LO QUE EL DESEO NO OLVIDA CAPÍTULO XIII La verdad sobre Marcos #3
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CAPÍTULO XIII La verdad sobre Marcos #3

Elena sintió que algo se movía en su memoria.

—¿Dónde?

—En la puerta. Estabas intentando entrar. Yo quería hablar contigo, pero alguien dijo que no podías verme así.

—¿Quién?

Marcos cerró los ojos otra vez.

—No lo sé.

La frustración apareció en su rostro, pero Elena no quiso presionarlo.

—¿Algo más?

—Una voz. Un hombre diciéndome que me tranquilizara. No era Daniel. Tampoco Sergio.

Elena recordó que ella también había escuchado una voz junto al oído mientras alguien la retenía en el pasillo.

—¿Bellini?

—No. Bellini hablaba italiano con acento muy marcado cuando usaba español. Esta voz era española.

Se miraron.

—Entonces había alguien más —dijo Elena.

—Eso parece.

La misma persona que Daniel no había sabido identificar. La misma que quizá había salido de la 317 con los documentos.

Marcos se pasó ambas manos por la cara.

—Hay una cosa más.

Elena casi sonrió.

—Empiezo a odiar esa frase.

—Esta vez creo que puede servir.

Marcos explicó que, durante los meses posteriores a Roma, su padre había recibido varias veces la visita de un hombre que Elena quizá conocía.

No recordaba su nombre completo, solo que era español y que había trabajado durante años como asesor de algunas sociedades familiares.

En una ocasión, Marcos escuchó a ambos discutir sobre Italia y oyó mencionar el apellido Valdés.

—¿Por qué no lo recordaste antes?

—Porque hasta hace unos minutos no estaba pensando en él. Daniel dice que había una persona más. Tú recuerdas una voz española. Yo también. Y aquel hombre conocía a mi padre.

—¿Cómo se llamaba?

Marcos hizo un esfuerzo.

—Julián. Julián algo.

Elena no sintió reconocimiento.

—¿Podría ser el hombre de la fotografía de 1978?

Marcos negó.

—No. Era más joven. Quizá diez o quince años mayor que nosotros.

Aquello no resolvía la identidad de la cuarta persona de 1978, pero abría una posibilidad diferente: alguien de la siguiente generación había continuado protegiendo el secreto.

Elena se levantó y caminó hasta la barandilla.

Había esperado que el capítulo sobre Marcos terminara con una absolución o una condena clara y descubría que la realidad resultaba mucho menos cómoda.

Marcos había sido víctima y también había cometido errores.

Había sido manipulado y, a su vez, había manipulado a Elena al ocultarle información.

Había intentado proteger a Daniel y, unas horas antes, había proporcionado sin querer la información que permitió encontrarlo.

Nada de aquello cabía en una sola categoría.

Marcos se colocó a su lado, dejando suficiente distancia para que ella decidiera si quería reducirla.

—¿Sigues pensando que no puedes confiar en mí?

Elena tardó en responder.

—Pienso que no puedo confiar en que me cuentes todo a la primera.

Él aceptó la observación con una sonrisa resignada.

—Justo.

—Pero ya no creo que quisieras hacer daño a Daniel. Ni que fueras responsable de lo que pasó en la 317.

—Eso es algo.

—No te emociones.

Marcos volvió la vista hacia el mar.

—¿Y nosotros?

Elena sabía que la pregunta llegaría.

—Nosotros no se resuelve esta noche.

—No te estoy pidiendo que lo resuelvas.

—Bien. Porque no sé si lo que siento por ti pertenece a ahora, a hace veintisiete años o a las dos cosas mezcladas. Y tampoco quiero convertirme en la excusa para que salgas de una vida que no has tenido el valor de cambiar por ti mismo.

Marcos la miró con seriedad.

—No quiero que lo seas.

—Entonces demuestra que no lo soy.

Permanecieron unos segundos sin hablar. Después Marcos extendió una mano, no hacia su cintura ni hacia su cuello, sino simplemente hacia la de Elena.

Ella la miró antes de aceptarla. El contacto no tuvo nada de la urgencia sexual que los había acompañado desde Estambul. Quizá por eso resultó más íntimo.

—Hay algo que sí sé —dijo Marcos—. Lo que sentía por ti entonces era real. Lo que siento ahora también. Lo demás tendré que averiguarlo sin pedirte que esperes.

Elena apretó ligeramente su mano.

—Esa respuesta está mejor.

No se besaron. Tampoco hacía falta. Permanecieron juntos hasta que el vino se calentó en las copas y las luces de las casas lejanas comenzaron a apagarse una tras otra.

Cuando Elena se retiró a su habitación, tuvo la sensación de que algo entre ellos había cambiado de una manera menos espectacular que cualquiera de sus encuentros sexuales y, sin embargo, más decisiva.

Marcos seguía siendo un hombre lleno de contradicciones, pero por primera vez desde que habían llegado a Estambul Elena no necesitaba convertirlo en culpable o inocente para entenderlo.

Antes de acostarse abrió la ventana y dejó entrar el aire del mar.

Pensó en la voz española que ambos recordaban, en aquel Julián cuyo apellido Marcos no conseguía recuperar y en la persona desconocida que había salido de la 317 con los documentos.

A la mañana siguiente Adriana Moretti tendría que enfrentarse a preguntas que llevaba décadas evitando.

Y Elena ya no estaba dispuesta a permitir que nadie decidiera cuáles podía hacer.