LO QUE EL DESEO NO OLVIDA CAPÍTULO XV Lo que pasó aquella noche
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CAPÍTULO XV Lo que pasó aquella noche

Abandonaron Capri a media mañana. Adriana viajó con ellos hasta Nápoles y Daniel ocupó un asiento al fondo del hidroala, junto a Sergio, aunque durante buena parte de la travesía ninguno de los dos habló.

Elena los observó alguna vez desde lejos y pensó que aquella amistad necesitaría mucho más que una conversación para encontrar un lugar nuevo.

Sergio había guardado el secreto de Daniel durante veintisiete años, había mentido a los demás para protegerlo y, al mismo tiempo, llevaba todo ese tiempo culpándose por haber entregado unos documentos que quizá habrían cambiado la historia.

Daniel, por su parte, lo había convertido en depositario de una ausencia demasiado pesada.

No había un inocente y un culpable entre ellos, sino dos hombres que habían confundido durante demasiado tiempo la lealtad con el silencio.

Marcos estaba sentado junto a Elena. A través de la ventanilla, Capri se alejaba lentamente mientras el mar se extendía bajo una luz casi blanca.

Él llevaba varios minutos mirando hacia fuera cuando apoyó una mano sobre la rodilla de Elena.

El gesto fue sencillo, sin intención de provocar nada, y ella colocó la suya encima.

—¿Estás preparado? —preguntó.

—No. Pero creo que eso ya ha dejado de importar.

—Julián puede contarte cosas de tu padre que no te gusten.

Marcos sonrió con cansancio.

—Después de descubrir que tuvo otro hijo, lo ocultó durante décadas, mandó a Bellini a recuperar documentos, permitió que me hirieran y después consiguió convencerme de que todo era culpa de Daniel, mi margen para decepcionarme un poco más es bastante pequeño.

Elena lo miró.

—Siempre puede sorprendernos.

—No digas eso. Cada vez que alguien pronuncia una frase parecida aparece una carpeta nueva.

Ella soltó una risa breve y Marcos apretó ligeramente su rodilla antes de retirar la mano. A pesar de todo, aquellos instantes de normalidad empezaban a resultar necesarios.

Julián Rivas vivía en un apartamento amplio y antiguo cerca de Chiaia, en una calle tranquila desde la que se intuía el mar entre edificios.

Paolo Bellini los esperaba en el portal y los condujo hasta la tercera planta.

Cuando Elena entró en el salón reconoció al hombre que estaba sentado junto a una ventana incluso antes de que Marcos confirmara su identidad.

Julián debía de superar los sesenta y cinco años.

Estaba muy delgado, con el cabello completamente blanco y una piel demasiado pálida que explicaba mejor que cualquier comentario la enfermedad de la que Adriana había hablado.

Sobre una mesa baja había una caja de madera, un ordenador portátil y varios documentos ordenados en carpetas transparentes.

Marcos se detuvo frente a él.

—Te recuerdo.

Julián levantó la vista y esbozó una sonrisa cansada.

—Tú eras bastante más joven y yo tenía bastante más pelo.

—Entrabas en casa de mi padre.

—Durante muchos años.

—Y estabas en Roma.

Julián asintió.

—También.

No hubo saludo. Marcos se sentó frente a él y Elena ocupó el sofá a su lado. Daniel permaneció cerca de Adriana. Sergio, Nuria y Andrés se distribuyeron alrededor de la habitación mientras Paolo cerraba la puerta.

Julián observó a los seis durante unos segundos.

—He pensado muchas veces en este momento.

Siempre imaginaba que tendría una explicación mejor preparada.

Pero después de tantos años he llegado a la conclusión de que explicar demasiado puede convertirse en otra forma de esconderse.

Así que voy a contaros exactamente lo que hice, lo que vi y aquello de lo que nunca estuve seguro.

Marcos señaló el ordenador.

—Empieza por la grabación.

Julián no discutió. Abrió la caja de madera y extrajo una cinta de vídeo pequeña, antigua, junto a un dispositivo digital.

—La 317 llevaba años utilizándose para reuniones que vuestro padre no quería celebrar en despachos oficiales.

Había una cámara escondida detrás del marco del espejo.

No grababa continuamente. Se activaba desde la habitación contigua y servía, entre otras cosas, para disponer de una garantía si alguien intentaba negar después lo que había ocurrido allí.

Elena recordó el espejo desplazado y la puerta secreta que habían encontrado detrás. Todo había estado delante de ellos desde el principio.

—¿Quién activó la cámara aquella noche? —preguntó.

Julián la miró.

—Yo.

—¿Por orden de quién?

—De su padre.

Marcos endureció la expresión.

Julián continuó.

—Cuando Mauro Bellini recibió el aviso de que Daniel y Adriana estaban en la habitación con documentos, vuestro padre quiso saber qué se decía allí. Yo estaba en Roma y tenía acceso al sistema. Activé la cámara antes de que Bellini entrara.

—Entonces viste todo —dijo Daniel.

—No en directo. La cámara grababa en una cinta que se recuperaba después. Aquella noche ocurrieron demasiadas cosas y nadie volvió a pensar en ella hasta unos días más tarde. Yo la guardé antes de que Bellini pudiera destruirla.

—¿Por qué? —preguntó Marcos.

Julián tardó en contestar.

—Porque después de verte sangrando empecé a comprender que llevaba demasiado tiempo haciendo cosas que ya no podía justificar como simple trabajo.

Colocó el archivo digital en el ordenador y giró la pantalla para que todos pudieran verla.

La imagen era granulada y estaba tomada desde un ángulo alto, pero la habitación resultaba perfectamente reconocible.

Elena sintió una presión inmediata en el pecho.

Había pasado días intentando reconstruir aquel lugar desde recuerdos incompletos y ahora lo contemplaba como había sido realmente.

La grabación comenzó con Daniel y Adriana en la habitación. Sobre la cama había varias carpetas, fotografías y documentos. Daniel caminaba de un lado a otro, visiblemente alterado. Adriana intentaba convencerlo de que salieran del hotel antes de que alguien llegara.

La puerta se abrió y apareció Marcos. Elena volvió la cabeza hacia él. Marcos no apartó los ojos de la pantalla.

El joven que entraba en aquella habitación tenía el mismo gesto que Elena recordaba: seguro, enfadado y demasiado convencido de entender una situación que apenas conocía.

Daniel fue hacia él inmediatamente. No podían escuchar cada palabra con claridad, pero el sonido era suficiente para reconstruir la discusión.

—Le estabas preguntando si había llamado a su padre —dijo Andrés.

Daniel asintió.

En la grabación, Marcos confirmó algo con un gesto desafiante. Después señaló los documentos. Daniel tomó uno y se lo puso delante. Marcos lo leyó, primero con incredulidad y después con una expresión completamente distinta.

Julián detuvo la imagen.

—Ese era el análisis preliminar que demostraba el parentesco entre vosotros.

Marcos permaneció unos segundos mirando a su versión más joven.

—Lo vi.

—Sí —respondió Daniel—. Por eso dejaste de pensar que estaba inventándolo todo.

Julián reanudó la grabación.

Pocos minutos después entró Mauro Bellini. Elena reconoció al hombre por las fotografías, aunque en aquel momento era mucho más joven. Habló con Marcos primero. Parecía tranquilizarlo. Después extendió una mano hacia los documentos. Daniel se interpuso.

La discusión aumentó de intensidad.

—Aquí Bellini dice que viene de parte de tu padre —explicó Julián—. Y durante unos minutos tú crees que ha venido para solucionar el problema.

Marcos observaba sin pestañear. En la pantalla, Bellini pidió de nuevo los papeles. Marcos intervino y habló con Daniel. Después volvió a mirar el informe que todavía tenía en la mano. Bellini intentó quitárselo.

Fue entonces cuando Marcos lo golpeó. El movimiento resultó tan rápido que Elena sintió un sobresalto a pesar de saber lo que iba a ocurrir.

Bellini cayó contra una mesa, Marcos se abalanzó sobre él y Daniel intentó separarlos.

Adriana gritaba algo desde el fondo. Durante el forcejeo apareció el destello de una pequeña navaja y, segundos después, Marcos se llevó una mano al costado.

La camisa empezó a mancharse. Elena sintió cómo él se tensaba a su lado.

—Ahí está —murmuró Marcos.

Daniel ayudó a tumbarlo sobre la cama. Adriana presionó la herida con una toalla mientras Bellini recogía varios documentos del suelo. Julián volvió a detener la grabación.

—Ahora viene una parte importante.

Retrocedió unos minutos, hasta antes de la entrada de Marcos. En un extremo de la imagen se veía una botella sobre una pequeña mesa. Bellini aparecía entrando brevemente en la habitación cuando aún estaba vacía, destapándola y vertiendo unas gotas de un frasco.

—¿Qué era? —preguntó Sergio.

—Un sedante potente, pero no una dosis destinada a matar a nadie. Bellini tenía orden de recuperar los documentos y evitar una escena. Pensaba incapacitar a Daniel si se negaba a colaborar.

Daniel negó con incredulidad.

—“Evitar una escena”.

Julián bajó la mirada.

—No estoy justificándolo.

Reanudó la cinta. Poco antes de que apareciera Bellini, Marcos había bebido directamente de aquella botella mientras discutía con Daniel. Más tarde Daniel también bebió.

—Por eso los dos presentasteis síntomas —dijo Adriana—. Daniel en mayor cantidad porque bebió más.

—Y yo perdí seis horas —respondió Marcos.

—Sí.

La grabación continuó. Sergio apareció pocos minutos después del forcejeo, alertado por Daniel, y ayudó a presionar la herida de Marcos mientras Adriana recogía algunos documentos.

Daniel empezaba ya a moverse con dificultad, de modo que Sergio y Adriana lo sacaron por la puerta de servicio.

Bellini abandonó la habitación poco después y, unos minutos más tarde, apareció Elena.

Se vio a sí misma entrando en el pasillo y Elena sintió una extraña sensación de desdoblamiento.

Era ella, pero parecía otra persona. Más joven, vestida con una falda clara y una blusa que había olvidado por completo.

Llegó hasta la puerta de la 317 y se detuvo al ver a Marcos tumbado sobre la cama.