LO QUE EL DESEO NO OLVIDA CAPÍTULO XV Lo que pasó aquella noche #3
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CAPÍTULO XV Lo que pasó aquella noche #3

Elena comprendió antes de que continuara.

—El primer sobre fue tuyo.

—Sí.

—La fotografía de los seis.

—La conservaba desde 1999.

—¿Y el billete a Roma a nombre de Daniel?

—También. Quería obligaros a entender que Daniel seguía vivo o que alguien quería que pensarais eso. Sabía que, si el viaje continuaba hacia Roma, acabaríais llegando a la 317.

Daniel intervino.

—Cuando descubrí lo que había hecho me enfadé muchísimo.

Julián sonrió.

—Bastante.

—Pero decidiste seguir adelante —dijo Elena.

Daniel asintió.

—Sí. Ya estabais en movimiento. Y comprendí que Julián había conseguido en una noche lo que nosotros llevábamos meses retrasando.

Elena repasó mentalmente todos los mensajes.

—La fotografía en Estambul, la que mostraba a un hombre con la chaqueta verde, ¿también fue Julián?

Daniel negó.

—Esa fui yo.

—¿Tú eras el hombre del fondo?

—Sí.

—Llevabas la misma chaqueta que en la fotografía antigua.

Daniel sonrió ligeramente.

—La misma no. Una muy parecida. Quería saber si alguno la reconocía.

—Manipulador.

—Sí.

La facilidad con la que aceptó la palabra hizo sonreír incluso a Elena.

—¿Y el mensaje «Uno de vosotros ya sabe por qué Daniel no volvió»?

—Mío. Se refería a Sergio. Él sabía que yo había sobrevivido a la desaparición y conocía parte de las razones, aunque no toda la historia.

Sergio bajó la mirada.

—¿El mensaje a Nuria, «Mañana volveréis a ser cinco»?

Daniel asintió.

—También. Sergio iba a apartarse del grupo para encontrarse con Julián y recibir el USB. Nuria estaba empezando a sospechar que él se marcharía definitivamente. Quería evitar que intentara seguirlo.

—Una forma bastante retorcida de tranquilizar a alguien —dijo Nuria.

Daniel aceptó la crítica con una sonrisa.

—No estaba precisamente en mi mejor etapa comunicativa.

Elena continuó.

—El sobre blanco con la llave de la 317.

Julián levantó una mano.

—Mío.

—¿Cómo sabías que yo empezaba a recordar?

—Daniel me lo dijo. Sergio también había comentado que tus preguntas estaban cambiando. Yo conservaba la llave desde que cerró el Rinaldi.

Elena miró a Sergio.

—Por eso sabías que la tenía aunque Nuria no te lo hubiera contado.

Sergio asintió.

—Daniel me avisó de que Julián había decidido entregártela. Yo no sabía exactamente cuándo.

—Y el mensaje que decía que no se la enseñara a Marcos.

—Ese fue mío —respondió Sergio—. En aquel momento seguíamos creyendo que la entrada de Marcos en la 317 podía reactivar algo peligroso o destruir recuerdos antes de que supiéramos qué había pasado realmente.

Marcos lo miró.

—Agradezco mucho la confianza colectiva.

—La próxima vez que desaparezca alguien veintisiete años, prometo consultarte antes.

La respuesta provocó una risa breve que alivió por primera vez la tensión del salón.

Elena volvió a Julián.

—¿Y el sobre de Roma? La fotografía del Rinaldi y la frase «La llave abrirá la puerta. Pero la 317 no es una habitación».

—Mío también. Necesitabais saber que detrás de la habitación estaba el archivo.

—Entonces Daniel no controlaba todo.

—Ni de lejos —respondió Julián.

Elena miró a Daniel.

—Y tú dejaste que pareciera que sí.

—Sí.

—Porque te convenía.

—También.

—Al menos ya no intentas maquillarlo.

Daniel sostuvo su mirada.

—Después de veintisiete años, creo que ya no tengo derecho a maquillar nada.

Quedaba una pregunta que Elena había evitado desde que Daniel reapareció.

—La advertencia contra Marcos. En el vídeo dijiste que no debíamos permitir que entrara en la 317. Ya sabías que él había intentado enfrentarse a Bellini y que no era responsable de tu desaparición.

Daniel bajó la mirada por primera vez.

Marcos se tensó.

—Díselo.

Daniel tardó unos segundos.

—Sí. Lo sabía.

Elena sintió una decepción inmediata.

—Entonces me manipulaste.

—Sí.

—¿Por qué?

Daniel la miró.

—Porque cada vez que aparecía Marcos en tus recuerdos, recordabas un poco más. Sabía que la desconfianza hacia él podía obligarte a mirar hacia lugares que habías evitado durante años.

—Podías haberme dicho la verdad.

—Y habrías empezado a construir recuerdos alrededor de lo que yo te contara. Quería que recuperaras lo que realmente habías visto.

Elena sostuvo su mirada.

—Eso explica el método. No lo justifica.

—Lo sé.

—Me hiciste pensar que Marcos podía haber hecho algo terrible.

—Sí.

Marcos intervino.

—Y me dejaste viajar creyendo que quizá había herido a mi propio hermano sin recordarlo.

Daniel se volvió hacia él.

—Sí.

—¿Te pareció aceptable?

Daniel negó.

—En aquel momento me pareció útil. Ahora me parece cruel.

La respuesta desarmó parte de la hostilidad de Marcos.

—Supongo que es un comienzo.

Julián cerró la tapa del ordenador. Durante unos segundos nadie habló.

Elena miró alrededor de la habitación y sintió algo que no había experimentado desde que comenzaron aquel viaje: no quedaba ninguna pregunta esencial detrás de la siguiente puerta.

Sabían quién era Adriana, quién era Daniel, qué relación lo unía a Marcos, qué había ocurrido en la 317, quién había herido a Marcos, por qué él y Daniel habían perdido horas de memoria, quién había sedado a Elena, qué había hecho Sergio con la carpeta, quién era Bellini, cuál había sido el papel de Julián, por qué Daniel desapareció y quién había construido las pistas del presente.

Podían existir detalles menores, conversaciones todavía pendientes y heridas imposibles de ordenar en una tarde, pero la historia ya no dependía de un secreto oculto.

Daniel se acercó a Sergio cuando los demás empezaron a levantarse.

—Quiero hablar contigo a solas.

Sergio lo miró.

—Ya era hora.

Salieron juntos hacia el balcón. Nuria permaneció sentada. Andrés se dejó caer en una silla y miró a Adriana.

—No sé vosotros, pero yo necesito una comida que no venga acompañada de pruebas genéticas.

Adriana sonrió por primera vez.

—Eso puedo organizarlo.

La tensión empezó a disolverse lentamente. No desapareció, pero cambió de forma. Ya no estaban buscando respuestas. Tenían que aprender a convivir con ellas.

Marcos y Elena abandonaron el apartamento poco después.

Habían reservado habitaciones en un hotel cercano porque ninguno quería regresar a Capri aquella misma tarde.

Caminaron durante un rato por la ciudad sin hablar demasiado.

Nápoles se extendía a su alrededor con una vitalidad casi agresiva: motos, terrazas, voces que escapaban de las ventanas, ropa tendida entre balcones y el olor de comida mezclándose con el aire del mar.

Después de tantos días recorriendo lugares como si cada calle escondiera una pista, Elena agradeció poder caminar sin buscar nada.

Al llegar al hotel, Marcos se detuvo frente al ascensor.

—¿Quieres estar sola?

Elena lo miró.

—No.

La respuesta pareció sorprenderlo.

Subieron juntos. Elena abrió su habitación y entró primero. Marcos permaneció unos segundos junto a la puerta, quizá esperando que ella explicara qué significaba exactamente aquel no.

No lo hizo.

Se acercó y lo besó.

Marcos respondió inmediatamente, pero Elena llevó una mano hasta su pecho y lo obligó a detenerse apenas unos centímetros.

—Hoy no quiero olvidar nada.

Él sostuvo su mirada.

—Yo tampoco.

—Ni quiero que esto sirva para no hablar de Laura, de Daniel o de lo que pase cuando volvamos.

—No va a servir para eso.

—Bien.

Elena volvió a besarlo.

La diferencia con otras veces fue inmediata.

No había urgencia provocada por el miedo ni necesidad de demostrar quién controlaba a quién.

Había deseo, mucho, pero también una sensación nueva de elegirlo sin utilizarlo como refugio.

Elena abrió lentamente la camisa de Marcos y deslizó las manos por su pecho hasta encontrar la cicatriz.

Durante días aquella marca había representado sospecha, sangre y memoria.

Esa vez la recorrió con los labios y sintió cómo él contenía la respiración.

—No vuelvas a decirme que pare si no quieres que pare —murmuró ella.

Marcos sonrió.

—No pensaba hacerlo.

La atrajo hacia él con más decisión y Elena sintió cómo su cuerpo reaccionaba antes de que pudiera ordenar ningún pensamiento.

Habían acumulado demasiados días de tensión, miedo, celos y deseo interrumpido.

Ella dejó que Marcos bajara las manos por su espalda y la acercara con fuerza, pero volvió a apartarse lo suficiente para quitarse la blusa despacio, mirándolo mientras lo hacía.

Disfrutó de la forma en que él la observaba, sin disimulo, y de la sensación de ser ella quien decidía cuánto prolongar aquel instante.

—Te gusta hacerme esperar —dijo Marcos.

—Muchísimo.

—Empiezo a sospechar que tienes un problema.

—Y tú muy poca paciencia.

Marcos se acercó de nuevo, la besó en el cuello y Elena cerró los ojos cuando sintió sus manos sobre la piel.

Esa vez no lo detuvo. Lo buscó con la misma intensidad, recorriendo su espalda, su cintura y el borde de la cicatriz, mientras el deseo se volvía menos controlado.

Marcos la alzó lo suficiente para sentarla sobre la cómoda y Elena soltó una risa breve contra su boca.

—Eso no estaba previsto.

—Llevamos una semana comprobando que los planes sirven de poco.

Elena lo rodeó con las piernas y lo acercó otra vez.

Durante unos minutos dejaron de hablar. Los besos se hicieron más profundos, las manos más atrevidas y la distancia entre ambos prácticamente desapareció.

Elena sintió una excitación distinta a la de Estambul o Capri, menos ligada al riesgo y más a la certeza de que estaba allí porque quería estar, sin que un misterio, una amenaza o un recuerdo incompleto decidiera por ella.

Cuando Marcos intentó llevarla hacia la cama, Elena lo retuvo.

—Espera.

Él se detuvo inmediatamente.

Elena lo miró unos segundos, disfrutando de la respiración agitada de ambos y de la forma en que Marcos intentaba adivinar qué quería.

—Ahora sí.

La sonrisa de él apenas tuvo tiempo de aparecer antes de que Elena lo besara de nuevo.