LO QUE EL DESEO NO OLVIDA CAPÍTULO X El viaje que nunca terminó #3
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CAPÍTULO X El viaje que nunca terminó #3

La discusión quedó interrumpida por el sonido de la cámara digital que Elena todavía sostenía. Había pulsado sin querer uno de los botones y la pantalla mostraba ahora varios archivos de vídeo. Uno estaba fechado el mismo día en que Marcos había visitado Capri.

Elena lo abrió.

La imagen tembló durante unos segundos antes de estabilizarse.

Daniel apareció sentado en la terraza. Era claramente mayor, pero ya no había ninguna duda: se trataba del hombre que habían conocido.

A su lado estaba Marcos. El vídeo parecía haber sido grabado sin que ninguno de los dos mirara directamente a la cámara.

Daniel hablaba.

—No puedes seguir diciendo que no recuerdas nada. Puede que no recuerdes la habitación, pero sí recuerdas lo que hiciste antes.

Marcos respondió algo que el viento volvió casi inaudible.

Daniel elevó la voz.

—Llamaste a tu padre. Le dijiste dónde estábamos.

Elena detuvo el vídeo.

Durante unos segundos solo escuchó su propia respiración y el ruido del mar entrando por las puertas abiertas.

Miró a Marcos.

Él ya no intentó acercarse.

—¿Eso también lo habías olvidado? —preguntó Elena.

Marcos permaneció en silencio un instante antes de responder.

—No.

Aquella palabra cambió mucho más que cualquiera de las revelaciones de los últimos días.

Elena dejó la cámara sobre la cómoda.

—Entonces lo sabías.

—Sabía que había llamado a mi padre. No sabía qué ocurrió después. Durante años pensé que no tenía ninguna importancia.

—Y hace ocho meses Daniel te dijo que sí la tenía.

—Sí.

Elena sintió que el recuerdo de los últimos minutos en aquella cama se mezclaba de una forma desagradable con la imagen del vídeo.

Había confiado en él precisamente después de haberle dicho que no quería más verdades incompletas, y Marcos había vuelto a permitir que ella avanzara sin conocer una parte esencial de la historia.

—¿Qué le dijiste exactamente?

Marcos negó despacio.

—Eso es lo que no puedo reconstruir del todo.

Recuerdo estar enfadado con Daniel. Recuerdo que mi padre me llamó y me preguntó dónde estábamos.

Le dije que Daniel estaba con una mujer en Roma y creo que mencioné el hotel.

Después hay cosas confusas. No sé si fui yo quien le habló de Capri o si lo averiguó de otra manera.

—Pero Daniel estaba convencido de que fuiste tú.

—Sí.

Elena recogió el vestido del suelo y comenzó a vestirse.

—Necesito estar sola.

—Elena, escucha. No te estoy diciendo que no cometiera un error. Probablemente lo hice. Pero tenía veintitantos años, no sabía quién era Daniel para mí, no sabía quién era Adriana y no sabía lo que mi padre estaba haciendo.

Ella se volvió.

—No estoy enfadada con el Marcos de veintitantos años. Estoy enfadada con el hombre que ayer me miró a la cara y volvió a decidir qué parte de la verdad podía conocer.

Marcos no encontró una respuesta inmediata. Elena terminó de vestirse y salió del dormitorio antes de que él pudiera intentarlo.

En la terraza, el Mediterráneo seguía extendiéndose bajo una luz perfecta que parecía completamente ajena a ellos.

Elena apoyó las manos sobre la barandilla y cerró los ojos durante unos segundos.

Habían llegado a Capri pensando que quizá encontrarían a Daniel y habían descubierto algo diferente: aquel viaje había ocurrido ya una vez, veintisiete años atrás, y Marcos había participado en su desenlace mucho más de lo que había reconocido.

Cuando Sergio, Nuria y Andrés regresaron, Elena les mostró el vídeo. Lo vieron dos veces. En la segunda reproducción, Sergio pidió detener la imagen unos segundos después de la acusación de Daniel. Se acercó a la pantalla y señaló el fondo de la terraza.

—Mirad esto.

Detrás de Daniel, casi oculto por el reflejo de una puerta de cristal, aparecía otro hombre.

Elena amplió la imagen cuanto pudo. El rostro estaba parcialmente deformado por el reflejo, pero había algo reconocible en su postura.

Andrés dejó de sonreír.

—Ese hombre estuvo con nosotros en 1999.

Todos lo miraron.

—¿Quién? —preguntó Nuria.

Andrés tardó unos segundos en responder, como si necesitara estar completamente seguro antes de decirlo.

—El hombre que vino a buscarnos al hospital la noche en que encontraron a Daniel.

Elena sintió que el recuerdo intentaba abrirse paso antes incluso de que Andrés continuara.

—Yo creía que era alguien de la embajada o del seguro de viaje —añadió—. Nunca pregunté su nombre. Pero ahora estoy casi seguro de que era él.

Sergio miró el cuaderno negro que habían traído desde Roma y buscó la página donde aparecía repetido un nombre.

Después colocó junto a la pantalla una vieja fotografía profesional que había encontrado aquella mañana entre los documentos de la sociedad inmobiliaria.

El parecido era suficiente. Mauro Bellini.

La inicial M dejaba de ser únicamente una letra y, por primera vez, aparecía vinculada a una persona que había estado físicamente cerca de ellos la noche en que todo cambió.

Elena volvió a mirar la imagen congelada del vídeo. Daniel estaba allí ocho meses atrás, Marcos sentado frente a él y Mauro Bellini reflejado detrás, pese a que la información que habían encontrado en Roma indicaba que el abogado había muerto varios años antes.

O el hombre del reflejo no era Mauro Bellini, o alguien había mentido también sobre su muerte. Y de pronto Elena comprendió que el viaje que Daniel había iniciado en 1999 quizá nunca había terminado realmente.