LO QUE EL DESEO NO OLVIDA CAPÍTULO III La ciudad que ya conocía
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CAPÍTULO III La ciudad que ya conocía

Elena despertó poco después de las ocho con la sensación de haber dormido en una habitación distinta a la que recordaba.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando la claridad que entraba a través de las cortinas y tratando de ordenar las imágenes de la noche anterior.

Después vio la camisa que había llevado Marcos sobre el respaldo de una silla y recordó que no era suya, sino una de las del hotel que él había utilizado para cubrirse al salir de la ducha.

El resto regresó con demasiada facilidad: el ascensor, sus manos, la terraza, la fotografía, la cama, el cuerpo de Marcos junto al suyo y, finalmente, aquella tarjeta que demostraba que había estado en Estambul ocho meses antes.

No sentía arrepentimiento. Aquello la sorprendió menos de lo que habría imaginado.

Podía cuestionarse la sensatez de haberse acostado con un hombre casado, enfadarse consigo misma por haberlo hecho precisamente cuando empezaba a desconfiar de él y admitir que la combinación entre deseo y sospecha no parecía la más inteligente de sus decisiones recientes, pero no lamentaba lo ocurrido.

El recuerdo del cuerpo de Marcos todavía despertaba en ella una respuesta demasiado agradable para fingir lo contrario.

Había disfrutado, había deseado y, por unas horas, se había sentido extraordinariamente viva.

El problema no era haberse acostado con él.

El problema era que, mientras la tocaba, Marcos seguía ocultándole cosas.

Se levantó desnuda y caminó hasta la terraza.

El aire de la mañana era más fresco que el de la noche y el Bósforo tenía ahora un color gris azulado que apenas se parecía a aquella extensión negra llena de reflejos que había contemplado horas antes.

Se abrazó a sí misma durante unos segundos y sonrió al darse cuenta de que no tenía ninguna prisa por vestirse.

Quizá formara parte de la extraña libertad que empezaba a asociar con aquel viaje.

En su casa jamás habría permanecido desnuda frente a un ventanal abierto durante tanto tiempo.

Allí, sin embargo, la distancia parecía concederle permiso para hacer cosas que en su vida cotidiana ni siquiera se planteaba.

Volvió a entrar y vio el bolso sobre la mesa.

La realidad reapareció inmediatamente. Sacó el billete de Daniel y lo colocó junto a la tarjeta del hotel que había encontrado en la ropa de Marcos.

Dos objetos, dos mentiras posibles y una coincidencia temporal que todavía no sabía interpretar.

Marcos había estado en Estambul ocho meses atrás y ahora alguien había comprado un vuelo a Roma a nombre de un hombre desaparecido hacía veintisiete años.

Elena permaneció unos minutos contemplándolos antes de guardar ambos en compartimentos distintos del bolso.

No pensaba enseñarlos todavía. La experiencia de la noche anterior había reforzado una intuición incómoda: en aquel grupo, compartir información demasiado pronto podía ser tan peligroso como ocultarla.

Eligió unos pantalones claros y una blusa ligera para recorrer la ciudad.

Cuando llegó al desayuno encontró a los demás en una sala acristalada junto a la terraza inferior del hotel.

Andrés estaba atacando sin demasiada dignidad un plato desmesurado de huevos, quesos y panes; Sergio bebía café mientras miraba las noticias en el teléfono; Nuria había colocado junto a su taza una libreta pequeña en la que hacía anotaciones cada pocos minutos.

Marcos estaba de espaldas a la entrada, conversando con un hombre al que Elena no conocía.

Nuria levantó los ojos en cuanto la vio y tardó menos de dos segundos en sonreír.

—Has dormido bien.

No era una pregunta.

Elena se sentó frente a ella.

—Perfectamente.

—Se nota.

—¿Eso es bueno o malo?

—Depende de quién haya contribuido.

Elena cogió una taza y empezó a servirse café, evitando responder. No necesitó hacerlo. Nuria miró fugazmente hacia Marcos antes de volver a concentrarse en ella.

—No pienso preguntarte.

—Estupendo.

—Porque no hace falta.

Elena dejó la cafetera.

—¿Siempre has sido tan insoportable por las mañanas?

—Solo cuando tengo razón.

A Elena le divirtió más de lo que habría querido admitir. No había censura en la actitud de Nuria, pero sí algo más difícil de interpretar. Una reserva. Quizá incluso preocupación.

El hombre que estaba con Marcos se volvió entonces hacia ellas.

Rondaría los cuarenta y cinco años, era alto, delgado y llevaba una barba corta muy cuidada.

Vestía de una manera informal pero elegante, con pantalones oscuros y una camisa de lino remangada hasta los antebrazos.

Marcos hizo las presentaciones. Se llamaba Kerem Aydin y trabajaba como consultor cultural para varios hoteles y galerías de la ciudad.

Durante aquel día sería su guía, aunque la palabra parecía quedarse pequeña para todo lo que Marcos había preparado.

Kerem estrechó la mano de Elena y la sostuvo apenas un instante más de lo necesario.

—Encantado.

—Igualmente.

Cuando llegó el turno de saludar a Marcos, Kerem sonrió con una familiaridad inesperada.

—No pensaba volver a verte tan pronto.

El silencio duró poco, pero Elena lo percibió con claridad.

Marcos reaccionó inmediatamente.

—Al final han cambiado los planes.

Kerem pareció darse cuenta de que acababa de decir algo que no debía y corrigió el tono.

—Mejor. Así podré enseñarte lo que quedó pendiente la otra vez.

Elena dejó la taza sobre el plato.

Marcos la miró y supo, sin necesidad de preguntar, que había escuchado perfectamente.

Elena no dijo nada.

Aquello fue casi más satisfactorio que enfrentarlo.

Salieron poco después. Kerem había organizado una ruta que evitaba en buena medida los recorridos turísticos habituales y los condujo primero por las calles de Karaköy, entre edificios restaurados, cafeterías diminutas y talleres escondidos tras fachadas que parecían llevar un siglo sin cambiar.

Estambul se presentaba ante Elena como una sucesión de contrastes: una mujer con el cabello cubierto caminando junto a otra vestida con unos pantalones imposiblemente cortos; un edificio de cristal reflejando la fachada desconchada de otro mucho más antiguo; el olor a café mezclándose con pescado, pan, humedad y especias.

La ciudad tenía algo desordenado y sensual que empezaba a gustarle precisamente porque no parecía esforzarse por resultar hermosa.

Subieron hacia Galata por calles cada vez más empinadas.

Andrés protestó varias veces de la inclinación y Nuria aprovechó para recordarle que llevaba veinte años prometiendo empezar a hacer ejercicio.

Sergio caminaba detrás, prácticamente en silencio.

Marcos, en cambio, se movía con una familiaridad que Elena empezó a observar cuidadosamente.

En dos ocasiones tomó una calle antes de que Kerem indicara el camino y, cuando llegaron a una bifurcación particularmente confusa, giró sin preguntar.

Elena aceleró el paso hasta quedar junto a él.

—Para no haber estado nunca, te orientas bastante bien.

Marcos ni siquiera fingió sorpresa.

—Ya sabes que estuve.

—Lo sé porque encontré la tarjeta. No porque decidieras contármelo.

—No es lo mismo.

—Exactamente.

Marcos sonrió.

—¿Vas a estar todo el día castigándome?

—Todavía no he decidido cuánto tiempo.

—Anoche parecías bastante menos enfadada.

Elena sintió una punzada de excitación al recordar la habitación, aunque consiguió mantener la expresión.

—Anoche estabas desnudo. Distraía bastante.

Marcos soltó una risa.

—Eso puedo solucionarlo otra vez cuando quieras.

—No confundas deseo con confianza.

La sonrisa desapareció ligeramente de su rostro.

—Nunca lo hago.

Antes de que Elena pudiera responder, Kerem se volvió hacia ellos y señaló una pequeña entrada situada entre dos comercios.

Atravesaron un corredor estrecho y aparecieron en el patio interior de un antiguo edificio comercial.

Desde allí subieron varios tramos de escaleras hasta una terraza privada desde la que podía contemplarse el Cuerno de Oro y buena parte de la ciudad.

Habían preparado café y dulces sobre una mesa baja. El lugar estaba prácticamente vacío.

Kerem se sentó junto a Elena mientras explicaba la historia del edificio.

Tenía una manera tranquila de hablar y una capacidad evidente para convertir datos aparentemente irrelevantes en pequeñas historias.

Elena lo escuchaba con interés, pero también era consciente de la proximidad de su cuerpo.

En algún momento, Kerem apoyó una mano brevemente sobre su antebrazo para llamar su atención hacia una cúpula situada a lo lejos.

Fue un contacto inocente, pero cuando Elena levantó los ojos descubrió a Marcos observándolos desde el otro extremo de la mesa.

Aquello le produjo una satisfacción infantil y completamente impropia de su edad.

Decidió disfrutarla.

—¿Siempre enseñas la ciudad así? —preguntó a Kerem.

—Solo cuando merece la pena.

—¿La ciudad o la compañía?

Kerem sonrió.

—Ambas cosas.

Marcos intervino desde el otro lado.

—Kerem tiene fama de ser un guía muy atento.

—Eso estoy comprobando —dijo Elena.

Nuria, que había seguido el intercambio con absoluta atención, escondió una sonrisa detrás de la taza.

Continuaron la ruta hacia una antigua galería ubicada en un edificio otomano restaurado.

Kerem conocía al propietario y pudieron acceder a una zona normalmente cerrada al público.

Elena disfrutó especialmente de aquella parte del recorrido porque por primera vez desde su llegada consiguió olvidar durante varios minutos el misterio que los había llevado allí.

Había fotografías antiguas de Estambul, mapas, cartas, postales y negativos recuperados de archivos familiares.

En una pequeña sala, una serie mostraba personas fotografiadas décadas atrás exactamente en los mismos lugares en los que después habían vuelto a ser retratadas de ancianas.