LO QUE EL DESEO NO OLVIDA CAPÍTULO XII Daniel
64%

CAPÍTULO XII Daniel

Sergio permaneció con el teléfono pegado al oído durante unos segundos antes de mirar a Elena. La expresión de su rostro había cambiado por completo. Ya no había duda ni cálculo, solo una tensión contenida que ella no le había visto desde que comenzaron el viaje.

—Quiere hablar contigo.

Elena no extendió la mano inmediatamente.

Había imaginado demasiadas veces aquel momento durante los últimos días y, sin embargo, ahora que podía escuchar la voz de Daniel después de veintisiete años, sintió algo parecido al miedo.

Durante mucho tiempo había convivido con la posibilidad de que estuviera muerto.

Después descubrió que seguía vivo. Más tarde llegaron los vídeos, las fotografías y las pistas cuidadosamente colocadas para conducirlos hasta allí.

Todo aquello parecía haberlos preparado para encontrarlo, pero nadie podía preparar realmente a una persona para escuchar de nuevo una voz que pertenecía a otra vida.

Tomó el teléfono.

—¿Daniel?

Al otro lado hubo un breve silencio.

—Hola, Elena.

La voz era distinta y, al mismo tiempo, inconfundible.

Más grave, más cansada, despojada de la impaciencia juvenil que recordaba, pero con la misma forma de pronunciar su nombre.

Elena cerró los ojos durante un instante y una cantidad absurda de imágenes regresó a la vez: viajes en coche, discusiones, habitaciones de hotel, risas compartidas, Daniel sentado en el suelo con una guitarra que apenas sabía tocar y, por encima de todo, aquella tarde junto a las rocas en la que le había pedido que no confiara en Marcos.

—Llevamos días buscándote.

—Lo sé.

—Y años creyendo que podías estar muerto.

Daniel tardó un poco más en responder.

—También lo sé.

La calma de la respuesta despertó en Elena una rabia que no había esperado sentir con tanta rapidez.

—Entonces no sé qué quieres que te diga.

—No quiero que me digas nada todavía. Quiero escucharte.

Elena apretó los labios. Durante veintisiete años habría dado cualquier cosa por saber que Daniel estaba vivo. Ahora tenía ganas de gritarle.

—Has tenido tiempo de sobra para escucharme.

—Sí. Y esa es una de las cosas que tendrás derecho a reprocharme.

Elena miró a Sergio, después a Marcos y finalmente al resto. Todos permanecían alrededor de la mesa, pendientes de una conversación que solo podían escuchar a medias.

—No voy a hacer esto por teléfono —dijo.

Daniel guardó silencio unos segundos.

—Lo sé. Por eso estoy en Capri.

Elena se quedó inmóvil.

—¿Dónde?

—Cerca de vosotros. No quería entrar en la casa hasta saber si habíais llegado a reconstruir aquella noche sin que Sergio os diera las respuestas.

Marcos reaccionó inmediatamente.

—Pon el altavoz.

Elena activó la función y dejó el teléfono sobre la mesa.

—Estamos todos escuchando.

La voz de Daniel llenó la habitación.

—Lo imaginaba.

Marcos se acercó.

—Entonces ven.

Daniel no respondió de inmediato.

—No sé si es buena idea.

—Has organizado todo esto para traernos hasta aquí y ahora no sabes si es buena idea entrar por una puerta.

Elena percibió en la voz de Marcos una mezcla de rabia y algo mucho más difícil de definir. Daniel ya no era solo el amigo desaparecido. Era el hermano cuya existencia acababa de descubrir.

—No he organizado todo —respondió Daniel—. Algunas cosas sí. Otras empezaron antes de que yo decidiera intervenir.

—Pues entra y explícalo.

Hubo un silencio prolongado antes de que Daniel hablara de nuevo.

—Salid a la terraza. La que da al jardín.

Sergio fue el primero en levantarse. Elena lo siguió, y los demás salieron detrás.

El sol había descendido lo suficiente para que la luz adquiriera un tono dorado sobre los árboles.

Durante unos segundos no ocurrió nada. Después escucharon el sonido metálico de una pequeña puerta situada en el extremo inferior de la propiedad.

Un hombre apareció entre los pinos.

Elena lo reconoció antes de verle completamente el rostro.

Había algo en su manera de caminar que seguía perteneciendo al Daniel de veintitantos años, una ligera inclinación hacia delante y el movimiento demasiado rápido de los brazos.

El cabello estaba casi completamente gris, llevaba barba corta y el tiempo había endurecido unas facciones que Elena recordaba más suaves, pero seguía siendo él.

Daniel se detuvo a pocos metros de la terraza.

Nadie corrió hacia él.

Elena comprendió que quizá eso era lo más extraño de todo.

Durante años había imaginado que un reencuentro semejante estaría lleno de abrazos, lágrimas o preguntas atropelladas.

En cambio, los cinco lo miraban como se observa a alguien que ha regresado de un lugar demasiado lejano llevando consigo una parte de tu propia vida.

Fue Andrés quien rompió la quietud.

—Joder, Daniel.

Daniel sonrió ligeramente.

—Tú tampoco has mejorado tanto.

Andrés dejó escapar una risa incrédula y se acercó. El abrazo que se dieron fue breve, torpe y sincero. Nuria fue después. Daniel la sostuvo unos segundos más y Elena vio cómo ella cerraba los ojos antes de apartarse.

Sergio no se movió.

—Hola —dijo Daniel.

—Hola.

Entre ambos había algo demasiado antiguo para resolverse con un abrazo delante de los demás.

Marcos permaneció detrás.

Daniel lo miró durante unos segundos y la semejanza entre ambos, inexistente cuando eran jóvenes, pareció de pronto mucho más evidente. No se parecían físicamente de una manera inmediata, pero Elena reconoció ciertos gestos, la forma de sostener la mirada, una tensión parecida en la mandíbula.

—Así que ya lo sabes —dijo Daniel.

Marcos no respondió enseguida.

—Ayer descubrí que tengo un hermano y hoy resulta que estaba a unos cientos de metros esperando a que resolviéramos un acertijo.

Daniel bajó la mirada.

—No esperaba que lo descubrieras exactamente así.

—¿Cómo esperabas que fuera? ¿Una cena? ¿Una copa de vino y después decirme que compartimos padre?

—No.

—Entonces no digas que no lo esperabas así. Has decidido cada paso de este viaje.

Daniel levantó de nuevo los ojos.

—He decidido algunos. No todos.

Marcos estuvo a punto de responder, pero Elena se interpuso antes de que el encuentro terminara convertido en otra pelea.

—Entremos. Tenemos demasiadas preguntas para resolverlas aquí.

Se instalaron en el salón. Daniel eligió una butaca próxima a la ventana y durante unos segundos pareció observar la casa como alguien que vuelve a un lugar cargado de recuerdos.

Elena se sentó frente a él. Le costaba dejar de mirarlo.

Había envejecido, naturalmente, pero no tanto como para borrar al muchacho que conoció.

En determinados movimientos aparecía el mismo Daniel de entonces, como si los veintisiete años desaparecieran durante un instante.

—Empieza por Roma —dijo Elena—. Desde la 317 hasta la carretera.

Daniel asintió.

—Es la única parte que tiene sentido contar primero.

Nadie lo interrumpió.

Daniel explicó que había conocido a Adriana durante aquel primer viaje a Roma.

Ella no le contó inmediatamente que era su madre.

Le habló de Esteban Valdés, de la relación con el padre de Marcos y de documentos que demostraban que su nacimiento había sido ocultado deliberadamente.

Daniel pensó al principio que se trataba de una estafa.

Solo empezó a creerla cuando Adriana le mostró fotografías, cartas y documentación que ningún desconocido podía poseer.

—Me hice las pruebas en secreto. Necesitaba saber si era verdad antes de hablar con nadie. Cuando confirmaron que Marcos y yo compartíamos padre, se me vino todo encima. No sabía si odiar a Adriana, a Esteban, al padre de Marcos o a los tres.

Marcos lo observaba sin apartar la vista.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Daniel sonrió sin alegría.

—Porque te conocía. Habrías llamado a tu padre.

—Y lo hice de todas formas.

—Exactamente.

Marcos aceptó el golpe sin responder.

Daniel continuó. El padre de Marcos había sabido muy pronto que Adriana había contactado con él. Mauro Bellini era el hombre que gestionaba durante años parte de sus negocios italianos y, sobre todo, los problemas que no quería resolver mediante abogados convencionales.

—Bellini no era un asesino profesional, si eso es lo que estáis imaginando. Era algo mucho más útil para alguien como vuestro padre: sabía presionar, comprar silencios, encontrar personas y hacer desaparecer documentos.

Marcos reaccionó ante la palabra.

—Nuestro padre.

Daniel lo miró.

—Todavía me cuesta llamarlo así.

—A mí también.

Por primera vez no hubo hostilidad en el intercambio.

Daniel contó que la noche de la 317 Adriana había preparado los documentos necesarios para demostrar su identidad y la relación con el padre de Marcos. Quería entregárselos y abandonar Roma al día siguiente. Daniel, sin embargo, había discutido con Marcos horas antes y este llamó a su padre.

—Cuando llegaste a la 317 yo ya sabía lo que habías hecho —explicó Daniel—. Te acusé de traicionarme, aunque en realidad ni siquiera entendías qué estabas traicionando.

—Recuerdo esa parte.

—Bellini llegó después. No inmediatamente. Y tú no estabas de su lado.

Marcos frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Daniel respiró profundamente.

—Que cuando comprendiste que aquel hombre conocía a tu padre y pretendía llevarse los documentos, intentaste impedirlo.

Elena vio cómo Marcos se quedaba inmóvil.

—¿Yo?

—Sí. Discutiste con él. Le dijiste que nadie iba a llevarse nada hasta que hablaras con tu padre. Bellini intentó apartarte y tú lo golpeaste. Después hubo un forcejeo.

Marcos llevó inconscientemente una mano hacia la cicatriz.

—¿Él me hizo esto?

Daniel asintió.

—Llevaba una pequeña navaja. No creo que quisiera matarte. El corte fue accidental durante la pelea, pero sangrabas mucho y todo se descontroló.

Elena sintió cómo el recuerdo recuperado en la 317 adquiría por fin una forma comprensible.

Marcos tumbado, Daniel gritando y Adriana sosteniendo algo en la mano no pertenecían a una escena en la que Marcos fuera el agresor, sino a una en la que había intentado enfrentarse al hombre enviado por su propio padre.