Lo Que el Fuego Dejó Capítulo 1
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Lo Que el Fuego Dejó

Lo Que el Fuego Dejó

Por Sarah gohller

© inepub.com

Capítulo 1

POV: Nico

Cuatro años y todavía puedo oler el humo cuando cierro los ojos.

No es un recuerdo bonito para empezar el primer día de clases, pero así funciona mi cabeza desde aquella noche: el fuego decide cuándo aparece, no yo.

Aparece en los sueños, en el olor del pan quemado en la tostadora de la residencia, en el chisporroteo de una barbacoa cualquiera un domingo de verano.

Aparece ahora, sin ningún motivo aparente, mientras estoy sentado en la grada del campo de rugby de la universidad, atándome los botines antes del primer entrenamiento del curso.

El campus de Valencia se despierta despacio a mi alrededor.

Grupos de estudiantes de primero cargan cajas hacia las residencias, todavía con esa energía nerviosa de quien no sabe todavía en qué se va a convertir este lugar para ellos.

Yo ya llevo dos años aquí. Ya sé en qué se ha convertido para mí: un sitio donde nadie conoce mi historia, donde puedo ser solo Nico Ferrer, capitán del equipo de rugby, y no "el chico al que se le murió el hermano", que es como me llamaban en el pueblo durante los últimos años antes de irme.

Termino de atarme el primer botín y empiezo con el segundo cuando algo en el borde de mi visión me hace levantar la cabeza.

No hace falta que se dé la vuelta. Reconocería esa forma de caminar en cualquier multitud — los hombros un poco encogidos, como si todavía intentara ocupar menos espacio del que merece, la mochila colgada de un solo hombro porque nunca le gustó llevarla con las dos correas, el paso rápido de quien siempre parece llegar tarde a algún sitio aunque en realidad va sobrada de tiempo.

Sara Vidal. En Valencia. En mi universidad.

El cordón se me resbala de los dedos y el botín queda medio suelto, olvidado, mientras mi cerebro intenta procesar lo que están viendo mis ojos.

Durante cuatro años me dije que la última vez que la vi fue la última vez, punto.

Que el pueblo, el hospital, el funeral, todo eso se había quedado sellado en una caja que no pensaba volver a abrir jamás, enterrada en algún rincón de mi memoria junto con otras cosas que dolía demasiado recordar.

Y ahora la caja está aquí, cruzando el césped con una carpeta contra el pecho, con el pelo un poco más corto de como lo recordaba y una expresión concentrada que no sé si es real o fingida, sin saber que yo la estoy mirando como si el suelo se hubiera abierto bajo mis pies.

Pienso, de forma casi automática, en la última vez que la vi de verdad, no de pasada, no en una fotografía que alguien colgó en redes sociales y que cerré rápido antes de permitirme sentir nada.

La última vez de verdad fue en el hospital, cuatro años atrás, con la bata verde de visitas todavía puesta, las manos temblándome tanto que no podía sostener el vaso de agua que alguien me había puesto delante.

Ella estaba en el pasillo, pálida, con los ojos hinchados, y cuando le pregunté qué había hablado con Álvaro esa noche, se puso más pálida todavía y murmuró algo sobre tonterías, sobre nada importante, antes de desaparecer literalmente de mi vida sin dejar ni una dirección, ni un número de teléfono nuevo, ni una explicación.

Cuatro años sin verla. Cuatro años preguntándome si volvería a cruzármela alguna vez, y ahora resulta que el destino, o la burocracia universitaria, o simple mala suerte cósmica, ha decidido que compartamos campus.

—¿Ferrer? —Bruno me da un golpe en el hombro, sacándome de golpe del bucle de pensamientos en el que llevo atrapado quién sabe cuántos segundos—. Capitán, el entrenador te está llamando. Llevas ahí sentado como una estatua desde hace un rato.

—Voy —digo, y no reconozco mi propia voz. Suena más ronca de lo normal, como si las palabras tuvieran que abrirse paso a través de algo atascado en mi garganta.

Termino de atarme el botín con dedos torpes, sin dejar de mirar de reojo hacia el edificio de Filología.

Sara no me ve. O finge que no me ve, lo cual, conociéndola, es exactamente lo que haría — siempre fue de las que prefería evitar un problema antes que enfrentarlo de cara, algo que en su día me pareció encantador, casi tierno, y que ahora, después de cuatro años de silencio sin explicación, se me antoja mucho más complicado de interpretar.

Desaparece por la puerta del edificio y yo me quedo ahí, con los botines por fin atados, preguntándome qué demonios hace ella tan lejos de todo lo que la destrozó.

Robledal, nuestro pueblo, queda a casi cuatro horas de aquí.

Podría haber elegido cualquier universidad de España, cualquier ciudad donde reconstruir su vida sin fantasmas rondando cada esquina.

Y sin embargo eligió Valencia. La misma ciudad donde yo decidí estudiar, aunque estoy seguro, casi seguro, de que ella no tenía forma de saberlo cuando se matriculó.

O quizás sí la tenía. Quizás no fue una coincidencia en absoluto.

Esa idea me acompaña durante todo el entrenamiento, distrayéndome lo suficiente como para que el entrenador me grite dos veces por no seguir la formación en un ejercicio básico que llevo haciendo desde los quince años.

—¡Ferrer! ¿Dónde tienes la cabeza hoy? —brama desde la banda, con esa voz que atraviesa el campo entero sin necesidad de megáfono.

—Perdón, entrenador. Ahora mismo.

Bruno me mira de reojo mientras nos colocamos otra vez en posición, con esa expresión suya de quien ha detectado que algo va mal pero todavía no sabe qué preguntar exactamente.

Bruno Aguado es mi mejor amigo desde primero de carrera, un centro de campo brillante con la sutileza social de un elefante en una cristalería, pero con un instinto casi sobrenatural para saber cuándo alguien necesita hablar y cuándo necesita que lo dejen tranquilo.

Hoy, por suerte, elige la segunda opción. Terminamos el entrenamiento sin que vuelva a sacar el tema, aunque le noto la pregunta flotando en el aire cada vez que me mira.

Cuando por fin llego a la residencia esa noche, después de una ducha que no consigue lavarme de encima la inquietud del día, me tumbo en la cama mirando el techo con el móvil en la mano, sin saber muy bien qué hacer con la información que llevo todo el día procesando.

Sara Vidal está aquí. En mi universidad. A quizás quinientos metros de donde estoy tumbado ahora mismo.

Y preguntándome, con esa parte de mí que nunca aprendió a odiarla del todo por mucho que lo intenté durante los primeros meses después de que desapareciera, si sigue durmiendo con la luz encendida, como hacía siempre desde que éramos niños, desde mucho antes de que hubiera ningún motivo real para tener miedo de la oscuridad.

No debería importarme. No tiene derecho a importarme, no después de cuatro años de silencio, no después de dejarme con más preguntas que respuestas sobre la noche que más ha marcado mi vida entera.

Pero el fuego no pregunta qué tiene derecho a hacer. Nunca lo ha hecho. Simplemente aparece, quema lo que encuentra a su paso, y te deja con las cenizas y la certeza incómoda de que nada volverá a ser exactamente igual que antes.

Me quedo dormido, finalmente, pensando en un cobertizo con las bicicletas guardadas y en una ventana que nunca debió haber estado abierta esa tarde de verano de hace cinco años.

Sueño, como tantas otras noches, con el pueblo.

Pero esta vez el sueño tiene una variación nueva: en lugar de la carretera oscura y la curva fatídica que normalmente protagoniza mis pesadillas, sueño con la cala pequeña en pleno verano, con Álvaro tocando mal su guitarra desafinada y Sara riéndose tumbada en la arena, con los tres todavía enteros, todavía sin saber lo que el futuro nos tenía reservado.

Me despierto de golpe a las cuatro de la madrugada, con el corazón acelerado pero, extrañamente, sin la sensación de ahogo habitual que suele acompañar estos episodios nocturnos.

Me quedo tumbado en la oscuridad, escuchando los ronquidos apagados de mi compañero de piso a través de la pared fina de la residencia, procesando la novedad de haber soñado algo que no terminaba en tragedia por primera vez en mucho tiempo.

Quizás sea solo coincidencia, producto del estrés de haber visto a Sara después de tanto tiempo.

O quizás sea otra cosa, algo que todavía no me atrevo a nombrar completamente.

A la mañana siguiente, durante el desayuno rápido en la cafetería de la residencia, Bruno se sienta frente a mí con una bandeja cargada de tostadas y zumo de naranja, todavía con el pelo mojado de la ducha.

—Anoche te until muy pensativo en la cena de equipo —comenta, untando mantequilla en una tostada con gesto distraído—. ¿Sigue siendo por la chica esa?

—Se llama Sara, Bruno. Y sí, supongo que sigo pensando en ella.

—¿Vais a hablar en algún momento, o el plan es evitaros mutuamente durante los próximos cuatro años de universidad compartida?

Su pregunta, formulada con la brusquedad habitual que lo caracteriza, me hace reflexionar seriamente por primera vez sobre cuál es exactamente mi plan a partir de ahora.

Porque evitarla completamente, ahora que sé que compartimos campus, universidad, y probablemente asignaturas optativas en algún momento del curso, empieza a parecerme una estrategia insostenible a largo plazo.

—No lo sé todavía —admito, sirviéndome más café de la cafetera comunitaria—. Necesito pensarlo con calma.

—Bueno, pues piénsalo rápido, porque el campus no es tan grande como para evitar indefinidamente a alguien durante cuatro años enteros. Créeme, lo sé por experiencia propia con cierta ex bastante memorable de segundo curso.

Me río a pesar de mí mismo ante su comentario, agradeciendo silenciosamente que Bruno tenga ese don particular de aligerar incluso las conversaciones más pesadas con su humor torpe pero bienintencionado.

Terminamos el desayuno hablando de la próxima sesión de entrenamiento, del calendario de partidos amistosos previos al inicio oficial de la liga universitaria, de cualquier cosa que no sea directamente Sara Vidal y el peso específico que su reaparición ha añadido a mi ya complicada relación con el pasado.

Pero mientras caminamos juntos hacia el campo de entrenamiento, con el sol de septiembre calentando ya con fuerza a media mañana, no puedo evitar que mi mirada se desvíe automáticamente hacia el edificio de Filología, preguntándome si ella estará ahí dentro en este mismo momento, sentada en alguna aula, quizás pensando también en mí, o quizás completamente ajena a mi existencia, concentrada en sus propias clases y en su propia vida reconstruida lejos de todo lo que compartimos en el pasado.

El entrenamiento de esa mañana resulta particularmente exigente, con el entrenador insistiendo en repasar formaciones básicas de cara al primer amistoso de pretemporada que se celebrará dentro de dos semanas.

Sudando bajo el sol implacable, con los músculos protestando después de una hora entera de sprints y ejercicios de contacto, casi consigo dejar de pensar en Sara durante fragmentos enteros de tiempo, algo que agradezco enormemente considerando lo agotador que resulta mentalmente cargar con tantos pensamientos contradictorios al mismo tiempo.

Durante el descanso, mientras bebemos agua sentados en la sombra escasa que proyecta la única grada cubierta del campo, uno de los jugadores más jóvenes del equipo, un chico de primer año llamado Marcos que todavía está adaptándose al ritmo intenso de los entrenamientos universitarios, se acerca a preguntarme consejo sobre técnica de placaje.

—¿Cómo consigues mantener la posición tan baja sin perder el equilibrio? —pregunta, genuinamente interesado en mejorar.

Le explico pacientemente, demostrando físicamente la postura correcta, y por un momento me siento agradecido por esta distracción concreta, por la responsabilidad de ser capitán y tener que enseñar a los más jóvenes, algo que me obliga a salir completamente de mi propia cabeza y concentrarme en algo tangible y útil.

Cuando finalmente termina el entrenamiento, ya pasado el mediodía, camino de vuelta a la residencia solo, ya que Bruno tiene clase inmediatamente después, y aprovecho el trayecto para llamar a mi madre, algo que hago religiosamente todos los lunes desde que empecé la universidad, manteniendo ese pequeño ritual como forma de mantenerme conectado con el pueblo y con mi familia a pesar de la distancia.

—¿Cómo va el curso, cariño? —pregunta ella, con esa voz cálida que siempre consigue reconfortarme incluso a través del teléfono.

—Bien, mamá. Empezando fuerte, como siempre en septiembre.

Dudo un momento antes de mencionar lo de Sara, pero al final decido no hacerlo todavía, no hasta que yo mismo tenga claro qué significa exactamente su reaparición en mi vida universitaria.

Cuelgo la llamada con la promesa habitual de visitarlos pronto, y continúo caminando hacia la residencia, con el sol de mediodía calentándome la espalda y demasiadas preguntas sin resolver todavía dándome vueltas en la cabeza.