LO QUE EL DESEO NO OLVIDA CAPÍTULO XVI El último viaje #2
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CAPÍTULO XVI El último viaje #2

Había deseado a aquel hombre durante días con una intensidad que a veces la sorprendía; había recuperado con él una parte de su cuerpo y de su memoria que creía perdida y había empezado a imaginar, aunque no quisiera reconocerlo, cómo sería una vida en la que siguiera presente.

Precisamente por eso necesitaba que aquel viaje terminara allí.

—Cuando aterricemos, no quiero que vengas conmigo.

Marcos se volvió hacia ella.

—Lo imaginaba.

—Tienes una vida que resolver y necesito que lo hagas sin utilizarme como destino. No quiero mensajes diciéndome cada dos días cuánto me echas de menos, ni llamadas cuando estés solo, ni encuentros secretos mientras decides qué hacer con Laura.

Marcos sostuvo su mirada.

—¿Quieres que desaparezca?

Elena pensó en Daniel y casi sonrió ante la elección de la palabra.

—No. Quiero exactamente lo contrario. Quiero que, por una vez, nadie desaparezca. Pero también quiero que cada cosa se resuelva en el lugar que le corresponde.

—¿Y después?

—Después ya veremos.

Marcos permaneció en silencio unos segundos.

—No voy a pedirte que me esperes.

—Menos mal.

—Aunque una parte de mí tenga muchas ganas.

—Esa parte puede aprender paciencia.

Al salir del aeropuerto caminaron juntos hasta el lugar en el que debían separarse. Marcos dejó la maleta en el suelo y la miró durante unos segundos.

—Esto se parece demasiado a una despedida.

—Lo es.

—No me gusta.

—Las despedidas no tienen obligación de gustarte.

Marcos se acercó y Elena no retrocedió. El beso empezó con una suavidad que duró poco.

Él apoyó una mano en su cintura y Elena le rodeó el cuello, sintiendo cómo el deseo regresaba con una facilidad irritante.

Durante unos segundos se olvidó del aeropuerto, de la gente pasando a su alrededor y de todas las decisiones sensatas que acababa de defender en el avión.

Cuando se separaron, Marcos mantuvo la frente contra la suya.

—Si sigo besándote, voy a perder el vuelo metafórico hacia mi vida responsable.

—Entonces vete.

—Eres insoportable.

—Y tú sigues casado.

La frase bastó. Marcos dio un paso atrás.

—Tienes razón.

—Lo sé.

Recogió la maleta.

—Hasta pronto, Elena.

Ella negó suavemente.

—Hasta cuando tenga sentido.

Marcos la miró una última vez antes de alejarse. Elena no esperó.

Durante los meses siguientes regresó a una vida que, para su sorpresa, no necesitó reconstruir desde cero.

Volvió a sus rutinas, a sus amigos y a las obligaciones que habían quedado suspendidas durante aquellas semanas.

Hubo días en los que pensó mucho en Marcos y otros en los que apenas apareció en su cabeza.

No convirtió su ausencia en una prueba de amor ni miró continuamente el teléfono buscando señales.

Había pasado demasiado tiempo permitiendo que otras personas determinaran el significado de sus silencios y no pensaba sustituir una dependencia por otra.

Daniel regresó a España y dejó de ocultar dónde estaba.

No intentó recuperar automáticamente la vida abandonada ni pidió a nadie que entendiera enseguida sus decisiones.

Se reunió con personas a las que debía explicaciones, soportó enfados que no discutió y empezó a reconstruir vínculos sin exigir que el pasado quedara olvidado.

Con Sergio hablaba con frecuencia. Su amistad ya no era la misma, pero ambos parecían haber entendido que no necesitaba serlo para seguir existiendo.

Adriana viajó a verlo varias veces y Daniel comenzó también a visitarla en Italia.

Seguía llamándola Adriana, aunque Elena sospechaba que la palabra importaba cada vez menos.

Nuria y Sergio no recuperaron aquella relación juvenil que apenas había llegado a existir, pero empezaron a verse de vez en cuando.

Nuria aseguraba que aquello no significaba absolutamente nada y Sergio había aprendido que discutirlo solo conseguía divertirla.

Andrés, como de costumbre, terminó convirtiéndose en el encargado involuntario de mantener unido al grupo y creó un chat llamado «Los seis» que durante las primeras semanas estuvo lleno de bromas de dudoso gusto sobre pruebas genéticas, hoteles italianos y prohibiciones expresas de reservar habitaciones terminadas en diecisiete.

La primera vez que Elena vio los seis nombres juntos en la pantalla permaneció unos segundos observándolos. Aquella imagen mínima le produjo una emoción inesperada. Esta vez eran realmente seis.

De Marcos supo poco durante casi tres meses.

Unas semanas después de regresar recibió un único mensaje: «He hablado con Laura.

Ha sido difícil. No voy a contarte detalles que también son suyos.

Solo quería que supieras que estoy haciendo lo que tenía que hacer».

Elena se limitó a responder «Me alegro» y no añadió nada más.

Había dicho que no quería convertirse en el destino hacia el que Marcos corriera mientras resolvía su vida y estaba dispuesta a respetar también ella aquella distancia.

A finales del tercer mes llegó otro mensaje.

Marcos le contaba que ya no vivían juntos y añadía una frase que consiguió hacerla sonreír: «No te escribo para pedirte nada.

Solo para no desaparecer». Elena no respondió inmediatamente.

Esperó hasta el día siguiente y escribió: «Eso sí te lo permito».

Después pasaron otros dos meses sin que ninguno intentara forzar un acercamiento que todavía necesitaba tiempo.

Fue Andrés quien terminó alterando aquella tregua.

Un domingo por la tarde escribió en el grupo: «Tenemos una deuda pendiente.

Hicimos un viaje de seis y volvimos cinco.

Propongo hacer uno de seis y volver seis.

Sin desapariciones, hermanos secretos, drogas ni hoteles abandonados.

Se aceptan sugerencias». Nuria propuso Lisboa; Sergio aseguró que aceptaba cualquier ciudad en la que nadie tuviera familiares ocultos, y Daniel respondió que no podía garantizar semejante requisito, comentario que le valió cinco insultos casi simultáneos.

Elena tardó algo más en participar porque existía un detalle demasiado evidente: Marcos todavía no formaba parte de aquel grupo. Andrés debió de pensar exactamente lo mismo, porque poco después le escribió en privado para contarle que Daniel quería invitarlo.

«Es su hermano», respondió Elena.

«Eso he pensado.»

Marcos se incorporó al chat aquella misma noche.

No escribió a Elena en privado ni utilizó la invitación como excusa para acercarse a ella.

Saludó a todos, aceptó Lisboa y se sumó a las bromas con una naturalidad que Elena agradeció mucho más que cualquier mensaje íntimo.

Por primera vez, él parecía entender que estar presente no significaba necesariamente invadir.

Un mes después, los seis estaban frente al Tajo.

Lisboa no tenía nada que ver con su pasado.

Ninguno había elegido un hotel con significados ocultos, nadie esperaba sobres debajo de las puertas y las habitaciones estaban reservadas a nombres perfectamente reales.

Pasaron el primer día caminando sin rumbo por Alfama, discutiendo sobre dónde comer y riéndose de lo mal que Andrés interpretaba un mapa incluso con el teléfono en la mano.

Daniel y Marcos discutieron varias veces por cosas insignificantes y Elena descubrió que contemplarlos comportarse como hermanos sin necesidad de hablar continuamente de que lo eran le producía una satisfacción difícil de explicar.

Sin embargo, había algo entre ella y Marcos que no terminaba de encontrar sitio.

Él se comportaba con absoluta naturalidad, pero mantenía una distancia casi excesivamente respetuosa.

No buscaba quedarse a solas con ella, no aprovechaba los momentos en que sus brazos se rozaban al caminar y no había intentado besarla desde que llegaron.

Al principio Elena agradeció la prudencia. Después empezó a irritarle.

Durante la cena, Daniel levantó la copa.

—No soy bueno con estas cosas.

—Eso ya lo sabemos —dijo Nuria.

Daniel ignoró la interrupción.

—Durante mucho tiempo pensé que desaparecer me había permitido controlar mi vida. En realidad, lo que hice fue dejar que el miedo siguiera controlándola desde lejos. No voy a pediros que olvidéis lo que hice. Solo quería agradeceros que estéis aquí.

Andrés levantó su copa.

—Y esta vez, si vas a desaparecer, paga antes tu parte de la cuenta.

Las risas rompieron cualquier posibilidad de solemnidad y, durante unos minutos, Elena volvió a sentir algo parecido a la ligereza de aquellos viajes antiguos.

Después de cenar salieron a una pequeña plaza desde la que se veía el río.

Una pareja de turistas se ofreció a fotografiarlos y los seis se colocaron juntos.

La primera imagen que había iniciado todo aquel viaje mostraba a seis jóvenes que todavía ignoraban casi todo de sí mismos.

Durante años había representado el último momento en que habían estado completos.

Ahora volvían a ser seis frente a una cámara, pero ya no eran los mismos y precisamente por eso aquella fotografía tenía otro significado.

Andrés revisó la imagen.

—Milagro. Hemos salido todos.

Daniel miró hacia el fondo.

—¿Seguro que no hay ningún hombre con chaqueta verde?

—Como aparezca uno, te tiramos al Tajo —respondió Sergio.

Las risas continuaron mientras el grupo avanzaba hacia otra calle. Marcos se quedó unos pasos atrás y Elena lo observó de reojo. Él notó la mirada.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Eso suele significar que sí pasa algo.

Elena siguió caminando.

—Has pasado cinco meses escribiéndome lo mínimo imprescindible y ahora llevamos dos días juntos sin que hayas intentado acercarte.

Marcos la miró sorprendido.

—Pensaba que eso era exactamente lo que querías.

—Quería que resolvieras tu vida. No que te convirtieras en un monje.

Marcos soltó una risa breve, aunque recuperó enseguida la seriedad.

—No sabía qué espacio tenía contigo. Y no quería asumir que, porque estuviéramos viajando otra vez, todo volvía automáticamente al lugar en el que lo dejamos.

—Bien.

—¿Bien?