LO QUE EL DESEO NO OLVIDA CAPÍTULO XII Daniel #3
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CAPÍTULO XII Daniel #3

Elena sintió que el miedo adquiría una forma distinta. Hasta entonces siempre habían buscado la amenaza fuera del grupo: el padre de Marcos, Bellini, Adriana antes de comprender quién era realmente. Ahora Daniel acababa de devolverla al centro.

—¿Uno de nosotros? —preguntó.

—Eso creí durante años. Pero nunca estuve seguro.

Marcos se acercó a Elena.

—¿Por qué no lo investigaste?

Daniel dejó escapar una respiración cansada.

—Porque tres días después de aquella conversación recibí una fotografía de Elena entrando en su casa. Alguien quería que entendiera que podía llegar hasta vosotros cuando quisiera. Fue entonces cuando corté todo contacto.

Elena permaneció inmóvil.

—¿Quién envió la fotografía?

—No lo sé.

—¿Bellini?

—Durante años pensé que sí.

—¿Y ahora?

Daniel miró hacia la ventana.

—Ahora ya no estoy seguro de casi nada de lo que creía saber.

El sol había descendido hasta tocar el horizonte y la luz del salón empezaba a cambiar.

Elena observó a Daniel, después a Marcos, Sergio, Nuria y Andrés.

Cinco versiones de una misma noche, seis personas atrapadas durante décadas en recuerdos incompletos y una séptima figura que había permanecido fuera de todas las reconstrucciones.

Daniel se acercó a la mesa y tomó la fotografía de 1978.

—Hay algo más que todavía no sabéis. Adriana no era la única persona que conocía la verdad antes de que naciéramos. En esa fotografía faltaba alguien.

Marcos frunció el ceño.

—¿Quién?

—La persona que la hizo.

Elena recordó de inmediato la vieja fotografía del grupo tomada décadas después por Adriana y sintió una asociación incómoda.

Daniel continuó.

—Durante mucho tiempo creímos que era una fotografía casual de los tres. No lo era. Adriana me contó hace años que aquella tarde estaban esperando a una cuarta persona. Alguien que participó en todo desde el principio y que, cuando nacimos Marcos y yo, ya sabía exactamente quiénes éramos.

—¿Sigue vivo? —preguntó Sergio.

Daniel lo miró.

—Sí.

—¿Y sabes quién es?

Daniel negó.

—Adriana nunca quiso decírmelo. Dice que hacerlo sin demostrar primero lo ocurrido destruiría a una persona que quizá no tuvo elección.

Elena percibió el cansancio en la mirada de Daniel y comprendió que incluso después de veintisiete años seguía sin poseer toda la verdad.

—Entonces Adriana es la única que puede terminar de explicarlo.

—Sí.

—¿Dónde está?

Daniel volvió la vista hacia el jardín.

—Aquí, en Capri.

Marcos se levantó.

—¿En esta casa?

—No. Vive desde hace años en otra propiedad de la isla. Le pedí que no viniera hasta saber si estabais preparados para verla.

Elena sintió una mezcla de agotamiento y necesidad de llegar hasta el final.

—No vuelvas a decidir eso por nosotros.

Daniel asintió.

—De acuerdo.

Sacó su teléfono y escribió un mensaje.

—Vendrá mañana por la mañana.

Elena no respondió. Necesitaba tiempo para asimilar la presencia real de Daniel, su desaparición voluntaria, la verdad sobre la herida de Marcos y la certeza de que había existido una persona más alrededor de aquella historia desde 1978.

Daniel se dirigió hacia la puerta, pero Sergio lo detuvo.

—¿Te vas?

Daniel lo miró.

—Por esta noche, sí.

—Después de veintisiete años.

Había dolor en la voz de Sergio, mucho más que reproche.

Daniel se acercó a él.

—Si me quedo ahora, tú y yo vamos a empezar una conversación que no quiero tener delante de todos.

Sergio sonrió con tristeza.

—Siempre has sido muy bueno decidiendo cuándo tienen que ocurrir las conversaciones.

Daniel bajó la mirada.

—Eso también lo he aprendido demasiado tarde.

Salió al jardín y desapareció por el mismo sendero por el que había llegado. Nadie intentó detenerlo.

Elena permaneció junto a la ventana observando cómo su figura se alejaba entre los árboles.

Durante años había pensado que encontrar a Daniel significaría resolver el misterio.

Ahora comprendía que su regreso había hecho exactamente lo contrario: había eliminado algunas mentiras, pero también había obligado a todos a reconocer una verdad mucho más incómoda.

Daniel no había desaparecido únicamente porque alguien lo persiguiera.

Había elegido marcharse y, después, había permitido que el miedo, el resentimiento y la necesidad de controlar su propia historia convirtieran una decisión temporal en veintisiete años de silencio.

Marcos se situó a su lado.

—Así que no intenté hacerle daño.

Elena volvió la cabeza hacia él.

—No.

—Intenté ayudarlo.

—Eso parece.

Marcos permaneció unos segundos en silencio.

—Y aun así fui yo quien llamó a mi padre.

Elena entendió que aquella parte no iba a desaparecer simplemente porque Daniel lo hubiese exculpado de otras cosas.

—Eras joven y no sabías lo que estaba ocurriendo.

—Pero lo hice.

—Sí.

Marcos la miró.

—No vas a decirme que no fue culpa mía.

—No. Porque una parte sí fue responsabilidad tuya. Pero eso no significa que seas responsable de todo lo que ocurrió después.

Marcos apoyó una mano en la barandilla y dejó escapar el aire lentamente.

—Creo que prefiero eso a que me perdones demasiado rápido.

Elena sonrió apenas.

—No te preocupes. Todavía estoy bastante enfadada contigo.

Marcos respondió con una sonrisa breve, pero no intentó tocarla.

Elena volvió la vista hacia el lugar por el que Daniel había desaparecido y pensó en Adriana Moretti, a quien conocerían por fin a la mañana siguiente, la mujer que había atravesado aquella historia desde antes de que ninguno de ellos naciera.

Sin embargo, antes de detenerse en ella, regresó mentalmente a una frase de Daniel: había visto salir de la 317 a alguien con los documentos desaparecidos, una persona a la que todos conocían.

Lo verdaderamente inquietante no era que todavía no pudiera recordar su rostro, sino empezar a sospechar que, cuando finalmente lo hiciera, quizá preferiría haber seguido olvidándolo.