Capítulo 2
POV: Sara
No lo veo. Eso es lo que me repito mientras subo las escaleras del edificio de Filología con el corazón latiéndome en los oídos, con tanta fuerza que me sorprende que la gente a mi alrededor no pueda oírlo también.
No lo he visto. No puede ser él.
Excepto que sí es él, porque conozco esa espalda mejor que la mía propia, y porque durante cuatro años he entrenado a mi cuerpo para reconocer a Nico Ferrer desde cualquier ángulo, en cualquier multitud, como si formara parte de un sistema de alarma que nunca se apagó del todo, por mucho que me esforzara en desconectarlo.
Esa forma de moverse, ocupando el espacio con la seguridad de quien lleva toda la vida siendo bueno en algo físico.
Ese perfil que reconocería con los ojos cerrados.
Llego al primer piso casi sin aliento, aunque no he subido tantas escaleras como para justificar la falta de aire. Clara, mi compañera de piso, me espera apoyada contra la pared junto a la puerta del aula, con el móvil en una mano y un café para llevar en la otra.
—Llegas dos minutos tarde a tu propia vida —dice, sin levantar la vista de la pantalla—. ¿Todo bien? Estás pálida.
—Sí. No. He visto a alguien.
—¿A alguien bueno o a alguien de los que dan mala espina?
Buena pregunta. Llevo cuatro años sin saber exactamente en qué categoría meter a Nico Ferrer.
—A alguien del pasado —digo, que es lo más cerca de la verdad que puedo llegar sin tener que explicar toda la historia que hay detrás, una historia que ni siquiera Clara, mi mejor amiga aquí en Valencia, conoce en detalle.
Clara me mira con esa curiosidad genuina suya, la que la convierte en la persona más fácil de querer que he conocido en los últimos años, precisamente porque no conoce nada de mi pasado.
Para ella soy simplemente Sara, la chica de Filología que hace los mejores apuntes de la clase y que nunca habla de su familia más de lo estrictamente necesario.
—Cuéntamelo en la comida —dice, dándome un golpecito en el hombro—. Ahora entra, que Martínez pasa lista y ya sabes cómo se pone si llegamos tarde.
Entro en el aula y me siento en mi sitio habitual, tercera fila, cerca de la ventana, e intento concentrarme en la explicación sobre literatura medieval que Martínez está desgranando con su entusiasmo habitual.
No lo consigo. Mi cabeza sigue en el campo de rugby, en esa fracción de segundo en la que estoy casi segura de que Nico me ha visto también, de que hemos compartido, sin quererlo, el mismo instante de reconocimiento paralizante.
Valencia tenía que ser mi sitio seguro. Elegí esta universidad precisamente porque quedaba lejos del pueblo, lejos del hospital, lejos de la casa de los Ferrer con las ventanas siempre cerradas después de aquel invierno que cambió todo.
Elegí Filología porque nadie aquí sabe que hubo un incendio, ni que hubo un chico que murió, ni que hubo una chica —yo— que se quedó con la última llamada de Álvaro sin resolver en la memoria y con eso a cuestas para el resto de su vida.
Nadie aquí sabe que fui la última persona con la que habló antes de morir.
Nadie, excepto quizás la única persona en el mundo a la que no quiero volver a ver, y que ahora resulta que respira el mismo aire universitario que yo, que probablemente cruzará mi camino en cafeterías, en pasillos, en fiestas de campus a las que ninguna de las dos partes podrá evitar asistir en algún momento durante los próximos cuatro años.
La clase termina y salgo casi corriendo, ignorando la mirada extrañada de Clara, directa al baño del segundo piso, el más apartado, el que casi nadie usa entre clase y clase.
Me encierro en un cubículo y respiro contra la pared fría durante lo que me parecen minutos enteros, aunque probablemente sean solo segundos, hasta que el vaho de mi propia respiración agitada empaña la superficie brillante y me devuelve una versión borrosa de mi propia cara.
Cuatro años reconstruyéndome pedazo a pedazo, ladrillo a ladrillo, terapia semanal incluida los primeros dos años hasta que pude permitírmela, y basta un segundo, un hombro conocido cruzando un campo de rugby, para que todo vuelva a temblar como si no hubiera pasado el tiempo, como si siguiera siendo la chica de diecinueve años paralizada en un pasillo de hospital sin saber cómo decirle la verdad a nadie.
No voy a hablar con él. No voy a acercarme. No voy a preguntar si todavía me odia tanto como yo me odio a mí misma cada vez que cierro los ojos y recuerdo el sonido de su voz al otro lado del teléfono, la última vez que hablamos de verdad, antes de que todo se volviera silencio y distancia.
Es un buen plan. Sólido, razonable, el tipo de plan que cualquier terapeuta aprobaría como una estrategia sensata de autocuidado.
Dura exactamente dos días.
Salgo del baño cuando por fin consigo calmar la respiración, y encuentro a Clara esperándome apoyada contra la pared del pasillo, con una expresión que mezcla preocupación genuina con la curiosidad insaciable que la caracteriza.
—¿Vas a contarme qué ha pasado, o tengo que investigarlo yo misma? Porque te aviso que se me da bien investigar.
—Es complicado —digo, y por primera vez en mucho tiempo, esa palabra se queda corta para describir la magnitud real de lo que significa.
—Todo lo bueno lo es —contesta ella, pasándome un brazo por los hombros mientras caminamos hacia la cafetería—. Venga, invito yo. Cuéntame lo que puedas, y lo que no puedas, pues ya me lo contarás cuando estés lista.
Es exactamente lo que necesito oír, y por un momento, mientras caminamos juntas por el pasillo lleno de estudiantes que no saben nada de incendios ni de secretos ni de hermanos perdidos, me permito creer que quizás, después de todo, Valencia todavía puede ser el sitio seguro que necesitaba que fuera.
Aunque una parte de mí, la parte que ha pasado cuatro años huyendo de la misma sombra, ya sabe que ese plan tiene fecha de caducidad, y que empezó a contar el reloj en el momento exacto en que vi a Nico Ferrer atándose los botines en aquella grada, ajeno todavía a que el mundo entero acababa de cambiar de forma otra vez.
Esa noche, tumbada en mi cama de la residencia con el portátil abierto sin realmente prestar atención a la lectura obligatoria de la semana, recibo un mensaje de mi madre preguntándome cómo va el inicio de curso.
Dudo un buen rato antes de contestar, preguntándome si debería mencionar que he visto a Nico, que compartimos universidad, que el pasado que tanto nos costó dejar atrás en el pueblo ha decidido perseguirnos hasta aquí.
Al final, decido no mencionarlo. "Todo bien, empezando fuerte con las clases", escribo simplemente, y me siento culpable inmediatamente por la omisión, aunque no sabría explicar exactamente por qué.
Mis padres nunca supieron los detalles completos de lo que pasó aquella noche con Álvaro, solo que había una llamada, que me sentía terriblemente culpable, y que necesitaba alejarme del pueblo para poder respirar de nuevo.
Nunca les conté hasta el fondo la verdad completa, y esa omisión, sumada a todas las demás que he ido acumulando durante cuatro años, empieza a pesarme de una manera distinta ahora que tengo a Nico delante de mí, todos los días.
Clara vuelve a entrar en mi habitación una hora después, esta vez con dos tazas de té e insistiendo en que necesito relajarme antes del examen sorpresa que Martínez ha anunciado para la semana siguiente.
—¿Sigues dándole vueltas al tema del chico misterioso? —pregunta, sentándose con las piernas cruzadas sobre mi cama, en una postura que ya reconozco como su posición habitual para las conversaciones importantes.
—Un poco, sí. Es complicado tener que compartir espacio con alguien de tu pasado cuando pensabas que ese capítulo estaba completamente cerrado.
—Bueno, los capítulos cerrados a veces se vuelven a abrir cuando menos te lo esperas. Lo importante es cómo decides reaccionar cuando eso pasa.
Su sabiduría improvisada, que suelta con la misma naturalidad con la que hablaría del tiempo, me hace sonreír a pesar de todo el peso emocional que llevo acumulando desde esta mañana.
Terminamos la noche viendo una serie tonta en su portátil, riéndonos de los diálogos ridículos, y por un rato consigo olvidar completamente que en algún edificio de este mismo campus, Nico Ferrer probablemente esté haciendo algo parecido con sus propios amigos, cargando con su propio peso invisible sin saber que yo también sigo cargando con el mío, a apenas unos cientos de metros de distancia.
A la mañana siguiente, me despierto considerablemente más temprano de lo habitual, incapaz de seguir durmiendo con la cabeza todavía procesando la reaparición inesperada de Nico en mi vida universitaria.
Aprovecho las horas tempranas para salir a correr por el paseo marítimo, algo que suelo hacer los fines de semana pero que rara vez consigo encajar entre semana debido a la carga de estudio.
El aire fresco de la mañana, todavía con ese frescor propio de septiembre antes de que el calor del día se instale completamente, me ayuda a despejar la mente considerablemente.
Corro sin rumbo fijo durante casi una hora, dejando que mis pensamientos fluyan libremente sin intentar controlarlos ni analizarlos excesivamente, una técnica que aprendí durante mis dos años de terapia y que todavía me resulta efectiva en los momentos de mayor confusión emocional.
Cuando finalmente vuelvo al piso, sudorosa pero considerablemente más tranquila, encuentro a Clara preparando el desayuno en la cocina, todavía en pijama y con el pelo revuelto.
—¿Has salido a correr sin avisarme? —pregunta, fingiendo indignación—. Sabes que me encanta acompañarte cuando estás procesando algo importante.
—Necesitaba estar sola un rato con mis propios pensamientos, la verdad.
—Lo entiendo perfectamente. ¿Y bien? ¿Alguna epifanía importante durante la carrera matutina?
Me siento a la mesa de la cocina, aceptando el café que me tiende, considerando cuidadosamente mi respuesta.
—Creo que necesito darle una oportunidad a esto, sea lo que sea. No puedo seguir evitando a Nico durante cuatro años enteros de universidad compartida, y quizás, solo quizás, reencontrarnos aquí sea una oportunidad de resolver algo que dejamos completamente sin cerrar hace cuatro años.
Clara sonríe, sirviéndose su propio café antes de sentarse frente a mí.
—Me parece una actitud muy sana, Sara. Sea lo que sea que decidas hacer con esta segunda oportunidad, cuenta conmigo para apoyarte en cada paso del camino.