LO QUE EL DESEO NO OLVIDA CAPÍTULO X El viaje que nunca terminó
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CAPÍTULO X El viaje que nunca terminó

—Entonces llevamos toda la vida pensando que Daniel se marchó por algo que ocurrió entre nosotros y puede que todo empezara mucho antes —dijo finalmente—. Antes incluso de que nos conociéramos.

—Eso es lo que parece —respondió Elena—. Pero nosotros entramos después en la historia. Y eso es lo que todavía no entendemos.

Marcos permanecía junto a la ventanilla.

Desde que habían salido de Roma apenas había hablado.

Elena lo observó mientras el paisaje se deshacía al otro lado del cristal y pensó que nunca lo había visto tan lejos de la seguridad con la que solía enfrentarse a todo.

La noche anterior había descubierto que Daniel era su hermano y, desde entonces, parecía estar revisando no solo los últimos días, sino una parte entera de su vida.

Elena podía imaginar lo que significaba recordar de pronto cada discusión con Daniel, cada viaje, cada rivalidad e incluso los celos que durante años había atribuido al interés de ambos por la misma mujer, sabiendo ahora que existía entre ellos un vínculo mucho más profundo que ninguno había podido reconocer.

Se sentó a su lado cuando Sergio, Nuria y Andrés comenzaron a discutir sobre la mejor forma de llegar hasta la casa de Anacapri.

—¿Has dormido algo? —preguntó.

—Un par de horas. Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver esa fotografía.

—Es normal.

Marcos sonrió con cansancio.

—No sé qué parte es normal, Elena. Descubrir que tienes un hermano al que llevas veintisiete años dando por desaparecido no parece entrar en ninguna categoría demasiado habitual.

Lo peor es que recuerdo perfectamente cosas que le dije.

Algunas discusiones absurdas, aquella pelea... y ahora todo tiene otro peso.

Elena apoyó una mano sobre la suya.

—Tú no lo sabías.

—Él sí.

—Y tampoco sabemos todavía qué hizo con esa verdad.

Marcos giró la mano hasta entrelazar los dedos con los de ella. No dijo nada más, pero tampoco la soltó durante buena parte del trayecto.

Nápoles los recibió con un cielo limpio y una luz mucho más intensa que la que habían dejado en Roma.

Desde el puerto, Capri parecía una masa elevada de roca flotando en mitad de un azul casi excesivo, como si aquella parte del viaje perteneciera a una historia diferente.

El hidroala avanzó alejándose de la costa y Elena permaneció un rato en cubierta, dejando que el viento le apartara el cabello de la cara.

Necesitaba aquella sensación de espacio después de tantas habitaciones cerradas, pasillos ocultos y documentos encontrados bajo una luz artificial.

Marcos salió poco después y se colocó a su lado.

—Te había imaginado aquí.

Elena lo miró divertida.

—¿Cuándo?

—Hace años. Muchas veces. No exactamente en Capri, pero sí en un sitio así. Lejos de todo, sin horarios, sin gente esperando algo de nosotros.

—Eso suena sospechosamente parecido a una fantasía.

—Probablemente lo era.

Elena sonrió y volvió la vista hacia el mar.

La conversación tenía algo extrañamente sencillo después de todo lo que habían vivido y agradeció que Marcos no intentara convertirla inmediatamente en otra confesión.

Sintió su cuerpo cerca, el roce ocasional de su brazo, el olor que ya reconocía antes incluso de mirarlo.

Aquella atracción continuaba allí con una obstinación que empezaba a resultarle casi irritante.

Había descubierto mentiras, medias verdades y secretos; había recuperado recuerdos en los que él aparecía mezclado con sangre, miedo y habitaciones que no debería haber olvidado, y aun así bastaba que Marcos se acercara demasiado para que una parte de ella reaccionara antes que cualquier razonamiento.

—No me mires así —dijo él.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras decidiendo si besarme o tirarme al mar.

—Todavía no lo he decidido.

Marcos soltó una risa breve.

—Avísame cuando lo hagas. Sobre todo si eliges la segunda opción.

Elena se apartó de la barandilla y pasó junto a él sin responder.

Le gustaba comprobar que podía provocarlo sin necesidad de ofrecerle nada después.

Había pasado demasiados años creyendo que el deseo era algo que sucedía cuando otro la miraba de determinada manera.

Durante aquel viaje empezaba a entender que también podía pertenecerle a ella, que podía provocarlo, administrarlo y detenerlo sin sentirse culpable por ello.

La llegada a Marina Grande devolvió al grupo a la realidad.

Encontraron un taxi grande y subieron hacia Anacapri por una carretera que serpenteaba entre la montaña y el mar.

A cada curva aparecían terrazas, jardines, fachadas blancas y extensiones de agua que parecían multiplicarse bajo el sol.

Nuria hizo varias fotografías desde el coche.

Andrés bromeó con la posibilidad de que Daniel hubiera escogido Capri simplemente porque, después de veintisiete años desaparecido, tenía derecho a esconderse en un lugar agradable.

Sergio no respondió. Desde que habían identificado a Esteban Valdés en la fotografía de 1978, había adquirido una seriedad diferente, como si el descubrimiento de que su mejor amigo había vivido durante años dentro de una mentira también hubiese modificado sus propios recuerdos.

La dirección los llevó a una zona elevada y mucho más tranquila, lejos del movimiento del puerto.

Tuvieron que continuar a pie durante los últimos minutos por un camino estrecho delimitado por muros de piedra.

La casa apareció al final de una pendiente, protegida por una verja baja y rodeada de pinos, limoneros y buganvillas.

Elena reconoció inmediatamente la terraza de la fotografía.

Desde allí, el terreno descendía hacia el mar y, a lo lejos, se distinguía la silueta de los Faraglioni recortada contra el horizonte.

—Si Daniel quería impresionarnos, lo ha conseguido —murmuró Andrés.

La verja estaba cerrada, pero junto al buzón encontraron una pequeña caja metálica con teclado numérico.

Sergio probó primero con la fecha indicada en el reverso de la fotografía.

No funcionó. Elena observó la fachada durante unos segundos y recordó la anotación de Adriana, «Antes de que nacieran los dos».

Introdujo el año de la fotografía de Roma.

El mecanismo emitió un chasquido y la verja se abrió.

—Empieza a darme miedo la facilidad con la que piensas como ellos —dijo Nuria.

—A mí me preocupa más que sepan cómo pensamos nosotros.

La puerta principal no estaba cerrada con llave.

Entraron con precaución y encontraron una casa luminosa, mucho menos abandonada de lo que habían esperado.

Había flores frescas en un jarrón, fruta en la cocina y una botella de agua abierta dentro del frigorífico.

Alguien había estado allí muy recientemente.

Sergio recorrió las habitaciones comprobando puertas y ventanas mientras Andrés subía al piso superior. No encontraron a nadie.

Elena permaneció en el salón. Sobre una mesa baja había varios libros en italiano, un cenicero antiguo y una fotografía enmarcada de Adriana mucho más joven.

A su lado aparecía otra imagen que Elena reconoció después de mirarla durante unos segundos.

Daniel tendría poco más de veinte años y estaba sentado en la misma terraza de la casa. La fotografía debía de ser de 1999.

—Daniel estuvo aquí entonces —dijo.

Sergio se acercó y tomó el marco.

—Esto fue después de Roma. Estoy casi seguro. Mira el pelo. Se lo cortó durante aquel viaje.

Marcos observó la fotografía por encima de su hombro.

—Entonces el viaje no terminó cuando creíamos.

Encontraron la confirmación en un pequeño escritorio situado junto a una ventana.

Dentro de uno de los cajones había un cuaderno de tapas azules con varias páginas escritas por Adriana.

No era un diario completo, sino anotaciones dispersas.

Algunas estaban fechadas en octubre de 1999, pocos días después de los acontecimientos de la habitación 317.

Adriana contaba que había llevado a Daniel hasta Capri porque Roma ya no era segura.

Mencionaba amenazas, llamadas y la necesidad de mantenerlo lejos de «ellos», aunque nunca aclaraba a quién se refería.

También escribía que Daniel estaba obsesionado con regresar junto a sus amigos porque temía que, al desaparecer sin explicaciones, ellos terminaran pagando las consecuencias.

Elena leyó una de las páginas en voz alta.

—«Daniel insiste en volver. Dice que no puede dejarlos sin saber nada, especialmente a Elena. Le he explicado que cualquier contacto nos expone, pero no entiende todavía hasta dónde está dispuesto a llegar su padre para impedir que esto salga a la luz».

Marcos se acercó.

—¿Su padre? ¿Esteban o el mío?

—No lo aclara.

Sergio tomó el cuaderno y continuó leyendo. Dos días después, Adriana había escrito otra anotación. Daniel había aceptado permanecer escondido temporalmente, pero alguien los había localizado.

—Aquí dice: «Han sabido que estamos en la isla. No sé cómo. Daniel cree que Marcos pudo hablar sin comprender lo que estaba contando».

Elena levantó la mirada hacia Marcos. Él no apartó los ojos del cuaderno.

—Eso encaja con la carta —dijo—. Daniel pensaba que yo podía contarle cosas a mi padre sin saber lo que estaba provocando.

—¿Recuerdas haberlo hecho? —preguntó Sergio.

Marcos negó lentamente.

—Recuerdo llamadas con él durante ese viaje. Mi padre me controlaba bastante más de lo que yo quería admitir. Preguntaba dónde estaba, con quién, cuándo volvía. Pero no recuerdo haberle hablado de Daniel después de Roma.

Elena percibió algo en la forma en que lo dijo. No era exactamente una duda, pero tampoco una afirmación rotunda. Decidió no insistir todavía.