LO QUE EL DESEO NO OLVIDA CAPÍTULO IX Lo que Daniel descubrió #3
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CAPÍTULO IX Lo que Daniel descubrió #3

—Mi padre tenía una casa en Capri.

Los tres lo miraron.

—¿Esa misma? —preguntó Elena.

—No lo sé. Nunca fui. Hablaba de una propiedad que compartía con socios italianos y decía que llevaba años intentando resolver unos problemas legales.

Yo daba por hecho que era una inversión más.

Si esta casa era aquella propiedad, entonces Adriana y mi padre siguieron relacionados durante mucho más tiempo del que sabemos.

Sergio volvió a señalar la escritura.

—Y ahora la propiedad está a nombre de Adriana. Eso tampoco parece casual.

Elena observó de nuevo la fotografía. Hasta entonces había sentido que alguien los conducía mediante mensajes, billetes y documentos hacia una verdad que se negaba a revelarse de una sola vez.

Ahora empezaba a comprender que quizá el objetivo no era simplemente llevarlos hasta Daniel.

Daniel parecía estar obligándolos a recorrer el camino que él había recorrido antes, en el mismo orden, enfrentándolos a cada descubrimiento antes de permitirles acceder al siguiente.

Tal vez necesitaba que entendieran la historia completa antes de encontrarse con él.

O quizá había cosas que todavía no se atrevía a contarles directamente.

Cuando abandonaron el Rinaldi, Roma seguía llena de luz.

El contraste resultó casi desconcertante.

Después de horas encerrados entre documentos, fotografías antiguas y secretos familiares, salir a una calle llena de turistas, motos, terrazas y conversaciones ajenas produjo en Elena una extraña sensación de irrealidad.

Caminó junto a Marcos sin hablar durante un buen rato.

Sus brazos se rozaron varias veces y cada contacto despertó una reacción física inmediata, pero esa vez el deseo estaba atravesado por demasiadas cosas: la cicatriz, el recuerdo de Marcos ensangrentado en la 317, la fotografía de su padre, Daniel convertido de pronto en hermano y la sospecha de que los dos hombres habían sido víctimas de una historia que ninguno llegó a comprender cuando sucedió.

Al llegar a una esquina más tranquila, Marcos se detuvo.

—¿Vas a venir a Capri?

Elena se volvió hacia él.

—Sí. Después de todo esto, no pienso quedarme en Roma.

—Daniel te advirtió dos veces que no confiaras en mí.

Ahora sabemos que parte de esa desconfianza podía venir de mi relación con mi padre, pero todavía queda lo de la habitación.

Yo estuve allí. Tengo una cicatriz que no recuerdo cómo me hice y seis horas de mi vida completamente borradas.

Puede que descubras algo que no quieras saber.

Elena lo observó durante unos segundos. En su voz no había dramatismo ni intención de provocar compasión. Parecía tener miedo de sí mismo.

—Y puede que descubramos que llevas veintisiete años culpándote de algo que ni siquiera hiciste conscientemente. Hasta que sepamos qué pasó, no voy a decidir quién eras aquella noche basándome en un vacío de memoria.

Marcos se acercó un poco.

—¿Y ahora? ¿Confías en mí ahora?

Elena pensó antes de responder.

—Confío lo suficiente para viajar contigo mañana. No lo suficiente para dejar de hacer preguntas.

Una sonrisa tenue apareció en el rostro de Marcos.

—Supongo que es más de lo que merezco después de todo lo que he ocultado.

—No confundas una cosa con la otra. Sigues debiéndome muchas explicaciones.

—Lo sé.

Marcos levantó una mano y apoyó los dedos en la cintura de Elena.

El gesto fue lento, casi interrogativo. Ella no se apartó.

Sintió inmediatamente el calor de su mano incluso a través de la tela y durante un instante regresó aquella tensión física que siempre parecía sobrevivir a cualquier discusión entre ellos.

Sin embargo, no quiso utilizarla para escapar de lo que acababan de descubrir.

—No sé qué voy a encontrar en Capri —dijo Marcos—. Y por primera vez creo que me da más miedo saberlo que seguir sin recordar.

Elena apoyó una mano sobre su pecho, muy cerca de la cicatriz que horas antes había desencadenado el recuerdo.

—Pues iremos. Y esta vez no vamos a permitir que nadie decida qué parte de la historia podemos conocer y cuál no.

Marcos cubrió su mano con la suya y permanecieron unos segundos así, en mitad de una Roma que seguía moviéndose a su alrededor como si nada hubiera cambiado. Después continuaron caminando.

Elena volvió a mirar la fotografía de Capri antes de guardarla en el bolso.

Daniel había dejado de ser simplemente el amigo desaparecido que todos recordaban de forma distinta.

Ahora era un hombre que había descubierto quién era, había conocido a su madre biológica, había averiguado que Marcos era su hermano y, aun así, había decidido desaparecer sin explicar nada durante veintisiete años.

Tal vez había huido. Tal vez había protegido a alguien.

Tal vez había hecho cosas que ninguno de ellos estaba preparado para comprender.

Lo único que Elena tenía ya claro era que no estaban siguiendo una sucesión de pistas improvisadas.

Daniel había construido un camino y ellos llevaban días recorriéndolo sin darse cuenta.

Al día siguiente viajarían a Capri. Allí los esperaba una casa vinculada al padre de Marcos y a Adriana, una fotografía reciente de Daniel y, posiblemente, la primera oportunidad real de descubrir por qué una verdad nacida en Roma antes de que ellos nacieran había terminado destruyendo la vida de seis amigos más de veinte años después.