CAPÍTULO VII Roma no olvida
El vídeo terminó, pero nadie apartó inmediatamente la vista de la pantalla.
Durante unos segundos permanecieron inmóviles alrededor del portátil, como si esperaran que Daniel reapareciera y añadiera una explicación que diera sentido a todo lo que acababan de escuchar.
No sucedió. La imagen quedó detenida en negro y, en aquella habitación de hotel de Estambul, cinco personas que llevaban veintisiete años conviviendo con una desaparición tuvieron que aceptar por primera vez algo que hasta entonces apenas se habían permitido imaginar: Daniel había estado vivo ocho meses atrás.
Elena fue la primera en mirar a Marcos. No sabía qué esperaba encontrar en su rostro, quizá miedo, sorpresa o alguna reacción que confirmara las sospechas que llevaba acumulando desde que aterrizaron.
Lo que vio fue algo diferente. Marcos parecía herido.
No ofendido ni indignado por la acusación, sino profundamente afectado por escuchar la voz de alguien a quien probablemente también había dado por perdido durante años.
—¿Sabías que estaba vivo? —preguntó Elena.
Marcos negó.
—No.
La respuesta fue inmediata y, por primera vez en muchas horas, Elena tuvo la impresión de que decía la verdad.
Andrés caminó hacia la ventana y permaneció allí con los brazos cruzados.
Nuria volvió a reproducir mentalmente la advertencia, murmurando casi para sí que Daniel había pronunciado el nombre de Elena antes que cualquier otra cosa.
Sergio seguía sentado frente al ordenador y parecía incapaz de apartar los ojos de la fecha de la grabación.
La cuestión de Roma apareció inevitablemente.
El vuelo estaba previsto para el día siguiente, aunque nadie sabía ya si aquello formaba parte del viaje organizado por Marcos o de un recorrido diseñado mucho antes por otra persona.
Elena sacó entonces el billete que había encontrado bajo la puerta y lo dejó junto al ordenador.
Hasta aquel momento había ocultado su existencia a todos excepto a sí misma.
Marcos lo reconoció enseguida.
—¿Desde cuándo tienes eso?
—Desde la primera noche.
El enfado de Marcos fue evidente, aunque Elena no le permitió utilizarlo como argumento.
Él llevaba mucho más tiempo administrando información según su propio criterio.
El billete estaba emitido a nombre de Daniel Valdés, Estambul-Roma, jueves a las 18:40.
Era exactamente el mismo día en que Marcos había previsto que el grupo viajara a Italia.
—Yo no he comprado ese billete —dijo Marcos.
—No he dicho que lo hicieras.
—Lo estás pensando.
Elena lo miró.
—Pienso demasiadas cosas sobre ti últimamente.
No continuaron. La frase era suficientemente precisa.
Finalmente decidieron viajar a Roma, aunque no todos juntos.
Obedecer la advertencia de Daniel les parecía absurdo y razonable al mismo tiempo.
Nadie sabía quién había grabado aquel vídeo, en qué circunstancias ni si Daniel continuaba vivo, pero ignorarlo por completo sería una estupidez.
Elena, Sergio y Nuria tomarían el vuelo previsto de las 18:40.
Marcos y Andrés viajarían varias horas más tarde.
No era una solución perfecta, pero al menos respetaba parcialmente la petición de no llegar todos juntos.
Elena salió de la habitación con una sensación extraña.
Había esperado durante años que determinadas decisiones importantes de su vida fueran acompañadas de alguna certeza, pero cada vez estaba más convencida de que las cosas realmente decisivas se hacían casi siempre sin ella.
Nadie sabía qué encontrarían en Roma, quién los esperaba ni qué significaba la llave de la 317.
Tampoco sabían por qué Daniel había señalado específicamente a Marcos.
A pesar de ello, todos acababan de aceptar continuar.
Regresó a su habitación y comenzó a preparar la maleta. Apenas había colocado dos prendas cuando alguien llamó a la puerta. No necesitó mirar por la mirilla para intuir quién era.
Marcos entró sin hablar y cerró detrás de sí.
—¿Qué quieres?
—Cinco minutos sin que me interrogues.
—Pides cosas difíciles.
Marcos sonrió ligeramente, aunque la expresión desapareció enseguida.
Se apoyó contra la puerta y permaneció observándola.
Elena continuó doblando una blusa, fingiendo más tranquilidad de la que sentía.
No quería reconocer que tenerlo allí, a solas, seguía produciendo en ella una reacción inmediata.
Precisamente ahora, después de escuchar la advertencia de Daniel, debería haber sentido miedo.
Lo sentía. El problema era que no había sustituido al deseo.
—Daniel ha dicho que no debo entrar en la 317 —dijo Marcos—. No que yo le hiciera nada.
—No es una distinción especialmente tranquilizadora.
—Podría estar intentando protegerme.
Elena dejó la blusa dentro de la maleta.
—O protegernos de ti.
Marcos aceptó la frase sin defenderse. Aquella reacción volvió a desconcertarla.
—¿Qué ocurrió entre vosotros? —preguntó Elena.
Él aseguró que no lo sabía. Había habido enfrentamientos, celos, secretos, la pelea que ya habían recordado, pero nada que explicara una advertencia formulada casi treinta años después. Elena quería creerlo y aquella necesidad de creer era precisamente lo que más la inquietaba.
Marcos se acercó. Ella no retrocedió.
—Cuando lleguemos a Roma voy a necesitar que confíes en mí.
Elena soltó una pequeña risa.
—Has elegido una frase desafortunada.
—Lo sé.
—Daniel me dijo exactamente lo contrario.
—Daniel te dijo muchas cosas.
—Y tú me ocultaste otras tantas.
Marcos quedó a menos de un paso. Elena podía percibir su respiración y aquel perfume que ya había aprendido a asociar demasiado rápidamente al deseo. Se dio cuenta de que él estaba mirando su boca y sintió una mezcla casi irritante de satisfacción y debilidad.
—No hagas eso —murmuró.
—No estoy haciendo nada.
—Otra vez esa frase.
Marcos levantó una mano y rozó apenas con los dedos la cintura de Elena. Ella permitió el contacto durante unos segundos antes de apartarlo.
—No voy a acostarme contigo ahora.
—No te lo he pedido.
—No hace falta que lo hagas.
Elena se volvió hacia la maleta, pero Marcos se acercó por detrás. No llegó a tocarla. Precisamente aquella distancia mínima hizo que la tensión aumentara. Elena podía sentir el calor de su cuerpo y sabía que bastaba inclinarse ligeramente hacia atrás para quedar pegada a él.
—Anoche no te daba tanto miedo —dijo Marcos.
—Anoche no había visto un vídeo de un muerto diciéndome que no te dejara entrar en una habitación.
—No está muerto.
—Eso también tendremos que averiguarlo.
Marcos rozó con la boca la parte posterior de su cuello. Elena cerró los ojos involuntariamente. Le molestó que supiera exactamente dónde besarla para provocar aquella reacción y le molestó todavía más descubrir que una parte de ella disfrutaba precisamente de que lo supiera.
Se volvió con rapidez y lo besó. No hubo ternura.
Fue un beso cargado de contradicción, deseo y una especie de desafío que ninguno necesitaba explicar.
Elena lo empujó ligeramente hasta hacerlo retroceder contra la pared y mantuvo las manos sobre su pecho mientras lo besaba.
Marcos respondió rodeándole la cintura y atrayéndola hacia él, pero esta vez Elena decidió marcar el ritmo.
Le gustó sentir que podía acercarse hasta despertar en él una reacción inmediata y detenerse justo antes de concederle más.
Deslizó una mano bajo su camisa y recorrió lentamente el torso. Marcos cerró los ojos cuando sus dedos descendieron hasta la cintura del pantalón.
—Elena...
Ella volvió a besarlo para impedirle continuar. Durante unos segundos dejó que la excitación creciera, que las manos de Marcos descendieran por su espalda y que sus cuerpos recuperaran aquella familiaridad que parecía existir desde mucho antes de que ella pudiera recordarla. Después se separó.
Marcos la miró desconcertado.
—¿Qué haces?
Elena sonrió.
—Cinco minutos sin interrogatorios.
—Eres cruel.
—Estoy aprendiendo.
Marcos intentó acercarla otra vez, pero ella apoyó una mano sobre su pecho.
—He dicho que no voy a acostarme contigo.
—Ahora mismo empiezo a considerar esa decisión personalmente ofensiva.
Elena tuvo que contener una sonrisa.
—Acostúmbrate.
Lo acompañó hasta la puerta. Antes de salir, Marcos volvió a mirarla con una mezcla de deseo y frustración que consiguió exactamente el efecto que Elena buscaba.
Cuando cerró, permaneció unos segundos apoyada contra la madera.
La excitación seguía recorriéndole el cuerpo y durante un momento estuvo a punto de abrir de nuevo.
No lo hizo. Había descubierto que desear a Marcos podía ser tan intenso como tenerlo y, sobre todo, que por primera vez era ella quien decidía hasta dónde llegaban.
Las horas siguientes transcurrieron entre preparativos y silencios.
A media tarde salieron hacia el aeropuerto.
Elena, Nuria y Sergio viajaron juntos, mientras Andrés y Marcos permanecían todavía en el hotel.
Nadie quiso hablar demasiado durante el trayecto.
Habían abandonado Estambul apenas dos días después de llegar y, sin embargo, Elena tenía la sensación de haber vivido allí una semana completa.
Miró por última vez el Bósforo desde el taxi y sintió cierta nostalgia anticipada.
La ciudad había despertado algo en ella que no tenía únicamente que ver con Marcos: una versión más libre, más atrevida y menos dispuesta a obedecer las reglas con las que había construido su vida adulta.
En el aeropuerto, Elena no pudo evitar buscar entre los pasajeros algún rostro conocido.
El billete de Daniel permanecía guardado en su bolso y la coincidencia del horario le resultaba imposible de ignorar.
Esperó hasta que llegaron a la puerta de embarque para sacar la fotografía de la reserva y comprobar de nuevo todos los datos.
—¿Esperas que aparezca? —preguntó Nuria.
—No lo sé.
—Yo sí.
Elena la miró.
—¿Qué esperas?