LO QUE EL DESEO NO OLVIDA CAPÍTULO X El viaje que nunca terminó #2
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CAPÍTULO X El viaje que nunca terminó #2

El resto de la mañana transcurrió entre documentos, habitaciones y fotografías.

Descubrieron que Adriana había utilizado la casa de Capri durante décadas y que Daniel había regresado allí en distintas ocasiones.

Había imágenes fechadas en 2004, 2011 y 2018, algunas en solitario y otras con Adriana.

En ninguna aparecía suficientemente cerca de la cámara como para saber cómo había cambiado, pero resultaba imposible negar que continuaba vivo muchos años después de desaparecer.

Después de comer algo en la terraza, Sergio y Nuria decidieron bajar hasta Anacapri para localizar al notario cuyo nombre aparecía en varios documentos recientes.

Andrés se ofreció a acompañarlos. Elena estuvo a punto de ir también, pero cambió de idea cuando vio el pequeño sendero que descendía desde la parte posterior de la casa hacia el mar.

—Voy a bajar un rato —dijo—. Necesito dejar de mirar papeles.

Marcos levantó la vista.

—Voy contigo.

El sendero terminaba en una pequeña plataforma de piedra construida sobre una cala estrecha.

No había playa, solo una escalera metálica que descendía directamente hasta el agua.

Elena se quitó las sandalias y permaneció un momento mirando el mar.

Después dejó el vestido sobre una roca. Debajo llevaba un bañador negro que había comprado en Estambul sin saber muy bien por qué.

Marcos la observó con una sonrisa.

—Ahora entiendo la compra misteriosa de aquella tarde.

—No era para ti.

—No he dicho que lo fuera.

—Pero lo has pensado.

—He pensado bastantes cosas desde que te has quitado el vestido.

Elena se acercó a la escalera sin responder y entró en el agua.

Estaba fría durante los primeros segundos, pero enseguida comenzó a nadar alejándose de las rocas.

Marcos se lanzó detrás. Durante un rato no hablaron.

Nadaron paralelos hasta que la casa quedó reducida a una mancha blanca entre la vegetación.

Elena se giró sobre la espalda y dejó que el agua la sostuviera.

Por primera vez desde que había comenzado aquel viaje, no pensó en Daniel, en la 317 ni en los mensajes.

Sintió únicamente el sol sobre la cara, el movimiento suave del mar y la presencia de Marcos a poca distancia.

Cuando regresaron a las rocas, él subió primero y le tendió una mano. Elena la aceptó, pero Marcos no la soltó cuando estuvo arriba.

—¿Qué haces?

—Todavía nada.

Ella sonrió.

—Eso suena a amenaza.

—Depende de lo que quieras.

Elena se quedó mirándolo. El agua resbalaba por el pecho de Marcos y se acumulaba junto a la cicatriz que había desencadenado el recuerdo en Roma. Durante un instante volvió a verla manchada de sangre, pero la imagen no produjo miedo aquella vez. Se acercó y pasó los dedos lentamente por la marca.

—Quiero recordar por qué estabas herido.

—Yo también.

—Y quiero saber por qué me has mentido tantas veces.

Marcos le sostuvo la mirada.

—También.

—Pero ahora mismo quiero otra cosa.

Lo besó antes de que pudiera responder. No hubo en aquel gesto ninguna vacilación.

Marcos la rodeó por la cintura y Elena sintió cómo la tensión acumulada desde Roma encontraba por fin una salida distinta.

El beso se hizo más profundo, más exigente, mientras ella lo empujaba unos pasos hacia la pared de piedra.

Durante los últimos días Marcos había sido casi siempre quien acortaba las distancias; aquella vez fue Elena quien decidió el ritmo, quien buscó su boca, su cuello y el contacto de sus manos sin esperar a que él lo hiciera primero.

—Elena... —murmuró Marcos, separándose apenas.

—No hables.

Volvió a besarlo y sintió una satisfacción casi nueva al notar que él obedecía.

Había algo profundamente excitante en reconocer cuánto lo deseaba sin convertir ese deseo en una entrega ciega.

Marcos deslizó las manos por su espalda, deteniéndose cuando ella se tensaba y continuando cuando volvía a acercarse.

Elena sintió su respiración contra el cuello y cerró los ojos durante unos segundos, consciente del mar detrás de ellos, del sol sobre la piedra y de la absoluta improbabilidad de encontrarse allí, veintisiete años después, con el mismo hombre al que había deseado cuando todavía no sabía casi nada de sí misma.

Subieron a la casa sin apenas hablar. El camino resultó más largo de lo que Elena recordaba y varias veces se rieron por la prisa absurda con la que intentaban avanzar sin separarse demasiado.

Encontraron el dormitorio principal abierto hacia una terraza privada y durante unos minutos el viaje, Daniel y todos los secretos desaparecieron.

Elena no quiso repetir la relación que habían tenido en Estambul ni dejarse arrastrar simplemente por la urgencia.

Quería elegir. Quería mirar a Marcos y saber exactamente qué estaba haciendo.

—Ven aquí —le dijo.

Marcos se acercó despacio. Elena pasó las manos por su pecho, abrió los últimos botones de la camisa que se había puesto al subir y dejó los dedos sobre la cicatriz.

—Si te digo que pares, paras.

—Siempre.

—Y si no te lo digo, tampoco quiero que tengas tanta paciencia.

La sonrisa de Marcos fue suficiente respuesta.

El deseo que había comenzado junto al mar se volvió más intenso en la habitación, pero también más consciente.

Elena descubrió que disfrutaba viendo cómo Marcos perdía parte del control mientras ella conservaba el suyo, acercándolo y apartándolo, besándolo con una intensidad que después interrumpía solo para observar su reacción.

Hubo un momento en que él intentó invertir el juego y Elena se dejó llevar, sorprendida por la facilidad con la que su cuerpo reconocía gestos que su memoria todavía no había conseguido recuperar.

No necesitó saber si aquellos movimientos pertenecían al presente o a otra noche ocurrida muchos años antes.

Por primera vez no quiso convertir cada sensación en una pista.

Cuando todo terminó, permanecieron juntos sobre la cama, todavía agitados, con las puertas de la terraza abiertas y el ruido lejano del mar entrando en la habitación. Marcos acariciaba lentamente el hombro de Elena.

—Creo que acabas de vengarte de todas las veces que te he dejado enfadada.

Elena sonrió.

—Todavía me debes unas cuantas.

—Empiezo a preocuparme.

—Deberías.

Marcos la besó en la frente y Elena se sorprendió por la ternura del gesto.

Durante unos minutos se permitió pensar que quizá todavía existía una posibilidad para ellos fuera de aquel viaje, una forma de relacionarse que no dependiera únicamente del pasado ni de lo que habían perdido.

No sabía cómo encajaría Laura en todo aquello, ni siquiera había querido preguntarlo todavía, pero comprendió que tarde o temprano tendría que hacerlo.

Lo que estaban viviendo había dejado de parecer una aventura aislada desde hacía demasiado tiempo.

Fue al levantarse cuando vio la caja.

Estaba situada en el estante inferior de una pequeña cómoda, parcialmente oculta por varias mantas. No habría llamado su atención de no ser porque reconoció el mismo color marfil de algunos de los sobres que habían recibido.

—Marcos.

Él se incorporó.

Elena abrió la caja. Dentro había fotografías recientes, recibos de viajes y una pequeña cámara digital.

Las primeras imágenes mostraban la casa de Capri.

Después aparecía Adriana. En otra, Daniel estaba sentado en la terraza de espaldas.

Elena pasó a la siguiente y sintió cómo algo se endurecía dentro de ella.

Marcos aparecía junto a él.

La fotografía estaba fechada ocho meses atrás.

Elena no dijo nada durante unos segundos. Simplemente sostuvo la imagen y después miró a Marcos. Él había perdido la expresión relajada de hacía un instante.

—Tú estuviste aquí.

Marcos se sentó en el borde de la cama.

—Elena...

—Ayer te pregunté si conocías esta casa y dijiste que nunca habías estado.

—Lo sé.

La tranquilidad con la que lo reconoció hizo que Elena sintiera todavía más rabia.

—No me digas «lo sé». Llevamos días descubriendo una mentira detrás de otra y ayer, después de encontrar que Daniel era tu hermano, todavía decidiste seguir mintiéndome.

Marcos se levantó y se puso la camisa sin abrocharla.

—Vine después de Estambul, hace ocho meses. Sergio regresó a España y yo recibí otro mensaje. Me mandaron esta dirección. Vine solo.

—¿Y encontraste a Daniel?

—Sí.

Elena tuvo que apartar la mirada. No esperaba que la respuesta fuera tan directa.

—Has visto a Daniel. Has hablado con él. Y durante todo este viaje me has dejado creer que solo tenías fotografías y mensajes.

—Él me pidió que no dijera nada.

—Claro. Daniel te lo pidió. Qué cómodo.

—No fue cómodo en absoluto. Estuve aquí menos de una hora.

Daniel apareció, me dijo que no estaba preparado para volver y que no podía contarme todavía lo que había ocurrido.

Me preguntó por ti. Quería saber si seguías teniendo aquellos vacíos de memoria, si recordabas Roma, la carretera, la 317.

Yo ni siquiera entendía de qué estaba hablando.

Elena lo observó con una mezcla de incredulidad y enfado.

—¿Y no te dijo que era tu hermano?

—No.

—¿Nada?

—Me dijo que mi padre había destruido muchas cosas y que, cuando muriera, algunas verdades podrían salir por fin a la luz.

Yo pensé que se refería a negocios, dinero o alguna relación que había tenido con él.

Daniel se negó a explicarlo. Lo único que me dijo fue que reunir al grupo podía hacer que tú empezaras a recordar.

Aquello encajaba demasiado bien con la organización del viaje a Estambul y, precisamente por eso, Elena se sintió aún más engañada.

—Así que este viaje tampoco fue idea tuya.

Marcos negó.

—La idea de reunirnos sí. Pero Daniel me llevó hacia ella.

—Y tú decidiste manipularnos sin contarnos nada.

—Decidí intentar descubrir qué demonios había pasado.

—No es lo mismo.