LO QUE EL DESEO NO OLVIDA CAPÍTULO VII Roma no olvida #3
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CAPÍTULO VII Roma no olvida #3

Elena disfrutó de su expresión durante unos segundos antes de preguntarle por qué había llegado tan pronto.

Andrés había tomado otro vuelo y Marcos decidió adelantar el suyo después de encontrar una plaza disponible.

La explicación parecía razonable, aunque Elena ya no aceptaba nada sin reservarse una pequeña zona de sospecha.

Caminaron después por las calles casi vacías.

La noche había avanzado y el centro empezaba a perder parte del ruido.

Llegaron hasta una pequeña plaza donde una fuente sonaba en mitad del silencio.

Elena se sentó sobre un borde de piedra.

Había bebido suficiente para sentirse relajada, pero no tanto como para perder claridad.

Marcos se situó frente a ella.

—Ese vestido es peligroso.

—¿Para quién?

—Ahora mismo, para mí.

Elena sonrió y dejó que él se acercara.

—Daniel ha dicho que no confíe en ti.

—Lo sé.

—Sergio dice que Daniel no confiaba en ti hace veintisiete años.

—También lo sé.

—Y aun así estás aquí.

—Tú también.

Elena levantó la mirada.

—Eso es lo que empieza a preocuparme.

Marcos se inclinó y la besó. Elena respondió inmediatamente.

Esta vez había algo distinto: Roma, el vino, la noche y el hecho de haber sido observada por otro hombre parecían haber vuelto el deseo más juguetón y menos urgente.

Marcos apoyó las manos sobre sus piernas y Elena las separó apenas lo suficiente para permitirle acercarse.

Sentada sobre aquella piedra, con la ciudad casi vacía alrededor, sintió una excitación intensa y un punto de exhibicionismo que jamás habría asociado a sí misma unos días antes.

—Aquí pueden vernos —murmuró.

—Eso ya no parecía molestarte en Estambul.

Elena pasó los brazos alrededor de su cuello.

—Quizá estoy empeorando.

—A mí me parece una mejora.

Marcos volvió a besarla y una de sus manos ascendió lentamente por el exterior de su muslo hasta desaparecer bajo la caída del vestido.

Elena contuvo la respiración. Durante unos segundos permitió que continuara, disfrutando del riesgo y de aquella sensación de estar haciendo algo que no correspondía a la versión razonable de sí misma.

Cuando sus dedos llegaron demasiado lejos, le sujetó la muñeca.

—No aquí.

—Hace unas horas hiciste exactamente lo mismo conmigo.

—Por eso sé lo divertido que es dejar a alguien a medias.

Marcos la miró con incredulidad.

—Te estás convirtiendo en una persona horrible.

—Roma me sienta bien.

Se levantó y comenzó a caminar. Marcos tardó unos segundos en seguirla.

Regresaron al hotel cerca de la una. Elena esperaba que él intentara acompañarla hasta la habitación y Marcos no la decepcionó. Entraron juntos en el ascensor. Durante la subida permanecieron separados, aunque la tensión resultaba casi más intensa que el contacto anterior.

Cuando llegaron a su planta, Elena salió. Marcos la siguió.

—He dicho que hoy no.

—Eso fue en Estambul.

—Ha sido esta mañana.

—Parece hace una semana.

Elena se volvió frente a la puerta de su habitación.

—Mañana entramos en la 317.

—Si me dejáis.

—Daniel ha dicho que no.

—¿Y vas a obedecerlo?

Elena no respondió inmediatamente.

—Todavía no lo sé.

Marcos apoyó una mano contra la pared, junto a su cabeza.

—Entonces hay algo que deberías saber antes.

El tono había cambiado. Ya no había provocación.

Elena esperó.

Marcos explicó que durante el viaje de 1999 había entrado una vez en la habitación 317. No con Daniel, sino solo. Había seguido a la mujer del pañuelo rojo después de verla salir del hotel y terminó regresando allí horas más tarde. La puerta estaba abierta.

—¿Qué encontraste?

Marcos negó lentamente.

—Eso es lo que no recuerdo.

Elena sintió un escalofrío.

—No me jodas.

—Recuerdo entrar. Recuerdo la habitación. Después hay un vacío de casi seis horas.

Aquella confesión era demasiado similar a lo que le ocurría a ella.

—¿Y nunca lo has considerado extraño?

—Durante años pensé que estaba borracho.

—¿Lo estabas?

—Había bebido, pero no tanto.

Elena permaneció apoyada contra la puerta, observándolo.

—¿Por qué no has contado esto antes?

—Porque hasta hoy no sabía que la habitación 317 seguía teniendo importancia.

Por primera vez aquella noche, el deseo desapareció casi por completo.

—Daniel no quiere que entres porque ya entraste una vez.

—Eso parece.

Elena abrió la puerta.

—Mañana hablaremos.

Marcos no intentó seguirla. Cuando Elena entró en la habitación encontró un sobre blanco sobre la cama y supo de inmediato que no pertenecía al hotel.

Cerró la puerta, permaneció unos segundos observándolo y finalmente lo abrió.

Dentro había una fotografía reciente del Hotel Rinaldi.

El edificio seguía existiendo, aunque parecía abandonado.

En el reverso alguien había escrito una dirección, una hora —10:30— y una segunda frase: «La llave abrirá la puerta. Pero la 317 no es una habitación».

Elena sintió que todo lo que habían construido durante los últimos días volvía a desplazarse.

Miró la llave que llevaba en el bolso y pensó en la advertencia de Daniel, en las seis horas que Marcos no conseguía recordar y en la mujer del pañuelo rojo.

Roma acababa de convertirse en algo mucho más peligroso que el siguiente destino del viaje.