CAPÍTULO IX Lo que Daniel descubrió #2
Continuaron buscando con más rapidez. El archivo parecía organizado para conducirlos por la historia mediante revelaciones sucesivas.
No daba la impresión de ser una colección caótica de documentos, sino una selección deliberada, como si alguien hubiese decidido de antemano qué debía descubrirse primero y qué podía entenderse solo después.
Dentro de la carpeta de Daniel encontraron otra más fina con varios informes médicos realizados en Roma en septiembre de 1999, semanas antes de su desaparición.
Uno correspondía claramente a Daniel. El otro identificaba la muestra únicamente mediante las iniciales M.
R. Al final del informe aparecía un análisis comparativo.
Sergio leyó las conclusiones dos veces antes de hablar.
—Esto dice que las dos muestras pertenecen a varones con una probabilidad altísima de compartir progenitor biológico. No habla de parentesco lejano. Habla de un vínculo directo.
Marcos se quedó mirándolo.
—¿Estás diciendo que Daniel y yo...?
Sergio respiró hondo antes de terminar la frase.
—Que compartíais padre.
Elena volvió los ojos hacia la fotografía de 1978.
El padre de Marcos, Adriana, Esteban Valdés.
De pronto la anotación del reverso adquiría un sentido casi brutal.
Marcos se apartó de la mesa y caminó hasta la ventana cerrada.
Al otro lado solo había un patio interior oscuro, pero permaneció allí durante un rato, de espaldas a todos, con los hombros ligeramente tensos.
Elena sintió el impulso de acercarse, aunque decidió esperar.
Durante los últimos días había llegado a sospechar que Marcos podía ser responsable de algo ocurrido veintisiete años atrás; ahora acababa de descubrir que también él había vivido dentro de una mentira construida mucho antes de poder comprenderla.
—Mi padre lo sabía —dijo finalmente—. Tenía que saberlo. Si estuvo allí, si conocía a Adriana, si Daniel era su hijo... lo sabía desde el principio.
Sergio asintió.
—Eso parece.
Marcos se giró hacia ellos.
—Y Daniel lo descubrió antes que yo. De hecho, murió mi padre y todo empezó a moverse. Daniel estaba esperando a que él desapareciera.
Aquello explicaba una parte del misterio, pero abría otra todavía más incómoda.
Elena recordó la advertencia de Daniel junto a las rocas, la tensión con la que había señalado a Marcos y aquella frase que durante años había permanecido enterrada en su memoria: si algún día desaparecía, no debía creerle.
Si Daniel sabía que Marcos era su hermano, ¿por qué seguía desconfiando de él?
La respuesta apareció parcialmente en una carta que Sergio encontró dentro de otra carpeta.
Faltaban las primeras páginas, pero la letra era inequívoca.
Elena la reconoció en cuanto la vio. Daniel hablaba de Adriana sin llamarla madre.
Escribía que todavía no podía hacerlo, que descubrir de dónde procedía no significaba comprender quién era.
También mencionaba a Esteban Valdés con una mezcla de cariño y resentimiento, como si todavía no supiera cuánto había participado en la mentira y cuánto había intentado protegerlo de ella.
Más adelante aparecía el nombre de Marcos.
Elena leyó en voz alta:
—«Marcos no sabe nada. Y eso es precisamente lo que más miedo me da.
Si supiera quién es realmente su padre, quizá entendería lo que está pasando.
Pero sigue confiando en él. Depende de él, le cuenta todo y todavía cree que sus decisiones buscan protegerlo.
Mientras siga siendo así, no puedo confiar en Marcos, aunque no sea consciente de lo que está haciendo».
Marcos se quedó unos segundos mirando la carta.
—Entonces Daniel no pensaba que yo estuviera detrás de todo.
—No necesariamente —respondió Elena—. Pensaba que podían utilizarte. O que podías contarle algo a tu padre sin saber lo que estabas provocando.
—Yo tenía veintitantos años y dependía de él para casi todo. Si Daniel me hubiera contado esto, probablemente habría ido directamente a preguntarle.
Sergio levantó la vista.
—Y quizá eso era precisamente lo que Daniel quería evitar.
Elena pensó inmediatamente en las seis horas que Marcos no podía recordar, en la cicatriz junto a las costillas y en la imagen que acababa de recuperar: Marcos tumbado en la habitación 317, sangrando, mientras Daniel gritaba y Adriana sostenía algo en la mano.
Tal vez la advertencia de Daniel no apuntaba a un culpable, sino a alguien que todavía no sabía que también estaba en peligro.
La última página conservada de la carta introducía una nueva pieza.
Daniel escribía que una persona a la que identificaba únicamente como M.
había descubierto que Adriana estaba hablando con él y que debían abandonar Roma cuanto antes.
En otra línea aparecían juntos los nombres de Marcos y aquella inicial, de modo que no podía tratarse de él.
Nuria volvió a coger el pequeño cuaderno negro que habían encontrado antes.
—Aquí hay un nombre que aparece varias veces: Mauro Bellini. ¿Puede ser esa M?
Sergio revisó las anotaciones. Junto al nombre había una frase escrita por Daniel: «Trabaja para él, no para Adriana».
—Podría ser —dijo—, aunque esto no demuestra que sea la misma persona.
Marcos negó con la cabeza.
—No conozco a ningún Mauro Bellini.
Sergio buscó información en el teléfono.
Encontró muy poco: un abogado italiano ya fallecido, administrador de sociedades y propiedades para clientes extranjeros.
Entre las empresas a las que había estado vinculado figuraba la misma sociedad inmobiliaria en la que habían participado el padre de Marcos y Esteban Valdés.
Elena comenzó entonces a ordenar mentalmente lo que sabían.
Adriana era la madre biológica de Daniel.
Esteban Valdés lo había criado como hijo.
El padre de Marcos era también el padre de Daniel.
Los dos hombres habían mantenido aquel secreto durante décadas.
Daniel lo descubrió en 1999, probablemente gracias a Adriana, y alguna persona relacionada con el padre de Marcos trató de impedir que aquella verdad saliera a la luz.
Lo que todavía faltaba era lo más importante: saber qué ocurrió realmente aquella noche, por qué Marcos terminó herido, qué provocó el vacío de memoria y por qué Daniel desapareció después durante veintisiete años.
En el fondo de una de las cajas encontraron varios documentos recientes.
Algunos tenían apenas unos meses. Entre ellos había una copia del certificado de defunción del padre de Marcos.
La fecha coincidía con lo que él había contado.
En el margen, escrito con la misma letra que habían visto en otros papeles de Adriana, aparecía una frase: «Ahora podemos terminarlo».
Marcos la leyó y se sentó despacio en el borde de la cama.
Elena lo observó desde el otro lado de la habitación.
Durante los últimos días el deseo entre ambos había servido casi siempre para acortar las distancias, incluso cuando estaban enfadados o desconfiaban el uno del otro.
Esta vez aquello no tenía nada que ver con el deseo.
Había algo mucho más profundo en la expresión de Marcos, una mezcla de rabia, pérdida y desconcierto que lo hacía parecer de pronto más joven.
Elena se sentó a su lado y apoyó una mano sobre la suya.
—No tienes que decidir ahora qué significa todo esto. Acabas de descubrir que una parte enorme de tu vida era distinta de como la conocías.
Marcos dejó pasar unos segundos antes de responder.
—Mi padre murió sin decirme que tenía un hermano.
No un hermano del que no supiera nada, sino Daniel.
Daniel estaba delante de mí. Viajaba conmigo, discutía conmigo, estaba enamorado de ti y terminó odiándome porque yo confiaba precisamente en el hombre que le había ocultado quién era.
Mi padre tuvo más de cuarenta años para contarme la verdad y no lo hizo.
—No sabemos todavía qué ocurrió ni por qué tomó esas decisiones.
—Pero sí sabemos que tuvo tiempo. Muchísimo.
Elena no intentó defender a un hombre que apenas había conocido.
Se limitó a mantener la mano sobre la de Marcos.
Después de unos segundos, él entrelazó sus dedos con los de ella.
El gesto fue sencillo, casi vulnerable, y Elena sintió que aquella intimidad contenía más verdad que algunas de las escenas mucho más intensas que habían compartido desde que comenzó el viaje.
—¿Daniel ya lo sabía cuando nos peleamos? —preguntó Marcos.
—Sí. Por las fechas, tenía que saberlo.
Marcos soltó una breve risa sin humor.
—Entonces estaba pegándome con mi hermano sin saber siquiera que lo era. Y seguramente él me estaba mirando pensando que yo era igual que nuestro padre.
Sergio se acercó con otro documento.
—Hay algo más. Y esto sí parece bastante claro.
Era una escritura de propiedad italiana.
El nombre de Adriana aparecía vinculado a una vivienda situada en la parte alta de Anacapri, en la isla de Capri.
La casa había pasado durante décadas por distintas sociedades y titulares, pero un documento emitido diez meses atrás volvía a situarla bajo el control directo de Adriana Moretti.
Dentro de la misma carpeta había una fotografía reciente de una terraza blanca abierta hacia el mar, rodeada de buganvillas, pinos y una vegetación luminosa.
El Mediterráneo ocupaba casi todo el fondo de la imagen.
Elena nunca había estado en Capri, pero reconoció inmediatamente aquel paisaje por la intensidad del azul y por la altura desde la que estaba tomada la fotografía.
Junto a la barandilla aparecía un hombre de espaldas.
Sergio observó la imagen durante unos segundos.
—Es Daniel. No puedo verle la cara, pero es él. La forma de caminar, los hombros... Lo reconocería incluso así.
En el reverso había una dirección y una fecha. La fecha correspondía al día siguiente.
—Nos están esperando —dijo Nuria—. O quieren que pensemos que nos están esperando.
Marcos tomó la fotografía.