LO QUE EL DESEO NO OLVIDA CAPÍTULO XVI El último viaje
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CAPÍTULO XVI El último viaje

A la mañana siguiente, Nápoles amaneció bajo una lluvia fina que había borrado del cielo el azul de los días anteriores.

Elena permaneció un rato junto a la ventana del hotel, envuelta todavía en una sábana, mientras Marcos dormía a pocos metros.

La habitación conservaba el desorden de la noche: una camisa junto a la cama, sus zapatos separados en lugares distintos, dos copas vacías sobre una mesa y una de las almohadas caída en el suelo.

Durante unos segundos contempló aquella escena con una sonrisa tranquila.

No había mensajes debajo de la puerta, fotografías anónimas ni teléfonos sonando desde números desconocidos.

Nadie esperaba al otro lado para conducirlos hacia otra revelación.

Después de tantos días buscando respuestas, lo más extraño era precisamente aquello: no quedaba ningún lugar al que tuvieran que ir para comprender qué había sucedido.

Marcos abrió los ojos y la descubrió junto a la ventana.

—¿Cuánto tiempo llevas despierta?

—No mucho.

—Mientes fatal por las mañanas.

Elena se volvió hacia él.

—Y tú tienes un concepto demasiado elevado de tus capacidades de observación.

Marcos apartó la sábana y extendió una mano hacia ella.

—Ven.

Elena permaneció donde estaba unos segundos, disfrutando deliberadamente de la forma en que él la miraba.

La noche anterior había habido deseo, urgencia y una intensidad que todavía podía sentir en el cuerpo, pero aquella mañana la sensualidad era distinta, más tranquila y casi doméstica.

Caminó hacia la cama sin soltar la sábana y se detuvo junto a él.

—Tenemos que estar en casa de Julián dentro de una hora.

—Cincuenta y ocho minutos.

—No.

—Cincuenta y siete.

Marcos tiró suavemente de la tela y Elena la sujetó con una mano.

—Ni se te ocurra.

—No estoy haciendo nada.

—Precisamente te conozco lo suficiente para saber que esa frase siempre precede a algo.

Marcos sonrió y apoyó una mano sobre su cintura por encima de la sábana.

Elena intentó mantener una expresión seria, pero terminó inclinándose para besarlo.

El beso fue breve al principio y dejó de serlo cuando él la acercó un poco más.

Durante unos instantes volvió a sentir aquella corriente inmediata que parecía existir entre ellos desde mucho antes de que ninguno estuviera dispuesto a admitirlo.

Elena dejó que la sábana resbalara por uno de sus hombros y observó cómo la mirada de Marcos descendía.

—Cincuenta y seis minutos —murmuró él.

Elena volvió a cubrirse.

—Dúchate.

—Eso ha sido crueldad.

—Llevas varios días sobreviviendo.

Se apartó riendo y entró en el baño antes de cambiar de opinión.

Encontraron a los demás en el apartamento de Julián poco después de las diez.

La atmósfera era muy distinta a la del día anterior.

Las carpetas continuaban sobre la mesa, pero habían perdido el poder de alterar sus vidas.

Paolo Bellini había realizado copias digitales de toda la documentación y explicó que una parte sería entregada a abogados en Italia y España para determinar qué consecuencias legales podían seguir existiendo.

Muchos de los movimientos económicos pertenecían a una época demasiado lejana y varias responsabilidades habían prescrito, pero quedaban propiedades, transmisiones patrimoniales y documentos sucesorios que debían revisarse.

Marcos escuchó sin apenas intervenir y, cuando Paolo le preguntó si quería examinar los bienes vinculados a su padre, negó lentamente.

—Que los abogados hagan su trabajo. Si hay algo que legalmente corresponda resolver, se resolverá. Pero no he venido hasta aquí por una herencia.

Julián lo observó desde su sillón.

—No todo el mundo habría reaccionado así.

—Hace una semana probablemente yo tampoco. Hace una semana todavía pensaba que sabía quién había sido mi padre.

La grabación original quedó depositada junto a la declaración firmada de Julián y los archivos que Paolo había recuperado de Mauro Bellini.

Adriana conservó únicamente los documentos personales relacionados con Daniel y con su nacimiento.

Por primera vez desde 1978, la verdad ya no dependía de una habitación secreta, de una caja escondida en alguna propiedad ni de la memoria interesada de quienes habían participado en ella.

Lo que tuviera consecuencias legales seguiría su curso; lo demás pertenecía ya a las personas que habían vivido sus efectos.

Daniel estaba sentado junto a Adriana. Elena los observó durante un rato y agradeció que nadie intentara convertir aquella relación en una reconciliación instantánea. Habían pasado demasiados años y existían demasiadas heridas para resolverlas con un abrazo conveniente.

—Voy a volver a España —dijo Daniel cuando todos estuvieron reunidos—. No sé todavía si será definitivamente, pero necesito hacerlo.

Sergio levantó la cabeza.

—¿A dónde?

Daniel sonrió.

—Esa pregunta es más complicada de lo que parece. Llevo demasiado tiempo viviendo en lugares sin sentir que ninguno sea realmente mío. Supongo que empezaré por donde están las personas a las que abandoné.

Andrés se cruzó de brazos.

—Te advierto que después de veintisiete años no vas a recuperar todas las cenas que nos debes en una semana.

—Haré un calendario.

—Eso sí sería una novedad —dijo Nuria—. Daniel organizándose.

La risa que siguió fue breve, pero Elena reconoció algo del grupo que habían sido.

No exactamente la juventud perdida, porque aquella ya no podía regresar, sino aquella facilidad antigua para bromear entre personas que alguna vez habían compartido una intimidad sencilla antes de que todo se complicara.

Adriana permaneció callada hasta que Daniel se volvió hacia ella.

—No sé qué va a pasar entre nosotros.

Ella asintió.

—Yo tampoco.

—Y todavía no puedo llamarte madre.

—No te lo he pedido.

Daniel sostuvo su mirada durante unos segundos.

—Pero quiero conocerte sin que haya otra verdad escondida detrás. Sin documentos que aparezcan después, sin alguien decidiendo que todavía no estoy preparado para saber algo.

Por primera vez Adriana pareció perder parte del control que había mantenido durante aquellos días. Sus ojos se humedecieron.

—Eso sí puedo hacerlo. Y si alguna vez vuelvo a creer que ocultarte algo es una manera de protegerte, espero que me lo recuerdes.

—Lo haré.

Daniel le tomó la mano. No hubo abrazo ni una declaración capaz de compensar décadas de ausencia. Elena pensó que aquella pequeña promesa era mucho más valiosa precisamente porque ninguno fingía que todo estaba reparado.

Sergio esperó a que Daniel se apartara.

—Yo tampoco sé cuánto voy a tardar en perdonarte.

Daniel no intentó defenderse.

—No espero que sea rápido.

—Hay días en los que pienso que fui un imbécil por guardar tu secreto durante tantos años. Y otros en los que sigo pensando que habría vuelto a hacerlo si me hubieras llamado con veintitantos años y me hubieras pedido ayuda.

Daniel sonrió con tristeza.

—Eso es exactamente lo que me preocupa.

—Por lo menos empiezas a darte cuenta.

Se abrazaron. Esta vez Sergio respondió sin rigidez. No era una reconciliación completa, pero sí el primer gesto entre ellos que no estaba condicionado por una promesa antigua.

Nuria se acercó después y dio un beso en la mejilla de Sergio.

—Tú y yo también tenemos pendiente una conversación.

Él arqueó las cejas.

—¿Sobre Roma?

—Sobre Roma, sobre Barcelona, sobre por qué desaparecías de mis habitaciones con tanta facilidad y sobre unas cuantas cosas más.

—Eso suena peligroso.

—No te emociones. No he dicho que quiera recuperarte.

—Entonces intentaré mantener unas expectativas razonables.

—Empieza por ahí.

Nuria se alejó sonriendo y Sergio permaneció unos segundos mirándola.

Andrés pasó un brazo alrededor de los hombros de Elena.

—Yo soy el único sensato de este grupo.

—Tienes hijos con dos mujeres distintas.

—Eso demuestra capacidad de adaptación.

Elena soltó una carcajada.

—No cambies nunca.

—Después de todo esto, no pienso intentarlo.

Cuando finalmente se prepararon para marcharse, Elena se volvió hacia Julián.

No sabía qué sentir respecto a él. Había trabajado durante años para el padre de Marcos, había participado en decisiones que les causaron un daño profundo y había sido quien le administró el sedante que contribuyó a fragmentar sus recuerdos.

También había conservado la grabación que permitió reconstruir la verdad y, décadas después, decidió entregar todo lo que sabía. Ninguna acción borraba la otra.

Julián pareció comprenderlo.

—No voy a pedirte que me perdones.

—Bien.

Él sonrió ligeramente.

—Te pareces mucho a como eras entonces.

Elena negó.

—Espero que no.

—No he dicho que seas la misma. He dicho que hay cosas que siguen ahí. La forma de mirar cuando no te crees una explicación, por ejemplo.

Aquella respuesta le gustó más de lo esperado.

—Adiós, Julián.

—Adiós, Elena.

No volvieron a verlo.

El grupo se separó más tarde. Adriana permanecería en Italia unos días y Daniel viajaría a España acompañado de Sergio.

Nuria y Andrés regresaban por rutas distintas.

Marcos y Elena compartían vuelo, aunque ambos sabían que, al aterrizar, llegaría una conversación que habían aplazado durante todo el viaje.

No hablaron demasiado durante el trayecto. Elena durmió parte del vuelo con la cabeza apoyada contra la ventanilla y, cuando despertó, Marcos estaba leyendo un mensaje en el teléfono.

—¿Laura? —preguntó.

Él bloqueó la pantalla.

—Sí.

Elena esperó.

—Le he dicho que necesito hablar con ella en cuanto llegue.

—¿Sabe algo?

—Sabe que este viaje ha cambiado cosas. No sabe todo.

Elena sintió una incomodidad que ya no quiso apartar.

—Tienes que contárselo.

—Lo sé.

—También lo nuestro.

Marcos asintió.

—Sí. Sin convertirte a ti en la causa de todo y sin utilizar lo que ha pasado estos días para justificar decisiones que debería haber tomado antes.

Elena lo miró. Aquella respuesta era exactamente la que necesitaba escuchar.

—Eso es importante.

—También para mí.