CAPÍTULO XV Lo que pasó aquella noche #2
La grabación no mostraba el pasillo completo, pero sí lo suficiente para ver cómo Julián aparecía detrás de Elena. Al reconocerlo, sintió que se le erizaba la piel.
—Eras tú.
Julián asintió.
En la imagen, Elena intentó entrar. Julián la sujetó por los brazos y la apartó. Ella forcejeó, gritó algo y volvió a intentar acercarse a Marcos.
—Recuerdo tu voz —dijo Elena—. Me decías que no mirara.
—Sí.
—¿Por qué?
Julián respiró profundamente.
—Porque acababa de recibir una llamada de vuestro padre.
Bellini le había informado de que Marcos estaba herido y de que Daniel había salido con Adriana.
Su única obsesión era evitar que interviniera la policía.
Me ordenó sacar a Marcos de allí, mantenerte lejos y asegurarme de que ninguno de vosotros pudiera explicar con claridad lo ocurrido hasta que él llegara a controlar la situación.
Marcos se volvió hacia él.
—¿Mi padre ordenó que la drogaras?
Julián no intentó evitar la respuesta.
—Dijo que la tranquilizara. Yo sabía lo que eso significaba.
Elena volvió a mirar la pantalla. Julián la conducía hacia una silla. Sacó de un bolsillo un pequeño envase y disolvió algo en un vaso de agua.
—Me lo diste tú.
—Sí.
—¿Sabías que podía afectarme a la memoria?
—Sabía que podía producir somnolencia, confusión y lagunas durante varias horas. No sabía que arrastrarías recuerdos fragmentados durante años.
—Pero te pareció aceptable.
Julián cerró los ojos unos instantes.
—Aquella noche me pareció aceptable demasiadas cosas.
Marcos se levantó de golpe.
—Podrías haberla matado.
—La dosis estaba calculada.
—No me importa.
Elena le tocó el brazo.
—Marcos.
Él se volvió hacia ella.
—Le dio una droga porque mi padre se lo ordenó.
—Lo sé.
—Y tú llevas veintisiete años pensando que tu memoria fallaba por alguna razón que no entendías.
Elena apretó su mano.
—Lo sé.
Julián no intentó defenderse. Permaneció sentado con una expresión en la que el cansancio parecía pesar más que el miedo a las consecuencias.
—Si queréis odiarme por eso, tenéis motivos.
—No hemos venido a decidir si te odiamos —dijo Elena—. Hemos venido a saber la verdad. Continúa.
La cinta siguió avanzando. Elena aparecía ya aturdida, apoyada contra la pared, hasta que Julián la condujo fuera del campo de la cámara.
Marcos permanecía sobre la cama, medio consciente.
Pasaron varios minutos antes de que Sergio regresara.
Elena se inclinó hacia la pantalla al verlo entrar en la habitación, buscar junto a la cama y recoger una carpeta grande y otra pequeña.
Antes de marcharse miró a Marcos y comprobó que respiraba con normalidad.
Julián cambió entonces a una segunda cámara situada en el pasillo. Allí se veía a Sergio avanzando con la carpeta grande contra el pecho y, unos segundos después, aparecía Elena. Apenas podía mantenerse completamente erguida, pero levantó la cabeza en cuanto lo reconoció.
—Ahí —dijo Elena.
Sergio cerró los ojos.
Elena se vio llamándolo y, aunque el sonido resultaba deficiente, su voz pronunciando el nombre de Sergio se escuchaba con claridad. Él se detuvo al oírla y, apenas unos segundos después, Julián apareció detrás.
La conversación duró varios minutos. Julián hablaba con él señalando la carpeta. Sergio negaba una y otra vez. Finalmente abrió los documentos, leyó varias páginas y terminó entregándoselos.
—Le dije que aquellos papeles podían convertir a Daniel en sospechoso —explicó Julián—. No era completamente falso. Había movimientos económicos vinculados a Esteban y referencias indirectas a Daniel. Pero omití que todo aquello formaba parte precisamente del sistema creado por el padre de Marcos.
Sergio mantenía la mirada clavada en la pantalla.
—Pensé que lo estaba protegiendo.
Daniel se volvió hacia él.
—Ahora lo sé.
Sergio lo miró.
—Eso no cambia que me equivoqué.
—No. Pero tampoco eras el único que estaba tomando decisiones con información incompleta.
Durante unos segundos se sostuvieron la mirada y Elena tuvo la sensación de que una parte de la conversación que ambos llevaban años posponiendo acababa de comenzar sin necesidad de grandes palabras.
Julián cerró el vídeo.
—Eso es todo lo que grabó la 317.
Marcos frunció el ceño.
—Falta lo que ocurrió después.
—Eso ya no está en ninguna cinta. Pero puedo contarlo porque participé en las consecuencias.
Bellini siguió el coche de Adriana. Su orden seguía siendo recuperar los documentos que Daniel conservaba y evitar que acudieran a la policía.
No debía hacerles daño. Cuando consiguió alcanzarlos en una carretera secundaria, Adriana se detuvo porque Daniel estaba cada vez más afectado por el sedante.
Bellini recuperó parte de los papeles y discutió con ella durante varios minutos.
Después se marchó convencido de haber eliminado el problema inmediato.
Adriana pidió ayuda de forma anónima y permaneció cerca hasta que llegó la ambulancia.
Daniel fue trasladado al hospital y durante horas nadie supo exactamente qué había sucedido.
—¿Y por qué Bellini apareció allí después? —preguntó Andrés.
—Porque vuestro padre quería saber qué había dicho Daniel a los médicos y a la policía. Bellini se presentó como intermediario de la aseguradora y consiguió moverse por el hospital sin despertar demasiadas preguntas.
—El hombre que vi —dijo Andrés.
—Sí.
Marcos permanecía en pie.
—¿Mi padre sabía entonces que Daniel era su hijo?
Julián lo miró con extrañeza.
—Lo sabía desde antes de que naciera.
—Me refiero a si Bellini sabía quién era.
—Sí.
Marcos soltó una risa amarga.
—Entonces hirió a un hijo siguiendo las órdenes destinadas a silenciar al otro.
—Visto ahora, sí.
Daniel permanecía inmóvil.
—¿Mi padre biológico preguntó alguna vez por mí después de aquello?
Julián asintió.
—Más de lo que probablemente imaginas. Pero nunca como un padre.
Quería saber qué documentos conservabas, con quién habías hablado y si estabas dispuesto a denunciar.
Creo que sentía algo por ti, Daniel, pero había pasado tantos años tratando tu existencia como un problema que ya no sabía relacionarse contigo de otra manera.
Daniel aceptó la respuesta con una expresión difícil de interpretar.
—Tres meses después desaparecí.
—Sí.
—Y aquí entra el acuerdo que Adriana mencionó.
Julián juntó las manos.
—Tu desaparición inicial fue decisión tuya. Eso debe quedar claro. Nadie te obligó a marcharte. Adriana te ayudó a salir de España y Esteban supo desde el principio dónde estabas. Yo me enteré poco después.
Marcos lo interrumpió.
—¿Por qué tú?
—Porque Esteban necesitaba saber qué información seguía teniendo vuestro padre y hasta dónde pensaba perseguir a Daniel. Yo llevaba años trabajando para él. Podía alimentarlo con información falsa sin despertar sospechas.
Elena empezó a comprender.
—Te convertiste en doble intermediario.
—Algo así. Aunque no me gusta adornarlo. Durante años trabajé para un hombre ayudándolo a ocultar cosas y después intenté compensarlo ayudando a quienes había perjudicado. Ninguna de las dos cosas borra la otra.
Julián explicó que el padre de Marcos continuó buscando a Daniel después de su desaparición.
No tanto por afecto como por miedo a que reapareciera con documentos suficientes para derribar parte de sus negocios.
Adriana, Esteban y Julián decidieron entonces convencerlo de que la búsqueda había terminado.
—Fabricamos un informe privado —dijo Julián—.
No un certificado oficial de defunción, porque eso habría sido imposible mantenerlo sin levantar demasiadas sospechas.
Un dossier de investigación. Fotografías, testimonios y documentación falsa que sugerían que Daniel había muerto en un accidente fuera de España.
Vuestro padre creyó la versión porque también quería creerla. Le permitía cerrar el problema.
Daniel miró a Adriana.
—Y tú nunca me dijiste que lo habíais hecho.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si sabías que él te consideraba muerto podías sentirte libre para volver antes de que fuera seguro.
Daniel negó con incredulidad.
—Otra vez decidiendo por mí.
Adriana sostuvo su mirada.
—Sí. Y no voy a decirte que estuvo bien.
Marcos miró a su hermano.
—Parece que todos hemos tenido el mismo problema.
Daniel soltó una sonrisa amarga.
—Creer que proteger consiste en quitarle al otro la posibilidad de decidir.
Elena sintió que aquella frase atravesaba toda la historia.
Julián continuó. Durante casi dos años el padre de Marcos creyó que Daniel había muerto.
Después aparecieron indicios de que seguía vivo, aunque nunca consiguió localizarlo con certeza.
Para entonces Daniel había aprendido a moverse entre países, cambiar trabajos y mantener un contacto mínimo con Adriana y Esteban.
Con el paso de los años la amenaza real disminuyó, pero regresar se volvió cada vez más complicado.
—Podrías haber vuelto mucho antes —dijo Andrés.
Daniel asintió.
—Sí. Ya lo dije ayer. Hubo un momento en que seguí fuera porque tenía miedo.
Después porque estaba enfadado. Más tarde porque mi vida ya estaba construida en otro sitio.
Y cuanto más tiempo pasaba, más difícil era explicar por qué no había regresado antes.
No hay una razón que justifique veintisiete años.
Andrés lo miró unos segundos.
—Bien. Porque llevo dos días esperando que dijeras exactamente eso.
Daniel sonrió.
—Lo sé.
Elena volvió hacia Julián.
—Falta el presente.
Julián asintió.
—Cuando murió el padre de Marcos, muchas de las sociedades se disolvieron o cambiaron de administrador. Paolo encontró archivos de su padre. Adriana recuperó documentos que llevaba décadas buscando y yo supe que ya no tenía sentido seguir guardando la grabación.
—¿Daniel decidió entonces reunirnos? —preguntó Nuria.
—Sí, pero quería hacerlo despacio. Demasiado despacio para mi gusto.
Daniel lo miró.
—Te dije que necesitábamos saber qué recordaban antes de explicar nada.
—Y probablemente tenías razón. Pero yo ya sabía que estaba enfermo y no quería morir dejando aquello a medias.