CAPÍTULO VIII La 317 #2
Elena se acercó.
—Sí.
Marcos no respondió. Miraba el espejo desplazado y la puerta abierta hacia el archivo.
Su rostro cambió.
—He estado aquí.
Elena sintió que el enfado se detenía.
Marcos se aproximó al espejo y apoyó una mano sobre el marco.
—Recuerdo esto.
Sergio apareció detrás de ella.
—¿Qué recuerdas?
Marcos tardó varios segundos en contestar. Una mujer. Una copa. Daniel gritando en algún lugar del pasillo. Después, oscuridad. Nada más.
Entró en el archivo antes de que Elena pudiera detenerlo. Miró los archivadores, las cajas y las fotografías esparcidas sobre la mesa. Al descubrir su carpeta vacía se quedó completamente quieto.
—Alguien ha sacado lo mío.
—Eso parece —dijo Elena.
Marcos abrió varios cajones sin encontrar nada. Su respiración se había acelerado. Elena se acercó y lo sujetó por el brazo.
—Sal de aquí.
—No.
—Marcos.
—Necesito saber qué había.
—Y Daniel necesitaba que no entraras.
Marcos se volvió hacia ella.
—Deja de hablarme como si Daniel supiera siempre la verdad.
—Por ahora lleva más razón que tú.
La frase le hizo daño. Elena lo vio, aunque estaba demasiado enfadada para retirarla.
Nuria y Sergio decidieron continuar revisando la documentación mientras Elena acompañaba a Marcos a la habitación exterior. Necesitaba sacarlo de aquel archivo antes de que removiera algo que todavía no comprendían.
Marcos cerró la puerta del compartimento oculto y se quedó junto al espejo.
—No confías en mí.
—Cada vez me das menos motivos.
—Y aun así anoche estabas a punto de dejar que te metiera la mano debajo del vestido en mitad de Roma.
Elena sostuvo su mirada.
—No confundas otra vez las cosas.
—Eres tú quien pretende separarlas.
La provocación consiguió exactamente lo que él buscaba. Elena sintió una oleada de enfado mezclada con deseo. Odiaba que Marcos pudiera leerla con tanta facilidad y, al mismo tiempo, había algo profundamente excitante en que existiera entre ellos aquella clase de conocimiento.
—Daniel dijo que no entraras —repitió.
—Y has venido sin decirme nada.
—Porque no sabía si eras parte del problema.
—¿Y ahora?
Elena tardó en responder.
—Ahora tampoco.
Marcos se acercó.
—Pero sigues deseándome.
La afirmación la enfureció porque era cierta.
Elena lo empujó contra la pared y lo besó.
El gesto fue mucho más brusco de lo que pretendía.
Marcos respondió inmediatamente y durante varios segundos toda aquella tensión acumulada se convirtió en algo físico.
Elena le abrió la camisa con movimientos rápidos, introdujo las manos debajo de la tela y sintió el calor de su torso.
Marcos la sujetó por la cintura y la acercó hacia él hasta que apenas quedó espacio entre ambos.
—Esto no demuestra nada —murmuró Elena.
—No esperaba que lo hiciera.
Marcos bajó la boca hasta su cuello y Elena dejó escapar el aire lentamente.
El contraste entre la habitación abandonada, el peligro que los rodeaba y aquella excitación resultaba casi obsceno, y precisamente por eso le costaba detenerse.
Marcos deslizó una mano por debajo de su blusa, recorriendo la piel de la espalda hasta encontrar el cierre del sujetador.
Elena sintió cómo se le erizaba el cuerpo.
Se separó apenas unos centímetros para mirarlo.
—Si digo que pares, paras.
Marcos asintió. No hizo falta decirlo. Elena volvió a besarlo y dejó que la ropa empezara a convertirse en una molestia.
Había algo distinto respecto a las escenas anteriores, menos nostalgia y más necesidad de dominar aquello que estaba sintiendo.
Tiró de Marcos hacia la cama y durante un rato dejó que el deseo desplazara el miedo, aunque no completamente.
Cada beso parecía contener también una pregunta, cada caricia llevaba debajo alguna sospecha que ninguno podía ignorar.
Marcos recorrió lentamente el interior de su muslo y Elena sintió que su cuerpo reaccionaba con una intensidad que la obligó a cerrar los ojos.
Lo atrajo más cerca, disfrutando de aquella mezcla de fuerza y familiaridad, del hecho de que pudieran haberse deseado durante décadas sin saberlo y de que ahora cada encuentro pareciera recuperar algo perdido.
Cuando finalmente se dejaron caer sobre la cama, Elena tuvo durante unos segundos la sensación absurda de que aquella habitación llevaba esperándolos veintisiete años.
Fue entonces cuando reparó en algo que la noche anterior había pasado por alto.
La camisa de Marcos había quedado abierta sobre el pecho y, cerca de las costillas, se veía una pequeña cicatriz horizontal.
Elena la observó durante unos segundos hasta comprender que no era la marca lo que reconocía, sino el momento en que había aparecido.
El recuerdo regresó con una violencia inesperada: Marcos mucho más joven, tumbado en aquella misma habitación con sangre en el costado; Daniel gritando; Adriana Moretti sujetando algo en una mano; y ella intentando entrar mientras alguien la retenía desde el pasillo.
Elena se apartó de Marcos bruscamente, como si el pasado acabara de irrumpir físicamente entre los dos.
—¿Qué ocurre?
Elena señaló la cicatriz.
—Te la hicieron aquí.
Marcos bajó la mirada.
—No lo sé.
—Sí. Aquí. En esta habitación.
El deseo desapareció de golpe. Elena se incorporó mientras nuevas imágenes intentaban abrirse paso. No conseguía ordenarlas, pero estaba segura de una cosa: Marcos había estado herido en la 317 y ella lo había visto.
—Había sangre —dijo—. Tú estabas en el suelo.
Marcos se quedó inmóvil.
—No recuerdo nada.
—Daniel estaba aquí.
—Elena...
—Y Adriana también.
Marcos cerró los ojos y durante unos segundos pareció experimentar algo parecido al dolor físico. Después se acercó a la silla donde había dejado el pantalón, metió una mano en el bolsillo y sacó la cartera. Elena lo observó sin comprender mientras él extraía de su interior una fotografía doblada.
—Hay algo que no te he contado.
Elena sintió cómo regresaba inmediatamente la desconfianza.
La fotografía era reciente. Había sido tomada en Estambul durante el viaje de hacía ocho meses. Daniel aparecía entrando en un edificio junto a Adriana Moretti.
—¿Desde cuándo tienes esto?
—Desde entonces.
—Y has esperado hasta ahora.
—Me la dejaron en el hotel la última noche.
Elena sintió una rabia mucho más fría que la anterior. Acababan de estar a punto de acostarse en una habitación llena de pruebas mientras él continuaba guardándose algo que demostraba que había visto una imagen reciente de Daniel mucho antes de reunir al grupo.
—Por eso organizaste el viaje.
Marcos no lo negó.
—En parte.
Elena empezó a vestirse.
—No vuelvas a tocarme.
—Elena...
—Ahora no.
Marcos permaneció sentado en la cama mientras ella se abrochaba la blusa. El deseo seguía físicamente presente, pero había quedado contaminado por aquella nueva mentira.
Cuando regresaron al archivo, Sergio y Nuria habían encontrado algo que volvió a cambiar el sentido de todo. Sobre la mesa había una carpeta que ninguno había visto al entrar. Estaba oculta detrás del último cajón del archivador de 1999.
En la portada aparecía escrito únicamente un nombre: Adriana Moretti.
Dentro encontraron fotografías, varias copias de documentos y un sobre dirigido a Daniel.
La carta estaba incompleta, aunque conservaba una página que parecía pertenecer al final.
Elena la leyó despacio. Adriana hablaba de una verdad que Daniel había descubierto y de la necesidad de alejarse durante un tiempo, además de mencionar a alguien identificado únicamente por una inicial: M.
Elena levantó la mirada hacia Marcos y no necesitó decir nada; él comprendió inmediatamente por qué aquella letra acababa de convertirlo, una vez más, en el centro de las sospechas.
—No soy yo.
—No lo sabemos.
Sergio encontró una fotografía entre los documentos. Estaba tomada muchos años antes, probablemente a finales de los setenta. Adriana aparecía muy joven junto a dos hombres que ninguno reconoció de inmediato.
Nuria fue la primera en darse cuenta.
—Ese hombre...
Elena se acercó y observó mejor al hombre de la fotografía. Había algo familiar en él, no tanto en el rostro completo como en los ojos y en una manera de sonreír que le resultaba extrañamente conocida. Marcos tomó entonces la imagen entre las manos y perdió el color.
—Es mi padre.
Elena sintió que por primera vez todo lo que había ocurrido dejaba de girar únicamente alrededor de Daniel.
En el reverso de la fotografía figuraban una fecha, 1978, y una frase escrita a mano: «Roma.
Antes de que nacieran los dos». Ninguno necesitó preguntar a quién podía referirse aquella anotación.
La respuesta todavía no estaba allí, pero por primera vez tenían una dirección clara: el secreto que Daniel había descubierto no había comenzado en 1999, sino más de veinte años antes, mucho antes de que ninguno de ellos se conociera.
Y uno de los hombres que aparecía en aquella fotografía era el padre de Marcos.