LO QUE EL DESEO NO OLVIDA CAPÍTULO IX Lo que Daniel descubrió
44%

CAPÍTULO IX Lo que Daniel descubrió

Durante unos segundos ninguno de los cuatro supo qué decir.

Marcos seguía sosteniendo la fotografía con ambas manos, inclinado ligeramente hacia delante, como si necesitara acercarla más para aceptar lo que estaba viendo.

Elena observó primero la imagen y después su rostro.

Nunca había tratado demasiado al padre de Marcos, apenas algunos encuentros fugaces muchos años atrás, pero recordaba perfectamente aquella forma peculiar de sonreír, con una comisura ligeramente más alta que la otra, y sobre todo los ojos, oscuros y tranquilos, capaces de parecer amables incluso cuando miraban con distancia.

Ahora comprendía por qué el rostro del hombre de la fotografía le había resultado familiar antes de que Marcos lo reconociera.

—Es mi padre —dijo él al fin—. No hay ninguna duda. Puede que estuviera mucho más joven, pero es él. Esa forma de mirar... incluso la manera de sentarse. Es mi padre.

Sergio tomó la fotografía cuando Marcos se la tendió y la examinó bajo la luz del teléfono.

Adriana Moretti debía de tener entonces poco más de veinte años.

Estaba sentada entre los dos hombres en la terraza de algún café romano, con el cabello oscuro recogido y una expresión completamente distinta a la que Elena asociaba con ella después de tantos días persiguiendo su figura entre recuerdos, imágenes borrosas y mensajes anónimos.

En aquella fotografía parecía despreocupada, incluso feliz.

El padre de Marcos apoyaba un brazo en el respaldo de su silla y el otro hombre miraba directamente a la cámara.

Sergio mantuvo la imagen muy cerca de los ojos durante varios segundos, hasta que algo en su expresión hizo que Elena se incorporara.

—¿Qué pasa?

—Creo que conozco al otro hombre, pero necesito comprobarlo.

Sacó el teléfono y buscó entre las fotografías que guardaba.

Tardó algo más de un minuto en encontrar lo que quería.

Era una imagen antigua que había digitalizado años atrás.

Daniel aparecía mucho más joven, sonriente, vestido con una camisa blanca y sosteniendo un diploma junto a un hombre y una mujer.

Sergio amplió el rostro masculino y dejó el teléfono junto a la fotografía de 1978.

—Este es Esteban Valdés, el padre de Daniel. Me acuerdo perfectamente de él. Lo vi muchas veces cuando éramos jóvenes y después alguna vez más, cuando Daniel desapareció. Ha envejecido muchísimo entre una foto y otra, claro, pero es él.

Marcos volvió a mirar la fotografía y Elena sintió que el significado de aquella imagen se ensanchaba de golpe.

Hasta ese momento habían pensado que Daniel había conocido a Adriana en Roma y que, por alguna razón todavía inexplicable, aquella mujer había alterado el rumbo de su vida.

Ahora resultaba evidente que la historia había comenzado mucho antes de que Daniel pudiera tomar una sola decisión.

El padre de Marcos conocía a Esteban Valdés.

Ambos conocían a Adriana. Alguien había conservado aquella fotografía durante casi medio siglo y, además, había añadido en el reverso una frase que parecía haber sido escrita mucho después.

Elena volvió a leerla: «Roma. Antes de que nacieran los dos».

—¿Cuándo naciste exactamente? —preguntó a Marcos.

Él le dio la fecha y Elena hizo mentalmente la cuenta. Después miró a Sergio.

—¿Y Daniel?

Sergio respondió casi de inmediato. Las fechas estaban separadas por pocos meses.

Nuria se quedó mirando la fotografía y frunció el ceño.

—Entonces puede que esa frase se refiera a ellos dos. No digo que tenga que ser así, pero encajaría. Los dos nacieron después de esta foto y, por lo que estamos viendo, sus familias ya estaban relacionadas antes.

Marcos dejó escapar una respiración lenta y apoyó la fotografía sobre la mesa.

—Mi padre jamás me habló de Esteban Valdés. Ni una sola vez. Y desde luego nunca mencionó a Adriana. Si conocía a los dos, consiguió mantenerlo completamente fuera de mi vida.

—Daniel tampoco me habló de nada de esto hasta 1999 —respondió Sergio—. Y éramos amigos desde mucho antes. Si lo sabía, no me lo contó hasta que todo empezó a ponerse raro.

Elena observó a Marcos mientras hablaban.

Durante aquellos días se había acostumbrado a interpretar cada silencio suyo como una posible ocultación, cada vacilación como una mentira a medias.

Esta vez la sensación era diferente. No parecía estar midiendo lo que podía decir. Parecía genuinamente desconcertado.

—¿Tu padre sigue vivo? —preguntó.

Marcos tardó unos segundos en contestar.

—Murió hace once meses. Fue bastante rápido.

Una enfermedad que se complicó en poco tiempo.

Los últimos años los pasó entre Madrid e Italia, aunque nunca tuve demasiado claro qué hacía allí.

Siempre decía que tenía inversiones, propiedades, asuntos de sociedades antiguas...

Ese tipo de cosas. Era muy reservado y, cuanto más mayor se hacía, más controlaba lo que los demás podían saber de su vida.

Sergio miró a Elena y ella comprendió la coincidencia antes de que ninguno la formulara.

La primera fotografía reciente de Adriana y Daniel estaba fechada diez meses atrás.

El vídeo de Daniel había sido grabado aproximadamente ocho meses antes.

Poco después, Marcos y Sergio comenzaron a recibir mensajes y finalmente viajaron a Estambul.

—Entonces todo empezó después de su muerte —dijo Sergio—. No necesariamente al día siguiente, pero sí dentro de la misma secuencia.

Marcos asintió despacio.

—Y si eso es verdad, significa que su muerte desbloqueó algo. No sé qué, pero algo que llevaba años detenido.

Nuria retomó la búsqueda entre las carpetas mientras hablaban.

Detrás de las fotografías de Adriana encontraron una caja estrecha que contenía copias de pasaportes, recibos de hoteles, documentos de sociedades y varias hojas mecanografiadas en italiano.

Elena observó cómo Nuria los ordenaba por fechas sobre la cama, mientras Sergio fotografiaba cada página con el teléfono.

Poco a poco fueron reconstruyendo una parte de la historia.

Esteban Valdés había vivido durante varios meses en Roma en 1978.

El padre de Marcos también. Ambos aparecían relacionados con una pequeña sociedad española dedicada a inversiones inmobiliarias en Italia y cuya dirección coincidía con un despacho situado cerca de Via Veneto.

Adriana trabajaba allí como intérprete y auxiliar administrativa.

Aquello explicaba que se conocieran, pero todavía no aclaraba por qué aquella relación había terminado convertida en un secreto capaz de sobrevivir durante décadas.

El documento que alteró definitivamente la dirección de la investigación apareció dentro de un sobre sin cerrar. Era la copia de un informe médico procedente de una clínica privada que ya no existía. Elena apenas entendía el italiano, pero Sergio reconoció el apellido antes que nadie.

—Moretti. Esto es de Adriana.

Marcos se acercó inmediatamente.

—¿Qué pone exactamente?

Sergio leyó con atención, deteniéndose varias veces para asegurarse de no interpretar mal los términos médicos.

—Aquí habla de un embarazo a finales de 1978. Hay controles posteriores y... sí, también documentación del parto. Dio a luz a un niño. No aparece el nombre del padre.

Elena sintió que algo se tensaba dentro de ella.

—¿Qué fecha tiene el nacimiento?

Sergio se la dijo. Marcos dejó de moverse. Elena no necesitó revisar nada porque ya recordaba la fecha de Daniel. Era exactamente la misma.

Nadie quiso precipitarse. Elena se obligó a considerar la posibilidad de una coincidencia, de un error administrativo o de algún dato que todavía desconocían.

Sin embargo, apenas unos minutos después encontraron una hoja mecanografiada en español, sin membrete, firmada por Esteban Valdés.

La mayor parte del texto hablaba de tutela, traslado, obligaciones económicas y documentación para registrar al menor en España.

Una frase estaba subrayada a mano: «El menor será inscrito en España con el nombre convenido».

Sergio se quedó quieto, con la hoja entre los dedos.

—Creo que esto ya no deja demasiado margen. Daniel era hijo de Adriana.

La revelación produjo un silencio distinto a los anteriores.

Elena sintió que muchas de las piezas que habían parecido inconexas durante los últimos días se reorganizaban de golpe.

Adriana no había sido una mujer que apareció casualmente en la vida de Daniel en Roma.

Tampoco una desconocida que lo condujo hacia algo peligroso.

Formaba parte de su historia desde antes de que él tuviera memoria.

Por eso se había acercado a él. Por eso había continuado apareciendo, directa o indirectamente, durante tantos años.

Y por eso Daniel había cambiado después de conocerla.

Marcos permanecía de pie junto a la mesa, mirando los documentos.

—Si Adriana era su madre, entonces Esteban lo crió sabiendo que no era suyo. ¿Por qué? ¿Y dónde estaba Adriana todos esos años?

Nadie tenía todavía respuesta. Dentro del mismo sobre encontraron una fotografía en la que una Adriana mucho más joven sostenía a un bebé envuelto en una manta. En el reverso había una fecha y una breve anotación: «D. Antes de España».

Elena volvió a mirar a Marcos y comprendió qué pregunta estaba evitando formular.

—Quieres saber quién era el padre.

Él sostuvo su mirada.

—Claro que quiero saberlo. Si mi padre está sentado junto a Adriana en 1978, si Daniel nació unos meses después y si alguien escribió «antes de que nacieran los dos», creo que sería absurdo fingir que no estoy pensando lo mismo que todos vosotros.