Lo Que el Fuego Dejó Capítulo 3
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Capítulo 3

POV: Nico

El plan dura dos días para mí también, aunque yo no tenía ningún plan de verdad, solo la esperanza vaga y probablemente ingenua de que Valencia fuera lo bastante grande para que nuestros caminos no volvieran a cruzarse más de lo estrictamente inevitable en una ciudad universitaria de este tamaño.

Los dos días pasan en una especie de tregua incómoda.

La veo una vez de lejos, en la cafetería central, riéndose de algo que le dice una chica que no reconozco, y el sonido de esa risa —una risa que recuerdo perfectamente de los veranos en la cala, cuando todavía éramos tres y no dos personas rotas evitándose por los pasillos de una universidad— me deja paralizado con el café a medio camino de la boca durante tanto tiempo que Bruno tiene que chasquear los dedos delante de mi cara para que reaccione.

—Tierra llamando a Ferrer.

—Perdón. ¿Qué decías?

—Que si vas a apuntarte a la asignatura de Sociología del Deporte o no. El plazo se cierra hoy.

Me apunto, más por inercia que por interés real en la materia, sin saber que esa decisión va a resultar ser la más determinante de todo el semestre.

La profesora Aguirre no ha leído mi expediente ni le importaría lo más mínimo si lo hubiera hecho.

Es una mujer de mediana edad con gafas de pasta gruesa y una obsesión declarada por hacer que sus alumnos trabajen en equipo, "para simular las dinámicas reales del mundo laboral", según explica el primer día de clase con una convicción que sospecho pocos de sus estudiantes comparten.

—Vamos a trabajar en parejas durante todo el cuatrimestre —anuncia, repasando una lista en su tablet—. El trabajo final valdrá el cuarenta por ciento de la nota, así que espero compromiso serio por parte de todos.

Un murmullo recorre el aula, la mezcla habitual de resignación y cálculo estratégico de estudiantes intentando adivinar con quién les tocará trabajar. Yo ni siquiera estoy prestando atención de verdad, distraído mirando por la ventana, hasta que oigo un nombre que me hace volver la cabeza de golpe.

—Ferrer, con Vidal —dice Aguirre, sin levantar la vista del papel, con la misma indiferencia con la que ha anunciado las otras quince parejas.

El aula entera sigue con su ruido de sillas y móviles, ajena por completo a que el mundo acaba de detenerse en dos puntos completamente distintos del aula: en mi silla, donde me he quedado congelado con el bolígrafo suspendido en el aire, y en la tercera fila, donde Sara se ha quedado con el cuaderno abierto por una página que ya no está mirando.

Nos miramos por primera vez en cuatro años, de verdad, directamente, sin la distancia protectora de una grada o de una cafetería llena de gente.

No sé qué esperaba encontrar en su cara.

Que hubiera cambiado, tal vez, que los años le hubieran limado los bordes de la misma manera que a mí me los limaron a base de placajes y entrenamientos a las seis de la mañana y la disciplina brutal que exige competir a nivel universitario.

Pero tiene la misma mirada de siempre, esa que parece pedir perdón constantemente por ocupar sitio en el mundo, solo que ahora hay algo más debajo, algo cansado y viejo que no reconozco del todo y que no sé si quiero reconocer, porque reconocerlo significaría admitir que los últimos cuatro años también la han cambiado a ella, que no ha sido solo yo quien ha cargado con el peso de aquella noche.

—Podéis quedar esta semana para repartir el trabajo —sigue diciendo Aguirre, completamente ajena a la catástrofe personal que acaba de provocar con una simple asignación aleatoria de parejas—.

Entrega en seis semanas. Espero un análisis serio sobre comunidad y pertenencia en algún contexto deportivo de vuestra elección.

Seis semanas. Seis semanas de reuniones obligatorias, de tardes compartidas, de una excusa académica perfecta para vernos que ninguno de los dos ha pedido ni quiere, pero que el destino, disfrazado esta vez de burocracia universitaria, nos ha impuesto sin pedir permiso.

Sara recoge sus cosas antes de que termine oficialmente la clase, tan rápido y con tanta torpeza nerviosa que se le cae un bolígrafo al suelo sin que se pare a recogerlo, demasiado ocupada en desaparecer del aula lo más rápido posible.

Yo sí me paro. Lo cojo casi sin pensar, en un gesto puramente automático.

Es un boli azul, mordido por un extremo, exactamente como los que mordía en el instituto cuando estudiaba para los exámenes que odiaba, un detalle tan pequeño y tan característicamente suyo que me sorprende que algo tan insignificante todavía pueda dolerme de esta manera concreta.

La alcanzo en el pasillo, sorteando a un grupo de estudiantes de primero que bloquean media anchura con sus mochilas gigantes.

—Vidal.

Se detiene como si le hubiera clavado algo entre los omóplatos, la espalda tensándose visiblemente bajo la tela de su chaqueta.

Se da la vuelta despacio, casi con miedo, y durante un segundo entero ninguno de los dos dice nada, solo nos miramos como dos personas que se conocen demasiado bien para fingir que son extrañas y demasiado poco, ahora, después de cuatro años de silencio absoluto, para saber exactamente qué se dicen en una situación como esta.

—Se te ha caído esto —le tiendo el boli, con la mano un poco más firme de lo que me siento por dentro.

Ella lo mira como si fuera un arma cargada, como si aceptar ese bolígrafo mordido significara aceptar también todo lo demás que viene implícito en esta conversación forzada.

—Gracias —dice al fin, cogiéndolo con dedos que noto ligeramente temblorosos, y su voz suena más pequeña de lo que recuerdo, más cautelosa, como si hubiera aprendido a medir cada palabra antes de soltarla.

—Sara.

—No —me corta, antes de que pueda añadir nada más, con una firmeza que me sorprende viniendo de alguien que parece estar a punto de salir corriendo—. No voy a hacer esto contigo, Nico. El trabajo, sí, lo haré, seré profesional, cumpliré con mi parte. Lo demás, no. No puedo.

Y se va, dejándome en mitad del pasillo con la sensación exacta de la primera vez que un placaje me tiró al suelo sin avisar en un entrenamiento juvenil: el aire completamente fuera de los pulmones, el suelo mucho más duro de lo que recordaba, y ninguna manera posible de fingir, ni siquiera ante mí mismo, que no me ha dolido escuchar esas palabras.

Bruno me encuentra todavía parado en el mismo sitio diez minutos después, cuando ya se ha vaciado el pasillo casi por completo.

—¿Vas a quedarte ahí plantado el resto del día, o piensas contarme por fin quién es la chica que te tiene con esa cara desde hace días?

Por primera vez desde que Sara reapareció en mi vida, decido que quizás ya va siendo hora de dejar que alguien más entre en esta historia, aunque sea solo un poco, aunque sea solo la superficie.

—Se llama Sara —digo—. Y es complicado.

—Con eso ya me habías convencido antes incluso de que abrieras la boca —contesta Bruno, pasándome un brazo por los hombros mientras caminamos hacia la salida—.

Venga, cuéntamelo todo. Tenemos seis semanas de trabajo compartido con ella por delante, según he oído, así que más vale que me pongas al día si no quieres que meta la pata sin saberlo.

Le cuento la versión resumida mientras caminamos hacia la cafetería, omitiendo deliberadamente los detalles más íntimos: que Sara y yo crecimos juntos en el mismo pueblo, que había un tercer amigo en la ecuación, que ese amigo era mi hermano y que ya no está entre nosotros.

Bruno escucha con atención genuina, sin interrumpir, algo poco habitual en él considerando su tendencia natural a comentar todo lo que se le pasa por la cabeza.

—Joder, tío —dice finalmente, cuando termino el resumen—. Eso explica bastante por qué llevas toda la semana con cara de haber visto un fantasma cada vez que la mencionas.

—Es más complicado de lo que puedo explicarte ahora mismo.

—No hace falta que me lo expliques todo de golpe. Pero si necesitas que finja ser tu pareja de trabajo de emergencia para librarte de alguna reunión incómoda con ella, ya sabes que cuentas conmigo.

Me río ante la propuesta absurda, agradeciendo en silencio que Bruno tenga ese don particular de aligerar cualquier situación con su humor torpe.

Pasamos el resto de la tarde en la biblioteca, supuestamente estudiando para un examen de anatomía deportiva que tengo la semana siguiente, aunque en realidad paso más tiempo mirando por la ventana hacia el edificio de Filología del que estudiando de verdad.

Esa noche, de vuelta en mi habitación, repaso mentalmente la conversación en el pasillo una y otra vez, analizando cada palabra que Sara pronunció, cada gesto, cada silencio.

"No voy a hacer esto contigo, Nico." Las palabras se me quedan grabadas, y no consigo decidir si me duelen porque suenan a rechazo definitivo o porque, de alguna manera retorcida, todavía guardan una pizca de esperanza: si no quiere hacer "esto" conmigo, sea lo que sea "esto", significa que reconoce que hay algo entre nosotros que merece la pena nombrar, aunque sea solo para rechazarlo explícitamente.

Envío un mensaje al grupo de Sociología del Deporte, el chat que Aguirre creó obligatoriamente para cada pareja de trabajo, proponiendo la biblioteca como lugar de encuentro para el jueves por la tarde.

La respuesta de Sara llega quince minutos después, escueta pero cortés: "Vale, allí estaré.

" Cuatro palabras que consigo releer más veces de las que estoy dispuesto a admitir ante nadie, ni siquiera ante mí mismo.

Al día siguiente, en clase de Sociología, la profesora Aguirre dedica toda la sesión a explicar la metodología esperada para el trabajo en parejas, repartiendo una guía detallada de veinte páginas que la mayoría de estudiantes hojea con desgana evidente.

Miro de reojo hacia la tercera fila, donde Sara toma notas meticulosas, subrayando pasajes específicos con distintos colores de rotulador, un método de estudio que reconozco perfectamente de cuando compartíamos instituto en el pueblo.

Al terminar la clase, mientras el resto de estudiantes recoge apresuradamente sus cosas para correr hacia la siguiente asignatura, decido acercarme brevemente a su mesa, con el corazón latiendo ligeramente acelerado ante la perspectiva de otra interacción directa.

—¿Todo claro con la guía del trabajo? —pregunto, señalando el documento que ella todavía tiene abierto sobre el pupitre.

—Creo que sí. Parece bastante detallado, la verdad, aunque un poco excesivo para un trabajo de solo cuarenta por ciento de la nota final.

—Típico de Aguirre. El año pasado hizo algo parecido con otro trabajo grupal, y al final resultó ser mucho más sencillo de lo que la guía sugería inicialmente.

Sara asiente, sonriendo ligeramente ante mi comentario, y por un momento la conversación fluye con una normalidad que no esperaba experimentar tan pronto después de nuestra tensa interacción del pasillo hace apenas unos días.

—Nos vemos el jueves entonces, en la biblioteca —confirma, recogiendo finalmente sus cosas.

—Nos vemos el jueves —repito, viéndola marcharse hacia su siguiente clase con una sensación extraña de esperanza tentativa instalándose en mi pecho, la primera esperanza genuina que siento desde que la vi por primera vez cruzando el campo de rugby hace apenas una semana.