LO QUE EL DESEO NO OLVIDA CAPÍTULO III La ciudad que ya conocía #3
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CAPÍTULO III La ciudad que ya conocía #3

El resto de la tarde transcurrió junto al agua.

Kerem había reservado una embarcación pequeña para recorrer parte del Bósforo antes del atardecer.

Estambul se desplegó ante ellos desde una perspectiva completamente diferente: palacios, mezquitas, edificios modernos y casas construidas casi sobre el agua desfilaban a ambos lados mientras gaviotas acompañaban durante algunos tramos al barco.

Elena permaneció buena parte del tiempo en cubierta.

El viento agitaba su cabello y por primera vez comprendió por qué tantas personas podían enamorarse de una ciudad.

Había algo profundamente seductor en desplazarse entre Europa y Asia mientras la luz empezaba a dorar las fachadas.

Kerem se situó junto a ella.

—Ahora entiendes por qué vuelvo siempre al agua.

—Creo que sí.

—Desde tierra esta ciudad parece caótica. Desde aquí parece que todo tiene sentido.

—Quizá solo ocurre porque estamos suficientemente lejos.

Kerem la miró con una sonrisa.

—Eso sirve para muchas cosas.

Elena sintió a Marcos observándolos desde el otro extremo de la cubierta. Se permitió acercarse un poco más a Kerem.

—¿Marcos vino contigo la otra vez?

Kerem perdió la sonrisa.

—Creo que deberías preguntárselo a él.

—Ya lo he hecho.

—Entonces sabes que no debería responder.

Aquella frase confirmó al menos una cosa: Kerem sabía perfectamente con quién había viajado Marcos.

—¿Conociste al hombre que venía con él?

Kerem no respondió.

—¿Sigue vivo?

La pregunta pareció sorprenderlo.

—¿Por qué no iba a estarlo?

Antes de que Elena pudiera continuar, Marcos apareció junto a ellos.

—Kerem, creo que Andrés quiere preguntarte algo.

El guía comprendió la maniobra, pero se alejó sin protestar.

Elena observó a Marcos.

—Estás celoso.

—No.

—Qué mal mientes.

—No me gusta que interrogues a la gente a mis espaldas.

—Entonces deja de obligarme a hacerlo.

Marcos se apoyó en la barandilla.

—Y a ti te gusta provocarme.

Elena no lo negó.

—Quizá.

—¿Por qué?

—Porque acabas de demostrarme que funciona.

Marcos se acercó hasta que sus hombros casi se tocaron.

—Ten cuidado con Kerem.

—¿Por qué?

—Porque no sabes nada de él.

Elena sonrió sin mirarlo.

—Curioso. Podría decir exactamente lo mismo de ti.

Cuando regresaron al hotel ya había anochecido. Kerem se despidió en la entrada y besó a Elena en ambas mejillas con una naturalidad que consiguió que Marcos volviera a tensar la mandíbula. Ella disfrutó de aquella pequeña victoria más de lo razonable.

Subió sola a su habitación. Necesitaba pensar. Roma había dejado de ser un destino turístico para convertirse en otra pieza de algo que alguien llevaba mucho tiempo preparando. Sacó el billete y volvió a leerlo. Jueves, 18:40. No podía tratarse de una simple coincidencia.

Estaba a punto de llamar a Marcos cuando el teléfono vibró. En la pantalla apareció un mensaje procedente de un número que no tenía guardado. No contenía ninguna palabra, únicamente una fotografía. Elena la abrió y tardó apenas unos segundos en reconocer el lugar.

Había sido tomada aquella misma tarde. Reconoció inmediatamente el lugar: una de las calles por las que habían pasado antes de llegar al embarcadero. Aparecían los cinco caminando. Andrés iba delante con Sergio; Nuria estaba unos metros detrás; Marcos caminaba junto a Elena.

Alguien los había fotografiado desde la acera contraria. Elena amplió la imagen para intentar distinguir algún detalle y, mientras lo hacía, el teléfono vibró de nuevo. Esta vez apareció un segundo mensaje del mismo número: «Uno de vosotros ya sabe por qué Daniel no volvió».

Elena sintió un escalofrío. Trató de llamar inmediatamente al número, pero la comunicación no llegó a establecerse. Volvió a la fotografía y comenzó a examinarla con más atención. Primero miró los edificios, después las personas que aparecían alrededor y finalmente el fondo de la calle.

Había un hombre apoyado contra una pared.

Estaba demasiado lejos para distinguirle el rostro, pero se apreciaba parte del perfil, el cabello oscuro salpicado de gris y una chaqueta verde de aspecto antiguo.

Elena acercó aún más la imagen y sintió una punzada de reconocimiento.

Conocía aquella chaqueta. Dejó el teléfono sobre la mesa, abrió apresuradamente el sobre de color marfil y sacó la fotografía tomada veintisiete años atrás.

Buscó a Daniel y confirmó lo que acababa de temer: llevaba exactamente la misma.

Volvió a mirar la imagen del teléfono e intentó convencerse de que podía tratarse de una coincidencia, de una chaqueta parecida o de un hombre cualquiera que simplemente pasaba por allí.

Sin embargo, cuanto más observaba la fotografía, menos convincente le parecía aquella explicación.

El desconocido no caminaba ni parecía ocupado en nada.

Permanecía quieto, apoyado contra la pared y mirando directamente hacia ellos.

Su rostro era demasiado borroso para reconocerlo, pero Elena tuvo la certeza irracional de que sabía que alguien los estaba fotografiando.

Regresó al mensaje: «Uno de vosotros ya sabe por qué Daniel no volvió».

Por primera vez desde que había comenzado el viaje, Elena dejó de preguntarse quién podía estar jugando con ellos y empezó a considerar una posibilidad mucho más inquietante.

Tal vez Daniel no hubiera desaparecido para escapar de algo, sino para escapar de ellos.