CAPÍTULO III La ciudad que ya conocía #2
Elena permaneció frente a una pareja durante bastante tiempo. En la primera imagen debían de tener unos veinte años. En la segunda rondaban los ochenta y estaban cogidos de la mano en el mismo embarcadero.
—Da miedo —dijo Nuria a su lado.
—¿Envejecer?
—Que entre dos fotografías quepa una vida entera.
Elena la miró.
—Anoche dijiste que tuviera cuidado con lo que recordaba.
Nuria tardó en responder.
—Y lo mantengo.
—¿Por qué?
—Porque estás empezando a mirar aquel viaje como si hubiera una única verdad esperando a que la encuentres.
—¿Y no la hay?
—Hubo una verdad. Eso no significa que todos la viviéramos igual.
Elena bajó la voz.
—¿Sabías lo de Marcos y yo?
Nuria observó durante unos segundos la fotografía de los ancianos.
—No lo sabía. Lo sospechaba.
—Anoche parecías sorprendida.
—Porque pensé que había sido algo puntual. Ahora empiezo a pensar que no.
Elena sintió cierta incomodidad.
—¿Por qué?
Nuria se volvió hacia ella.
—Porque Daniel estaba celoso.
La respuesta la dejó inmóvil.
—¿De Marcos?
—De ti.
Elena miró instintivamente hacia donde estaban los hombres. Daniel volvió a aparecer en su memoria tal como se veía en la fotografía del sobre, ligeramente detrás del grupo y mirando hacia ella en vez de hacia la cámara.
—Daniel y yo nunca...
—No he dicho que hubiera nada entre vosotros.
—Entonces ¿por qué iba a estar celoso?
Nuria negó lentamente con la cabeza.
—Eso tendrás que recordarlo tú.
Elena estuvo a punto de insistir, pero Kerem anunció que debían continuar. La conversación quedó suspendida y durante el resto de la visita aquella frase acompañó a Elena como una presencia incómoda. Daniel estaba celoso de ella. No de Marcos, no exactamente. De ella.
Al salir de la galería, Marcos se adelantó con Kerem. Elena los observó conversar. En determinado momento el guía dijo algo que hizo que Marcos girara rápidamente hacia donde estaba el resto del grupo. Kerem bajó la voz.
Elena decidió seguirlos.
Esperó a que Nuria y Andrés se detuvieran frente a una tienda y avanzó unos metros. Marcos y Kerem doblaron una esquina. Cuando Elena llegó, los encontró a mitad de una calle estrecha hablando junto a una puerta metálica.
—Te dije que no mencionaras la otra visita —decía Marcos.
Kerem parecía molesto.
—No sabía que era un secreto.
Marcos vio entonces a Elena.
La conversación terminó.
Kerem se despidió con una excusa y continuó calle abajo.
Elena se acercó despacio.
—Creo que esta mañana ya hemos superado la fase en la que finges que nunca habías estado aquí.
—Nunca he dicho que siguiera fingiendo.
—¿Por qué viniste hace ocho meses?
Marcos miró hacia la calle principal, comprobando que los demás todavía no aparecían.
—No es tan sencillo.
—Nunca lo es contigo.
—Vine porque alguien se puso en contacto conmigo.
Elena sintió que la irritación desaparecía inmediatamente.
—¿Quién?
—Una persona que decía saber algo de Daniel.
Durante unos segundos solo se escucharon voces lejanas y el ruido de una motocicleta pasando por la calle perpendicular.
—¿Qué sabía?
—Nunca llegué a averiguarlo.
—¿Por qué?
—Porque no apareció.
Elena lo observó, intentando decidir si aquello era otra mentira.
—¿Viniste solo?
Marcos negó.
—No.
Una nueva sospecha surgió inmediatamente.
—¿Con Laura?
—No.
—¿Con otra mujer?
Marcos sonrió con cierta incredulidad.
—¿Eso es lo que te preocupa ahora?
—No me preocupa. Tengo curiosidad.
—Celos.
—No te concedas tanta importancia.
—Entonces no necesitas saberlo.
Elena dio un paso hacia él.
—¿Con quién viniste?
Marcos mantuvo la mirada durante unos segundos.
—Con un hombre.
—¿Quién?
Escucharon entonces las voces de Andrés y Nuria aproximándose. Marcos se separó ligeramente.
—Luego.
Elena lo sujetó del brazo.
—Siempre es luego contigo.
—Porque haces demasiadas preguntas en lugares poco adecuados.
—El lugar me parece perfecto.
—Para hablar, quizá.
Hubo algo en su tono que hizo que Elena supiera exactamente a qué se refería antes de que él se acercara.
Esta vez fue Marcos quien la condujo hacia el interior del portal abierto a su espalda.
Solo avanzaron unos metros, hasta un rellano escondido de la calle por una puerta de madera entreabierta.
Elena sabía que los demás podían aparecer en cualquier momento y precisamente aquello convirtió el beso en algo mucho más excitante de lo que debería haber sido.
—Esto no responde a ninguna pregunta —murmuró contra su boca.
—Lo sé.
—Es una forma bastante descarada de distraerme.
—¿Funciona?
Elena volvió a besarlo en lugar de contestar.
Marcos la apoyó suavemente contra la pared.
Una de sus manos se deslizó desde la cintura hasta la abertura lateral de los pantalones ligeros y recorrió lentamente su cadera.
Elena sintió un estremecimiento y le sujetó el rostro entre las manos, besándolo con mayor intensidad.
El recuerdo de la noche anterior estaba demasiado cerca y su cuerpo reaccionaba a Marcos con una facilidad que empezaba a resultarle casi irritante.
Él descendió con la boca hacia su cuello mientras una mano recorría la parte exterior de su muslo.
Elena cerró los ojos. Podía escuchar pasos y voces al otro lado del portal, suficientemente cerca como para recordarles que podían ser descubiertos.
Marcos la miró.
—Te gusta esto.
—¿Qué?
—Que puedan encontrarnos.
Elena sonrió.
—No sabes tantas cosas de mí como crees.
—Estoy empezando a recordarlas.
Aquella frase provocó en ella una excitación distinta.
Marcos volvió a besarla y la mano que recorría su pierna ascendió un poco más.
Elena sintió el impulso de dejar que continuara y durante unos segundos estuvo dispuesta a olvidarse de dónde estaban, pero unas voces se acercaron por la calle y ambos se separaron.
Elena tuvo que respirar varias veces antes de volver a sentirse capaz de salir al exterior.
—Eres un imbécil —dijo, arreglándose la blusa.
—Pero ya no estás enfadada.
—Estoy mucho más enfadada.
—No lo parece.
Elena pasó junto a él y salió a la calle.
—No confundas otra vez las cosas.
Cuando se reunieron con los demás, Nuria la miró, luego miró a Marcos y negó lentamente con la cabeza. Elena decidió que prefería no saber qué parte de lo ocurrido resultaba evidente.
El almuerzo tuvo lugar en un pequeño restaurante situado en una azotea desde la que se veía el agua.
Kerem regresó al grupo y actuó como si nada hubiera sucedido.
Elena siguió hablando con él de forma deliberadamente animada y comprobó que Marcos empezaba a participar cada vez menos.
Cuando Kerem le recomendó algunos lugares que debería visitar si alguna vez regresaba sola a la ciudad, Marcos intervino para recordarle que todavía quedaban dos días de viaje.
—Dos aquí —dijo Kerem—. Después Roma.
Elena dejó lentamente el tenedor.
—¿Roma?
Marcos miró al guía.
Kerem comprendió demasiado tarde.
—Pensaba que lo sabíais.
Andrés levantó la cabeza.
—¿Qué tenemos que saber?
Marcos tomó la palabra con rapidez y explicó que Roma era solamente una posibilidad que había estado estudiando para prolongar el viaje si todos estaban de acuerdo. Andrés recibió la idea con entusiasmo. Nuria pareció divertida. Sergio no reaccionó.
Elena sintió el billete de Daniel dentro del bolso como si hubiera aumentado de peso.
—¿Cuándo pensabas decirlo? —preguntó.
—Esta noche.
—¿Y cuándo pensabas que volaríamos?
Marcos sostuvo su mirada.
—El jueves.
Elena notó que se le secaba la boca. El jueves.
El mismo día que figuraba en el billete de Daniel.
No necesitó preguntar todavía la hora porque la coincidencia ya era suficientemente inquietante.
Aquel viaje acababa de adquirir una estructura que ella desconocía: Marcos había planeado Roma antes de que el billete apareciera bajo la puerta de su habitación, lo que significaba que ambos acontecimientos podían estar relacionados de una forma que todavía no alcanzaba a comprender.