LO QUE EL DESEO NO OLVIDA CAPÍTULO XIV Adriana Moretti #2
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CAPÍTULO XIV Adriana Moretti #2

—Eso sigue sin explicar la 317 —dijo Marcos—. Ni por qué alguien estaba dispuesto a drogar a Daniel para recuperar unos documentos.

Adriana permaneció unos segundos en silencio.

—Porque la paternidad era solo una parte del problema.

Elena miró a Marcos. Habían llegado exactamente a la pregunta que habían formulado aquella mañana.

Adriana explicó que, después del nacimiento de Daniel, el padre de Marcos utilizó varias sociedades italianas para transferir propiedades y dinero fuera de España.

Una parte de aquellas operaciones estaba relacionada con una reorganización legal de su patrimonio y otra con inversiones que nunca fueron declaradas correctamente.

Esteban participó inicialmente porque confiaba en él y porque necesitaba mantener la documentación de Daniel fuera de los registros que podían relacionarlo directamente con la familia.

Con el tiempo comprendió que aquella red de sociedades también se utilizaba para ocultar activos.

—Daniel no solo encontró pruebas de quién era su padre —continuó Adriana—.

Encontró documentos que demostraban que durante años se habían utilizado empresas y propiedades para esconder dinero y comprar silencios.

Su existencia aparecía relacionada con algunas de ellas porque vuestro padre había utilizado la misma estructura para pagar a Esteban, mantenerme lejos y asegurarse de que nadie pudiera reclamar nada.

Daniel levantó la mirada.

—Nunca me contaste que mi nombre aparecía en operaciones económicas.

—Porque no eran tuyas. Utilizaban referencias indirectas, cuentas de terceros y sociedades vinculadas a tu tutela. Legalmente era mucho más confuso de lo que parece ahora.

Marcos negó lentamente.

—Entonces mi padre no estaba protegiendo únicamente su reputación. Estaba protegiendo dinero.

—Dinero, propiedades y la posibilidad de que salieran a la luz algunas cosas que había hecho para conservar ambos.

Aquello explicaba mejor la presencia de Mauro Bellini. No se trataba de un hombre contratado para esconder una aventura, sino para controlar documentos capaces de comprometer décadas de negocios.

—¿Y Julián? —preguntó Elena.

Adriana la miró con atención.

—¿Recordáis ese nombre?

—Marcos sí.

Él intervino.

—Julián. Trabajaba para mi padre. No recuerdo el apellido.

Adriana tardó unos segundos antes de responder.

—Julián Rivas.

El nombre produjo en Marcos una reacción inmediata.

—Sí. Ese era.

Adriana se levantó y pidió a Paolo la carpeta que había traído.

Sacó una fotografía diferente de la que habían encontrado en la 317.

Era de la misma tarde de 1978, pero tomada unos minutos antes.

Adriana aparecía de pie junto a Esteban y el padre de Marcos.

A un lado había un muchacho muy joven, delgado, con el cabello largo y una cámara colgada al cuello.

—Julián tenía diecinueve años. Trabajaba como auxiliar para una de las sociedades y estaba aprendiendo fotografía. Él hizo la foto que encontrasteis.

Marcos acercó la imagen.

—Lo recuerdo mayor.

—Porque cuando empezó a trabajar directamente con tu padre ya tenía más de treinta y llevaba años entrando y saliendo de vuestra casa.

Estuvo presente desde el principio, aunque entonces no tenía poder para decidir nada.

Con el tiempo se convirtió en una de las pocas personas que conocían toda la estructura.

—¿Y estaba en la 317? —preguntó Elena.

Adriana volvió los ojos hacia ella.

—Sí.

Elena sintió cómo una sensación incómoda empezaba a recorrerle la espalda.

—¿Fue él quien me sujetó en el pasillo?

—No lo vi. Daniel y yo ya habíamos salido por la escalera de servicio cuando llegaste. Pero Julián estaba en el hotel y sé que entró en la 317 después de que nos marcháramos.

—Entonces la voz española que recuerdo podía ser la suya.

—Podía serlo.

Marcos miró la fotografía durante unos segundos.

—Yo recuerdo una voz española. Y alguien intentando tranquilizarme después de que Bellini me hiriera.

—Julián recibió la orden de hacerse cargo de ti —explicó Adriana—. Mauro debía seguirnos a Daniel y a mí. Vuestro padre dividió el problema en dos: Bellini recuperaría los documentos y Julián se aseguraría de que tú recibieras atención médica sin hablar con la policía.

Elena volvió mentalmente al pasillo del Rinaldi. El olor químico, unas manos sujetándola, una voz diciéndole que no mirara y la sensación de despertarse después sin comprender qué parte de la noche había sido real.

—¿Me drogó?

Adriana no contestó inmediatamente.

—No puedo demostrarlo.

—No te he preguntado si puedes demostrarlo.

Adriana sostuvo su mirada.

—Creo que sí.

Marcos se tensó.

—¿Por qué?

—Porque tu padre sabía que Elena había visto demasiado.

No querían hacerle daño. Querían que estuviera confusa.

Había un médico que colaboraba con Bellini y utilizaban tranquilizantes para determinadas situaciones.

No sé quién se lo administró ni cómo, pero cuando vi a Elena al día siguiente supe que no estaba simplemente cansada o afectada por lo ocurrido.

Elena sintió rabia, aunque ya no era la rabia descontrolada de los primeros descubrimientos. Había pasado demasiados días recuperando fragmentos de una memoria que alguien pudo haber alterado deliberadamente.

—¿Y nadie pensó en decírmelo?

—Daniel quiso hacerlo.

—Pero desapareció.

—Sí.

—Y tú también.

Adriana aceptó el reproche.

—Sí.

Elena apartó la mirada. Aquella historia estaba llena de personas que justificaban el silencio como una forma de protección.

Sergio llevaba varios minutos sin hablar. Adriana lo observó finalmente.

—Tú sabes que hay una parte que todavía no has contado.

La tensión apareció de inmediato.

Sergio sostuvo su mirada.

—He contado bastante más de lo que quería.

—Pero no esa noche.

Elena se volvió hacia él.

—¿A qué se refiere?

Sergio no respondió.

Adriana continuó.

—Cuando Daniel y yo salimos del Rinaldi, Sergio nos ayudó a llegar hasta el coche. Después regresó al hotel.

—Eso ya lo sabemos —dijo Nuria.

—Lo que no sabéis es por qué volvió.

Sergio cerró los ojos unos segundos.

—Adriana.

—Llevamos veintisiete años protegiendo decisiones equivocadas. Creo que ya es suficiente.

Elena observó a Sergio y comprendió que la siguiente parte no le iba a gustar.

—¿Por qué regresaste? —preguntó.

Sergio apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Porque Daniel me pidió que recuperara una carpeta.

Daniel lo miró sorprendido.

—Yo te pedí que volvieras por mi pasaporte y por una carpeta pequeña que había dejado junto a la cama. No te pedí que entraras otra vez en la habitación si Bellini seguía allí.

—Cuando regresé ya no estaba.

Adriana negó lentamente.

—Mauro no. Julián sí.

Sergio guardó silencio.

—¿Qué pasó? —preguntó Elena.

—Julián me dejó entrar. Me dijo que Marcos estaba recibiendo atención y que todo había terminado. Encontré la carpeta de Daniel, pero había otra junto a ella. Contenía copias de las pruebas de paternidad, fotografías y documentos sobre las sociedades.

—Los documentos que desaparecieron —dijo Marcos.

Sergio asintió.

—Sí.

—¿Te los llevaste?

—Durante unos minutos.

Nuria lo miró con incredulidad.

—¿Qué significa eso?

Sergio respiró profundamente.

—Julián me dijo que si sacaba aquellos documentos del hotel, la policía acabaría relacionando a Daniel con un delito financiero que no había cometido.

Me enseñó papeles donde aparecía su nombre y cuentas vinculadas a Esteban.

Yo no entendía nada. Me aseguró que podía protegerlo si dejaba allí la carpeta grande y me llevaba únicamente sus documentos personales.

Elena empezó a entender.

—Le creíste.

—Sí.

—¿Y entregaste la carpeta?

—La dejé sobre la cama y me fui con la pequeña.

Adriana negó.

—Eso es lo que siempre has contado.

Sergio la miró.

—Es lo que ocurrió.

—No exactamente.

El silencio se hizo más denso.

Adriana abrió la carpeta que Paolo había llevado y extrajo una hoja protegida por una funda transparente. Era una copia de una declaración manuscrita.

—Julián me envió esto hace tres meses.

Sergio perdió el color.

Daniel se inclinó hacia delante.

—¿Has hablado con Julián?

—Sí.

La respuesta sorprendió incluso a Daniel.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque antes necesitaba saber si estaba diciendo la verdad.

Marcos tomó la hoja.

—¿Qué es?

—Una confesión parcial. Julián está enfermo. Sabe que no le queda demasiado tiempo y, cuando murió vuestro padre, empezó a entregar información que había conservado durante décadas.

Elena sintió que algo encajaba con demasiada precisión.

—¿Fue él quien puso en marcha todo esto?

—Una parte.

—¿Qué parte?

Adriana miró a Daniel antes de responder.

—Daniel y yo enviamos algunos mensajes, el vídeo y varias de las fotografías. Sergio ayudó con otras cosas. Pero el primer sobre que recibió Elena en Estambul no fue nuestro.

Elena recordó inmediatamente el sobre marfil que había aparecido bajo la puerta de su habitación, la fotografía de los seis y el billete de avión a Roma expedido a nombre de Daniel.

—¿Tampoco el billete?

—No.

Daniel negó.

—Yo nunca compré ese billete.

La revelación produjo una inquietud distinta a las anteriores. Durante todo el viaje habían supuesto que el mismo hilo unía cada una de las pistas. Ahora descubrían que alguien más había estado interviniendo desde el principio.

—Julián —dijo Elena.

—Eso creemos —respondió Adriana—. Él sabía que Daniel quería reunir al grupo. Y sabía que nosotros no estábamos dispuestos a hacerlo tan rápido. Se adelantó.

Marcos leyó la declaración.

—Aquí dice que salió de la 317 con una carpeta.

Sergio levantó la cabeza.

—Porque yo se la dejé.

—No.

Adriana volvió hacia él la hoja.

—Lee el siguiente párrafo.

Sergio no quiso hacerlo. Elena tomó la declaración y leyó en silencio.

Julián afirmaba que, después de que Sergio regresara a la habitación, discutieron durante varios minutos.

Sergio tomó la carpeta grande y se marchó con ella.

Julián lo siguió hasta el pasillo y consiguió convencerlo de que se la entregara antes de abandonar el hotel.

Elena levantó lentamente la mirada.

—Fuiste tú.

Sergio permaneció inmóvil.

—Elena...