LO QUE EL DESEO NO OLVIDA CAPÍTULO VI La fotografía de la habitación 317 #2
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CAPÍTULO VI La fotografía de la habitación 317 #2

Sergio confesó que precisamente por eso había aceptado viajar a Estambul con Marcos.

Durante meses había intentado convencerse de que la imagen podía estar manipulada o de que aquel hombre era simplemente alguien parecido.

Pero Daniel había sido su amigo mucho antes de que existiera el grupo y, aunque habían pasado décadas, creía reconocerlo.

Después de su desaparición lo había buscado durante meses.

Hospitales, comisarías, antiguos conocidos, lugares en los que podía haberse refugiado.

Había continuado hasta comprender que aquella búsqueda empezaba a impedirle vivir.

—Si está vivo —dijo finalmente—, decidió no volver.

Aquella frase dejó a Elena incómodamente silenciosa. Nunca había pensado en la posibilidad de encontrar a Daniel y descubrir que no quería ser encontrado.

Sergio dejó entonces la memoria USB sobre la mesa. Todavía no la había abierto. Marcos consideró que no debían hacerlo en un lugar público y Elena estuvo de acuerdo. Regresaron al hotel en taxi.

Durante el trayecto, Sergio ocupó el asiento delantero y Marcos se sentó junto a Elena.

Ninguno habló demasiado. La ciudad desfilaba al otro lado de las ventanillas mientras ella intentaba ordenar todo lo que acababa de escuchar.

En algún momento, Marcos apoyó la mano sobre su pierna.

Elena bajó los ojos hacia ella. Podía haberla apartado, pero no lo hizo.

El pulgar de Marcos empezó a moverse lentamente sobre la tela del pantalón y Elena sintió una corriente de deseo tan inoportuna como real. Permaneció unos segundos disfrutando del contacto antes de acercar la boca a su oído.

—Luego.

Marcos giró ligeramente la cabeza.

—Eso no se hace.

—Acabo de hacerlo.

Elena retiró con suavidad la mano de su pierna y volvió a mirar por la ventanilla.

Le gustó comprobar que era ella quien había dejado a Marcos esperando.

Algo estaba cambiando en la relación entre ambos: el deseo seguía siendo intenso, pero ya no se limitaba a dejarse llevar.

Empezaba a utilizarlo, disfrutarlo y controlarlo.

Cuando regresaron al hotel, Nuria y Andrés se reunieron con ellos en la habitación de Sergio. Nadie sabía todavía qué contenía la memoria. La conectaron al portátil y encontraron una carpeta con tres fotografías y un vídeo.

La primera imagen mostraba la fachada del Hotel Rinaldi. La segunda, la puerta de la habitación 317. La tercera era mucho más antigua y Elena tardó unos segundos en reconocerla. Aparecían ellos durante el viaje de juventud, pero solamente cinco. Daniel no estaba.

La fecha correspondía al día siguiente de aquella otra fotografía junto al coche.

Elena intentó recordar dónde se encontraba Daniel en aquel momento. Sergio tampoco pudo hacerlo. Nuria negó lentamente con la cabeza. Fue Andrés quien, después de observar la pantalla durante varios segundos, recuperó el recuerdo.

Daniel estaba en un hospital. La información produjo un cambio inmediato en la habitación.

Elena sabía que algo había ocurrido durante aquel viaje, pero no recordaba ningún ingreso.

Andrés explicó que alguien había encontrado a Daniel inconsciente junto a una carretera.

Había pasado varias horas en observación y regresó al grupo al día siguiente.

Entonces todos aceptaron su petición de no hablar del asunto.

Elena observó a Marcos y comprendió por su expresión que aquello no era nuevo para él.

—Tú lo sabías.

Marcos asintió.

—Daniel nos pidió que no te lo contáramos.

Aquella explicación empezaba a repetirse demasiado. Daniel había repartido secretos entre ellos y cada uno parecía haber conservado durante décadas la parte que le correspondía.

Sergio añadió entonces un detalle que ni siquiera Nuria conocía. Daniel no había sido encontrado solo. Cerca de él estaba la mujer del pañuelo rojo.

Elena sintió que un nuevo fragmento del pasado se abría ante ella.

La mujer había aparecido en Roma, había hablado con Daniel el día de la fotografía y ahora resultaba estar presente también cuando lo encontraron inconsciente.

Dejaba de ser una figura periférica para convertirse en alguien situado en el centro de todo.

Sergio movió el cursor hasta el último archivo y abrió el vídeo.

Durante los primeros segundos la pantalla permaneció en negro, hasta que apareció una habitación grabada desde una posición fija.

Elena reconoció inmediatamente el espejo, la ventana y la distribución de los muebles: era la 317.

Un hombre estaba sentado de espaldas y, durante unos instantes, ninguno de ellos se movió ni pronunció una palabra.

Cuando finalmente giró hacia la cámara, el tiempo parecía haber transformado casi todo en él: el cabello era gris, el rostro mucho más delgado y las facciones se habían endurecido.

Aun así, Elena supo quién era antes de escucharlo hablar.

Era Daniel, y la fecha situada en una esquina de la grabación correspondía a ocho meses atrás.

Daniel permaneció unos segundos mirando directamente hacia la cámara y después habló con una serenidad que resultaba mucho más perturbadora que cualquier gesto dramático.

Dijo que, si estaban viendo aquel vídeo, significaba que Elena había empezado a recordar.

Les pidió que no viajaran todos juntos a Roma y añadió una advertencia especialmente dirigida a ellos: bajo ninguna circunstancia debían permitir que Marcos entrara en la habitación 317.

El vídeo terminó. Durante varios segundos nadie habló.

Elena continuó mirando la pantalla negra mientras sentía la presencia de Marcos detrás de ella.

Hacía apenas unos minutos había disfrutado provocando su deseo en el asiento trasero de un taxi.

La noche anterior había vuelto a descubrir su cuerpo después de veintisiete años y, pese a todas las sospechas, seguía sintiéndose atraída por él de una manera que le resultaba difícil controlar.

Ahora un hombre desaparecido durante casi tres décadas acababa de reaparecer en una grabación para advertirles específicamente de Marcos.

Elena se volvió lentamente hacia él. Marcos permanecía inmóvil, con el rostro tenso y los ojos fijos en la pantalla. Por primera vez desde que habían llegado a Estambul, ella comprendió que el deseo y el miedo podían dirigirse hacia la misma persona sin anularse entre sí.