LO QUE EL DESEO NO OLVIDA CAPÍTULO IV La noche que había olvidado
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CAPÍTULO IV La noche que había olvidado

Elena no consiguió dormir. Permaneció durante casi una hora tumbada boca arriba, con el teléfono sobre la mesilla y las cortinas abiertas, contemplando las luces de Estambul reflejadas en los cristales.

Cada vez que cerraba los ojos regresaba la fotografía recibida aquella tarde, el hombre apoyado contra la pared y aquella chaqueta verde que parecía unir dos momentos separados por veintisiete años.

Intentó convencerse de que una prenda no demostraba nada.

Podían existir cientos iguales, miles quizá.

Incluso era posible que quien hubiera enviado la imagen conociera la fotografía antigua y hubiera elegido deliberadamente a alguien vestido de aquella manera para provocar exactamente la reacción que estaba teniendo.

Sin embargo, había algo en la postura del hombre, en la sensación de que observaba al grupo desde lejos, que seguía inquietándola.

Se levantó, se sirvió un poco de agua y regresó junto a la ventana.

Sobre la mesa había dejado la fotografía antigua.

La tomó entre las manos y volvió a contemplar los rostros.

Tenían poco más de veinte años y parecían invulnerables.

Andrés sonreía como si toda la vida fuera una broma privada; Nuria levantaba aquella botella con gesto desafiante; Sergio todavía tenía el pelo largo; Marcos rodeaba la cintura de Elena con una familiaridad que ahora resultaba imposible no interpretar; y Daniel permanecía ligeramente apartado, mirando hacia ella con una expresión que había comenzado a obsesionarla.

Intentó recordar qué había sucedido antes de aquella fotografía.

Cerró los ojos y dejó de buscar imágenes concretas.

Se concentró en las sensaciones: el calor pegado a la piel, el olor de una carretera junto al mar, música sonando desde algún coche, vino barato, tabaco, habitaciones pequeñas, cuerpos jóvenes que dormían poco y creían que las consecuencias pertenecían siempre al día siguiente.

La memoria empezó a responder de una manera distinta.

No llegó como un relato ordenado, sino como una sucesión de piezas que poco a poco comenzaron a encontrar su lugar.

Recordó una tarde de agosto. No sabía todavía exactamente dónde estaban, pero sí que habían conducido durante horas junto a una costa que se abría y desaparecía detrás de montañas bajas.

El coche era demasiado pequeño para los seis y viajaban con las ventanillas abiertas porque el aire acondicionado apenas funcionaba.

Andrés conducía. Sergio dormía junto a él con la cabeza contra el cristal.

En la parte trasera, Nuria se quejaba del calor mientras Daniel y Marcos discutían sobre qué carretera tomar. Elena estaba sentada entre ambos.

La cercanía de Marcos había sido constante durante aquel viaje.

Un muslo junto al suyo, una mano que aparecía sobre el asiento demasiado cerca de la suya, miradas que duraban más de lo que permitía la amistad.

Elena recordó ahora que aquello no había comenzado aquella noche.

Llevaban días buscándose. Quizá semanas. Tal vez incluso meses antes de viajar.

Daniel también lo había advertido. La imagen cambió.

Ahora estaban en una pensión cerca del mar.

Elena recordó paredes encaladas, ventanas de madera pintadas de azul y un corredor exterior que comunicaba las habitaciones.

Habían reservado tres: Andrés y Sergio compartirían una; Nuria y Elena otra; Daniel y Marcos la tercera.

La mujer que regentaba el establecimiento apenas hablaba español y se comunicaban con una mezcla de italiano, gestos y palabras inventadas.

Desde las ventanas podía verse una pequeña bahía y, al otro lado, varias barcas iluminadas por las últimas horas del día.

Habían cenado fuera. Elena recordó una mesa estrecha en una terraza, pescado, pan, vino blanco y el viento levantándole el cabello. Recordó también a Daniel observándola mientras hablaba con Marcos.

Entonces apareció una conversación.

—¿Qué te pasa? —le había preguntado ella cuando Daniel dejó de participar en las bromas.

—Nada.

—Llevas toda la cena con cara de querer matar a alguien.

—Quizá porque estoy cenando con gente que se esfuerza demasiado en parecer normal.

Ella se había reído.

—No sé qué significa eso.

—Claro que lo sabes.

Elena abrió los ojos en la habitación de Estambul.

Sintió un pequeño escalofrío. Aquella conversación había ocurrido.

No podía reconstruirla completa, pero reconocía la voz de Daniel, su manera de bajar el tono cuando estaba enfadado y aquella costumbre de mirarla como si esperara que admitiera algo.

Regresó al recuerdo. Después de cenar habían seguido bebiendo en un pequeño bar junto al agua.

La música era mala, alta y repetitiva. Andrés había acabado bailando sobre una silla y Nuria discutía con un camarero porque aseguraba que les estaban cobrando de más.

Sergio había desaparecido durante unos minutos con una chica francesa que conocieron aquella misma noche.

Elena estaba apoyada contra la barra cuando Marcos se acercó por detrás.

Recordó con sorprendente claridad su mano en la cintura.

—Daniel te está mirando —había dicho ella.

Marcos no retiró la mano.

—Daniel siempre mira.

—Está enfadado.

—Daniel siempre está enfadado.

Elena había girado la cabeza.

—No es verdad.

—Cuando se trata de ti, bastante.

Entonces ella no entendió el comentario o prefirió fingir que no lo entendía. Ahora, después de lo que Nuria le había contado en Estambul, aquellas palabras adquirían otro significado.

Marcos se inclinó hacia ella para hacerse escuchar por encima de la música.

—Vente conmigo.

—¿Adónde?

—Fuera.

—¿Para qué?

Él había sonreído.

—¿De verdad necesitas preguntarlo?

Elena sintió en el presente cómo aquel recuerdo comenzaba a adquirir una nitidez casi incómoda.

Podía oír la música apagándose cuando salieron del bar, notar el aire cálido de la noche y sentir de nuevo el vértigo de caminar junto a un hombre al que deseaba sabiendo que uno de sus mejores amigos los estaba observando.

Caminaron hasta una pequeña playa oscura.

La mayoría de los restaurantes habían cerrado y solo quedaban algunas luces dispersas junto al paseo.

Elena se quitó las sandalias y avanzó por la arena.

Marcos caminaba a su lado sin tocarla. Aquella ausencia de contacto había resultado mucho más provocadora que cualquier caricia porque ambos sabían exactamente por qué se habían alejado del grupo.

—Esto es una mala idea —dijo Elena.

—Llevas diciendo eso tres días.

La frase hizo que en el presente se incorporara en la cama.

Tres días.

No era la primera noche.

Continuó forzando el recuerdo.

—Porque sigue siendo una mala idea.

—Y sigues viniendo conmigo.

—No demuestra nada.

—Elena, anoche casi nos pilló Sergio.

Ella había soltado una carcajada.

—Sergio estaba borracho.

—Precisamente.

El recuerdo se abrió de golpe. Una habitación anterior.

No la misma pensión. Otra ciudad. Otra cama.

Marcos desnudo hasta la cintura, Elena sentada sobre él, una sábana enredada alrededor de sus piernas y alguien golpeando inesperadamente la puerta.

Habían tenido que contener la risa mientras Sergio preguntaba desde el pasillo si tenían tabaco.

Elena recordó ahora la mano de Marcos cubriéndole la boca para evitar que contestara y la forma en que ella, todavía excitada, había mordido suavemente uno de sus dedos.

Cerró los ojos. La intensidad física del recuerdo la dejó sin respiración durante unos segundos. No estaban reconstruyéndose únicamente hechos; estaba regresando el deseo. Un deseo joven, urgente y clandestino que su cuerpo actual parecía reconocer como propio.

En aquella playa, Marcos se había detenido y la había atraído hacia él.

Elena recordó el beso, mucho más impaciente que cualquiera de los que habían compartido en Estambul.

Eran jóvenes, estaban convencidos de que podían esconderlo todo y no necesitaban dar explicaciones a nadie.

Marcos metió una mano bajo su camiseta y Elena sintió el contacto directamente sobre la piel.

Ella respondió pegándose a él, sabiendo que podían ser vistos desde el paseo y descubriendo que aquella posibilidad aumentaba todavía más la excitación.

—Aquí no —había murmurado.

—¿Por qué?

—Porque no pienso acabar desnuda en una playa llena de piedras.

Marcos había reído contra su cuello.

—Entonces volvamos.

El regreso a la pensión apareció ahora con una claridad casi cinematográfica. Atravesaron el corredor exterior sin hablar. Elena recordó que Nuria todavía no había vuelto. La puerta de su habitación estaba cerrada. Marcos se detuvo frente a la suya.

—Daniel está dentro.

—Entonces no.

—Podemos ir a la tuya.

Elena negó.

—Nuria volverá.

—Siempre encontramos un problema.

—Quizá deberíamos interpretarlo como una señal.

Marcos se acercó y volvió a besarla. Elena recordó sus manos subiéndole lentamente por la espalda, los dedos encontrando el cierre del sujetador bajo la camiseta y la sensación de que todo su cuerpo respondía inmediatamente.

—La señal dice que busquemos otro sitio —había dicho él.

La siguiente imagen era una puerta de madera al final del corredor. Detrás había una pequeña escalera que conducía a una terraza superior utilizada para tender ropa. Subieron a oscuras. Elena recordaba la luna, varias sábanas moviéndose con el viento y la bahía extendiéndose detrás de los tejados.