CAPÍTULO IV La noche que había olvidado #2
Allí habían vuelto a besarse. Esta vez el recuerdo no se detuvo.
Marcos la apoyó suavemente contra una pared tibia por el calor acumulado durante el día.
Elena tenía las manos bajo su camisa y podía sentir la piel húmeda de su espalda.
Él recorrió con los labios su cuello mientras las manos descendían por su cintura.
Elena cerró los ojos y se abandonó durante unos segundos a aquella sensación, consciente de que apenas unos metros más abajo dormían huéspedes, podían regresar sus amigos y cualquiera podía subir inesperadamente a la terraza.
—Marcos...
—¿Qué?
—Como alguien aparezca...
—Nos esconderemos entre las sábanas.
Elena había reído, pero la risa desapareció cuando él volvió a besarla.
Recordó ahora el tacto de sus dedos recorriendo sus piernas, subiendo despacio por debajo de la falda y la intensidad con que su cuerpo había reaccionado.
Ella había tirado de la camisa de Marcos hasta sacarla del pantalón y deslizado las manos sobre su torso, sin ninguna voluntad real de detener aquello.
No llegaron más lejos. Un ruido procedente de la escalera los obligó a separarse y Elena recordó con claridad el sobresalto, la respiración todavía acelerada y la mano de Marcos sujetando la suya mientras ambos se escondían detrás de varias sábanas tendidas.
Alguien apareció en la terraza y, cuando Elena consiguió distinguir quién era, sintió que todo el calor de aquel momento desaparecía de golpe. Era Daniel.
Daniel permaneció durante unos segundos junto a la puerta, mirando alrededor.
No podía verlos desde donde estaban, pero quizá había escuchado algo.
Elena recordaba estar pegada al cuerpo de Marcos, con la falda todavía levantada parcialmente y el corazón golpeándole el pecho con una violencia que ya no tenía nada que ver únicamente con el deseo.
Daniel encendió un cigarrillo y permaneció allí durante varios minutos, en silencio, como si esperara que fueran ellos quienes decidieran salir de su escondite. Finalmente dio una calada, dejó escapar el humo despacio y habló.
—Sé que estáis ahí.
Elena abrió los ojos en Estambul.
Se levantó de la cama y caminó hasta la ventana, intentando respirar con normalidad. Aquello también había ocurrido.
Volvió al recuerdo. Marcos había querido salir, pero Elena lo sujetó por el brazo. Daniel dio una calada al cigarrillo y se acercó lentamente hacia las sábanas.
—No hace falta esconderse.
Marcos apareció primero.
—No nos escondíamos.
Daniel soltó una risa sin humor.
—Claro.
Elena salió detrás, arreglándose la falda. Recordó perfectamente la mirada de Daniel. No estaba dirigida a Marcos, sino a ella.
—¿Qué quieres? —preguntó Elena.
—Nada.
—Pues entonces déjanos.
Daniel tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con el pie.
—No sabes lo que estás haciendo.
Marcos avanzó un paso.
—No empieces.
—No estoy hablando contigo.
Elena sintió que aquella frase regresaba acompañada de una tensión que entonces no había sabido interpretar.
—Soy bastante mayor para saber con quién me acuesto.
Daniel la miró fijamente.
—Ese no es el problema.
Marcos se tensó.
—Cállate.
Daniel sonrió.
—¿Ves? Ya empezamos.
—¿Qué problema? —preguntó Elena.
Ninguno respondió.
—Daniel, ¿qué problema?
Él mantuvo la mirada unos segundos antes de negar con la cabeza.
—Pregúntale.
Entonces se marchó. Elena recordó haber exigido una explicación.
Marcos aseguró que Daniel estaba borracho, que llevaba varios días comportándose de manera extraña y que probablemente estaba celoso.
Elena le preguntó de qué podía estar celoso y Marcos evitó responder.
Terminaron discutiendo. Después se besaron de nuevo, quizá porque a los veintidós años resultaba mucho más fácil convertir una discusión en deseo que enfrentarse a aquello que la había provocado.
El recuerdo siguiente la llevó hasta su habitación. Nuria todavía no había regresado y, cuando Marcos cerró la puerta tras ellos, Elena comprendió que aquella vez no tendrían que esconderse de nadie.
Elena recordó haberlo empujado contra la madera mientras lo besaba.
Había enfado en el gesto y también una excitación que la discusión con Daniel había intensificado.
Marcos le sujetó la cintura y la levantó apenas lo suficiente para que ella rodeara su cuerpo con las piernas.
Durante unos segundos permanecieron así, respirando demasiado rápido, sin separar las bocas. Después él la llevó hacia la cama.
Elena sintió calor en el rostro mientras recordaba. No era una escena vaga. Podía reconstruirla cada vez mejor.
Marcos le quitó lentamente la camiseta y ella hizo lo mismo con la suya.
Se observaron unos segundos, como si después de varias noches clandestinas todavía existiera algo nuevo que descubrir.
Elena recordó haber sentido una seguridad absoluta en su propio cuerpo, la despreocupación de quien todavía no ha aprendido a examinar cada pequeño defecto.
Marcos la recorrió con las manos y la boca, demorándose en el cuello, los hombros y el pecho mientras Elena arqueaba la espalda y le pedía que no se detuviera.
Había deseo, pero también algo distinto que ahora le resultaba más inquietante: confianza.
No se comportaban como dos amigos que se habían acostado accidentalmente una noche.
Conocían los gestos del otro. Sabían qué provocar y cómo hacerlo. Aquello llevaba tiempo ocurriendo.
Marcos se detuvo un instante para mirarla.
—Podemos parar.
Elena había sonreído.
—Como vuelvas a preguntarme eso te echo de la habitación.
Él se rio y volvió a besarla. El resto del recuerdo regresó envuelto en sensaciones más que en imágenes: piel contra piel, respiraciones contenidas para no despertar sospechas en el corredor, el colchón estrecho crujiendo de una manera que les provocó risa en el peor momento posible, manos que parecían conocerse demasiado bien y un placer intenso que Elena había olvidado por completo que alguna vez asoció a Marcos.
Después permanecieron tumbados, sudorosos y exhaustos, con las ventanas abiertas hacia el mar.
Fue entonces cuando ocurrió algo que Elena no esperaba recordar.
Marcos habló de Daniel.
—Está enamorado de ti.
Elena había girado la cabeza.
—No digas tonterías.
—No son tonterías.
—Daniel ha tenido tres novias este año.
—Eso no cambia nada.
—Nunca me ha dicho nada.
—Porque sabe que tú no sientes lo mismo.
Elena recordó haberse reído.
—¿Y tú cómo sabes lo que siento yo?
Marcos la miró.
—Porque cuando quieres a alguien se te nota.
Aquella frase le había hecho guardar silencio.
—¿Y ahora qué se me nota?
Marcos no respondió inmediatamente. Le acarició una mejilla y Elena recordó con una precisión dolorosa la forma en que la miraba.
—Que esto ya no es solo sexo.
Elena regresó de golpe al presente y permaneció inmóvil junto a la ventana del hotel de Estambul, con una opresión inesperada en el pecho.
Aquello tampoco lo recordaba, y quizá era precisamente eso lo que más empezaba a inquietarla: no solo había olvidado hechos, sino emociones y certezas que en otro tiempo habían sido importantes para ella.
Había tenido una relación con Marcos. No una aventura breve nacida durante unas vacaciones, sino una relación secreta que probablemente había empezado antes del viaje y que los dos parecían tomarse mucho más en serio de lo que ella había imaginado hasta unas horas atrás.
Se sentó en una butaca y volvió a cerrar los ojos. El recuerdo continuaba.
Después de aquella noche, Nuria regresó cerca del amanecer. Marcos se había marchado apenas media hora antes. Elena fingió dormir cuando escuchó abrirse la puerta, aunque su amiga encendió la luz y permaneció unos segundos observándola.
—Puedes dejar de fingir.
Elena abrió un ojo.
—¿Qué?
Nuria dejó el bolso sobre una silla.
—Marcos.
Elena se incorporó.
—¿Qué pasa con Marcos?
—Ha salido de aquí hace media hora.
—¿Lo has visto?
—Sí.
—Pues estupendo.
Nuria se quitó los zapatos.
—Daniel también.
Aquello consiguió que Elena dejara de sonreír.
—¿Dónde?
—Abajo. Estaba sentado delante de la pensión.
—¿Y?
—Llorando.
Elena recordó perfectamente la sensación de incomodidad.
—Eso no tiene nada que ver conmigo.
Nuria se había quedado mirándola.
—Si tú lo dices.
—No empieces tú también.
—No voy a empezar nada. Solo te estoy diciendo lo que he visto.
—Daniel no es asunto mío.
—Quizá tú sí seas asunto suyo.
Elena se levantó de la cama.
—Estoy cansada de que todos decidáis lo que siente Daniel sin preguntárselo.
—Entonces pregúntaselo.
No lo había hecho.
Ahora lo comprendía.
A la mañana siguiente habían salido temprano. La fotografía del sobre fue tomada ese día.
Elena sintió que las piezas empezaban a acercarse.
Aquella mañana Daniel apenas habló. Llevaba la chaqueta verde pese al calor porque había refrescado durante las primeras horas.
Andrés condujo. Se detuvieron junto a una carretera costera para desayunar.
Elena recordaba ahora una cafetería pequeña, varias mesas de plástico y una máquina expendedora de fotografías instantáneas que no funcionaba bien.
Pero Sergio estaba equivocado. Daniel no había hecho aquella fotografía.
Elena lo recordó de pronto con una claridad que la obligó a llevarse una mano a la boca: había sido una mujer.
Viajaba sola, tendría treinta y tantos años, quizá cuarenta, hablaba italiano y algo de inglés, y Daniel se había acercado a ella para pedirle que hiciera la fotografía.
Elena pudo verlo otra vez entregándole la cámara y regresando después junto al grupo para ocupar su lugar.