CAPÍTULO XIV Adriana Moretti #3
—Yo vi salir de la 317 a alguien que conocía con los documentos en la mano.
Sergio cerró los ojos.
Nuria se apartó ligeramente de él.
—Eras tú.
Durante unos segundos nadie habló. Elena sintió que el recuerdo comenzaba a abrirse con una claridad que no había tenido hasta entonces.
Un hombre avanzando por el pasillo con una carpeta oscura pegada al cuerpo.
Ella llamándolo por su nombre. Sergio deteniéndose.
Otra figura detrás de él. Una voz masculina diciendo que regresara a su habitación. Después unas manos sujetándola.
—Te vi —dijo Elena—. Salías con la carpeta.
Sergio la miró.
—Sí.
—¿Por qué dijiste que no sabías quién se había llevado los documentos?
—Porque se los entregué a Julián.
Daniel se levantó.
—¿Qué hiciste?
Sergio sostuvo su mirada.
—Pensé que estaba salvándote.
La rabia apareció en Daniel de una forma que Elena no le había visto desde que regresó.
—Te pedí que recuperaras mis cosas.
—Y cuando volví encontré documentos que te relacionaban con sociedades, cuentas y transferencias que yo no entendía.
Julián me dijo que si aquello salía del hotel te convertirías en sospechoso de delitos que había cometido otra gente.
Yo tenía veintitantos años, Daniel. Tú estabas medio inconsciente en un coche, Marcos sangraba y Elena apenas podía mantenerse en pie. Tomé una decisión.
—La decisión de entregarle las pruebas al hombre que trabajaba para mi padre.
—No sabía quién era tu padre.
Daniel estuvo a punto de contestar, pero se detuvo. Aquella frase describía demasiado bien la confusión de todos durante aquella noche.
Nuria miró a Sergio.
—¿Por eso llevas tantos años sintiéndote responsable?
Él asintió.
—Cuando Daniel desapareció pensé que si hubiera conservado aquella carpeta quizá nada de esto habría ocurrido. Después supe que seguía vivo y me convencí de que al menos mi error no lo había matado. Durante años me agarré a eso.
Elena comprendió finalmente la contradicción que había acompañado a Sergio desde Estambul. No solo protegía un secreto de Daniel. Protegía también su propia culpa.
Adriana dejó que el silencio se asentara antes de continuar.
—Julián entregó los documentos a vuestro padre. No todos fueron destruidos. Algunos terminaron en la 317 y otros quedaron guardados en diferentes propiedades. Por eso hemos podido reconstruir parte de la historia después de su muerte.
Marcos señaló la declaración.
—¿Dónde está Julián ahora?
Adriana miró hacia el jardín.
—En Nápoles.
—Quiero hablar con él.
—Lo harás.
—Hoy.
—Mañana.
Marcos golpeó suavemente la mesa con la palma.
—Estoy cansado de que todos decidáis cuándo podemos conocer las cosas.
Adriana no se defendió.
—Tienes razón. Pero no es una cuestión de esperar por esperar. Julián ha pedido veros a los seis juntos y contar exactamente qué ocurrió después de que Sergio le entregara la carpeta.
Elena comprendió el detalle.
—A los seis.
—Sí.
Daniel la miró.
—Entonces incluye a mí.
—Por supuesto.
Andrés, que había permanecido en silencio buena parte de la conversación, se inclinó hacia la mesa.
—¿Y qué queda por contar? Ya sabemos que Bellini siguió a Daniel y Adriana, que Julián se quedó en el hotel, que Sergio entregó la carpeta...
Adriana lo interrumpió con suavidad.
—Queda saber quién dio la orden de que Elena fuera sedada, quién envió a Bellini tras nosotros, por qué el padre de Marcos creyó durante años que Daniel había muerto y qué ocurrió realmente tres meses después, cuando Daniel desapareció.
Daniel frunció el ceño.
—Mi padre sabía que yo estaba vivo.
Adriana lo miró.
—Esteban sí. Él no.
Marcos entendió antes que los demás.
—¿Mi padre creyó que Daniel había muerto?
—Durante casi dos años.
Daniel se quedó inmóvil.
—Nunca me dijiste eso.
—Porque fue parte del acuerdo que permitió mantenerte a salvo.
Elena sintió que el siguiente capítulo de aquella historia iba a ser más incómodo que cualquiera de los anteriores.
—¿Qué acuerdo?
Adriana miró primero a Daniel, después a Sergio y finalmente a Marcos.
—El que hicimos después de tu desaparición. Julián participó en él. Esteban también. Y yo.
Daniel la observó con incredulidad.
—¿Qué hicisteis?
Adriana tardó unos segundos en contestar.
—Convencimos a tu padre biológico de que habías muerto.
La frase no necesitó ningún énfasis adicional. Permaneció entre ellos mientras el mar continuaba visible al otro lado de las ventanas y cada uno intentaba comprender qué significaba realmente.
Daniel se levantó lentamente.
—Me dijiste que simplemente no sabía dónde estaba.
—Te mentí.
—¿Por qué?
Adriana sostuvo su mirada, y por primera vez desde que había llegado Elena percibió algo parecido al miedo en ella.
—Porque tú no fuiste el único que decidió desaparecer, Daniel. Nosotros construimos tu desaparición para que pareciera definitiva.
Elena observó a la mujer que durante décadas había ocupado un lugar ambiguo entre víctima, madre, testigo y manipuladora.
Adriana había perdido a un hijo, lo había recuperado, había permitido que desapareciera y después había colaborado en una mentira que mantenía engañado incluso al hombre al que supuestamente protegía.
De repente comprendió que la historia no podía terminar determinando quién había sido bueno y quién había sido culpable.
Todos habían tomado decisiones justificándolas con miedo, amor o protección, y casi todas habían dejado consecuencias que otros tuvieron que soportar.
Marcos seguía mirando a Adriana.
—Mañana quiero escuchar a Julián desde el principio. Sin documentos a medias, sin mensajes y sin acertijos.
—Eso es lo que él también quiere.
—¿Y por qué ahora?
Adriana dirigió la mirada hacia la fotografía de 1978 que permanecía sobre la mesa.
—Porque cuando murió vuestro padre, Julián abrió una caja que llevaba más de veinte años guardando. Dentro no solo estaban los documentos que Sergio le entregó aquella noche. Había una grabación.
Elena sintió que todos se tensaban al mismo tiempo.
—¿De qué?
Adriana tomó aire.
—De la habitación 317.
Daniel se acercó.
—¿Existe una grabación de aquella noche?
—Sí. No de todo, pero sí de suficiente.
Marcos palideció ligeramente.
—¿La has visto?
—Una vez.
—¿Y qué aparece?
Adriana miró a Elena.
—La parte que ninguno de vosotros recuerda completa.
Elena no preguntó más. Por primera vez desde Estambul, sabía que ya no necesitaban perseguir otra fotografía, otra llave ni otro sobre. La respuesta existía. Había estado guardada durante veintisiete años y al día siguiente tendrían que verla juntos.
Y después de aquello ya no habría ningún recuerdo detrás del que esconderse.