CAPÍTULO XI Cinco versiones de una misma noche #3
Elena se levantó. Necesitaba caminar, aunque solo pudiera hacerlo alrededor de aquella mesa.
Habían pasado días sospechando de Marcos, interpretando cada una de sus mentiras como una posible prueba de culpabilidad, y ahora descubrían que Sergio había sostenido una mentira todavía mayor desde el principio.
No significaba que fuera responsable de lo ocurrido, pero cambiaba completamente la posición desde la que había participado en el viaje.
Él nunca había estado buscando simplemente a Daniel.
Había estado esperando a que Daniel decidiera aparecer.
—¿Qué quería de ti hace ocho meses? —preguntó Elena.
Sergio volvió a sentarse.
—Quería saber si Marcos seguía teniendo lagunas de memoria. Si tú recordabas algo de la 317. Me preguntó por Nuria y por Andrés. Después me dijo que su padre había muerto y que todo podía empezar por fin.
—¿Su padre o el padre de Marcos?
—Dijo «mi padre». En aquel momento pensé que hablaba de Esteban. Ahora sé que se refería al padre biológico que compartía con Marcos.
Aquella precisión hizo que Elena sintiera un escalofrío. Daniel llevaba años reconociendo como padre a un hombre distinto de aquel que lo había criado.
—¿Y por qué Estambul? —preguntó Andrés.
—Porque Daniel quería reunirnos sin aparecer. Quería saber qué recordábamos antes de contarnos nada. Me dijo que si nos daba la verdad directamente, cada uno adaptaría sus recuerdos a ella. Necesitaba que llegáramos por nuestra cuenta a determinadas conclusiones.
Elena comprendió entonces el verdadero sentido de los sobres, las fotografías, las contradicciones y los viajes.
No eran únicamente pruebas. Eran estímulos destinados a activar recuerdos sin revelarles de antemano lo que debían recordar.
La idea era brillante y, al mismo tiempo, profundamente manipuladora.
—Nos ha estado sometiendo a una especie de experimento —dijo.
—Sí —admitió Sergio—. Y yo lo he permitido.
Nuria lo observó con tristeza más que con enfado.
—Podrías haber confiado en nosotros.
—Daniel me hizo prometer que no lo haría hasta que recordáramos la noche de Roma por separado. Decía que esa noche era la única forma de saber quién seguía mintiendo y quién simplemente había olvidado.
Marcos apoyó ambas manos sobre la mesa.
—¿Quién seguía mintiendo?
Sergio lo miró.
—No me lo dijo.
Elena recordó la advertencia del vídeo, la insistencia en que Marcos no entrara en la 317 y todas las pistas que parecían convertirlo una y otra vez en sospechoso.
Ahora empezaba a preguntarse si Daniel había estado señalándolo porque realmente desconfiaba de él o porque necesitaba obligarlo a enfrentarse a una memoria que llevaba casi tres décadas evitando.
—¿Puedes contactar con Daniel? —preguntó.
Sergio tardó unos segundos en responder.
—Sí.
Aquella única respuesta bastó para modificar de nuevo el aire de la habitación.
—¿Desde cuándo? —preguntó Marcos.
—Desde Estambul.
Elena cerró los ojos brevemente. Habían perseguido fotografías, analizado vídeos, recorrido hoteles abandonados y viajado hasta Capri mientras Sergio llevaba consigo una forma de contactar con el hombre al que todos buscaban.
—Hazlo —dijo.
Sergio negó con la cabeza.
—No funciona así. Tengo un número, pero Daniel dejó claro que solo debía utilizarlo cuando hubiéramos reconstruido aquella noche y todos aceptáramos que nuestras versiones no coincidían. Si llamaba antes, desaparecería de nuevo.
—Pues ya la hemos reconstruido —respondió Elena—. Y nuestras versiones no solo no coinciden: acabamos de descubrir que tú nos has mentido desde el principio.
Sergio aceptó el golpe sin defenderse. Sacó el teléfono del bolsillo, buscó un contacto que no tenía nombre y lo dejó sobre la mesa. Durante unos segundos nadie se movió.
—La última vez que hablé con él —dijo— me advirtió una cosa más. Si llegábamos hasta aquí, no debíamos preguntarle primero por su desaparición. Dijo que esa no era la pregunta importante.
Andrés frunció el ceño.
—¿Y cuál es?
Sergio miró a Marcos y después a Elena.
—Qué ocurrió entre la 317 y la carretera.
Elena sintió que todas las versiones que acababan de escuchar dejaban precisamente ese espacio vacío.
Habían logrado reconstruir la discusión, la llamada de Marcos, la llegada de Bellini, la herida, el posible uso de sedantes y la salida de Daniel junto a Adriana.
Sin embargo, nadie sabía qué había sucedido después de abandonar el hotel ni cómo había terminado Daniel inconsciente junto a una carretera horas más tarde.
Sergio pulsó el número y dejó el teléfono sobre la mesa.
La llamada sonó una vez, después otra, mientras nadie se atrevía a hablar.
A la cuarta señal alguien respondió. Sergio permaneció en silencio unos segundos, escuchando, y la expresión de su rostro bastó para que Elena comprendiera que, al otro lado, no había una grabación ni un número equivocado.
—Daniel —dijo finalmente—. Estamos todos aquí.
Permaneció escuchando durante unos segundos y después levantó los ojos hacia Elena.
—Quiere hablar contigo.