LO QUE EL DESEO NO OLVIDA CAPÍTULO II La fotografía #3
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CAPÍTULO II La fotografía #3

Ella misma interrumpió la pregunta besándolo.

Por primera vez desde que había encontrado la fotografía no quería ninguna respuesta inmediata.

Deseaba simplemente sentir. Lo llevó hacia la cama y durante un rato desaparecieron las preguntas, la ciudad y los demás.

Se reconocieron con el cuerpo antes que con la memoria, explorando aquello que los años habían cambiado y aquello que permanecía sorprendentemente igual.

Elena descubrió que algunas caricias despertaban recuerdos que no sabía que conservaba y que determinados movimientos de Marcos parecían encontrar una respuesta en ella antes incluso de que pudiera anticiparla.

Aquella familiaridad la excitaba y la inquietaba al mismo tiempo.

Después permanecieron tumbados, todavía cerca, mientras el aire nocturno entraba desde la terraza.

Elena tenía una pierna entrelazada con las de Marcos y la cabeza apoyada en su pecho.

Sintió la mano de él recorriendo lentamente su espalda y pensó que aquello debería parecerle mucho más absurdo de lo que le parecía: había viajado a Estambul con un hombre casado al que no veía desde hacía años, acababa de acostarse con él y, mientras tanto, alguien estaba enviándole fotografías de un desaparecido.

Sin embargo, durante aquellos minutos experimentó una sensación de plenitud que hacía mucho tiempo que no sentía.

—Ahora recuerdo algo más —dijo.

Marcos siguió acariciándole la espalda.

—¿Qué?

—Aquella noche no fue la primera.

La mano de Marcos se detuvo.

Elena levantó la cabeza.

—Otra vez.

—¿Qué?

—Esa cara.

—No sé de qué hablas.

—La misma del avión. La misma cuando te he dicho que recordaba la habitación.

Marcos se incorporó ligeramente.

—Quizá deberías dejar descansar los recuerdos.

Elena soltó una risa breve.

—Eso suena casi a consejo para que no recuerde demasiado.

—No he dicho eso.

—Entonces ayúdame. ¿Cuándo empezó lo nuestro?

Marcos apartó la mirada.

—No esta noche.

La respuesta volvió a irritarla. Elena se incorporó y recogió la sábana alrededor del cuerpo. Mientras discutían, vio la camisa de Marcos en el suelo junto a la cama y se inclinó para cogerla. Al hacerlo, una tarjeta rígida sobresalió del bolsillo interior. Elena la sacó casi sin pensar.

—¿Qué es esto?

Marcos se volvió demasiado tarde.

Era una tarjeta de un hotel de Estambul. Elena reconoció el nombre de una conocida cadena y después encontró una fecha impresa junto al número de cliente. Tardó unos segundos en comprenderla.

—Esto es de hace ocho meses.

Marcos no respondió.

Elena miró otra vez la tarjeta.

—Me has dicho que nunca habías estado aquí.

—Puedo explicarlo.

—Entonces empieza.

—No es lo que piensas.

Elena lo miró incrédula.

—Esa frase nunca mejora ninguna situación.

Marcos se levantó de la cama y empezó a vestirse. Elena observó cómo recogía la camisa mientras una mezcla de enfado y desconcierto sustituía lentamente a la intimidad de hacía apenas unos minutos.

—Vine por trabajo —dijo finalmente.

—¿Por qué has mentido?

—Porque no quería hablar de ello todavía.

—Eso no explica nada.

—Explica que tenía mis razones.

—¿Tiene algo que ver con Daniel?

Marcos se quedó quieto.

Elena sintió que acababa de acertar antes incluso de escuchar respuesta.

—Marcos.

—No.

—Has tardado otra vez.

Él terminó de abrocharse la camisa.

—Estás viendo conspiraciones en cada silencio.

—Y tú estás poniendo demasiados silencios para que no las vea.

Marcos la observó durante unos segundos. Elena esperaba una explicación, quizá incluso una nueva mentira, pero él se limitó a recoger el resto de su ropa.

—Mañana hablaremos.

—No decidas tú cuándo.

—Mañana, Elena.

Cuando la puerta se cerró detrás de él, Elena permaneció sentada en la cama con la tarjeta entre los dedos.

Estaba enfadada consigo misma por no haber preguntado antes, con Marcos por haber mentido y con aquella parte de ella que, a pesar de todo, continuaba recordando exactamente cómo se había sentido entre sus brazos.

Fue entonces cuando pensó en el billete.

Se levantó, buscó el bolso y lo sacó del bolsillo interior. Estambul-Roma. Jueves, 18:40. Daniel Valdés.

Contempló alternativamente el billete y la tarjeta del hotel. Marcos había estado en Estambul ocho meses antes. Había organizado aquel viaje. Había elegido el hotel. Había mentido desde el momento en que aterrizaron y acababa de reaccionar al nombre de Daniel con un silencio demasiado largo.

Elena volvió a mirar hacia la puerta cerrada y comprendió que algo había cambiado definitivamente.

Marcos ya no era solo el antiguo amante que había reaparecido en su vida y despertado una parte de ella que creía dormida.

Era también el primer miembro del grupo al que había sorprendido en una mentira comprobable.

Y lo más inquietante no era únicamente que pudiera saber qué había ocurrido veintisiete años atrás, sino la posibilidad de que supiera también qué estaba ocurriendo ahora.

Apretó el billete entre los dedos mientras las luces de Estambul se extendían al otro lado de los ventanales.

Durante años había aceptado una historia sencilla: Daniel desapareció, nadie supo qué ocurrió y cada uno aprendió a continuar con su vida.

Aquella noche, por primera vez, empezó a considerar una posibilidad mucho más perturbadora.

Tal vez ninguno de ellos hubiera olvidado realmente aquel viaje.

Tal vez cada uno hubiera aprendido simplemente a recordar solo la parte que podía soportar.