LO QUE EL DESEO NO OLVIDA CAPÍTULO VII Roma no olvida #2
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CAPÍTULO VII Roma no olvida #2

Nuria observó a la gente que empezaba a formar una fila desordenada frente al mostrador.

—Que no aparezca.

La respuesta le pareció más honesta que cualquier otra escuchada durante los últimos días.

Embarcaron. Elena ocupó un asiento de ventanilla y Sergio se sentó varias filas más atrás. Nuria quedó junto a ella. Antes de apagar el teléfono, Elena recibió un mensaje de Marcos: «Compórtate en Roma hasta que llegue». Sonrió y escribió únicamente: «No prometo nada».

Guardó el teléfono sin esperar respuesta.

Cuando el avión despegó, Estambul quedó reducida poco a poco a una extensión de luces.

Elena apoyó la cabeza contra el asiento y cerró los ojos.

Apenas había dormido, pero el cansancio no consiguió vencer a la inquietud.

Roma comenzaba a despertar otros recuerdos incluso antes de llegar.

Una plaza llena de motos. Una copa de vino derramada sobre una mesa.

Daniel riendo. Sergio corriendo detrás de alguien.

Una mujer con un pañuelo rojo entrando en un portal.

Imágenes fragmentarias que todavía no sabía situar.

Nuria permaneció callada durante buena parte del vuelo. Fue casi una hora después cuando habló.

—Hay algo que no te he contado.

Elena no se sorprendió. Aquella frase se había convertido prácticamente en el lema del viaje.

Nuria le explicó que durante aquellos días en Roma, veintisiete años atrás, había tenido una relación breve con Sergio.

No había durado ni siquiera lo suficiente como para poder llamarla relación, pero explicaba algunas de las tensiones que Elena nunca había comprendido.

Habían pasado dos noches juntos y después Sergio se había distanciado sin dar demasiadas explicaciones.

Nuria siempre creyó que tenía que ver con Daniel.

—¿Estabas enamorada de Sergio?

Nuria sonrió.

—A esa edad estaba enamorada de cualquier hombre que me hiciera sentir interesante.

Elena comprendió perfectamente la respuesta.

Nuria añadió algo que sí resultaba relevante: la segunda noche había despertado sola y descubierto que Sergio había salido del hotel.

Cuando regresó, varias horas después, llevaba sangre seca en una manga.

Aseguró que se había caído. Nuria no le creyó, pero tampoco preguntó demasiado.

Durante años había olvidado aquel detalle hasta que empezaron a hablar de la habitación 317.

—¿Crees que estuvo con Daniel?

—Creo que estuvo en algún sitio donde no quería que yo supiera que había estado.

Elena miró hacia el pasillo y vio a Sergio varias filas más atrás, aparentemente concentrado en la lectura. Decidió no seguir preguntando. Ya habían removido suficiente durante el vuelo y no necesitaban convertir aquel trayecto en otra investigación improvisada.

Aterrizaron en Roma poco antes de las nueve de la noche.

Elena sintió la ciudad antes incluso de verla realmente.

El italiano alrededor, el ruido del aeropuerto, la temperatura más suave y una familiaridad inexplicable que no había sentido en Estambul.

Había estado en Roma otras veces después de 1999, pero aquel regreso tenía algo diferente.

No estaba entrando únicamente en una ciudad; estaba regresando al lugar en el que, según empezaba a comprender, había comenzado parte de todo aquello.

El coche que los esperaba los condujo hacia el centro.

Roma apareció poco a poco detrás de las ventanillas: avenidas iluminadas, fachadas ocres, motos que se colaban entre los coches, terrazas todavía llenas y fragmentos de ruinas apareciendo entre edificios contemporáneos como si la ciudad hubiera renunciado hacía siglos a elegir una sola época.

Elena observó el recorrido con la ventanilla ligeramente abierta.

El aire traía olor a piedra caliente, comida y humedad.

—Siempre me olvido de lo hermosa que es —dijo Nuria.

Sergio no respondió.

El hotel que Marcos había reservado estaba cerca de Piazza Navona, en un edificio antiguo completamente renovado. No era el Rinaldi. Elena lo agradeció. Necesitaba unas horas antes de enfrentarse a la habitación 317.

Dejó la maleta y salió al pequeño balcón.

Roma se extendía bajo ella entre tejados y terrazas, y desde algún lugar cercano llegaba música.

Había algo abiertamente sensual en aquella ciudad, una belleza menos exótica que Estambul pero más íntima, como si todo estuviera diseñado para caminar despacio, beber demasiado vino y tomar decisiones que al día siguiente pudieran parecer imprudentes.

Se duchó y eligió un vestido color vino que había guardado para una de las cenas del viaje.

Era algo más atrevido que el negro de Estambul: espalda parcialmente descubierta, tirantes finos y una caída suave que se ajustaba al cuerpo al caminar.

Mientras se miraba en el espejo pensó en Marcos y se irritó consigo misma por hacerlo.

Todavía tardaría varias horas en llegar. Precisamente por eso decidió bajar.

Nuria y Sergio habían preferido quedarse en el hotel. Elena salió sola.

Caminó sin rumbo durante casi media hora.

Atravesó Piazza Navona, pasó junto a terrazas repletas y siguió por calles cada vez más estrechas hasta encontrar un pequeño restaurante con apenas seis mesas en el exterior.

Se sentó sola, pidió vino y algo de comer y, por primera vez desde que habían salido de Estambul, consiguió sentirse una viajera en lugar de alguien que seguía pistas.

La sensación duró poco. Un hombre de unos cincuenta años ocupó una mesa cercana.

Elena no le prestó demasiada atención hasta que escuchó que pedía en español.

Minutos después coincidieron junto a la barra cuando ella fue a pagar una segunda copa de vino.

Él sonrió. Era atractivo de una manera distinta a Marcos: cabello muy corto, piel oscura por el sol y una calma que transmitía seguridad.

—Española —dijo.

—¿Tan evidente?

—Solo porque has pedido el vino como si necesitaras convencerlo de algo.

Elena se rio.

Hablaron apenas unos minutos. Se llamaba Gabriel y vivía entre Madrid y Roma por trabajo.

No hubo nada especialmente importante en la conversación, pero Elena percibió el interés con absoluta claridad.

Y le gustó. No porque pretendiera hacer nada con aquel desconocido, sino porque confirmaba algo que Estambul había comenzado a enseñarle: todavía existía fuera de los papeles que había desempeñado durante años.

Cuando volvió a la mesa encontró un mensaje de Marcos: «He llegado».

Elena miró la hora y comprobó que era mucho antes de lo previsto.

Casi inmediatamente apareció otro: «¿Dónde estás?

». Le respondió con el nombre de la plaza cercana, aunque evitó mencionar el restaurante.

Diez minutos después lo vio aparecer al final de la calle.

Marcos localizó la mesa casi enseguida y también a Gabriel, que acababa de acercarse de nuevo para despedirse.

Elena supo en ese mismo instante que la situación iba a divertirla.

Gabriel le dio dos besos y le dijo que esperaba volver a verla; Marcos esperó a que se alejara antes de sentarse frente a ella.

—Has tardado poco.

—¿En qué?

—En hacer amigos.

Elena bebió un poco de vino.

—Roma es una ciudad sociable.

—Ya veo.

—¿Estás celoso?

Marcos cogió su copa sin pedir permiso y bebió.

—No.

—Estás fatalmente dotado para mentir.