CAPÍTULO XV Lo que pasó aquella noche #4
Llegaron a la cama entre ropa dejada en lugares que ninguno recordaría después y una impaciencia que terminó por romper el último resto de prudencia.
Elena no quiso convertir aquella intimidad en una escena delicada ni sentimental.
Había ternura, sí, pero también hambre acumulada, manos que buscaban, cuerpos que ya se conocían y, al mismo tiempo, parecían descubrirse por primera vez sin la interferencia del pasado.
Ella permitió que Marcos tomara la iniciativa durante unos minutos y después volvió a cambiar el ritmo, disfrutando de la reacción que provocaba en él cuando decidía acercarlo o detenerlo.
Hubo risas, palabras dichas demasiado cerca de la piel y un momento en que Elena tuvo que morderse el labio para no hacer más ruido del que permitían las paredes del hotel.
Cuando finalmente quedaron tendidos uno junto al otro, tardaron bastante en recuperar una respiración normal. Marcos pasó una mano por el vientre de Elena y ella la atrapó entre las suyas.
—Esto complica bastante mi argumento de que tenemos que pensar con calma —dijo.
Elena sonrió sin abrir los ojos.
—Una cosa no elimina la otra.
—¿Seguro?
—Completamente. Puedo desearte muchísimo y seguir pensando que tienes una vida que resolver.
Marcos apoyó la cabeza sobre una mano.
—No esperaba menos.
Elena abrió los ojos.
—Y no quiero que vuelvas conmigo porque Daniel sea tu hermano, porque tu padre haya muerto o porque este viaje nos haya devuelto algo que tuvimos hace veintisiete años.
—Lo sé.
—Quiero saber qué haces cuando se termine todo esto.
Marcos permaneció unos segundos en silencio.
—Yo también.
Elena lo miró y agradeció que no intentara prometer nada. Aquella historia había estado llena de promesas, advertencias y decisiones tomadas en nombre de otros. Lo último que necesitaba era una declaración nacida de una habitación de hotel y una semana emocionalmente desbordada.
Marcos acarició su hombro.
—¿Te arrepientes?
—De esto, no.
—¿De haber venido?
Elena pensó en Estambul, Roma, Capri, la 317, Daniel entrando por el jardín y la grabación que acababan de ver.
—Tampoco.
—Yo tampoco.
Permanecieron abrazados un rato más. Después Elena se levantó, recogió una sábana y caminó hasta la ventana. Nápoles se extendía bajo ellos, iluminada por una mezcla de farolas, escaparates y balcones todavía abiertos. Marcos apareció detrás y apoyó las manos sobre su cintura.
Elena dejó que la abrazara.
—¿Sabes qué es lo más extraño? —dijo.
—¿Qué?
—Que llevo todo el viaje intentando recordar lo que ocurrió hace veintisiete años y ahora mismo no quiero volver allí.
Marcos apoyó la barbilla sobre su hombro.
—Eso suena bastante sano.
—No te acostumbres. Mañana seguramente volveré a analizarlo todo.
—Eso también suena bastante a ti.
Elena sonrió y apoyó la cabeza contra él.
A la mañana siguiente volvieron al apartamento de Julián para despedirse.
Daniel y Sergio habían pasado horas hablando.
Ninguno explicó de qué, pero algo había cambiado entre ellos.
No se abrazaron delante de los demás ni hicieron grandes declaraciones.
Sergio simplemente entregó a Daniel una vieja fotografía que había guardado en su cartera durante años y él permaneció mucho tiempo mirándola.
Nuria se acercó después a Sergio.
—¿Estáis bien?
—No sé si bien. Pero por primera vez estamos hablando de lo mismo.
Andrés se despidió de Julián estrechándole la mano. No había perdón explícito en el gesto, pero tampoco necesidad de convertir aquella habitación en un tribunal.
Marcos fue el último en acercarse.
—Quiero hacerte una pregunta.
Julián asintió.
—¿Mi padre llegó a arrepentirse?
La pregunta pareció sorprenderlo.
—Sí.
Marcos esperó.
—¿De qué exactamente?
Julián pensó antes de responder.
—De haberos perdido a los dos. No estoy seguro de que llegara a arrepentirse de todo lo que hizo para evitarlo. Esa es la parte difícil.
Marcos aceptó la respuesta sin pedir otra. Daniel estaba junto a la puerta cuando salieron. Él y Marcos quedaron frente a frente durante unos segundos.
—No sé qué se supone que hacemos ahora —dijo Marcos.
Daniel sonrió.
—Podríamos empezar por algo que no implique hoteles secretos ni análisis genéticos.
—¿Un café?
—Sería revolucionario.
Marcos extendió una mano, pero Daniel la miró un instante y terminó abrazándolo. Fue un gesto breve, contenido y torpe, pero suficiente para que Elena apartara discretamente la vista.
Adriana los observó desde el interior del apartamento.
Cuando Daniel se acercó a ella, no hubo abrazo.
Todavía no. Sin embargo, él se inclinó y le besó la mejilla antes de marcharse.
Para una relación que había comenzado con una entrega, décadas de ausencia y demasiadas decisiones tomadas en silencio, aquello parecía un comienzo más honesto que cualquier reconciliación inmediata.
Elena salió a la calle la última. Antes de cerrar la puerta miró una vez más hacia el interior.
Durante días había creído que la verdad sería una especie de punto final, una respuesta capaz de ordenar todo lo sucedido.
Ahora comprendía que no funcionaba así. La verdad no reparaba veintisiete años ni devolvía a nadie el tiempo perdido.
Simplemente eliminaba las mentiras que habían impedido decidir con libertad.
Ya no quedaban sobres por abrir, habitaciones secretas ni fotografías que interpretar.
Daniel estaba vivo. Marcos conocía quién era su hermano y qué había ocurrido en la 317.
Sergio sabía exactamente cuál había sido su error.
Adriana había dejado de esconder el origen de su hijo.
Julián había explicado su culpa. Elena conocía por fin el motivo de sus lagunas de memoria y sabía a quién había visto salir con los documentos aquella noche.
El misterio había terminado. Lo que quedaba ahora era mucho más difícil: averiguar qué hacía cada uno con la vida que todavía tenía por delante.