LO QUE EL DESEO NO OLVIDA CAPÍTULO II La fotografía #2
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CAPÍTULO II La fotografía #2

Sergio volvió a coger la fotografía y permaneció observándola con el ceño fruncido. De pronto levantó la cabeza.

—Hay algo que no puede ser.

—¿Qué? —preguntó Elena.

Sergio señaló la imagen.

—Daniel hizo esta foto.

Marcos negó inmediatamente.

—No.

—Sí.

—La hizo alguien que estaba allí.

—No había nadie.

—Había gente alrededor.

—No donde estábamos nosotros.

Andrés miró la fotografía.

—Pero Daniel sale en ella.

—Precisamente.

Elena sintió un escalofrío leve.

—Entonces ¿quién la hizo?

Sergio permaneció callado.

—Eso es lo que no recuerdo.

—Hace un momento estabas seguro de que la hizo Daniel.

—Estoy seguro de recordarlo así. Y también estoy viendo que es imposible.

Aquella frase modificó algo en la conversación.

Elena miró a los demás y tuvo la sensación de que la fotografía acababa de abrir una grieta mucho mayor de lo que cualquiera esperaba.

Marcos sostenía que alguien más había estado allí; Sergio recordaba a Daniel detrás de la cámara; Andrés situaba la escena en otro momento del viaje y Nuria parecía especialmente interesada en acabar la conversación.

—Yo tampoco recuerdo todo —dijo Elena.

Marcos giró hacia ella.

—¿A qué te refieres?

Elena sostuvo su mirada.

—A lo del ascensor.

Nuria arqueó una ceja.

—Eso suena interesante.

—He recordado una habitación. Marcos y yo.

Andrés miró alternativamente a ambos.

—¿Vosotros dos estuvisteis juntos?

Marcos no contestó. Elena tampoco, porque en realidad necesitaba escuchar la respuesta de él.

—Sí —dijo finalmente Marcos.

La palabra cayó sobre Elena con una fuerza inesperada. Desde que aquel recuerdo había aparecido estaba casi segura de que había ocurrido algo entre ellos, pero escuchar la confirmación convertía una impresión física en un hecho real.

—¿Una vez? —preguntó Elena.

Marcos la miró con atención.

—No creo que sea el momento.

—Precisamente creo que sí.

—No delante de todos.

—¿Por qué? Ellos estaban en aquel viaje.

Nuria dejó la copa sobre la mesa.

—Yo no sabía nada.

Elena la miró.

—¿Seguro?

La pregunta fue impulsiva, pero la reacción de Nuria la desconcertó. Durante un segundo pareció ofendida; después simplemente desvió la mirada.

—Estoy segura de muchas menos cosas de las que estaba hace cinco minutos.

Sergio permanecía observando la fotografía.

Andrés pidió otra botella de vino y trató de hacer algún comentario irónico, pero nadie respondió.

Elena comprendió que aquello era exactamente lo que quien había dejado el sobre pretendía conseguir: que empezaran a desconfiar no solo de los demás, sino también de sus propios recuerdos.

No mostró el billete. Cada minuto que pasaba estaba más convencida de que había sido una buena decisión.

La cena terminó poco después. Andrés dijo estar cansado y Sergio se marchó con él. Nuria permaneció unos minutos contemplando el Bósforo antes de despedirse. Al pasar junto a Elena se inclinó hacia ella.

—Ten cuidado.

—¿Con qué?

Nuria miró de reojo hacia Marcos.

—Con lo que recuerdas.

—¿Qué sabes tú?

—Ahora mismo no quiero hablar de esto.

—Nuria...

—Mañana.

Se alejó antes de que Elena pudiera detenerla.

Marcos y ella quedaron solos en la terraza. La mayoría de las mesas estaban vacías y un camarero comenzó a retirar discretamente las copas. Elena permaneció sentada unos segundos, esperando que Marcos dijera algo, pero él se limitó a observar la ciudad.

—¿Cuántas veces? —preguntó finalmente.

Marcos se volvió.

—¿Qué?

—No me hagas repetirlo. ¿Cuántas veces estuvimos juntos?

—Más de una.

—Eso ya lo sospechaba.

—Entonces ¿por qué preguntas?

Elena se levantó y se acercó.

—Porque quiero saber qué parte de mi propia vida conoces tú mejor que yo.

Marcos bajó la mirada hacia ella.

—No creo que la haya olvidado. Creo que la has apartado.

—Qué diferencia tan cómoda.

—Es una diferencia enorme.

—¿Por qué terminamos?

Marcos tardó en responder.

—Porque ocurrió algo.

—¿Qué?

—No esta noche.

Elena sintió aumentar su irritación.

—Me traes a Estambul, aparece una fotografía de Daniel debajo de mi puerta, descubro que tú y yo tuvimos una relación que apenas recuerdo y tu respuesta es «no esta noche».

—Yo no he puesto esa fotografía.

—¿Y has estado antes aquí?

La pregunta lo hizo tensarse.

—Ya hemos hablado de eso.

—No. Tú has contestado y yo no te he creído.

Durante unos segundos se miraron sin hablar.

Elena estaba enfadada, pero la proximidad volvió a despertar algo completamente diferente.

Marcos se encontraba a pocos centímetros y ella podía percibir de nuevo su perfume, el movimiento de su respiración y aquella forma de mirarla que resultaba cada vez menos ambigua.

—No deberíamos mezclar las cosas —dijo él.

Elena sonrió ligeramente.

—Llegas un poco tarde.

Fue ella quien lo besó esta vez.

No hubo la cautela del ascensor. Elena apoyó ambas manos en su pecho y lo empujó suavemente contra la barandilla antes de buscar su boca.

Marcos respondió inmediatamente, rodeándole la cintura y acercándola hasta que el cuerpo de ambos quedó completamente unido.

Elena sintió la presión de sus manos descendiendo lentamente por su espalda y, cuando alcanzaron sus caderas, una oleada de excitación le recorrió el cuerpo.

Le gustó comprobar que todavía podía perder durante unos segundos aquella vigilancia constante que llevaba practicando desde que encontró el sobre.

Marcos hundió la boca junto a su cuello y Elena cerró los ojos.

El contacto despertó otra imagen del pasado: una habitación, su propia espalda desnuda, los labios de Marcos descendiendo por ella y una mano tapándole la boca mientras intentaba no reír demasiado alto.

El recuerdo fue tan sensual y tan preciso que sintió un estremecimiento.

—Acabo de recordar otra cosa —susurró.

Marcos se separó ligeramente.

—¿Buena o mala?

Elena sostuvo su mirada.

—Muy buena.

Aquella respuesta cambió algo. Marcos volvió a besarla y durante unos minutos dejaron de hablar.

Elena deslizó las manos bajo su camisa, recorriendo la piel de su espalda, y sintió cómo él reaccionaba al contacto.

La excitaba aquella mezcla absurda de antiguo amante y desconocido, saber que quizá había tocado aquel cuerpo cientos de veces y, sin embargo, sentir que lo descubría de nuevo.

Subieron a la habitación de Elena sin necesidad de decidirlo en voz alta.

En el ascensor apenas hablaron. Marcos permaneció detrás de ella y le besó lentamente el cuello mientras Elena observaba sus dos cuerpos reflejados en el espejo.

Aquella imagen le produjo una excitación inesperada.

Se volvió antes de llegar a su planta y lo besó de nuevo, consciente de que ya no estaba siendo arrastrada por una situación. Lo estaba eligiendo.

Cuando entraron en la habitación, Elena cerró la puerta y permaneció apoyada contra ella. Marcos se acercó, pero ella le puso una mano sobre el pecho.

—Espera.

Él se detuvo.

Elena lo miró durante unos segundos. Quería verlo. Quería saber si el deseo que sentía pertenecía al recuerdo, a la nostalgia o simplemente al hombre que tenía delante.

—¿Qué ocurre?

—Nada. Precisamente.

Lo atrajo hacia ella y volvió a besarlo.

Esta vez fue Elena quien empezó a desabrocharle la camisa.

Lo hizo despacio, observándolo mientras cada botón dejaba al descubierto un poco más de piel.

Marcos deslizó una mano por la abertura lateral de su vestido y recorrió lentamente el muslo desnudo.

Elena contuvo la respiración cuando los dedos ascendieron unos centímetros más y volvió a besarlo, ahora con una urgencia que ya no intentaba ocultar.

La cremallera del vestido descendió por su espalda.

Marcos apartó la tela de sus hombros y Elena dejó que cayera al suelo.

Permaneció frente a él sin apresurarse a cubrirse, disfrutando de la forma en que la miraba.

Aquello le resultó incluso más excitante que el contacto.

Durante años había pensado en su cuerpo desde la edad, desde las pequeñas transformaciones y desde aquello que había dejado de ser.

Ahora lo veía reflejado en los ojos de Marcos de una manera completamente distinta.

—No me mires así —dijo, aunque no quería que dejara de hacerlo.

—¿Cómo?

—Como si estuvieras recordando.

Marcos acercó la boca a su oído.

—Estoy recordando.

Elena sintió aquellas palabras casi físicamente.

La besó de nuevo y sus manos recorrieron su cuerpo con una familiaridad que resultaba imposible fingir.

Elena cerró los ojos cuando sus labios descendieron por su cuello y continuaron sobre la piel del pecho.

El placer llegó acompañado de otro recuerdo, esta vez más completo: ella tumbada en una cama distinta, Marcos sobre ella, la luz entrando por una ventana entreabierta y su propia mano buscando la de él.

Recordó el deseo, la confianza y una intensidad que no encajaba con la idea de una aventura ocasional.

—Esto no fue una sola noche —dijo.

Marcos levantó la cabeza.

—No.

—¿Cuánto duró?

—Elena...

—Después.