LO QUE EL DESEO NO OLVIDA CAPÍTULO XVI El último viaje #3
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CAPÍTULO XVI El último viaje #3

—Sí. Pero también podías haberme preguntado.

Marcos se detuvo.

—Elena, llevo meses intentando no volver a decidir por ti. Pensé que la mejor manera de hacerlo era esperar a que fueras tú quien marcara la distancia.

—Y yo llevo dos días esperando que hagas algo que me permita saber si sigues deseándome.

Marcos sostuvo su mirada.

—Eso no ha cambiado ni un segundo.

La respuesta llegó demasiado rápido para parecer preparada y Elena sintió un golpe de calor familiar.

—Entonces el problema no es el deseo.

—No.

—¿Cuál es?

Marcos miró hacia el grupo, que empezaba a alejarse.

—Que tengo miedo de que lo nuestro funcionara porque todo era extremo. Estambul, Roma, Daniel, la 317, Capri. Cada día parecía el último. Ahora estamos aquí, sin peligro, sin secretos y sin una habitación detrás de otra. No sé si tú y yo sabemos existir así.

Elena no había esperado esa respuesta.

—Yo tampoco.

—Y eso me asusta más que cualquier otra cosa.

Permanecieron unos segundos en silencio.

—Entonces estamos igual —dijo ella.

Marcos sonrió apenas.

—Eso no sé si tranquiliza.

—No tiene por qué.

Andrés gritó desde una esquina que iban a perderlos. Elena respondió que los alcanzarían después.

Marcos la miró.

—¿Quieres volver con ellos?

—Todavía no.

Caminaron hacia el río y durante varios minutos ninguno habló. Elena sentía la tensión entre ambos como algo físico, más intensa precisamente porque ya no existía ninguna urgencia externa que pudiera justificarla. Marcos se detuvo junto a la barandilla.

—Hay otra cosa que quiero decirte antes de que pase nada.

—Eso suena peligrosamente responsable.

—Estoy intentando mejorar.

Elena sonrió.

—Adelante.

Marcos apoyó los antebrazos sobre la barandilla.

—Laura y yo estamos separados. La separación legal sigue su curso. Hablamos mucho después de que volví de Italia y le conté lo que había ocurrido contigo. No todos los detalles, porque también le pertenecen a ella, pero sí lo suficiente. Y quiero que sepas una cosa: no nos hemos separado por ti.

Elena sintió una tensión que no sabía que todavía conservaba.

—Eso era importante para mí.

—Lo sé. Nuestra relación llevaba demasiado tiempo terminada sin que ninguno quisiera admitirlo. Tú solo me obligaste a dejar de fingir.

Elena bajó la mirada hacia el agua.

—¿Y ahora?

—Ahora no quiero prometerte nada que no pueda cumplir. No sé cómo será estar contigo un martes cualquiera, sin aviones, hoteles ni secretos. No sé si seguiremos deseándonos igual cuando haya facturas, cansancio o una discusión absurda por cualquier cosa.

Elena volvió a mirarlo.

—Eso es probablemente lo menos romántico que me has dicho.

—Y lo más sincero.

—También.

Marcos se acercó un poco.

—Pero sí sé que quiero averiguarlo.

Elena sintió cómo la última resistencia empezaba a ceder.

—Yo también.

Esta vez fue ella quien lo besó.

El beso comenzó con una suavidad cautelosa, como si ambos necesitaran comprobar que aquello existía también fuera del peligro.

Duró pocos segundos antes de que Marcos apoyara una mano en su cintura y Elena lo acercara más.

La tensión acumulada durante meses regresó de golpe, pero con una diferencia esencial: ya no era una vía de escape. Era una elección.

Cuando se separaron, Marcos apoyó la frente contra la suya.

—Mi habitación está cerca.

Elena sonrió.

—La mía también.

—Eso complica la logística.

—Podemos asumir el riesgo.

Marcos soltó una risa breve.

—Por fin algo peligroso.

Llegaron al hotel intentando mantener una normalidad que desapareció en cuanto se cerró la puerta.

Elena apoyó la espalda contra ella y Marcos quedó frente a ella sin tocarla todavía.

Durante unos segundos ambos permanecieron quietos, mirándose.

No había miedo detrás de aquella pausa, sino la consciencia de que, por primera vez, ninguno podía culpar al viaje de lo que estaba a punto de ocurrir.

—¿Sigues dudando? —preguntó Elena.

—Muchísimo.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí. Yo también.

Marcos se acercó un poco más.

—Entonces estamos haciendo esto de una forma bastante irresponsable.

—No. Estamos haciéndolo sabiendo exactamente qué no sabemos.

Elena deslizó lentamente las manos por su pecho y comenzó a desabrocharle la camisa. Marcos la dejó hacer, aunque su respiración cambió antes de que ella llegara al último botón.

—Llevas meses comportándote bien —dijo Elena.

—Ha sido agotador.

—No estoy segura de que debamos premiarlo.

—Podríamos considerarlo una compensación por daños emocionales.

Ella sonrió y lo besó.

La contención duró poco. Marcos la rodeó por la cintura y Elena sintió cómo el deseo volvía a ocuparlo todo.

No había misterio, culpa ni peligro al otro lado de aquella puerta.

Solo ellos dos y una tensión que había sobrevivido a meses de distancia, a un matrimonio terminado, a secretos familiares y a demasiadas versiones de sí mismos.

Elena se separó lo suficiente para quitarse el vestido despacio, sin apartar la mirada de él.

Había aprendido durante aquellos meses algo que ya no quería olvidar: sentirse deseada era agradable, pero desear sin vergüenza resultaba todavía mejor.

Observó cómo Marcos la miraba y dejó que aquella atención recorriera su cuerpo sin esconderse, sin preguntarse si tenía la edad, la forma o la vida que se suponía que debía tener.

Marcos se acercó.

—Estás preciosa.

Elena apoyó los dedos sobre sus labios.

—No necesito que me convenzas.

—No intentaba hacerlo.

—Entonces puedes seguir.

La besó de nuevo y Elena sintió sus manos recorrerle la espalda, la cintura y las caderas con una familiaridad que ya no pertenecía a la mujer que había sido veintisiete años atrás, sino a quien era entonces.

Durante unos minutos tomó ella la iniciativa, prolongando el deseo hasta que Marcos perdió parte de la paciencia que había exhibido durante meses.

Después permitió que fuera él quien marcara el ritmo y disfrutó precisamente de poder cambiarlo sin necesidad de demostrar nada.

La ternura fue dejando espacio a una intensidad menos contenida, a besos que dejaron de ser delicados, respiraciones cada vez más rápidas y cuerpos que parecían reconocerse desde dos épocas distintas y pertenecer, sin embargo, únicamente al presente.

Elena comprendió que no estaba recuperando a la mujer que había sido.

Aquella mujer no necesitaba ser recuperada.

Había amado, deseado, cometido errores y vivido su propia historia.

La que estaba allí era otra, construida también con todo lo que había ocurrido después, y no quería volver atrás para sentirse completa.

Cuando el deseo terminó por arrastrarlos por encima de cualquier conversación, dejó de pensar.

No hubo necesidad de controlar el momento ni de convertirlo en una prueba.

Se permitió disfrutar de Marcos, de sí misma y de aquella libertad física que había reaprendido durante el viaje.

Después permanecieron abrazados, todavía con la respiración alterada, mientras el ruido lejano de Lisboa entraba por una ventana entreabierta.

Marcos acarició lentamente su espalda.

—Tengo miedo de decir algo y estropearlo.

—Por fin has aprendido.

—Estoy haciendo progresos enormes.

Elena sonrió contra su pecho.

Permanecieron un rato en silencio antes de que Marcos hablara de nuevo.

—No sé qué somos.

Elena levantó la cabeza.

—Eso tampoco hace falta decidirlo esta noche.

—¿Y mañana?

—Mañana podemos desayunar.

—Un plan ambicioso.

—Después ya veremos.

Marcos la observó unos segundos.

—¿No quieres promesas?

Elena pensó antes de responder.

—Quiero cosas que se puedan cumplir. Que no desaparezcas. Que no decidas por mí lo que puedo soportar. Que si tienes miedo, me lo digas antes de convertirlo en una mentira. Y que yo pueda hacer exactamente lo mismo contigo.

Marcos asintió.

—Eso sí puedo prometerlo.

—Entonces empieza por ahí.

Él la besó lentamente.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Qué prometes?

Elena se incorporó un poco.

—Que si algún día dejo de querer esto, te lo diré.

Marcos soltó una carcajada.

—Romántica hasta el final.

—Te estoy ofreciendo sinceridad. No abuses.

—Me parece bastante más útil que el romanticismo.

Volvió a atraerla hacia él y Elena se dejó caer sobre su pecho.

A la mañana siguiente despertaron tarde. El grupo llevaba media hora enviando mensajes preguntando dónde estaban. Andrés había escrito que pensaba solicitar una orden internacional de búsqueda y Nuria había respondido que, con el historial del grupo, aquello no resultaba especialmente gracioso.

Bajaron juntos.

Daniel los vio entrar y miró primero a Elena y después a Marcos.

—No voy a preguntar.

—Buena decisión —respondió Elena.

Sergio levantó su taza.

—Por una vez alguien aprende de la experiencia.

Después del desayuno caminaron los seis hasta un mirador sobre la ciudad. Lisboa se extendía ante ellos bajo una luz limpia, con el río abriéndose hacia el Atlántico. Daniel llevaba en el teléfono la fotografía de la noche anterior y Andrés insistió en que deberían imprimirla al regresar.

—Para dentro de veintisiete años —dijo—. Y entonces quedamos otra vez.

—Yo con ochenta no pienso perseguir sobres por Europa —respondió Nuria.