LO QUE EL DESEO NO OLVIDA Capítulo V El sobre blanco
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Capítulo V El sobre blanco

Elena permaneció unos segundos contemplando a Nuria.

Aquella última respuesta alteraba de nuevo el sentido de los recuerdos que había recuperado durante la noche.

Daniel no había empezado a sentirse perseguido durante el viaje en el que todos estaban juntos; algo había sucedido antes, en Roma, y tanto Sergio como Nuria habían estado presentes cuando comenzó.

La mujer del pañuelo rojo tampoco había aparecido casualmente junto a aquella carretera meses después.

Daniel ya la conocía, o al menos había hablado con ella durante aquellas horas que nadie parecía capaz de explicar.

—¿Volvisteis a verla después de Roma?

Nuria negó. Según recordaba, no hasta el día de la fotografía.

Cuando la reconoció junto a la carretera pensó que se trataba de una coincidencia extraordinaria, pero Daniel no reaccionó como alguien sorprendido por encontrarse inesperadamente con una conocida.

Se acercó a ella como si hubiera estado esperando verla.

Sergio también pareció reconocerla, aunque después jamás quiso hablar del asunto.

Elena abrió el bolso y dudó antes de introducir la mano. Había ocultado demasiadas cosas desde que comenzó el viaje, pero aquella conversación acababa de convertir una de ellas en algo que quizá Nuria pudiera explicar. Sacó la pequeña llave encontrada en el sobre blanco y la dejó sobre la cama.

—¿Has visto esto alguna vez?

Nuria tardó apenas unos segundos en reaccionar. Cogió la llave por la etiqueta de cartón, leyó el número 317 y después la giró hasta encontrar la R escrita en la parte posterior. Elena observó cómo su rostro perdía lentamente el color.

—¿Dónde la has conseguido?

Elena le contó lo ocurrido antes del amanecer: los golpes en la puerta, el pasillo vacío, el sobre idéntico al que Daniel había recibido veintisiete años atrás y el mensaje que le pedía averiguar quién conocía a la mujer del pañuelo rojo.

Nuria escuchó en silencio, sosteniendo todavía la llave entre los dedos.

—Es del Rinaldi.

Elena no comprendió.

—¿Qué es el Rinaldi?

—El hotel de Roma.

Aquellas palabras provocaron un escalofrío inmediato.

Nuria le explicó que el Hotel Rinaldi era una pequeña pensión en la que habían estado alojados durante aquel viaje anterior.

No recordaba la calle exacta, solo que quedaba a poca distancia del centro y que el edificio era viejo, con un ascensor diminuto encerrado tras una reja metálica y unas llaves demasiado grandes que debían dejar siempre en recepción.

Las habitaciones de ellos estaban en la segunda planta. Ninguno había dormido en la 317.

—Entonces ¿por qué reconoces la llave?

Nuria volvió a observarla.

—Porque vi salir a Daniel de esa habitación.

Elena sintió que el número adquiría de pronto un significado mucho más concreto.

Nuria había regresado al hotel una tarde para cambiarse de ropa y, mientras subía por las escaleras, encontró a Daniel saliendo de la habitación 317.

Él se sobresaltó al verla y cerró rápidamente la puerta.

Nuria llegó a preguntarle qué hacía allí, pero Daniel aseguró que se había equivocado de planta.

Ella no le creyó, aunque tampoco insistió.

Minutos después vio salir de la misma habitación a la mujer del pañuelo rojo.

Elena recuperó la llave de las manos de su amiga y la observó con una inquietud nueva.

Si aquella era realmente la llave de la habitación 317 del Rinaldi, alguien la había conservado durante veintisiete años para hacérsela llegar precisamente ahora, dos días antes de que Marcos pretendiera llevarlos a Roma.

La cadena de coincidencias comenzaba a resultar imposible de sostener.

—¿El hotel sigue existiendo?

Nuria no lo sabía. Elena buscó inmediatamente el nombre en el teléfono, pero los resultados fueron confusos.

Aparecían varios establecimientos con nombres similares, ninguno de los cuales parecía corresponder claramente al lugar que Nuria recordaba.

Aquello no significaba nada después de casi tres décadas; podía haber cambiado de nombre, de propietarios o simplemente haber desaparecido.

Elena guardó de nuevo la llave.

—Necesitamos hablar con Sergio.

Nuria asintió, aunque la idea no pareció gustarle. Había algo en su forma de hablar de él que Elena no terminaba de entender. No era únicamente desconfianza. Parecía existir también una antigua decepción, quizá relacionada con todo aquello que Sergio había compartido con Daniel sin incluirla.

Salieron de la habitación y fueron primero a llamar a la puerta de Sergio. Nadie respondió. Elena intentó telefonearlo de nuevo mientras permanecían en el pasillo, pero la llamada terminó desviándose al buzón de voz. Repitió el intento una segunda vez con idéntico resultado.

—Quizá ha salido —dijo Nuria.

—A estas horas y sin decir nada.

—Últimamente ninguno estamos explicando demasiado lo que hacemos.

Elena no pudo discutirlo. Cuando regresaron al ascensor encontraron a Andrés saliendo de él con una botella de agua y un aspecto considerablemente menos festivo que la noche anterior.

Al preguntar por Sergio, les confirmó que lo había visto antes del amanecer.

Había llamado a su puerta aproximadamente a las cinco y cuarto, vestido y preparado para salir, y le había preguntado si sabía cuánto se tardaba en llegar hasta la zona de Sirkeci.

Andrés, medio dormido, apenas le prestó atención.

Recordaba únicamente que Sergio parecía nervioso y que llevaba una pequeña mochila.

—¿Te dijo adónde iba? —preguntó Elena.

—No. Me dijo que necesitaba comprobar una cosa.

—¿Y no te pareció raro?

Andrés la miró con cansancio.

—Desde que llegamos todo me parece raro.

Elena comprobó la hora mentalmente. Sergio había abandonado el hotel poco antes de que apareciera el sobre blanco bajo su puerta.

La proximidad temporal era suficiente para despertar una sospecha que no deseaba formular todavía.

Podía significar que Sergio había dejado el sobre o exactamente lo contrario: que alguien había esperado a que se marchara para hacerlo.

Le enseñó a Andrés únicamente la fotografía antigua, sin mencionar la llave.

Quiso saber si recordaba a la mujer que la había tomado, pero él negó.

La escena estaba demasiado lejos en su memoria.

Recordaba la carretera, el coche e incluso haber discutido con Sergio por alguna tontería antes de detenerse, pero ninguna mujer.

Cuando Elena mencionó el pañuelo rojo, tampoco obtuvo reacción alguna.

—¿Seguro?

—Elena, hace veintisiete años. No recuerdo qué desayuné ayer.

Nuria lo observó.

—Curiosamente todos recordamos justo cosas distintas.

Andrés dejó escapar una sonrisa cansada.

—O quizá todos estamos inventando un poco sin saberlo.

La posibilidad era incómoda precisamente porque resultaba razonable.

Elena llevaba toda la noche recuperando escenas con una viveza extraordinaria, pero Marcos había tenido razón al recordarle que la memoria no era una grabación.

Podían estar completando los huecos, deformando momentos, convirtiendo sospechas antiguas en certezas presentes.

Sin embargo, la llave existía. La fotografía existía.

El billete de Daniel existía. Y alguien estaba utilizando detalles reales de 1999 para conducirlos hacia algún lugar.

Bajaron los tres al vestíbulo. Elena preguntó discretamente en recepción si sabían a qué hora había salido Sergio. El empleado comprobó la información y recordó haberle pedido un taxi poco después de las cinco y veinte. El destino figuraba en el registro: Sirkeci.

Andrés soltó una pequeña maldición.

—Entonces no estaba paseando.

Elena pidió al empleado que intentara localizar el taxi o comprobar si Sergio había solicitado después algún otro servicio, pero no había más información. Dejó su número por si regresaba y se apartó de recepción con una sensación creciente de urgencia.

Sirkeci no estaba lejos. Podían ir a buscarlo, aunque no sabían dónde.

La estación, los embarcaderos, restaurantes, hoteles y cientos de calles hacían absurda cualquier búsqueda improvisada.

Nuria propuso esperar. Andrés, en cambio, quería llamar a la policía.

Elena rechazó ambas opciones por el momento.

Sergio llevaba ausente apenas un par de horas y no podían denunciar la desaparición de un adulto simplemente porque hubiera salido del hotel sin avisar.

—¿Y qué hacemos? —preguntó Andrés.

Elena pensó en Marcos. Una parte de ella deseaba llamarlo inmediatamente.

Otra recordaba la advertencia de Daniel y aquella frase recibida por correo ocho meses atrás: cuando ella empiece a recordar, todo volverá a ponerse en marcha.

Marcos había sabido desde antes de llegar que Elena ocupaba algún lugar central en todo aquello y había decidido no contárselo.

—De momento, nada. Si Sergio quiere que lo encontremos, llamará.

Subió de nuevo a su habitación poco después.

Necesitaba unos minutos sola. Había dormido apenas nada y empezaba a sentir el agotamiento mezclándose con una excitación nerviosa que le impedía detenerse.

Al cerrar la puerta recordó de manera involuntaria a Marcos apoyándola contra aquella misma mesa apenas unas horas antes.

La memoria de su boca sobre el cuello y de sus manos recorriéndola seguía resultando demasiado inmediata.

Elena se irritó consigo misma al descubrir que, incluso en aquel momento, podía sentir un destello de deseo al recordarlo.

El cuerpo parecía no entender de sospechas.

Se obligó a concentrarse. Colocó sobre la mesa todo lo que poseía: la fotografía de 1999, el billete de Daniel a Roma, la tarjeta que demostraba que Marcos había estado anteriormente en Estambul, el sobre blanco y la llave del Rinaldi.

Por primera vez los contempló no como objetos independientes, sino como una secuencia.

Alguien había empezado a moverlos mucho antes de que ellos fueran conscientes.

Marcos recibió un correo ocho meses atrás.

Sergio recibió una fotografía. Ambos viajaron a Estambul.

Meses después, Marcos reunió de nuevo al grupo.

En cuanto Elena comenzó a recordar, reaparecieron la fotografía antigua, la mujer del pañuelo rojo, Roma y la habitación 317.

El teléfono vibró sobre la mesa. Elena lo cogió esperando encontrar un mensaje de Sergio, pero era Marcos.

Le preguntaba si estaba con Nuria y, antes de que pudiera responder, llegó un segundo mensaje: «Sergio no está en el hotel».

Elena sintió un acceso de irritación. Marcos seguía sabiendo cosas antes de que ella pudiera contárselas.

Escribió únicamente «Ya lo sé» y recibió casi de inmediato una nueva respuesta: «Tenemos que hablar».

Elena estuvo a punto de escribirle que aquella frase empezaba a resultarle insoportable, pero se contuvo.

Hablarían, sí, aunque esta vez sería ella quien decidiera qué información compartir.

Antes de guardar el teléfono recibió una notificación distinta: un mensaje de voz enviado por Sergio.

Se quedó inmóvil al ver que duraba apenas diecinueve segundos y lo reprodujo.

Durante los primeros instantes solo se escuchaba ruido ambiente: motores, voces lejanas y lo que parecía el sonido de una embarcación. Después apareció la respiración agitada de Sergio.

—Elena, si ya tienes la llave, no se la enseñes a Marcos. Escúchame bien. No se la des a nadie.

Hubo un golpe, como si el teléfono hubiera rozado algo, y durante unos segundos la voz desapareció entre el ruido.

—Y no vayáis a Roma todavía. La habitación 317...

La grabación se interrumpió durante apenas un instante antes de que Sergio volviera a hablar, ahora mucho más bajo.

—La habitación 317 no estaba vacía.

El mensaje terminó y Elena permaneció unos segundos mirando la pantalla sin moverse.

Lo escuchó una segunda vez y después una tercera, intentando comprender no solo la advertencia sobre Marcos o aquella frase enigmática acerca de la habitación 317, sino algo mucho más inmediato e inquietante: Sergio sabía que ella tenía la llave, aunque Elena no se lo había contado a nadie salvo a Nuria.