CAPÍTULO XI Cinco versiones de una misma noche
Durante varios minutos siguieron observando la imagen detenida en la pantalla de la cámara.
El rostro del hombre reflejado en el cristal no permitía una identificación absoluta, pero Andrés estaba convencido de haberlo visto antes.
Cuanto más lo miraba, más seguro parecía estar.
Había algo en la forma de inclinar la cabeza y en aquellos hombros estrechos que le devolvía una imagen que hasta entonces había permanecido enterrada entre recuerdos mucho más confusos: un hombre trajeado recorriendo el pasillo de un hospital, hablando en italiano con una enfermera y acercándose después a ellos con la autoridad suficiente para que ninguno preguntara quién era realmente.
—Nos dijo que estaba ayudando con todo —explicó Andrés—.
O eso entendimos. Yo estaba cansado, Daniel acababa de aparecer inconsciente y aquello era un desastre.
Recuerdo que pensé que sería alguien del consulado, del seguro o del propio hotel.
No se presentó como Mauro Bellini porque ese nombre lo habría recordado ahora. Pero era él. Estoy casi seguro.
Sergio continuaba mirando la pantalla con una concentración que Elena empezó a considerar excesiva.
—Tú también estabas en el hospital —dijo ella.
—Sí.
—Entonces deberías recordarlo.
Sergio levantó los ojos.
—Recuerdo a varias personas entrando y saliendo. Policías, médicos, alguien del hotel... Han pasado veintisiete años.
La respuesta era razonable, pero a Elena no terminó de convencerla.
Desde que había comenzado aquel viaje habían descubierto que la memoria podía deformar una escena hasta hacerla prácticamente irreconocible.
También habían comprobado algo más peligroso: a veces no era la memoria la que fallaba, sino la persona que contaba el recuerdo.
Nuria dejó la cámara sobre la mesa de la terraza.
—Estamos haciendo lo mismo desde Estambul. Uno recuerda algo, los demás lo completamos y al final ya no sabemos qué parte pertenece realmente a cada uno. Si queremos averiguar qué pasó aquella noche, deberíamos hacerlo de otra manera.
Andrés la miró con curiosidad.
—¿Qué propones?
—Que cada uno cuente lo que recuerda sin que nadie lo corrija. Desde el principio de aquella noche hasta el hospital. Después comparamos. Si empezamos interrumpiéndonos, acabaremos fabricando otra versión entre todos.
Elena pensó que tenía sentido. Habían pasado buena parte del viaje contaminando involuntariamente sus recuerdos con los de los demás.
Bastaba que alguien mencionara una puerta, una discusión o una hora determinada para que los otros comenzaran a dudar de si también la recordaban o simplemente estaban incorporando aquella información.
Entraron en la casa y se instalaron alrededor de la mesa grande del comedor.
La luz de la tarde atravesaba los ventanales y el mar seguía visible detrás de ellos, tan sereno que resultaba difícil relacionarlo con lo que estaban a punto de reconstruir.
Andrés encontró una libreta y la dejó en el centro.
—Podemos apuntar las horas que coincidan. Al menos tendremos una estructura.
—Y una regla —añadió Elena—. Nadie interrumpe mientras otro habla. Después preguntamos lo que queramos.
Marcos la miró.
—¿También si sabemos que algo no ocurrió así?
—Especialmente entonces.
El primero en hablar fue Andrés. Su recuerdo era el más sencillo y quizá por eso resultó útil.
Recordaba una cena en un restaurante pequeño no demasiado lejos del hotel.
Daniel estaba extraño desde el principio, pendiente de la puerta y mirando varias veces hacia la calle.
Marcos y él habían discutido antes de sentarse, aunque Andrés no sabía por qué.
Elena permanecía cerca de Marcos y Nuria apenas hablaba con Sergio.
En algún momento Daniel recibió una nota o un papel doblado que alguien dejó en recepción.
Andrés recordaba haber bromeado con la posibilidad de que tuviera una cita secreta. Daniel no respondió.
—Después de cenar nos separamos —continuó—.
Yo quería ir a tomar algo y creo que Nuria vino conmigo durante un rato.
Elena y Marcos desaparecieron. No sé dónde fuisteis y, sinceramente, en aquel momento tampoco necesitaba demasiada imaginación.
Sergio dijo que estaba cansado y Daniel ya no estaba con nosotros.
Regresé al hotel bastante tarde, quizá cerca de la una. Fue entonces cuando vi a aquel hombre.
Andrés señaló la cámara.
—¿Dentro del Rinaldi? —preguntó Elena cuando terminó.
—En el vestíbulo. Hablaba con alguien de recepción. Yo no sabía quién era y no le presté atención. Después subí. Más tarde escuché movimiento en el pasillo, pero tampoco salí inmediatamente. Cuando lo hice, vi a Sergio. Tenía sangre en una manga.
Nuria lo miró.
—Yo también la vi.
—Entonces eso sí ocurrió. Sergio me dijo que Marcos se había hecho daño y que no era grave.
Después apareciste tú, Elena, muy alterada.
Creo que estabas llorando, aunque quizá eso lo estoy mezclando con otra cosa.
Lo que recuerdo perfectamente es que preguntabas por Daniel.
Poco después alguien dijo que había desaparecido.
Sergio no reaccionó. Elena anotó aproximadamente las horas y pasó la libreta a Nuria.
Su versión empezaba igual, pero pronto se desviaba.
Nuria recordaba la tensión entre Daniel y Marcos durante la cena y también recordaba a Daniel intentando hablar con Elena a solas.
En aquel momento le había parecido otro episodio de los celos que llevaba días mostrando.
Después de cenar acompañó a Andrés a un bar cercano, pero regresó antes que él porque esperaba encontrar a Sergio.
—Nosotros llevábamos varios días acostándonos a escondidas —explicó sin dramatismo—.
No era una relación, ni siquiera sabíamos muy bien qué estábamos haciendo, pero yo esperaba que viniera a mi habitación.
Cuando llegué no estaba. Esperé un rato y después bajé a buscarlo.
En recepción me dijeron que había salido.
Sergio bajó la mirada, aunque respetó la regla y no intervino.
Nuria continuó. Había regresado a su habitación y, algo más de una hora después, escuchó a Sergio entrar.
Cuando abrió la puerta, vio la sangre en la manga de su camisa.
Él le dijo que se había caído ayudando a alguien y que no era nada.
Nuria recordaba haber querido limpiarle la mancha y que Sergio se negara de una manera demasiado brusca.
—Me enfadé. Pensé que había estado con otra mujer o que se había metido en alguna pelea. Lo que no recordaba hasta hace unos días es que olía a alcohol y a algo más. Un olor fuerte, como de hospital o desinfectante. Me dijo que me acostara y que no saliera de la habitación pasara lo que pasara.
Elena levantó ligeramente la cabeza, pero dejó que continuara.
—Unos veinte minutos después escuché voces en el pasillo.
Salí y vi a Marcos apoyado contra la pared.
Tenía la camisa manchada de sangre. Sergio estaba con él y había otra persona más, pero no consigo verle la cara en mi recuerdo.
Podría haber sido aquel hombre de la cámara, aunque no quiero decir que lo fuera solo porque ahora sabemos que estaba allí.
Después recuerdo a Elena intentando pasar y a alguien diciéndole que no entrara en una habitación.
Cuando Nuria terminó, Elena sintió cómo algo dentro de su propia memoria reaccionaba. La escena que había recuperado en la 317 empezaba a encontrar un contexto: Marcos herido, ella intentando entrar y alguien impidiéndoselo.
Marcos fue el siguiente. Durante unos segundos permaneció en silencio, ordenando lo que iba a decir.
—Daniel y yo discutimos antes de la cena.
Me acusó de contarle demasiadas cosas a mi padre.
Yo no entendía qué quería decir. Llevábamos días enfrentándonos por Elena y pensé que aquello era otra forma de provocarme.
Me dijo que mi padre conocía a Adriana y que no era quien yo pensaba.
Yo me reí de él. Le pregunté si había perdido la cabeza y entonces me dijo algo sobre que algún día descubriría lo que mi familia había hecho.
Elena recordó al Daniel de aquellos años y le resultó extraño imaginar cuánto sabía ya mientras los demás seguían interpretando su comportamiento como celos o inestabilidad.
—Después llamé a mi padre —continuó Marcos—.
Eso ya sabemos que ocurrió. Estaba enfadado y quería demostrarme a mí mismo que Daniel estaba inventándolo todo.
Le conté que había conocido a una mujer llamada Adriana Moretti y le pregunté si sabía quién era.
Hubo un silencio extraño. Mi padre me preguntó dónde estaba Daniel y yo le dije que en Roma, con nosotros.
Después quiso saber el hotel. Se lo dije.
—¿El Rinaldi? —preguntó Elena cuando terminó aquella parte.
—Sí. Creo que también le dije que Daniel había estado entrando y saliendo de la 317. Lo que no recuerdo es haberle hablado de esta casa ni de Capri. Daniel sostiene que lo hice, pero esa parte no está en mi memoria.
Marcos explicó que después de la llamada había bebido bastante.
Más tarde recibió un mensaje en recepción.
No recordaba exactamente qué decía, solo que debía subir a la tercera planta.
Cuando llegó a la 317 encontró a Daniel discutiendo con Adriana.
Había otro hombre presente, aunque su rostro permanecía borroso en el recuerdo.
—Daniel se volvió contra mí en cuanto entré.
Me preguntó si había llamado a mi padre.
Le dije que sí. Entonces se puso fuera de sí.
Yo también. Recuerdo empujarlo y recuerdo a Adriana intentando separarnos.
Después alguien me dio un vaso de agua o de alcohol, no sé qué era.
A partir de ahí empiezan los huecos. Tengo imágenes, pero no sé en qué orden ocurrieron: Daniel agarrándome de la camisa, un hombre hablando por teléfono, Adriana gritándole a alguien que se marchara y un dolor muy fuerte en el costado.
Después nada hasta varias horas más tarde.