CAPÍTULO XIII La verdad sobre Marcos #2
—Había visto lo que podía hacer —continuó—.
No sabía exactamente hasta dónde llegaba, pero ya tenía una cicatriz que no podía explicar y seis horas borradas.
Daniel había desaparecido. Tú estabas mal y apenas recordabas Roma.
Cuando mi padre te nombró comprendí que podía acercarse a ti si quería. Decidí apartarme.
—Otra vez decidiste por mí.
—Sí.
Elena dejó escapar el aire lentamente. Durante días había reprochado a Daniel exactamente lo mismo.
Sergio también había tomado decisiones en nombre de los demás.
Ahora comprendía que Marcos había participado de la misma lógica: proteger significaba ocultar, decidir, alejar a otros de una verdad que supuestamente no podían soportar.
—Todos estabais obsesionados con protegerme sin preguntarme si quería que me protegierais.
—Éramos idiotas.
—No. Eso sería demasiado fácil. Erais hombres jóvenes tomando decisiones sobre mi vida porque creíais saber mejor que yo lo que podía soportar.
Marcos no discutió.
—Sí.
La facilidad con la que aceptó la crítica desarmó parte de la rabia de Elena, aunque no la eliminó.
—¿Y después?
—Después hice lo que mi padre quería. Dejé de buscar a Daniel, dejé de buscarte a ti y construí otra vida.
—Laura.
El nombre apareció por primera vez con un peso real entre los dos.
Marcos asintió.
—Laura.
Elena sostuvo la copa sin beber.
—Llevamos varios días acostándonos y prácticamente no hemos hablado de ella.
—Lo sé.
—Y eso también dice algo de nosotros.
—Sí.
Elena esperó a que continuara.
—Laura y yo llevamos muchos años casados. Hemos tenido épocas buenas y otras que no lo han sido tanto. Los últimos cuatro años vivimos más como compañeros que como pareja, pero seguimos juntos. No estamos separados y no voy a maquillarlo para que lo que ha pasado contigo resulte más cómodo.
Elena agradeció la claridad y al mismo tiempo sintió un malestar que había preferido mantener apartado desde Estambul.
—Entonces la has engañado.
—Sí.
—Conmigo.
—Sí.
—Y yo he aceptado participar.
Marcos no intentó liberarla de responsabilidad.
—Sí.
Elena permaneció unos segundos mirando el mar.
No quería convertir aquella conversación en una confesión moral ni en una escena sentimental convencional, pero tampoco podía seguir tratando la existencia de Laura como una nota al margen.
Durante el viaje había recuperado una parte de sí misma que creía dormida y, precisamente por eso, no quería construirla sobre autoengaños.
—No quiero que me digas ahora que vas a dejarla por mí.
—No iba a decirlo.
—Bien.
—Porque sería otra decisión tomada en medio de todo esto. Y porque si mi matrimonio termina, tendrá que terminar por lo que es, no porque tú hayas aparecido.
Elena lo miró y sintió que aquella respuesta le gustaba más de lo que habría querido admitir.
—Eso sí te lo creo.
—¿Solo eso?
—No abuses.
Marcos sonrió, pero esta vez no intentó acercarse. Permanecieron un rato en silencio hasta que Elena volvió a la cuestión que todavía seguía incomodándola.
—Hay otra cosa. En Estambul dijiste que organizaste el viaje porque alguien te había contactado sobre Daniel. Ahora sabemos que viste a Daniel en Capri hace ocho meses y que él te empujó a reunirnos. ¿Por qué no nos dijiste desde el principio que lo habías visto?
—Porque Daniel me pidió que no lo hiciera.
—Eso ya lo sé. Quiero saber por qué aceptaste.
Marcos pensó la respuesta.
—Porque una parte de mí quería creer que podía reparar algo antes de contártelo.
Encontrarlo, entender lo sucedido, descubrir qué había hecho yo aquella noche.
Pensaba que si regresaba con respuestas, quizá podría presentarme ante ti sin parecer el hombre que había desaparecido de tu vida veintisiete años antes.
—Y terminaste haciendo exactamente lo mismo: decidir qué información darme y cuándo.
—Sí.
—No aprendes demasiado rápido.
Marcos soltó una risa breve.
—Esa parece ser la conclusión general.
Elena dejó la copa a un lado. A pesar de la tensión, sentía una extraña calma.
Durante días había sospechado de Marcos porque cada nueva revelación parecía acercarlo a la culpa.
Ahora empezaba a verlo de una forma más incómoda y, quizá por eso, más verdadera.
No era inocente. Había cometido errores importantes, había llamado a su padre y facilitado información que terminó poniendo a Daniel en peligro; después había creído versiones cómodas, se había apartado de Elena sin darle explicaciones y, en el presente, había vuelto a ocultar información.
Pero tampoco era el hombre que había herido a Daniel, ni el responsable consciente de la 317, ni el cómplice voluntario que las pistas parecían dibujar.
—Daniel dijo que te enfrentaste a Bellini —dijo Elena—. Quiero que intentes recordar esa parte.
Marcos cerró los ojos.
—Lo intento desde ayer.
—No fuerces lo que viene después. Empieza antes.
Él respiró lentamente.
—Entré en la habitación. Daniel estaba discutiendo con Adriana. Había papeles sobre la cama. Yo estaba enfadado porque Daniel llevaba días tratándome como si yo fuera un imbécil. Entonces llegó Bellini.
—¿Lo conocías?
—Había visto su cara alguna vez. En reuniones de mi padre cuando era adolescente. No sabía su nombre, pero me resultaba familiar.
Elena sintió que aquello encajaba con el modo en que Marcos había reaccionado ante las fotografías.
—¿Y qué pasó?
Marcos mantuvo los ojos cerrados.
—Bellini dijo que venía de parte de mi padre. Yo pensé que eso demostraba que Daniel mentía. Durante unos minutos incluso me puse de parte de Bellini. Le dije a Daniel que entregara los documentos y que dejara de montar aquella historia. Daniel me gritó que los leyera. Cogí una hoja.
Marcos frunció el ceño.
—Había un nombre. El mío. Y el de Daniel.
Elena no lo interrumpió.
—No recuerdo todo el documento, pero sí una frase. “Compatibilidad genética”. Algo así. Le pregunté a Bellini qué significaba y él intentó quitarme la hoja. Fue entonces cuando comprendí que no estaba allí para aclarar nada.
Marcos abrió los ojos.
—Yo lo golpeé primero.
—Daniel dijo que te enfrentaste a él.
—Sí. Le di un puñetazo. Bellini cayó contra una mesa y después sacó la navaja. No creo que pretendiera clavármela. Me abalancé sobre él, forcejeamos y sentí el corte.
Elena vio cómo la mano de Marcos descendía instintivamente hasta la cicatriz.
—Después recuerdo a Daniel sujetándome. Adriana gritaba que alguien había bebido de una botella. Yo estaba mareado. Y luego apareces tú.
—¿Yo?
—Sí.