LO QUE EL DESEO NO OLVIDA CAPÍTULO IV La noche que había olvidado #3
24%

CAPÍTULO IV La noche que había olvidado #3

Aquello volvía todavía más desconcertante el recuerdo de Sergio.

Si Daniel aparecía en la fotografía y Elena acababa de recordar a la mujer que había apretado el disparador, ¿por qué él estaba convencido de que Daniel había permanecido detrás de la cámara?

Y había algo todavía más inquietante: aquella desconocida regresaba ahora a su memoria acompañada de una sensación intensa de familiaridad que Elena no conseguía explicar.

Intentó reconstruir mejor su rostro y consiguió recuperar algunos detalles: cabello oscuro, gafas de sol y un pañuelo rojo anudado al cuello.

Después de hacer la fotografía, la mujer había hablado con Daniel durante unos minutos, apartados del resto.

Elena cerró los ojos y dejó que el recuerdo avanzara.

Cuando Daniel regresó junto al grupo estaba pálido.

Marcos le preguntó qué ocurría y él respondió que nada, pero Elena recordaba ahora un gesto que entonces no le había parecido importante: antes de subir al coche, Daniel guardó algo en el bolsillo de su chaqueta.

Era un sobre pequeño y blanco, muy distinto al de color marfil que había recibido en Estambul.

Aquella misma tarde, mientras los demás se bañaban, Daniel fue a buscarla. Estaban en una pequeña cala. Elena salía del agua cuando él la llamó desde unas rocas. Se puso una toalla alrededor del cuerpo y fue hacia él.

—¿Qué pasa?

Daniel parecía distinto. Ya no estaba enfadado. Estaba asustado.

—Necesito hablar contigo.

—Pues habla.

—A solas.

—Estamos solos.

Daniel miró hacia donde estaban Marcos y los demás.

—No aquí.

Elena empezó a impacientarse.

—Llevas dos días comportándote como un loco.

—Porque hay cosas que no sabes.

—Todo el mundo me dice lo mismo. Empiezo a cansarme.

Daniel se acercó.

—Prométeme que, si ocurre algo, no vas a creerle.

Elena frunció el ceño.

—¿A quién?

Daniel miró hacia Marcos.

—A él.

La memoria volvió a romperse.

Elena sintió una presión en las sienes. Quiso obligarse a avanzar, pero lo único que consiguió recuperar fue la imagen de Daniel agarrándola por la muñeca.

—Escúchame. No importa lo que te diga. No importa lo que diga cualquiera. Si algún día desaparezco, no le creas.

Elena abrió los ojos sobresaltada. La habitación estaba completamente silenciosa.

Durante unos segundos no supo si aquel recuerdo era real o si su mente estaba completando la historia utilizando todo lo que había sucedido durante los últimos días.

Sin embargo, podía sentir todavía la presión de la mano de Daniel alrededor de su muñeca, ver el miedo en sus ojos y recordar algo más: ella se había enfadado.

—Eres un imbécil —le había dicho—. Estás celoso y estás intentando convertirlo en otra cosa.

Daniel la soltó.

—Ojalá fuera solo eso.

Después se marchó.

Elena permaneció junto a aquellas rocas sintiéndose furiosa.

Marcos llegó unos minutos después.

—¿Qué quería?

—Nada.

—¿Ha vuelto a hablar de mí?

Elena lo miró.

—¿Por qué tendría que hacerlo?

Marcos bajó los ojos hacia la marca roja que Daniel había dejado en su muñeca.

—Porque está obsesionado contigo.

—No está obsesionado conmigo.

—Entonces ¿qué quería?

Elena dudó.

—Me ha dicho que no confíe en ti.

Marcos se quedó quieto.

—¿Eso ha dicho?

—Sí.

—¿Y tú qué has contestado?

Elena sonrió, se acercó a él y le rodeó el cuello con los brazos.

—Que es un imbécil.

Marcos la besó.

En aquel momento, a sus veintidós años, aquello había sido suficiente.

Ahora no. Elena abrió los ojos y contempló la ciudad.

Las primeras luces del amanecer comenzaban a aclarar el horizonte sobre Estambul.

Había pasado prácticamente toda la noche reconstruyendo unas pocas horas de hacía veintisiete años y, sin embargo, tenía la sensación de haber abierto una puerta que llevaba demasiado tiempo cerrada.

Marcos y ella habían sido amantes durante más tiempo del que recordaba.

Daniel estaba enamorado de ella o, al menos, todos habían interpretado así su comportamiento.

Una mujer desconocida había tomado la fotografía y después había entregado algo a Daniel.

Aquella misma tarde, él había advertido a Elena de que no confiara en Marcos.

Tres meses después, Daniel desapareció. Elena tomó el teléfono y dudó unos segundos antes de escribir a Marcos: «Necesito verte.

Ahora». La respuesta llegó casi inmediatamente: «¿Ha ocurrido algo?

». Elena miró la fotografía sobre la mesa y volvió a escuchar en su memoria la advertencia de Daniel: si algún día desaparezco, no le creas.

Finalmente escribió solo: «He empezado a recordar».

Marcos tardó casi un minuto en contestar.

Cuando apareció el mensaje —«No hagas nada hasta que llegue»—, Elena lo leyó dos veces.

No sabía exactamente por qué, pero aquellas palabras le produjeron más inquietud que cualquier otra cosa ocurrida desde que habían aterrizado en Estambul.

Estaba a punto de responder cuando alguien llamó a la puerta.

Miró la hora: eran las cinco y cuarenta y tres.

Marcos no podía haber llegado tan rápido.

Se levantó despacio y avanzó por la habitación.

—¿Quién es?

Nadie respondió. Elena permaneció inmóvil, esperando, hasta que volvieron a llamar: tres golpes suaves y perfectamente espaciados.

Se acercó sin hacer ruido y miró por la mirilla, pero el pasillo estaba vacío.

Esperó unos segundos antes de abrir apenas la puerta y comprobar que tampoco había nadie a derecha ni izquierda.

Estaba a punto de regresar a la habitación cuando vio algo en el suelo.

Era un sobre pequeño y blanco, exactamente igual al que Daniel había guardado en el bolsillo de su chaqueta veintisiete años atrás.