CAPÍTULO VI La fotografía de la habitación 317
Encontró a Marcos en el vestíbulo, hablando por teléfono junto a uno de los grandes ventanales.
Terminó la conversación en cuanto la vio acercarse.
Parecía haber dormido tan poco como ella y, pese a la irritación que todavía sentía, Elena volvió a experimentar aquella reacción física que empezaba a cansarla por lo inoportuna.
Conocía de nuevo su cuerpo, recordaba cómo se había sentido entre sus brazos y, al mismo tiempo, cada nueva pieza del misterio parecía colocarlo en una posición más comprometida.
—Sergio me ha enviado esto.
—Sabes qué es.
Marcos asintió. Le propuso salir del hotel antes de hablar y Elena aceptó, aunque dejó claro que esta vez esperaba una explicación completa.
Caminaron hacia el agua mientras Karaköy despertaba a su alrededor entre tranvías, comercios, cafeterías y un tráfico que comenzaba a llenar las avenidas.
Durante unos minutos Marcos permaneció callado.
Elena se negó a llenar el silencio con preguntas.
Si quería contarle algo, tendría que hacerlo sin que ella se lo arrancara palabra a palabra.
Finalmente explicó que ocho meses antes, durante el viaje que había realizado con Sergio, alguien los había citado en Sirkeci.
La persona aseguraba poseer información sobre Daniel y les había indicado una cafetería y una hora concreta.
Esperaron durante casi dos horas, pero nadie apareció.
Cuando estaban a punto de marcharse, Sergio recibió varias imágenes en el teléfono.
Solo permitió que Marcos viera una de ellas.
—Era la habitación 317 del Rinaldi —dijo.
Elena recordó la llave escondida en el bolso.
—¿Y las demás?
—Nunca quiso enseñármelas.
Aquella respuesta era frustrante, pero al menos no abrió otra cadena de interrogatorios.
Marcos le contó que discutieron por ello y que Sergio terminó convenciéndose de que todo era una provocación.
Regresaron sin haber averiguado quién los había llevado hasta Estambul ni qué relación tenía aquella habitación con la desaparición de Daniel.
Elena volvió a llamar a Sergio. El teléfono sonó varias veces y terminó cortándose. Recordó entonces que Andrés lo había oído preguntar por Sirkeci antes de salir y propuso dirigirse al mismo lugar donde Marcos había sido citado ocho meses atrás. Tomaron un taxi.
Durante el trayecto, Elena permaneció junto a la ventanilla mientras Marcos revisaba mensajes.
Su mano descansaba sobre el asiento, demasiado cerca del muslo de ella.
Quizá fuera accidental, aunque ya empezaba a dudar de que muchas cosas entre ellos lo fueran.
Elena lo miró y descubrió que él también la observaba.
—No empieces.
Marcos sonrió.
—No estoy haciendo nada.
—Ese es precisamente el problema.
Elena apartó los ojos hacia la calle, aunque no pudo evitar sonreír.
Aquella facilidad entre ambos seguía gustándole más de lo conveniente.
La atracción aparecía incluso cuando estaba enfadada y, en cierto modo, empezaba a disfrutar de la posibilidad de devolvérsela sin concederle siempre lo que esperaba.
Antes de llegar, dejó que sus dedos rozaran brevemente los de Marcos y los retiró inmediatamente.
La mirada que él le dirigió confirmó que el gesto había conseguido exactamente lo que pretendía.
Sirkeci estaba ya lleno de actividad. La antigua estación, los pequeños hoteles, las calles que descendían hacia el agua y los embarcaderos formaban un laberinto mucho más amplio de lo que Elena había imaginado.
Marcos los condujo hasta una calle lateral y se detuvo frente a una cafetería estrecha situada en la planta baja de un edificio antiguo.
Era allí donde habían esperado ocho meses antes.
El camarero apenas hablaba inglés, pero después de observar durante unos segundos una fotografía de Sergio aseguró haberlo visto aquella misma mañana.
Recordaba que había salido acompañado por otro hombre, mayor, de cabello casi blanco y vestido con una chaqueta oscura.
No sabía quién era ni de dónde había aparecido.
Solo pudo señalar que ambos habían caminado en dirección al agua.
Salieron de nuevo a la calle. Elena estaba a punto de llamar otra vez a Sergio cuando recibió una llamada de Nuria.
Su amiga llevaba horas pensando en el mensaje de voz y quería aclararle algo: no le había contado a Sergio absolutamente nada acerca de la llave.
No había hablado con él desde la noche anterior.
Aquello eliminaba una sospecha y creaba otra mucho peor.
Nuria añadió que ella también había recibido un mensaje durante la noche. No lo había comentado porque pensó que se trataba de otra provocación, pero después de la desaparición temporal de Sergio empezaba a interpretarlo de manera distinta. La frase era breve: «Mañana volveréis a ser cinco».
Elena sintió un estremecimiento. Le pidió que le enviara una captura y terminó la llamada.
—¿Qué ocurre? —preguntó Marcos.
Elena decidió contárselo. La frase podía interpretarse de varias maneras, pero todas eran desagradables. Marcos señaló inmediatamente que ya eran cinco. Elena le recordó que al principio habían sido seis y la comprensión apareció en su rostro sin necesidad de añadir nada.
Continuaron hacia los embarcaderos. Poco después recibieron la captura de Nuria y Elena comprobó que el número desde el que había llegado aquel mensaje no coincidía con el que le había enviado a ella la fotografía del hombre de la chaqueta verde.
Podían estar utilizando varios teléfonos o quizá hubiera más de una persona participando en aquello.
Ninguna posibilidad resultaba tranquilizadora.
Pasaron frente a un pequeño pasaje comercial cuando Marcos se detuvo.
Elena siguió la dirección de su mirada y distinguió a Sergio saliendo de un edificio unos cincuenta metros más adelante.
Caminaba junto a un hombre de cabello blanco que encajaba perfectamente con la descripción del camarero.
Marcos pronunció su nombre en voz alta y Sergio giró la cabeza.
La reacción no fue de alivio, sino de miedo.
El desconocido se alejó después de intercambiar unas palabras con él.
Sergio permaneció esperando y, cuando Elena y Marcos llegaron, parecía mucho más cansado de lo que había estado la noche anterior.
Marcos quiso saber quién era el hombre, pero Sergio evitó responder.
Elena percibió que otra discusión no conduciría a ninguna parte y le mostró simplemente el mensaje de voz que él mismo le había enviado.
—Explícame por qué sabías que yo tenía la llave.
Sergio miró primero el teléfono y después a Marcos.
—No aquí.
Aquellas dos palabras fueron suficientes.
Los condujo hasta una pequeña plaza cercana y eligió una mesa apartada.
Durante varios minutos estuvo más atento a quienes pasaban por la calle que a ellos.
Finalmente contó que había recibido instrucciones esa misma madrugada.
Una fotografía del edificio, una hora determinada y la orden de acudir solo. Si no lo hacía, no recibiría nada.
Sergio reconoció que había obedecido porque ocho meses atrás ya había recibido mensajes similares y porque estaba cansado de no saber quién llevaba tanto tiempo moviendo los hilos.
El hombre de cabello blanco era únicamente un intermediario.
No había querido dar su nombre ni responder preguntas.
Se limitó a entregarle una pequeña memoria USB y una fotografía impresa.
La imagen mostraba una habitación de hotel de aspecto antiguo: paredes claras, muebles de madera oscura, una cama ligeramente deshecha y un gran espejo situado frente a ella.
—La 317 —dijo Sergio.
Elena cogió la fotografía. La habitación no significaba nada para ella, pero Sergio reconoció entonces algo que nunca había contado a Marcos: había estado allí en 1999, durante aquel viaje a Roma anterior a la desaparición de Daniel. Y no había ido solo. Daniel lo acompañaba.
También estaba allí la mujer del pañuelo rojo.
Elena sintió que las piezas empezaban a acercarse.
Sergio explicó que Daniel le había pedido que fuera con él sin darle demasiados detalles.
La mujer los esperaba en la habitación y habló durante casi una hora con Daniel mientras Sergio permanecía allí como una especie de testigo incómodo.
Decía conocer información relacionada con la familia de Daniel y con algo sucedido muchos años antes, aunque jamás explicó todo delante de él.
—¿Por qué te llevó a ti? —preguntó Elena.
Sergio miró hacia Marcos antes de responder.
—Porque no confiaba en él.
Marcos dejó escapar una sonrisa amarga, pero Elena evitó que la conversación derivara hacia otra disputa. Lo importante era la fotografía que Sergio había recibido ocho meses atrás. Él sacó el teléfono y la buscó.
La imagen mostraba la misma habitación, pero muchos años después.
La decoración había cambiado y la calidad de la fotografía era claramente reciente.
Sergio amplió una zona del espejo. En el reflejo aparecía un hombre parcialmente fuera del encuadre.
El rostro estaba borroso, aunque podían apreciarse el cabello gris, la constitución y una postura que despertó en Elena una sensación inmediata de familiaridad.
Elena no necesitó formular la pregunta y Sergio tampoco pareció dispuesto a responderla. Ambos sabían a quién podía pertenecer aquel reflejo. La fotografía, fechada apenas nueve meses atrás, abría por primera vez la posibilidad real de que Daniel hubiera seguido vivo durante todos aquellos años.
Elena sintió que la historia cambiaba de naturaleza. Hasta ese momento habían estado reconstruyendo lo sucedido antes de una desaparición ocurrida hacía veintisiete años. Ahora existía la posibilidad de que Daniel hubiera permanecido vivo durante todo aquel tiempo.