LO QUE EL DESEO NO OLVIDA CAPÍTULO XIII La verdad sobre Marcos
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CAPÍTULO XIII La verdad sobre Marcos

La casa quedó extrañamente silenciosa después de que Daniel se marchara.

Nuria y Andrés subieron a sus habitaciones poco después, agotados por un día que parecía haber contenido demasiadas vidas distintas, mientras Sergio permaneció un rato más en la terraza sin hablar con nadie.

Elena comprendió que necesitaba tiempo para asimilar algo diferente a lo que estaban procesando los demás.

Daniel había regresado para todos, pero para Sergio también había reaparecido el hombre cuya ausencia había protegido durante veintisiete años, el amigo al que había obedecido incluso cuando aquella obediencia empezaba a parecerse demasiado a una traición hacia el resto.

Marcos seguía junto a la barandilla. Apenas se había movido desde que Daniel desapareció entre los árboles y Elena decidió no acercarse inmediatamente.

Había aprendido durante aquellos días que algunas conversaciones empeoraban cuando se intentaban forzar demasiado pronto.

Entró en la cocina, sirvió dos copas de vino y regresó con ellas.

Marcos aceptó la suya sin hacer ningún comentario.

—No sé si necesitamos esto —dijo.

—Yo sí.

Marcos sonrió ligeramente.

—Entonces no discutiré.

Se sentaron en dos tumbonas orientadas hacia el mar.

La oscuridad había borrado casi por completo la línea del horizonte y solo algunas luces lejanas permitían distinguir dónde terminaba la isla.

Elena bebió un poco antes de hablar. Durante años había imaginado que reencontrarse con alguien del pasado significaría recuperar una parte de lo que había sido.

Lo que estaba ocurriendo era exactamente lo contrario.

Cada día destruía una versión anterior de sí misma.

—Daniel ha explicado muchas cosas —dijo—, pero no todas las que tienen que ver contigo.

Marcos la miró.

—Lo sé.

—Y no quiero enterarme mañana por Adriana de algo que tú puedas contarme esta noche.

Él dejó la copa sobre una mesa pequeña.

—Pregunta.

Elena negó.

—No quiero ir sacándotelo por preguntas. Quiero que me cuentes tú lo que falta.

Marcos comprendió la diferencia. Permaneció unos segundos mirando sus propias manos antes de empezar.

—Lo primero que falta es lo que pasó después de Roma.

No después de la 317, sino después de que volviéramos a España.

Daniel ya había empezado a apartarse de todos y tú estabas rara, aunque entonces pensé que era por él.

Yo también tenía lagunas, dolores de cabeza y recuerdos que aparecían sin orden. Mi padre aprovechó todo eso.

Elena no dijo nada.

—Me llamó apenas llegué. Quería verme. Fui a Madrid y me contó una versión completamente distinta de lo ocurrido.

Dijo que Daniel se había metido en un asunto de chantaje con una mujer italiana que intentaba sacar dinero a la familia.

Me dijo que esa mujer había utilizado documentos falsos, que Bellini había ido al hotel a recuperar papeles robados y que yo había resultado herido porque Daniel perdió el control.

Elena frunció el ceño.

—Y te lo creíste.

—No del todo. Pero yo recordaba muy poco y él sabía exactamente qué decir. Me enseñó documentos, correos, transferencias. Ahora supongo que todo estaba preparado para que pareciera cierto. Y había algo más que utilizó mucho mejor que cualquier papel.

Marcos la miró directamente.

—Tú.

Elena sintió una incomodidad inmediata.

—¿Qué tiene que ver conmigo?

—Me dijo que Daniel te había contado la verdad antes que a mí y que tú habías elegido protegerlo. Que sabías más de lo que admitías. Incluso me dijo que habías estado con Daniel la noche después del hospital.

—Eso es mentira.

—Lo sé ahora.

—¿Y entonces?

Marcos tardó un poco en responder.

—Entonces estaba hecho polvo, no recordaba seis horas de mi vida y había visto a Daniel mirarme como si fuera responsable de todo.

Tú tampoco conseguías explicarme qué había ocurrido.

Te preguntaba por la 317 y respondías que no sabías.

Te preguntaba dónde habías estado y empezabas a llorar o te enfadabas.

Mi padre me ofreció una explicación sencilla y yo necesitaba una explicación sencilla.

Elena sintió rabia, aunque no exactamente contra el muchacho que Marcos había sido. Le molestaba imaginar hasta qué punto otras personas habían decidido por ellos mientras ambos estaban demasiado confusos para darse cuenta.

—¿Por eso desapareciste de mi vida?

Marcos desvió la mirada hacia el mar.

—En parte.

—¿Qué significa “en parte”?

—Que sería muy fácil culpar a mi padre de todo, como Daniel puede culpar a Bellini o a las amenazas. Pero no sería verdad.

Elena esperó.

—Yo estaba enamorado de ti —continuó Marcos—.

Mucho más de lo que admití entonces y bastante más de lo que quería.

Cuando pensé que habías elegido a Daniel, me sentí humillado.

Y en lugar de preguntarte otra vez, de insistir o simplemente de reconocer que tenía miedo, hice lo que mejor sabía hacer a esa edad: desaparecer antes de que pudieras rechazarme.

Elena lo observó sin moverse.

—Así que después de todo lo que pasó, tú también desapareciste.

—De otra manera, sí.

—Y llevamos todos estos días hablando de Daniel como si hubiera sido el único.

Marcos aceptó el reproche.

—Tienes razón.

Elena recordó fragmentos de aquellos meses posteriores.

Llamadas que no llegaban. Un mensaje breve.

La sensación de haber perdido algo sin comprender por qué.

Durante años había pensado que quizá su relación con Marcos no había sido tan importante como su memoria quería hacerle creer.

Ahora empezaba a entender que la falta de recuerdos no había borrado únicamente la intensidad de lo vivido, sino también la violencia emocional con la que había terminado.

—¿Me escribiste? —preguntó.

—Sí.

—No lo recuerdo.

—Te escribí varias veces al principio. Después dejé de hacerlo.

—¿Cartas?

—Dos. Y una nota que dejé en casa de Nuria porque no quería verte.

Elena volvió la cabeza hacia la casa.

—¿Nuria sabía esto?

—Sabía que le dejé un sobre. No sabía lo que contenía.

Aquello le produjo una sensación extraña, pero decidió no abrir otra línea de sospecha. Ya habían aprendido demasiado sobre el peligro de convertir cada silencio en una conspiración.

—¿Qué decía?

Marcos respiró profundamente.

—La primera era una carta bastante patética.

Te decía que necesitaba tiempo, que no entendía qué estaba pasando y que no quería que Daniel acabara destruyéndonos.

La segunda era peor. Estaba enfadado. Te acusaba de haberme mentido, de saber cosas que no querías contarme y de haber jugado conmigo. La nota de Nuria era solo una frase.

—¿Cuál?

Marcos tardó en decirla.

—«No vuelvas a buscarme».

Elena cerró los ojos durante unos segundos. No recordaba haber leído aquella nota, pero algo en la frase le produjo una respuesta física inmediata, una presión antigua en el pecho.

—Creo que la vi.

Marcos se inclinó ligeramente hacia ella.

—¿La recuerdas?

—No exactamente. Pero me provoca algo. Como si ya hubiera leído esas palabras muchas veces.

Durante unos segundos Elena dejó que aparecieran imágenes sin intentar ordenarlas: una escalera, un sobre doblado, una habitación de su antigua casa, ella rompiendo un papel y después recogiendo los trozos del suelo.

No sabía si pertenecían realmente a aquella nota o si su mente estaba construyendo una escena a partir de la conversación.

—Puede que eso explique parte de lo que olvidé —dijo—. No solo Roma. También tú.

Marcos bajó la mirada.

—Lo he pensado muchas veces durante este viaje. Quizá recordar nuestra relación significaba recordar también cómo terminó.

—No te des tanta importancia.

La respuesta salió con una ironía suficiente para hacer sonreír a ambos, aunque la sonrisa desapareció pronto.

—No —continuó Elena—, en serio. No creo que una persona olvide años de su vida solo porque alguien la dejó.

Pero sí creo que después de Roma estaba mal, probablemente drogada más de una vez aquella noche, asustada y llena de recuerdos incompletos.

Si además tú me cerraste la puerta de golpe, quizá mi cabeza hizo el resto.

Marcos se levantó y caminó unos pasos por la terraza.

—Hay algo que todavía no te he contado.

Elena sintió inmediatamente cansancio.

—Claro que lo hay.

—No es otra visita secreta ni otro viaje.

—Eso tranquiliza muchísimo.

Marcos aceptó la ironía.

—Tres meses después de que Daniel desapareciera, mi padre volvió a llamarme. Me dijo que Daniel se había marchado porque tenía problemas y que lo mejor que podía hacer era olvidarlo. Yo ya sabía que algo no encajaba. Le pregunté directamente por Adriana.

Elena lo miró con mayor atención.

—¿Qué respondió?

—Que había sido una relación de juventud sin importancia. Me dijo que Daniel estaba obsesionado con convertirla en algo que no era. Entonces le pregunté si Daniel podía ser hijo suyo.

Elena se quedó inmóvil.

—¿Ya lo sospechabas?

—No de la forma en que lo sé ahora. Pero algo de lo que Daniel había dicho en Roma se me había quedado dentro. Mi padre cambió de expresión cuando se lo pregunté. No respondió durante varios segundos y después me dijo que jamás volviera a mencionar aquello.

—Eso tendría que haberte bastado.

—Me bastó para saber que mentía. No para saber cuál era la verdad.

Marcos regresó a la tumbona.

—Le dije que iba a buscar a Daniel. Mi padre me amenazó por primera vez en mi vida. No directamente. Era demasiado inteligente para eso. Me dijo que si seguía removiendo el asunto podía arruinar no solo mi vida, sino la de personas que no tenían nada que ver. Te nombró.

Elena sintió frío pese a la temperatura agradable de la noche.

—¿A mí?

—Dijo que tú ya habías pasado por suficiente y que sería una pena obligarte a recordar cosas que no podías soportar.

Aquella frase consiguió que Elena se incorporara.

—¿Qué quería decir?

—Nunca lo supe.

—¿Y no me lo contaste?

—No.

—¿Por qué?

Marcos sostuvo su mirada.

—Porque me asusté.

La respuesta fue tan directa que Elena no pudo reaccionar inmediatamente.