LO QUE EL DESEO NO OLVIDA CAPÍTULO VIII La 317
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CAPÍTULO VIII La 317

—¿Estás segura de que es aquí? —preguntó Nuria.

Elena comparó la fachada con la fotografía del sobre.

—Completamente.

Sergio permanecía mirando hacia las ventanas superiores.

Había estado allí veintisiete años antes y, sin embargo, admitió que apenas reconocía nada.

Recordaba un vestíbulo pequeño, un ascensor protegido por una reja de hierro y una mujer mayor que dejaba las llaves colgadas detrás del mostrador.

El resto se había desdibujado casi por completo.

La fotografía incluía una dirección secundaria que no correspondía a la entrada principal.

Rodearon el edificio y encontraron un callejón estrecho que terminaba en una puerta metálica medio oculta tras unos contenedores.

Elena sacó la llave. Encajó en la cerradura con tanta facilidad que los tres se miraron antes de que ella se atreviera a girarla.

La puerta cedió. Accedieron a un corredor de servicio iluminado únicamente por pequeñas ventanas situadas cerca del techo.

El olor a humedad, madera envejecida y yeso era intenso.

Sergio encendió la linterna del teléfono y avanzaron hasta encontrar una escalera estrecha.

El antiguo hotel parecía mucho mayor por dentro de lo que sugería la fachada, lleno de pasillos secundarios, almacenes y puertas que probablemente habían pertenecido a la zona destinada al personal.

Subieron hasta la tercera planta. Allí el corredor se bifurcaba. En una de las paredes todavía podían leerse los números de las antiguas habitaciones: 311, 312, 313. Continuaron hasta la 316. Después aparecía una pared. No había 317.

Nuria pasó una mano por el yeso.

—Entonces el mensaje era literal.

Sergio negó lentamente.

—Yo estuve en la 317.

Elena lo miró.

—¿Seguro?

—Entré con Daniel. Recuerdo la cama, el espejo y la ventana. Era una habitación.

Examinaron el corredor. La pared situada después de la 316 parecía más nueva que las demás, aunque resultaba difícil saber cuándo había sido construida.

Elena observó el suelo y descubrió que la moldura de madera desaparecía durante casi dos metros antes de continuar al otro lado.

Aquello no parecía una terminación natural del pasillo.

Sergio empujó varias veces sin conseguir nada, hasta que Nuria descubrió una pequeña cerradura oculta bajo una pieza de latón oxidada.

Elena volvió a probar la llave y esta vez tuvo que hacer fuerza para conseguir que girara.

Escucharon entonces el desplazamiento de un mecanismo en el interior de la pared y, lentamente, una sección completa se abrió unos centímetros, dejando al descubierto otro corredor al otro lado.

Ninguno habló durante varios segundos. Elena sintió que aquella arquitectura explicaba de repente parte del misterio.

La 317 había existido, pero no formaba parte de las habitaciones accesibles para los clientes.

Estaba escondida detrás de una zona de servicio que alguien había querido mantener fuera de los planos visibles del hotel.

Avanzaron. El pasillo terminaba en una única puerta de madera. Sobre ella había una pequeña placa metálica con el número 317.

Sergio se quedó inmóvil.

—Es esta.

La puerta no estaba cerrada.

Elena la empujó. La estancia coincidía con las fotografías y con el vídeo de Daniel.

Había sido reformada, pero el espejo continuaba frente a la cama, la ventana ocupaba la misma pared y permanecían algunos muebles antiguos mezclados con otros mucho más recientes.

Lo extraño era que, a diferencia del resto del hotel, allí apenas había polvo.

Alguien había entrado no mucho tiempo atrás.

Elena recorrió la habitación despacio. Había una cama, una mesa, dos sillones y un pequeño cuarto de baño, pero nada justificaba que aquel espacio hubiera permanecido oculto durante décadas.

Sergio se acercó al espejo y lo observó con atención.

Recordaba que la mujer del pañuelo rojo había pasado buena parte de la conversación con Daniel precisamente frente a él.

Nuria encontró una pequeña marca junto al marco.

—Mirad esto.

El espejo podía moverse.

Entre los tres consiguieron desplazarlo unos centímetros hasta descubrir una puerta estrecha detrás.

Esta no necesitaba llave. Elena la abrió y comprendió por fin la frase del sobre.

La 317 no era realmente una habitación, o al menos no solamente eso.

El dormitorio era la fachada de otra dependencia mucho más pequeña, sin ventanas, construida entre dos muros del edificio.

Dentro había archivadores. Docenas.

También varias cajas de fotografías, cintas antiguas, documentos, carpetas y una mesa sobre la que alguien había colocado recientemente una lámpara portátil.

Elena sintió la inquietante sensación de que aquella estancia llevaba décadas siendo utilizada mientras el hotel permanecía aparentemente abandonado.

Sergio abrió el primer archivador. Contenía carpetas ordenadas por años. 1997, 1998, 1999. Nuria encontró otras correspondientes a fechas posteriores. Algunas llegaban casi hasta el presente.

—¿Qué demonios es esto? —murmuró.

Elena abrió una carpeta de 1999. Encontró fotografías de personas que no reconocía, fotocopias de pasaportes, reservas de hoteles, billetes de avión y notas manuscritas.

No parecía el archivo de una empresa ni el material habitual de una investigación policial.

Era algo privado, construido durante años por alguien obsesionado con conservar movimientos, encuentros y relaciones.

Encontró entonces seis nombres que reconoció de inmediato: los suyos. Cada miembro del grupo tenía una carpeta propia.

Elena sintió un escalofrío al abrir la que llevaba su nombre.

Había fotografías tomadas durante aquel viaje de juventud, algunas conocidas y otras que jamás había visto.

En una aparecía saliendo de una cafetería con Nuria.

En otra caminaba varios metros detrás de Marcos.

Otra había sido tomada desde bastante lejos mientras ella permanecía sentada sola en una playa.

—Nos estaban siguiendo —dijo.

Sergio había encontrado su propia carpeta.

—Desde antes de que Daniel desapareciera.

Aquello modificaba otra vez la historia. Daniel no había empezado a imaginar que alguien los vigilaba. Alguien los vigilaba realmente.

Elena continuó revisando las imágenes hasta encontrar una que la obligó a detenerse.

Estaba tomada desde el exterior de una ventana.

Dentro de una habitación aparecían ella y Marcos.

No se distinguía demasiado, pero resultaba evidente que estaban juntos.

Elena llevaba únicamente una sábana alrededor del cuerpo y Marcos estaba sentado frente a ella, desnudo hasta la cintura.

La intimidad de aquella fotografía le produjo una mezcla inmediata de vergüenza, excitación y furia.

Nuria se acercó.

—¿Qué ocurre?

Elena guardó la imagen demasiado tarde.

—Nada.

Nuria la miró con una expresión que dejaba claro que había visto suficiente.

—Bastante invasivo para ser nada.

Elena volvió a sacar la fotografía y la observó.

Aquella escena empezó a despertar un recuerdo.

Marcos acariciándole la pierna. Ella riendo.

Una conversación posterior que no conseguía escuchar.

No era la sensualidad de la imagen lo que más la inquietaba, sino la certeza de que alguien había permanecido al otro lado de la ventana mientras ellos creían estar solos.

Sergio encontró algo más importante. Dentro de la carpeta de Daniel había informes médicos relacionados con el ingreso que ya habían empezado a recordar. No especificaban la causa de su pérdida de conciencia, pero sí mencionaban la presencia de una sustancia sedante en su organismo.

Elena levantó inmediatamente la mirada.

—¿Lo drogaron?

Sergio evitó concluirlo. El informe solo demostraba que aquella sustancia estaba presente y que Daniel aseguró no haberla tomado voluntariamente.

Elena pensó inmediatamente en las seis horas que Marcos no podía recordar.

La coincidencia resultaba demasiado evidente, así que buscaron su carpeta.

La encontraron enseguida, pero estaba vacía, no simplemente incompleta: alguien había retirado todo su contenido.

Elena sintió una preocupación inmediata al comprender que aquello no podía ser casual.

—Aquí había algo.

—O nunca lo hubo —dijo Nuria.

Sergio señaló las marcas dejadas por varios papeles sobre el fondo de la carpeta.

—Lo hubo.

Continuaron buscando. En otra caja aparecieron fotografías de la mujer del pañuelo rojo tomadas en momentos y lugares diferentes. Roma. Trieste. París. Barcelona. Algunas pertenecían a los años noventa; otras eran posteriores. En varias aparecía junto a Daniel.

Una fotografía especialmente reciente mostraba a ambos sentados en una terraza. Daniel tendría ya unos cincuenta años y la mujer era claramente mayor, pero seguía utilizando el mismo pañuelo rojo alrededor del cuello.

En el reverso aparecía un nombre, Adriana Moretti, acompañado de una fecha de apenas diez meses atrás. Elena sintió que, por primera vez, aquella mujer dejaba de ser una figura imprecisa del pasado para convertirse en alguien real, identificable y todavía vinculada a Daniel en el presente.

Sergio iba a continuar examinando las fotografías cuando un ruido procedente de la habitación principal los hizo callar.

Los tres permanecieron inmóviles mientras unos pasos avanzaban lentamente sobre el suelo de madera.

Sergio apagó la linterna del teléfono y Nuria cerró con cuidado la carpeta que tenía entre las manos.

Elena sintió acelerarse el pulso y salió primero del compartimento oculto, preparada para encontrarse con cualquiera.

Al entrar en la 317 descubrió a Marcos junto a la cama y el miedo se transformó inmediatamente en irritación.

—¿Qué haces aquí?

Él observó la habitación como si acabara de recibir un golpe.

—Andrés me ha dicho dónde estabais.

—Daniel dijo expresamente que no entraras.

—Y tú esperabas que me quedara sentado en un hotel mientras veníais aquí.