabajo —digo finalmente, sacando mi cuaderno como si fuera un escudo protector contra cualquier conversación que se desvíe del terreno estrictamente académico—.

Aguirre quiere un análisis sobre comunidad y pertenencia en el deporte universitario.

Podríamos usar el equipo de rugby como caso de estudio, ya que tú tienes acceso directo.

—Vale.

—Vale —repito, y odio lo formal y distante que suena mi propia voz, como si estuviera hablando con un desconocido en una reunión de trabajo cualquiera y no con la persona que probablemente mejor me conoció en el mundo durante casi toda mi adolescencia.

Nico apoya los codos en la mesa y me mira con esa quietud suya que nunca supe si era calma genuina o control férreo, algo que probablemente aprendió a base de contener emociones que no podía permitirse mostrar en público durante los meses más duros después del funeral.

Reconozco el gesto perfectamente. Yo hago algo parecido con las manos, apretándolas con fuerza debajo de la mesa para que no vea que me tiemblan ligeramente.

—Sara.

—Dijimos que solo el trabajo, Nico.

—Solo quiero preguntarte una cosa —dice, y su voz baja de tono, pierde parte del filo defensivo que tenía en el pasillo—. ¿Por qué Valencia? De todas las universidades del país, con todos los programas de Filología que existen, ¿por qué elegiste justo esta ciudad, esta universidad concreta?

No esperaba la pregunta, al menos no formulada así, tan directamente.

Esperaba reproches, tal vez, o silencio prolongado, o que me tratara con la misma distancia gélida con la que me ha tratado desde que volvimos a encontrarnos.

No esperaba que quisiera saber algo genuino de mí, algo que no estuviera directamente relacionado con la pregunta que sé que lleva cuatro años queriendo hacerme.

—Tenía un buen programa de Filología —miento a medias, porque es parcialmente cierto, aunque desde luego no es la razón principal que me trajo hasta aquí—. Buenas referencias, buen profesorado especializado en literatura medieval, que es lo que más me interesa.

—Sara.

—¿Qué?

—Que llevas cuatro años sin mirarme a los ojos más de tres segundos seguidos en ninguna fotografía ni video que haya visto de pasada en redes sociales de gente del pueblo, y ahora mismo llevas contando quince segundos sin apartar la mirada.

Se me corta la respiración de golpe. Tiene razón, maldita sea.

Llevo quince segundos mirándolo fijamente como si de verdad quisiera contarle toda la verdad ahora mismo, en esta biblioteca, entre estanterías de libros de sociología: que elegí esta universidad porque quedaba lejos, sí, geográficamente lejos del pueblo y de todos sus fantasmas, pero también porque una parte estúpida y rota de mí, una parte que ni siquiera mi terapeuta consiguió desenterrar del todo en dos años de sesiones semanales, necesitaba estar en un sitio completamente nuevo donde nadie supiera lo que hice, ni lo que no hice, la noche que murió su hermano.

Aparto la mirada primero, fingiendo un interés repentino en la bibliografía recomendada por Aguirre.

—El trabajo —digo, con la voz más firme de lo que me siento por dentro—. Hablemos del trabajo, Nico, por favor.

Y para su crédito, o quizás para el mío, ninguno de los dos vuelve a mencionar el tema de Valencia en toda la tarde.

Trabajamos durante casi dos horas, repartiendo secciones del análisis, discutiendo posibles enfoques teóricos, e incluso hay momentos, breves pero reales, en los que casi consigo olvidar por completo el peso de todo lo que no le he contado, momentos en los que simplemente somos dos compañeros de clase hablando de bibliografía académica como cualquier otra pareja de estudiantes.

Cuando por fin recojo mis cosas para irme, con la mitad del esquema del trabajo ya avanzado y la cabeza llena de preguntas que decidí no hacer, me doy cuenta de algo que me sorprende genuinamente: ha sido, con diferencia, la primera conversación real que hemos tenido en cuatro años completos.

Y de que una parte de mí, la parte que creía completamente enterrada bajo capas y capas de cenizas emocionales acumuladas, la ha echado de menos con una intensidad que no me esperaba sentir, y que me asusta mucho más de lo que estoy dispuesta a admitir ni siquiera ante Clara esta noche, cuando me pregunte, inevitablemente, cómo ha ido la primera reunión de trabajo con el misterioso chico del pasado.

Efectivamente, en cuanto pongo un pie en el piso compartido, Clara aparece desde la cocina con dos copas de vino ya servidas, como si hubiera estado esperando pacientemente mi llegada durante toda la tarde.

—Cuéntamelo todo, con pelos y señales —exige, tendiéndome una de las copas—. ¿Cómo ha ido la reunión con el chico misterioso del pasado complicado?

—Ha ido... bien, la verdad. Mejor de lo que esperaba.

—¿Solo bien? Llevas una cara que sugiere considerablemente más que "bien" a secas.

Me siento en el sofá, dándole vueltas a la copa de vino sin bebérmela todavía, pensando en cómo explicar la maraña de emociones contradictorias que llevo sintiendo desde que salí de la biblioteca.

—Es raro, Clara. Llevo cuatro años evitando pensar en él, en todo lo relacionado con esa época de mi vida, y hoy, trabajando juntos en la biblioteca, ha habido momentos en los que me he sentido casi normal a su lado. Como si el tiempo no hubiera pasado en absoluto.

—¿Y eso es bueno o malo?

—No lo sé todavía. Las dos cosas a la vez, probablemente.

Clara se sienta a mi lado, cruzando las piernas sobre el sofá con esa naturalidad suya que hace que cualquier conversación, por complicada que sea, se sienta manejable en su presencia.

—Bueno, sea lo que sea, tienes seis semanas enteras de trabajo compartido por delante para ir descubriéndolo poco a poco. No hace falta que lo resuelvas todo esta misma noche.

Su perspectiva pragmática, tan característica de ella, me ayuda a relajar los hombros por primera vez desde que salí de la biblioteca.

Terminamos la botella de vino viendo un documental aleatorio sobre volcanes que ninguna de las dos había elegido conscientemente pero que terminamos viendo entero de todos modos, y cuando finalmente me meto en la cama esa noche, con la mente todavía dándole vueltas a la conversación con Nico sobre por qué elegí Valencia, decido que mañana intentaré, al menos durante las próximas semanas de trabajo compartido, no huir constantemente de las preguntas difíciles que inevitablemente van a seguir surgiendo entre nosotros dos.

Los días siguientes transcurren con la rutina habitual de clases, lecturas obligatorias y sesiones de estudio en la biblioteca, aunque noto que presto considerablemente más atención de la habitual a cualquier mención casual del equipo de rugby en las conversaciones ajenas que escucho por el campus, como si mi cerebro hubiera decidido unilateralmente que cualquier información relacionada con Nico merece atención especial ahora mismo.

El miércoles, mientras almuerzo con Clara en la cafetería principal, ella menciona casualmente que ha visto los resultados del amistoso de pretemporada del equipo de rugby publicados en el tablón de anuncios del gimnasio.

—Ganaron por bastante diferencia, según parece —comenta, sin darle mayor importancia—. ¿No es ese el equipo del chico misterioso tuyo?

—No es "mi chico misterioso", Clara. Es simplemente alguien con quien tengo que trabajar en un proyecto de clase.

—Ya, claro, por eso te has puesto roja como un tomate en cuanto he mencionado el equipo de rugby.

Me río a pesar de mí misma ante su perspicacia, incapaz de negar completamente que la mención del equipo, y por extensión de Nico, provoca en mí una reacción que difícilmente podría calificarse de puramente académica o profesional.

—Vale, quizás me interese un poco más de lo que estoy dispuesta a admitir en voz alta —confieso finalmente, entre risas compartidas—. Pero es complicado, Clara. Hay demasiada historia detrás como para que sea simplemente fácil.

—Las mejores historias nunca son fáciles, Sara. Eso no significa que no merezcan la pena intentarlo de todos modos.