CAPÍTULO XII Daniel #2
—Entonces ¿por qué perdiste seis horas? —preguntó Elena.
Daniel miró a Marcos.
—Porque Bellini había manipulado una botella. No sé si pretendía drogarme solo a mí o a varios. Tú bebiste de ella antes de que nadie lo supiera.
—¿Y tú?
—También.
Daniel explicó que Adriana fue la primera en darse cuenta.
Ella reconoció los síntomas porque Bellini había utilizado métodos similares para intimidar a personas relacionadas con antiguos negocios.
Sergio llegó poco después y ayudó a contener la hemorragia de Marcos.
Bellini desapareció durante unos minutos y ellos aprovecharon para sacar a Daniel por una salida de servicio.
—¿Por qué no llamasteis a la policía? —preguntó Nuria.
—Porque yo tenía veintitantos años, estaba asustado, drogado y acababa de descubrir que mi verdadera madre llevaba años huyendo de un hombre que podía demostrar que mi padre biológico había pagado para ocultar mi existencia. No estaba pensando con demasiada claridad.
—Eso explica Roma —dijo Elena—. No la carretera.
Daniel asintió.
Adriana condujo. Daniel apenas conseguía mantenerse despierto.
Habían recorrido varios kilómetros cuando un coche empezó a seguirlos.
Adriana pensó que era Bellini y trató de desviarse por una carretera secundaria.
Daniel recordaba fragmentos: luces demasiado cerca, un golpe, Adriana gritándole que permaneciera despierto y después el coche detenido junto a la carretera.
—Bellini nos alcanzó —continuó—. Adriana salió para hablar con él. No sé exactamente qué ocurrió porque yo apenas podía moverme. Recuerdo que discutieron. Después Bellini se marchó. Adriana volvió al coche y me dijo que teníamos que cambiar de plan. Poco después perdí el conocimiento.
—Y te encontraron allí —dijo Sergio.
—Sí. Adriana no me abandonó. Fue ella quien consiguió ayuda sin identificarse. Se quedó cerca hasta que llegó la ambulancia.
Elena recordó el antiguo informe y la presencia de la mujer del pañuelo rojo junto a Daniel cuando lo encontraron.
—¿Y Bellini?
—Había conseguido lo que quería. Parte de los documentos desapareció.
Marcos apretó la mandíbula.
—¿Mi padre sabía que yo había resultado herido?
Daniel sostuvo su mirada.
—Sí.
—¿Y qué hizo?
—Mandó a alguien al hospital.
Andrés reaccionó.
—Bellini.
—Bellini.
Aquello explicaba al hombre que había aparecido aquella noche sin que ninguno supiera quién era realmente.
Marcos se recostó en el sofá y durante un momento pareció más golpeado por aquella revelación que por cualquiera de las anteriores.
—Mi padre sabía que uno de sus hombres me había abierto el costado y su respuesta fue enviar al mismo hombre al hospital para controlar lo que decíamos.
Daniel no intentó suavizarlo.
—Sí.
Elena dejó que el silencio durara unos segundos antes de abordar la pregunta más importante.
—Tres meses después desapareciste. Eso ya no fue Bellini.
Daniel la miró.
—No.
—Entonces fuiste tú.
—Sí.
Elena sintió la rabia regresar.
—Explícamelo.
Daniel apoyó los brazos sobre las rodillas.
—Después de Roma intenté volver a mi vida.
Durante unas semanas pensé que podía hacerlo.
Fui a trabajar, vi a mis padres, intenté comportarme como si nada hubiera pasado.
Pero Adriana seguía recibiendo amenazas.
Esteban me contó finalmente parte de la verdad y comprendí que llevaba toda mi vida protegiéndome de una historia que nunca había tenido el valor de contarme.
El padre de Marcos seguía controlando documentos, propiedades y personas capaces de demostrar lo ocurrido.
Yo quería denunciarlo todo, pero apenas tenía pruebas. Y entonces alguien entró en mi casa.
Sergio lo miró.
—Nunca me contaste eso.
—Porque no quería que lo supieras.
Daniel explicó que no robaron dinero ni objetos de valor. Solo desaparecieron papeles relacionados con Adriana y las pruebas de parentesco. Aquella misma semana recibió una llamada anónima advirtiéndole de que dejara de buscar.
—Fue entonces cuando decidí desaparecer.
—¿Para protegernos? —preguntó Elena.
Daniel tardó en responder.
—También.
La palabra hizo que Elena lo mirara con mayor atención.
—¿También?
Daniel apoyó la espalda en la butaca.
—Durante años me he contado a mí mismo que lo hice por todos vosotros. Que me marché para proteger a Adriana, a Esteban, a Sergio, a ti y hasta a Marcos. Es una versión cómoda. Tiene una parte de verdad, pero no es toda.
Nadie lo interrumpió.
—También me marché porque estaba furioso.
Porque no quería seguir siendo Daniel Valdés si ni siquiera sabía quién era Daniel Valdés.
Porque quería castigar a Esteban por haberme mentido y al otro hombre por haberme convertido en un secreto.
Porque estaba enamorado de Elena y sabía que ella había elegido a Marcos.
Porque acababa de descubrir que el hombre al que más detestaba en aquellos días era mi hermano.
Y porque, por primera vez, desaparecer me permitía controlar algo.
Elena recibió aquella confesión sin saber exactamente qué sentir.
—Así que decidiste que los demás podíamos pensar que estabas muerto.
—Al principio no pensé que duraría tanto.
—Pero duró veintisiete años.
—Sí.
Daniel sostuvo su mirada sin intentar escapar.
—Y eso fue decisión mía.
Aquella respuesta resultó más dura que cualquier justificación. Elena había esperado encontrar una causa externa capaz de explicar todos aquellos años: amenazas, persecuciones, imposibilidad de regresar. Había existido todo eso, pero también una elección.
—¿Nunca pensaste en nosotros? —preguntó Andrés.
Daniel sonrió con tristeza.
—Pensé demasiado.
—Pues no lo pareció.
—Lo sé.
Sergio intervino por primera vez desde que Daniel había entrado.
—Me llamaste a los cuatro días.
Daniel asintió.
—Porque necesitaba que alguien supiera que estaba vivo. Elegí a Sergio porque era la persona en la que más confiaba entonces.
Nuria lo miró.
—Y le hiciste cargar con eso durante veintisiete años.
—Sí.
—Eso tampoco fue protegerlo.
Daniel bajó la mirada.
—No.
Sergio permaneció en silencio. Elena entendió que aquella conversación entre los dos llegaría más tarde, probablemente sin testigos.
Marcos se inclinó hacia delante.
—¿Por qué volviste ahora?
Daniel lo miró.
—Porque murió nuestro padre.
La expresión hizo que Marcos reaccionara, aunque no lo corrigió.
—Mientras estuvo vivo, seguía controlando parte de lo que ocurrió.
No porque pudiera hacerme desaparecer de nuevo, sino porque había personas, sociedades y documentos que continuaban dependiendo de él.
Cuando murió, Adriana recuperó acceso a propiedades y archivos que llevaba décadas intentando recuperar.
Entre ellos estaba la documentación de la 317.
—Entonces podías habernos llamado —dijo Elena.
—Podía.
—Pero preferiste mandarnos sobres, fotografías, billetes y vídeos.
Daniel asintió.
—Porque necesitaba saber qué recordabais antes de contaros lo ocurrido.
—Eso no era decisión tuya.
—No.
Elena se sorprendió por la facilidad con la que aceptaba cada acusación.
—Nos manipulaste.
—Sí.
—¿Y Sergio lo sabía?
—Solo parcialmente. Le pedí que no interviniera hasta que reconstruyerais Roma. No sabía todas las pistas ni todos los documentos.
Elena lo observó. Daniel no se parecía al hombre que había imaginado durante aquellos días.
No era la víctima perfecta ni el misterioso superviviente que había esperado pacientemente el momento de revelar la verdad.
Había miedo en su historia, pero también orgullo, rencor y una necesidad de controlar a los demás que explicaba muchas de sus decisiones.
—¿Por qué yo? —preguntó—. ¿Por qué era tan importante que empezara a recordar?
Daniel la miró durante unos segundos antes de responder.
—Porque fuiste la única persona que vio lo que ocurrió después de que yo saliera de la 317.
Elena sintió un vuelco.
—No recuerdo haber salido del hotel.
—No saliste conmigo.
—Entonces ¿qué vi?
Daniel no respondió inmediatamente.
Marcos lo observó con creciente tensión.
—Díselo.
Daniel negó despacio.
—No puedo contárselo como si fuera mi recuerdo. Si lo hago, volverá a construirlo a partir de lo que yo diga.
Elena sintió una irritación inmediata.
—Se acabó ese juego, Daniel. No decides cómo tengo que recordar mi propia vida.
—No estoy intentando decidirlo.
—Llevas días haciéndolo.
Daniel aceptó el reproche.
—Tienes razón.
Permaneció unos segundos en silencio y después cambió de tono.
—Pero puedo decirte una cosa. Tú viste quién salió de la 317 después de nosotros. Y viste algo que ninguno de los demás llegó a ver.
—¿A mi padre? —preguntó Marcos.
Daniel lo miró.
—No.
La respuesta modificó inmediatamente la tensión de la habitación.
—¿Bellini? —preguntó Andrés.
—Tampoco.
Elena sintió que una sensación incómoda empezaba a recorrerle el cuerpo.
—Entonces ¿quién?
Daniel la observó.
—Eso es lo que tienes que recordar antes de que podamos terminar esta historia.
Marcos perdió la paciencia.
—Acabas de decir que se acabaron los juegos y vuelves a hacer exactamente lo mismo.
Daniel se levantó.
—Porque no es un juego. Yo tampoco sé quién era.
La frase los dejó desconcertados.
Elena lo miró fijamente.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Adriana y yo ya habíamos salido. Sergio estaba conmigo. Marcos estaba sedado y herido. Tú permaneciste en el hotel. Cuando volví a hablar contigo tres meses después, antes de desaparecer, me dijiste que habías visto a alguien salir de la habitación con los documentos que faltaban.
Elena sintió una presión creciente en las sienes.
—¿Hablé contigo?
Daniel asintió.
—Una vez.
—No lo recuerdo.
—Lo sé. Estabas muy confusa. Dijiste que habías empezado a tener lagunas desde Roma y que algunas noches despertabas sin recordar lo que habías hecho. Me describiste a esa persona, pero nunca dijiste su nombre.
—¿Qué dije?
Daniel respiró profundamente.
—Que era alguien a quien todos conocíamos.
Nuria dejó de moverse.
Andrés miró instintivamente a los demás.