LO QUE EL DESEO NO OLVIDA CAPÍTULO XI Cinco versiones de una misma noche #2
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CAPÍTULO XI Cinco versiones de una misma noche #2

Elena lo observó. La forma en que relataba aquellos fragmentos coincidía con lo que ella había recordado, aunque seguía faltando la parte esencial.

—¿Sabías entonces que el hombre de la habitación podía trabajar para tu padre?

—No. Ni siquiera estoy seguro de haberlo visto bien. Pero ahora, con todo lo que sabemos, parece bastante probable.

Elena fue la cuarta. Su versión era la más fragmentada, pero también la que contenía imágenes que ninguno de los otros había mencionado.

Recordaba que Daniel había intentado hablar con ella durante la cena y que ella lo había evitado porque estaba cansada de sus advertencias sobre Marcos.

Después había pasado un rato con Marcos en una habitación distinta a la 317.

No quiso detenerse en los detalles, aunque el silencio de Marcos confirmó que ambos recordaban lo mismo.

Más tarde se despertó o se quedó sola; ni siquiera estaba segura de cuál de las dos cosas había ocurrido.

Encontró un papel bajo la puerta con una frase breve escrita por Daniel: «No dejes que se lo lleven».

—Eso no lo habías contado nunca —dijo Nuria cuando Elena terminó la frase.

—Porque no lo recordaba. Me ha venido ahora.

El recuerdo continuó mientras hablaba. Elena había salido al pasillo buscando a Daniel.

Escuchó voces en el piso superior y llegó hasta la 317.

La puerta estaba abierta. Vio a Marcos en el suelo o sobre la cama, con sangre en el costado.

Daniel discutía con un hombre. Adriana sostenía algo metálico en una mano, quizá unas tijeras, quizá un objeto con el que había intentado defenderse.

Elena quiso entrar y alguien la sujetó por los brazos desde atrás.

Cerró los ojos para intentar recuperar el rostro.

—Era un hombre. Estoy segura. Pero no era Andrés y tampoco Marcos porque Marcos estaba dentro. Durante mucho tiempo pensé que podía ser Sergio, pero ahora no estoy segura. Recuerdo una voz hablándome muy cerca del oído. Me decía que no mirara, que todo iba a solucionarse.

Sergio se movió ligeramente en la silla.

Elena abrió los ojos.

—Después recuerdo un olor. El mismo que ha descrito Nuria. Algo químico. Recuerdo sentirme mareada y a alguien llevándome hacia mi habitación. A la mañana siguiente me dijeron que había bebido demasiado.

Aquello introdujo una inquietud nueva. Hasta entonces habían dado por hecho que los vacíos de Elena procedían de la conmoción, del tiempo o de algún mecanismo psicológico de defensa. Por primera vez aparecía otra posibilidad.

—¿Crees que también pudieron darte algo? —preguntó Andrés.

—No lo sé. Pero si Daniel tenía sedantes en sangre y Marcos perdió seis horas de memoria, ya no me parece imposible.

Quedaba Sergio.

Elena se dio cuenta de que él llevaba todo el tiempo escuchando con una rigidez creciente. Había dejado las manos sobre la mesa y mantenía los dedos entrelazados con demasiada fuerza.

—Te toca —dijo.

Sergio respiró profundamente.

Su versión comenzó en la cena. Daniel le había pedido que, si ocurría algo, no lo dejara solo.

No explicó qué temía exactamente. Después se marchó antes que los demás y Sergio lo siguió a distancia hasta el Rinaldi.

Allí lo encontró entrando en la 317 con Adriana.

Sergio esperó en el pasillo y, cuando finalmente entró, Marcos ya estaba dentro.

—Había otro hombre —explicó—. No sabía quién era.

Daniel estaba convencido de que trabajaba para el padre de Marcos.

Discutieron. El hombre quería unos documentos que Adriana había llevado consigo.

Daniel se negó a entregarlos y Marcos intentó intervenir.

Todo ocurrió muy rápido. Hubo un forcejeo y Marcos terminó herido.

—¿Quién lo hirió? —preguntó Elena.

Sergio dudó.

—No lo vi con claridad.

La respuesta produjo una sensación inmediata de disonancia. Elena no supo todavía explicar por qué.

Sergio continuó. Había ayudado a Marcos a presionar la herida y por eso tenía sangre en la camisa.

Daniel empezó a encontrarse mal poco después.

Adriana dijo que alguien había manipulado una bebida.

Sergio ayudó a sacarlo de la habitación por una salida de servicio para evitar al hombre que continuaba en el hotel.

Andrés frunció el ceño.

—Eso no encaja.

Todos lo miraron.

—Yo vi a Sergio después. Y me dijo que Marcos se había hecho daño, pero no mencionó que Daniel estuviera enfermo ni que acabara de ayudarlo a salir del hotel.

Sergio mantuvo la mirada sobre la mesa.

—Estaba protegiéndolo.

Nuria se inclinó hacia él.

—¿Adónde lo llevasteis?

—A un coche que Adriana había dejado cerca.

Elena sintió cómo el siguiente recuerdo empezaba a formarse casi por sí solo.

—Entonces tú sabías que Daniel se marchó con Adriana.

—Sí.

—Y llevas desde el principio diciéndonos que no sabías qué ocurrió después de la 317.

Sergio levantó la mirada.

—No sabía todo lo que ocurrió.

—No he dicho eso. He dicho que sabías que salió de allí con Adriana.

El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores. Ya no tenía que ver con recuerdos incompletos. Sergio acababa de admitir una ocultación deliberada.

Marcos se inclinó hacia delante.

—¿Fuiste con ellos?

—No. Adriana me dijo que regresara al hotel y que actuara como si no supiera nada. Daniel apenas podía mantenerse despierto. Yo pensé que lo llevaría a un médico.

—Y horas después apareció inconsciente junto a una carretera —dijo Elena.

Sergio asintió.

—Cuando me enteré, fui al hospital.

Andrés abrió la libreta y comenzó a revisar las horas anotadas.

—Entonces el hombre que yo vi allí no llegó por casualidad. Si era Bellini, estaba siguiendo a Daniel desde el hotel.

Sergio no respondió.

Elena comprendió de pronto qué había estado molestándole durante todo el relato.

Sergio había dicho que no vio quién hirió a Marcos.

Sin embargo, en el hospital sabía lo suficiente para ordenarles que no hablaran, había regresado con sangre en la ropa y, años después, conocía detalles de la 317 que ninguno de los demás recordaba.

—Hay más —dijo.

Sergio tardó demasiado en contestar.

—Sí.

Nuria lo miró fijamente.

—¿Cuánto más?

Él se levantó y caminó hasta la ventana. Durante algunos segundos contempló el mar antes de volverse hacia ellos.

—Daniel no desapareció sin dejar rastro.

Nadie dijo nada.

—Tres meses después de aquel viaje, cuando oficialmente desapareció, me llamó.

Habían pasado cuatro días desde que su familia denunció que no sabían dónde estaba.

Yo llevaba cuatro días buscándolo con vosotros y con la policía.

Me llamó desde un número que no pude identificar y me dijo que estaba vivo.

Elena sintió una mezcla inmediata de alivio retrospectivo y rabia. Durante veintisiete años habían vivido con la posibilidad de que Daniel hubiera muerto poco después de desaparecer. Sergio sabía que al menos no había sido así.

—¿Qué te dijo? —preguntó.

—Que no lo buscara. Que había descubierto cosas que podían destruir a varias personas y que necesitaba desaparecer hasta que pudiera demostrarlo todo. Me pidió que no se lo dijera a nadie, especialmente a Marcos y a ti. Dijo que cuanto menos supierais, más seguros estaríais.

Marcos se levantó bruscamente.

—¿Y aceptaste?

—Tenía veintitantos años. Mi mejor amigo me estaba diciendo que alguien había intentado drogarlo, que habían herido a su hermano sin que ninguno de los dos supiera todavía que lo eran y que su propia familia llevaba años ocultándole quién era. Sí, acepté.

—Y después pasaron veintisiete años.

—No volví a hablar con él durante mucho tiempo.

Elena se aferró a la parte exacta de la frase.

—Durante mucho tiempo no significa nunca.

Sergio la miró y supo que ya no podía seguir escogiendo las palabras.

—Volvió a ponerse en contacto conmigo hace ocho meses.

Nuria se apartó de la mesa.

—Cuando viajaste a Estambul con Marcos.

—Sí.

—Nos dijiste que los dos habíais recibido mensajes anónimos.

—Marcos sí. Yo recibí uno también, pero sabía de quién procedía.

La rabia de Elena creció con una intensidad inesperada.

—Desde Estambul sabías que Daniel estaba vivo.

—Sabía que lo había estado cuando habló conmigo. No sabía dónde estaba ni qué pretendía hacer.

—Pero viste el vídeo con nosotros como si fuera la primera prueba que tenías.

—Porque no podía explicar de dónde venía lo que sabía sin contar todo esto.

Marcos lo miró con una dureza que Elena no le había visto hasta entonces.

—Nos has utilizado igual que él.

Sergio negó.

—No. He intentado cumplir una promesa y, al mismo tiempo, impedir que volviéramos a cometer los mismos errores. Daniel no confía en todos nosotros por igual. Nunca lo ha hecho.

—¿Y en ti sí? —preguntó Nuria.

Sergio permaneció en silencio unos segundos.

—Lo suficiente para llamarme.