CAPÍTULO XIV Adriana Moretti
Elena apenas había dormido cuando abrió los ojos y vio que empezaba a amanecer sobre el mar.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, desorientada por la habitación y por aquella luz azulada que entraba desde la terraza, hasta que recordó dónde estaba y todo regresó de golpe: Daniel caminando entre los pinos después de veintisiete años, la conversación sobre su desaparición voluntaria, la verdad sobre Marcos y, por encima de todo, la certeza de que Adriana Moretti aparecería aquella mañana para explicar una historia que había comenzado mucho antes de que ninguno de ellos naciera.
Bajó poco después de las siete. Marcos estaba solo en la cocina, preparando café.
Llevaba una camiseta oscura y el cabello todavía desordenado, y por un instante Elena tuvo la absurda sensación de estar contemplando una escena doméstica perteneciente a una vida que nunca habían tenido.
Él se volvió al escucharla y le tendió una taza sin preguntar.
—Sabía que aparecerías pronto.
—¿Tan mal aspecto tengo?
—No he dicho eso.
—Lo estabas pensando.
Marcos sonrió mientras Elena se sentaba junto a la ventana.
La conversación de la noche anterior seguía presente entre ellos, pero había eliminado una parte de la tensión que los acompañaba desde Estambul.
No porque todo estuviera resuelto, sino porque por primera vez habían dejado de utilizar el deseo para evitar las preguntas.
—He estado pensando en Julián —dijo Marcos—.
No consigo recordar el apellido, pero cuanto más intento situarlo, más cosas me vienen.
Aparecía en casa de mi padre desde que yo era niño.
No era un amigo exactamente. Era uno de esos hombres que siempre estaban alrededor cuando había papeles que firmar, viajes que organizar o problemas que nadie explicaba delante de mí.
—¿Podrías reconocerlo?
—Creo que sí. Aunque hayan pasado muchos años.
Elena bebió un poco de café.
—Daniel dijo que Adriana sabe quién hizo la fotografía de 1978. Si era él, lo sabremos dentro de unas horas.
Marcos apoyó las manos sobre la encimera y permaneció unos segundos mirándola.
—Hay una cosa que me preocupa más.
—¿Cuál?
—Que cada vez que descubrimos una verdad sobre mi padre aparece otra persona que llevaba años ayudándolo. Bellini, Julián, abogados, sociedades... Empiezo a pensar que no estamos hablando simplemente de un hombre intentando ocultar un hijo.
Elena había pensado lo mismo. Una infidelidad, un embarazo y una paternidad escondida podían explicar la vergüenza, el silencio e incluso décadas de resentimiento, pero resultaban insuficientes para justificar habitaciones secretas, documentos robados, sedantes y hombres encargados de vigilar a otros hombres.
—Entonces hoy tendremos que preguntarle qué era lo que tu padre protegía realmente.
Marcos asintió. Se acercó a Elena, apoyó una mano sobre el respaldo de su silla y se inclinó para besarla. No fue un gesto urgente ni una invitación a continuar, sino un beso lento y breve que ella aceptó sin necesidad de interpretarlo. Cuando se separaron, Marcos permaneció todavía cerca.
—Esto también tendremos que resolverlo.
—No esta mañana.
—Ya me lo imaginaba.
Elena sonrió y rozó con los dedos su cintura antes de apartarlo suavemente.
—Además, después de todo lo que te dije anoche, sería bastante incoherente que acabáramos otra vez en una habitación antes del desayuno.
—No subestimes nuestra capacidad para tomar malas decisiones.
—Precisamente por eso voy a terminarme el café.
A las nueve estaban todos despiertos. Daniel llegó primero y apareció por la puerta principal con dos bolsas de pan, fruta y algunas botellas de agua, como si regresar veintisiete años después de desaparecer le permitiera asumir con absoluta naturalidad que también podía ocuparse del desayuno.
Andrés hizo un comentario al respecto y Daniel respondió que había tenido casi tres décadas para mejorar algunas costumbres.
La broma alivió durante unos minutos una tensión que regresó en cuanto escucharon un coche detenerse al otro lado de la verja.
Elena salió a la terraza junto a los demás.
Una mujer avanzaba lentamente por el sendero acompañada por un hombre de unos cuarenta años que llevaba una pequeña carpeta bajo el brazo.
Adriana Moretti tendría cerca de setenta años, aunque caminaba erguida y sin necesidad de ayuda.
El cabello, completamente blanco, le llegaba hasta los hombros y llevaba unas gafas oscuras que se quitó al alcanzar la casa.
Elena reconoció inmediatamente los rasgos que había visto en fotografías de distintas épocas.
La edad había transformado el rostro, pero no la mirada.
Daniel se acercó a ella y la besó en ambas mejillas. Adriana sostuvo su brazo durante unos segundos antes de mirar al grupo. Sus ojos se detuvieron primero en Sergio y después en Elena, pero cuando llegaron a Marcos permanecieron allí durante mucho más tiempo.
—Te pareces cada vez más a él —dijo.
Marcos no necesitó preguntar a quién se refería.
—Eso no sé si me tranquiliza demasiado.
Adriana sostuvo su mirada.
—No debería.
Aquella respuesta eliminó cualquier posibilidad de una presentación amable.
Entraron en el salón y se distribuyeron alrededor de la misma mesa en la que la tarde anterior habían reconstruido la noche de 1999.
El hombre que había acompañado a Adriana dejó la carpeta sobre una silla y se retiró hacia la terraza.
—Es Paolo Bellini —explicó Adriana antes de que nadie preguntara—. Hijo de Mauro.
Andrés reaccionó inmediatamente.
—Entonces el hombre que aparece reflejado en el vídeo...
—Es Paolo. No Mauro. Se parecen muchísimo, sobre todo de perfil. Mauro murió hace siete años. La información que encontrasteis era correcta.
Elena recordó la imagen congelada de la cámara y comprendió por qué Andrés había creído reconocer al mismo hombre que apareció en el hospital en 1999.
—¿Y por qué estaba Paolo con Daniel hace ocho meses? —preguntó Sergio.
Adriana miró hacia la terraza.
—Porque pasó años intentando averiguar qué había hecho realmente su padre. Mauro Bellini trabajó durante demasiado tiempo para personas que pagaban bien por el silencio. Paolo encontró parte de sus archivos después de su muerte y fue quien nos permitió recuperar documentos que creíamos destruidos.
Marcos apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Quiero que empieces en 1978. Sin saltarte nada.
Adriana aceptó la petición con un gesto lento. Durante unos instantes pareció decidir por dónde comenzar, aunque probablemente llevaba décadas preparándose para aquella conversación.
—Yo tenía veintiún años cuando conocí a vuestro padre.
Trabajaba como intérprete en una pequeña sociedad que gestionaba inversiones españolas en Italia.
Él estaba casado y yo lo sabía. No voy a intentar convertir aquello en una historia de amor imposible porque no lo fue.
Estuvimos juntos durante varios meses, me enamoré mucho más de lo que debería y cuando descubrí que estaba embarazada él dejó bastante claro qué parte estaba dispuesto a asumir.
Marcos permaneció inmóvil.
—¿Nada?
—Dinero sí. Responsabilidad no.
Adriana habló sin resentimiento visible, quizá porque los años habían erosionado la necesidad de dramatizar una verdad que ya no podía cambiarse.
El padre de Marcos acababa de incorporarse entonces a una estructura empresarial familiar en España.
Su matrimonio era importante para determinados negocios, pero, sobre todo, para una imagen pública que su propio padre controlaba con enorme rigidez.
Un hijo nacido de una relación extramatrimonial podía convertirse en un problema personal y económico que estaba decidido a evitar.
—Esteban lo sabía —continuó Adriana—. Era amigo suyo y también trabajaba con algunas de aquellas sociedades. Fue la primera persona a la que acudí cuando comprendí que estaba sola.
Daniel escuchaba sin intervenir.
—Esteban y su mujer llevaban años intentando tener hijos. Me ofrecieron una solución que entonces me pareció imposible y después empezó a parecerme la única. Criarían al niño en España. Yo podría verlo cuando fuera seguro y él crecería lejos de vuestro padre.
—Me entregaste —dijo Daniel.
Adriana volvió los ojos hacia él.
—Sí.
La respuesta resultó tan directa que Daniel tardó unos segundos en continuar.
—Siempre dices que intentabas protegerme.
—Porque también era verdad. Pero no quiero utilizarlo para borrar la otra parte. Tenía veintidós años, estaba aterrorizada y elegí una salida que me permitía seguir viviendo. Tú pagaste el precio de esa decisión sin haberla elegido.
Elena vio cómo Daniel bajaba la mirada. Entre ambos existía un vínculo construido demasiado tarde para poder parecerse al de una madre y un hijo convencionales.
Marcos intervino.
—¿Mi padre siguió sabiendo dónde estaba Daniel?
—Siempre.
—Entonces durante toda nuestra infancia sabía que tenía dos hijos creciendo en la misma ciudad.
—Sí.
Marcos dejó escapar una respiración incrédula.
—Y permitió que nos conociéramos.
Adriana negó.
—No os conocisteis por casualidad.
El comentario consiguió que todos la miraran.
—¿Qué significa eso? —preguntó Elena.
—Que Esteban quería que Daniel tuviera una vida normal, pero vuestro padre nunca dejó de vigilarlo.
Cuando empezó a moverse en los mismos ambientes que Marcos, nadie lo impidió.
Al contrario. Para él resultaba más sencillo saber dónde estaba Daniel si permanecía cerca de personas que podía controlar.
Daniel se inclinó hacia delante.
—¿Estás diciendo que nuestra amistad estaba vigilada desde antes de Roma?
—No desde el principio. Pero sí desde mucho antes de que tú lo supieras.
Aquella idea alteró de nuevo la percepción que Elena tenía de su juventud. Había imaginado durante días que la vigilancia comenzó cuando Daniel descubrió la verdad. Ahora comprendía que determinados adultos llevaban observándolo desde años atrás.